jueves, 27 de enero de 2011

EN TU NOMBRE ECHARE LA RED


            Hay momentos en nuestras vidas cuando todos nuestros esfuerzos parecieran infructuosos. Mientras más nos esforzamos, menos logramos lo que queremos. Son tiempos difíciles, en los cuales la luz no se ve, a lo lejos, en el horizonte. Solo soledad, cansancio y mucho dolor nos rodean.
            Sin embargo, si hay una luz aunque nuestros ojos no puedan discernirla. Siempre la hay, a veces se nos presenta en el momento más oscuro de nuestra noche. Allí, cuando nos sentimos sin fuerzas, totalmente abandonados. Cuando aún el peso de nuestros propios cuerpos se nos hace casi imposible de llevar. Entonces, es en ese momento cumbre de nuestra debilidad, en esas circunstancias menos esperadas, cuando viene a nosotros. Algunos la reconocemos y le permitimos que nos ilumine la vida, otros acostumbrados a las tinieblas, cerramos nuestros ojos y no nos dejamos iluminar.
            Es como si el hombre en su lucha por ganar espacios, por adquirir fama, dinero y poder, se ensoberbece de tal manera que se erige a si mismo como su propia luz. Como dueño y señor de su vida. Como el invencible, el que todo lo puede, el que no necesita de nadie más. Pero, la Tierra gira más allá de nuestras conciencias, y el sol sale cada mañana brindándole su luz a un nuevo día en un lado del planeta, mientras del otro lado, la noche cubre con su manto de oscuridad. Y así, seguimos girando, en un instante estamos a plena abundancia de luz, y en otro estamos rodeados de la oscuridad de la amargura.
            Nunca sabemos cuándo será nuestro turno. Pero, si pensáramos sensatamente, nos daríamos cuenta que todo es cuestión de tiempo. Pues el hombre es tan vulnerable como la flor del campo, la cual a la mañana muestra su esplendor y en la tarde ya está marchita. Lo único que puede permitirnos prolongar la luz del día en nuestras vidas, y más aún, capacitarnos para poder ver las estrellas en medio de la oscuridad es una virtud olvidada por muchos… Claro, porque ella es muy modesta, no se envanece, ni hace alardes de su belleza, es sencilla y pura, su nombre es: humildad.
            La humildad fue la virtud que mostraron los discípulos del Señor cuando salieron a pescar una noche, y después de trabajar arduamente, no pescaron nada. Entonces, ya cuando iba amaneciendo se presentó Jesús en la playa y El les dijo: - Hijitos ¿Tienen algo de comer? A lo que ellos respondieron: ¡No! Entonces el Señor les dijo: Echad la red a la derecha de la barca y hallaréis. Por lo que ellos la echaron, como El les había dicho, y ya no podían sacarla, por la gran cantidad de peces. (San Juan 21: 1-14).
            Si, a pesar de que eran sabios pescadores, hombres de mar, acostumbrados a esas faenas, no tuvieron la menor duda en probar lo que el Señor les estaba diciendo. Lo hicieron, y para su sorpresa e inmensa alegría allí estaban los peces, tantos que no podían, con sus propias fuerzas, sacar la red por la abundancia de ellos. Entonces, todo el cansancio de la noche, se convirtió en regocijo; y la acción que habían logrado en el nombre del Señor se convirtió en bendición e iluminó su día.
            Vayamos hoy humildemente ante su presencia diciéndole: ¡Señor, en tu nombre echaré la red! Les aseguro que abrirá sus manos y su corazón para llenarnos con sus muchas bendiciones. Amén.

Rosalía Moros de Borregales

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