miércoles, 4 de julio de 2012

Padre nuestro



En estos tiempos en los que el hombre a través de sus grandes logros se siente cada vez más autosuficiente, no es nada común hablar sobre la oración, hablar sobre el inmenso poder y amor que puede desatarse en una conversación con Dios. Pero, es igual de cierto que a todos en el camino de la vida se nos presenta un momento en el cual toda nuestras fuerzas, nuestra sabiduría, y nuestra autosuficiencia quedan reducidas a su más mínima expresión. A todos nos llega el momento del callejón sin salida, donde la única salvación se encuentra elevando nuestros ojos al cielo.

No hay en el mundo conocimiento de alguna otra oración que contenga frases tan directas y profundas. En el Padrenuestro cada frase nos revela la clase de relación que Jesús tenía con Dios Padre, y su invitación a dirigirnos a El de esa misma manera, entablando esa misma amistad. En el evangelio de Lucas, en el capítulo 11 se nos relata como esta oración surgió de la petición de uno de los discípulos del Señor para que Jesús les enseñase a orar. Probablemente este discípulo se sintió motivado, anheló poder expresarse con Dios de la manera que veía que Jesús lo hacía.

Y Jesús inmediatamente le respondió pronunciando esa hermosa oración que ha trascendido todas las fronteras a lo largo de la historia. Se podrían escribir libros enteros basados en esta enseñanza de Jesús; sin embargo, trataremos de destacar en estas breves líneas los aspectos más significativos que se nos muestran en esta oración: -Padre nuestro que estás en el Cielo, santificado sea tu nombre-. De esta manera, Jesús nos revela su condición de hijo. Rompe con ese concepto de Dios como un ser inalcanzable; nos muestra la comunión y los sentimientos que como hijo alberga en su corazón por su Padre. Es una invitación a que cada uno de nosotros se acerque a Dios convirtiéndose en su hijo.

Luego, Jesús expresa su inmenso deseo de vivir en un mundo en el que no se haga la voluntad egoísta de nuestros corazones sino que se lleven a cabo los deseos del Padre Celestial: -Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la Tierra como en el Cielo-. Sin lugar a dudas, una expresión de un alma que conociendo el corazón humano y el corazón de su Padre, sabe que en la voluntad de Dios yace la felicidad del ser humano. A continuación, Jesús proclama: -Danos hoy nuestro pan de cada día-. Una expresión intrínseca de nuestra humanidad, una necesidad esencial del hombre. Un reconocimiento de Dios como nuestro Padre proveedor, y por qué no, el proveedor también del pan que alimenta nuestras almas.

Seguidamente, luego de pedir porque nuestras necesidades esenciales sean cubiertas, Jesús toca uno de los temas más difíciles en la vida de cada ser humano. Esta vez, Jesús apunta al perdón: -Perdona nuestras ofensas, así como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden-. Como una muestra de que el perdón es un camino que todos debemos transitar, Jesús nos insta a pedir perdón a nuestro Padre Dios, recordándonos el poder liberador del perdón en ambas vías, cuando somos perdonados y cuando decidimos perdonar. Porque el Señor nos conoce y sabe, como me dijo una querida amiga en estos días, "nada es más mío que mis rencores".

Finalmente, Jesús deja descubierta la insuficiencia del hombre para librarse del pecado y del mal: -No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal-. Y con un clamor que proviene de lo más profundo del alma, pide que seamos librados de nosotros mismos, de nuestra tendencia a rendirnos a la tentación, y del mal que otros puedan ocasionarnos. El Señor nos revela que sin la fortaleza de Dios, sin su gracia, que se hace más fuerte y poderosa en nuestra debilidad, no podremos resistir la tentación y seremos presa del mal.

Con un profundo amor fraternal, te invito hoy a la práctica de la oración a través de esta lección de lecciones que nuestro amado Señor impartió a sus discípulos. ¡Es tiempo de buscar a Dios! ¡Es tiempo de aprender a orar!

"Pues bien, Yo les digo: Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen a la puerta y les abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca halla, y al que llame a la puerta se le abrirá". Lc. 11:9-10

ROSALÍA MOROS DE BORREGALES |  EL UNIVERSAL



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