sábado, 18 de septiembre de 2010

CUANDO LA GRACIA DE DIOS ME ALCANZÓ

Corría el año 1978, mi padre se había retirado de su trabajo en las comunicaciones y nos habíamos mudado al sur del país donde mi papá se dedicaba a la agricultura. Una vez a la semana nos reuníamos a "rezar en familia", pero ese día mi padre anunció una reunión extraordinaria, había recibido una llamada en la que le informaban que un tío, hermano de mi madre, estaba gravemente enfermo; por lo cual papá nos reunió a todos para interceder por el tío.
Debido al calor decidió que nos fuéramos de la sala a la habitación de ellos, la cual era suficientemente amplia y el aire acondicionado nos salvaba de los 40º C que nos agobiaban sin siquiera hacer un esfuerzo.
Estando en la habitación nos pidió que nos arrodilláramos alrededor de la cama y después de haber "rezado" nos pidió que hiciéramos un ejercicio espiritual, el cual consistía en hacer una oración personal en voz alta, expresando con nuestras propias palabras nuestra gratitud, peticiones y alabanzas a Dios. Esta era realmente una forma nueva de oración para todos nosotros. En mi interior me sentí emocionada de hacer aquel extraño ejercicio y mientras otros oraban, en mi mente, no podía pensar de qué forma lo haría cuando tocara mi turno.
Sorpresivamente un pensamiento me inundó y disipó todos los demás que se agolpaban en mi mente inquieta. Lo único que quería era expresarle a Dios que quería que El siempre estuviera conmigo y yo con El. Entonces, llegado el momento, mi corazón se derramó a través de mis labios de los cuales brotaban palabras de amor y gratitud a Dios con tanta fluídez que yo misma estaba sorprendida.
Sin saber de qué manera, de repente me encontré a mí misma, con las manos levantadas hacia el cielo, con un sentimiento de amor tan grande que embargaba mi ser entero, las lágrimas corrían profusamente por mis mejillas, pero no me sentía triste en absoluto: por el contrario, estaba sintiendo una paz que parecía llenar toda la habitación y me arrullaba. Al mismo tiempo, era como un fuego que ardía dentro de mi corazón, como un ansia de alcanzar al Señor...  
Mis padres y una de mis hermanas mayores que estaba visitándonos por un tiempo, al verme, sin entender lo que me pasaba, se acercaron a mí tratando de consolarme, pero como cuenta mi padre, al ver la expresión de serenidad en mi rostro se contagiaron y ellos mismos comenzaron a expresar sus alabanzas a Dios.
Desde aquel día quedé grabada con ese fuego para siempre. Los días siguientes, con tan solo 13 años, me dediqué a leer el Nuevo Testamento con una devoción desconocida por mi hasta ese momento. Era un anhelo de saber más y más; y mientras más leía, más sorprendida estaba de ese Dios que un día había sido un ser muy lejano, pero que por alguna razón que yo no entendía, ahora era alguien a quien amaba y a quien mi alma anhelaba cada día más.
Hoy entiendo que fue un regalo. Hoy entiendo que fue una manifestación más de ese amor demostrado en la cruz, donde dió su vida por cada uno de nosotros. Hoy entiendo que fui alcanzada por su gracia infinita que le da oportunidad a cada ser humano.

3 comentarios:

Maria dijo...

Demasiado hermoso!

leonardo dijo...

Se escriben a diario noticias sobre desastres, hambrunas, delitos que nos dejan un amargo sabor en la boca pero al leerte, solo podemos darle Gracias a Dios por la sensibilidad de tu corazon, no solo por la rica prosa que te acompaña sino por la profundidad de lo que escribes, soy feliz por ser uno de los protagonistas de esta hermosa historia
Tuyo Leonardo

Anónimo dijo...

Yo no estaba en el cuarto ese día, a mi alcanzo su gracia no mucho después, y desde entonces no me puede esconder de EL. Su amor siempre me encuentra, así es Jesús .
Tu hermano Eduardo.