domingo, 9 de agosto de 2015

FE PARA MI NACIÓN


Hay vínculos en la vida de los seres humanos que son profundamente indisolubles. No podríamos negar a una madre aún cuando existieran motivos para tal acción; no podríamos negar a un hijo porque nuestras entrañas gritarían por su presencia; nunca olvidaríamos al hermano, al primo o al amigo con el que compartimos nuestra infancia. Pienso y siento que tampoco podríamos olvidar a nuestra patria; no importa cuántos kilómetros nos separaran de ella, siempre nuestro corazón la anhelaría.

Estamos entretejidos con la tierra que nos recibió al nacer, nos enorgullecen sus logros porque los consideramos nuestros. Nos emocionamos con nuestros deportistas y su destacada participación en diferentes competencias; se nos hincha el corazón cada vez que escuchamos una de nuestras múltiples orquestas. Nos llenamos de admiración al saber de tantos profesores que enseñan a nuestros hijos con ética y que impregnan con una pasión maravillosa su labor. Confíamos nuestras vidas a nuestros hombres de blanco porque tenemos suficientes testimonios que nos dan la convicción de su eficiencia. Nos deleitamos en las arepitas, en el queso de mano; se nos hace agua la boca con un mango y con las conservas de coco que nuestras negritas bellas llevan en grandes bandejas sobre sus cabezas erguidas.

Son innumerables las cosas que nos hacen suspirar al pensar en nuestra tierra; y de la misma manera hay otras tantas que nos hacen llorar de tristeza, porque el dolor de nuestra patria también es nuestro. Sentimos una gran carga por los desaciertos cometidos, por los desamores sobrevenidos. Nos sentimos frustrados ante la indiferencia, la decadencia y la insolencia. Pensamos en el futuro y quisiéramos imaginarlo pleno de la construcción de buenos sueños de tantos venezolanos convertidos en realidades. Sin embargo, por más que nos esforzamos pareciera que necesitamos algo más allá de nuestras propias fuerzas para salir adelante.

La historia ha demostrado que todas las riquezas que una nación pueda tener son inútiles cuando sus ciudadanos se entregan a sentimientos mezquinos, a la lujuria, a la ambición de riquezas sin el aval del trabajo y a la opresión de sus conterráneos. Para comprobar esto solo es necesario hacer una revisión breve de los libros de Historia universal. No hay nadie que pueda salvarnos de esta situación sino solo Dios. No hay estrategias que puedan lograr un cambio en positivo si primero no hay un cambio en el corazón de los hombres de nuestra nación, en el corazón de cada uno de nosotros. 

Dios puso en nuestro pedacito de tierra una inmensurable riqueza, y nos facultó con la capacidad para administrarla con equidad y justicia. El desea que cada venezolano incline su corazón a El y que seamos capaces de lograr esta tarea. Pero estamos secos y desolados; nuestra tierra tiene sed de la bendición de Dios. Necesitamos de una renovación espiritual que como una lluvia caiga sobre nuestra nación y nos bendiga la vida. ¿Ilusa? ¿Insensata? No, convencida de la verdad que ha cambiado la vida de muchos y puede cambiarnos a cada uno en particular y a todos como nación.

“Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra”. II Crónicas 7:14.

Rosalía Moros de Borregales

@RosaliaMorosB



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