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La fundación de nuestros valores


Establecidos o no, escritos o no, toda sociedad tiene un sistema de valores los cuales determinan el éxito de una sociedad cohesionada que vive y trabaja en función del bien común. Además, un sistema de antivalores sobre los cuales yace la razón de sus conflictos. En este sistema estructurado en cada sociedad, seamos conscientes de ello o no, los valores que tenemos nos permiten juzgar lo que es importante, lo que es esencial y lo que no es negociable. De la misma manera, sus oponentes o contrincantes, los antivalores, mueven al individuo en un camino totalmente opuesto, cuyo fin es conflicto y destrucción.

Cualquiera sea el sistema de valores de un individuo, éstos preceden sus acciones, reflejan lo que es apreciado por su voluntad, fundamentan sus decisiones y orientan sus pasos. Los valores determinan el compromiso de vida de cada individuo, porque inexorablemente estamos siempre comprometidos, conscientes o no, con aquello que valoramos como importante, aunque sean los objetivos más egoístas, oscuros y viles. El sistema de valores determina entonces nuestras tácticas, es decir, lo que hacemos; también determina la razón, el por qué detrás de lo que hacemos, esto es, nuestra estrategias; y finalmente, determina las causas y razones por las que nuestra voluntad se involucra, es decir, nuestro compromiso.

Sin valores, sin virtud en el corazón del ser humano, una sociedad es gobernada por el miedo, una verdad que conocen muy bien los dictadores, los tiranos bien instruidos por Maquiavelo; y para perpetrar el miedo surgen la mentira, el engaño, la hipocresía, y la traición, entre otros, como instrumentos de ejecución del poder. Sin virtud, una sociedad se encuentra peor que un barco a la deriva, se encuentra presa del caos, de la anarquía y de la destrucción. En la medida en que la virtud, ese sistema de valores éticos, va desapareciendo en la sociedad, la libertad se va restringiendo cada vez más. ¡La libertad se encuentra bajo amenaza de muerte!

¿Cómo podemos entonces alcanzar la virtud necesaria para lograr individuos sanos y libres, capaces de construir una sociedad entrelazada por el bien común? La verdad es que una sociedad virtuosa solo puede ser construida por gente virtuosa, cuyas consciencias instruidas por el bien determinen su proceder y los preserven de la degradación moral del mundo individualista. Y las personas virtuosas se forman no mediante la coerción, aunque ésta tenga un papel importante en la ejecución de las leyes, pues la coerción puede mantener a los individuos alejados de la infracción, pero a la larga la coerción fallará por dos razones: Una, porque no es posible tener una fuerza policial que vigile a cada individuo; y dos, porque el individuo corrupto tiene la capacidad de corromper el sistema y siempre encuentra caminos para librarse de la coerción.

Tampoco, podemos formar en valores basados en el relativismo moderno de una sociedad netamente individualista, ya que los humanos tenemos una capacidad increíble de autojustificación cuando se trata de nuestros propios errores y desaciertos. El relativismo moderno no es capaz de proporcionar una verdadera fundación para una sociedad sana, armónica y sobre todo, no es capaz de preservar nuestras libertades como individuos, puesto que la libertad no puede depender de argumentos propios e individuales que correspondan a la visión tubular de un ser egoísta que determine caprichosamente que es correcto o incorrecto.

¿Cuál es entonces, el camino para la creación de una sociedad virtuosa? Podemos pensar y argumentar profundamente nuestra respuesta, pero creo que se resume en aquella pregunta planteada hace mucho tiempo por el gran novelista ruso Fedor Dostoievski:

"¿Puede el hombre ser bueno sin Dios?". 

Rosalía Moros de Borregales

rosymoros@gmail.com

@RosaliaMorosB

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