sábado, 18 de abril de 2015

El sermón del monte


Cuentan las Sagradas Escrituras que Jesús de Nazaret recorría toda Galilea enseñando, sanando y liberando; de tal manera que, una gran multitud le seguía. Un día, viendo el Señor que había mucha gente con él y sus discípulos decidió subir a lo alto de una montaña, lugar que pudiera corresponder a los Cuernos de Hattim, constituído por dos picos rocosos cerca del mar de Galilea. Desde ese lugar, Jesús pronunció el discurso más profundo de la historia de la humanidad, el cual ha inspirado a sabios y sencillos, a ricos y pobres, a toda clase de intelectuales y científicos. Se encuentra expresado en la Biblia en los capítulos quinto, sexto y séptimo del evangelio según San Mateo.

Conocido como el Sermón del monte o de la montaña este discurso de Jesús devela la verdad del llamado reino de Dios, no una religión sino un nuevo estilo de vida con un propósito que trasciende nuestra humanidad; el camino para nuestra salvación; la reconciliación del hombre con su hacedor; la visión divina de las características fundamentales del carácter cristiano; una guía practica para relacionarnos con nuestro prójimo y el secreto de la comunión con Dios a través de la oración. En fin, este maravilloso discurso contiene los temas más relevantes de la vida, el tan ansiado secreto para la paz del alma, la verdadera felicidad.

La apertura del sermón de la montaña la constituyen las tan conocidas bienaventuranzas  o proclamaciones de felicidad. En ellas Jesús, como la boca de la deidad suprema, devela las razones por las que los hombres son felices, en un presente contradictorio para aquellos que en la búsqueda constante de la felicidad, siempre la consideran como parte del futuro. Además, rompiendo todos nuestros paradigmas nos enseña que la primera piedra en el fundamento de una vida feliz la constituye la “pobreza”, pero no esa pobreza caracterizada por condiciones de miseria y escases, sino la pobreza en espíritu, la ausencia de la elevada soberbia en el alma del hombre, la cual le hace poseedor de un reino.

Aunque la promesa para cada bienaventuranza se expresa en futuro, esa condición de ser bienaventurado (a) está expresada para el momento actual en la vida de cada hombre. Dándonos, de esta forma, una visión del eterno presente de la relación de Dios con el ser humano, en la que el hoy fue el futuro de ayer, el ayer quedó en el pasado con sus desaciertos, y el futuro solo le pertenece a El. Del fundamento de un espíritu pobre para ser feliz, el Señor nos va elevando a condiciones que comprometen cada vez más el carácter intrínseco de aquellos que recorren el camino del amor de Dios. Son felices los que lloran, contradictorio en realidad, pero una verdad espiritual innegable, pues solo los que tienen un alma sensible a Dios lloran, los soberbios hacen llorar.

Así, los que lloran, lloran con mansedumbre ante Aquel que puede librar sus almas, no pelean con el hombre sino encomiendan la causa al que juzga justamente; los mansos literalmente tienen hambre y sed de justicia, ellos saben que solo en Dios pueden encontrarla. El siguiente escalón en esta elevación del espíritu del hombre feliz es la misericordia, el verdadero amor de Dios por el ser humano apartado de Su luz. Todo el que ha recibido la misericordia de Dios, aquel a quien mucho se le ha perdonado, es capaz de perdonar a su prójimo. Y después de la misericordia expresada en el perdón, el corazón se limpia de toda amargura, resentimiento y odios; de tal manera, que en esta condición el hombre feliz se convierte en un pacificador, hacedor de paz. Por esa razón, aquellos que siembran odios, que hacen guerras son los hombres más infelices del mundo, aunque no lo sepan.

A continuación de las bienaventuranzas, Jesús nos expresa quienes somos en este mundo, nos compele a cumplir esa tarea irrenunciable de ser sal de la tierra y luz del mundo. Desmonta las estructuras religiosas de la época echando por tierra aquellas enseñanzas orales, lo que habían escuchado a lo largo de generaciones, pero que no contenía las verdaderas enseñanzas de Dios: _ Oísteis que fue dicho, pero yo os digo. De allí, Jesús nos toma de la mano en una guía para vivir según el deseo del corazón de Dios. Trata temas como el adulterio, el divorcio, la venganza, los enemigos, el dar, la oración, el ayuno, las riquezas, el juzgar, la regla de oro, los frutos de cada hombre y la confianza en Dios cada día de nuestras vidas. Termina, este incomparable sermón instando al que oye a ponerlo por practica, pues de esta manera estará cimentando su vida sobre la roca, la cual no podrá ser conmovida por los embates del mundo.

“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” II Timoteo 3:16-17.

Rosalía Moros de Borregales
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viernes, 10 de abril de 2015

Tu corazón en un alabastro

Hay momentos en la vida de cada ser humano en los que un gesto, una mirada o una acción expresan la verdad del alma. El corazón revela el significado de las palabras que se guardan en el silencio, el gesto traduce sentimientos que se enlazan con el corazón del otro. En tiempos de Jesús de Nazaret ocurrió uno de estos hechos que impactó tanto a nuestro Señor que El mismo aseveró que en cualquier lugar del mundo donde se proclamara su evangelio la historia de esta mujer sería contada y ella sería recordada.

Estaba Jesús en Betania, sentado a la mesa en la casa de Simón el leproso. Entonces, llegó una mujer con un un vaso de alabastro que contenía  perfume de nardo puro, el cual era muy costoso. Rompió el vaso de alabastro derramando el perfume sobre la cabeza de Jesús.  Algunos de los que allí estaban se enojaron y pensaban: _ ¿Por qué se ha desperdiciado así este perfume?  ¡Podría haberse vendido por más de trescientos denarios, y ese dinero habérselo dado a los pobres! Pero Jesús dijo: Déjenla tranquila. ¿Por qué la molestan? Ella ha efectuado en mí una buena obra. (Marcos 14:1-9)

Los vasos de alabastro fueron usados desde el antiguo Egipto para guardar perfumes de alto valor. El alabastro es un piedra lisa, blanda, traslúcida parecida al mármol blanco; transformarla en un recipiente era todo un arte de gran pericia. Su contenido alcanzaba a una libra de perfume equivalente a 453 mls. Para la época un denario era el salario de un trabajador por día y, de acuerdo a las Escrituras, el valor del perfume de aquella mujer era de 300 denarios. De tal manera que, el utilizar todo el perfume para derramarlo en la cabeza de nuestro Señor suponía a los ojos de los presentes en la casa de Simón todo un desperdicio.

Sin embargo, para aquella mujer el traer su alabastro lleno de ese tan preciado perfume implicaba traer lo mejor de sí al Señor. Quizá, su alma sedienta por el camino desértico de la vida de pecado, de desamor y de dolor reconoció en el Maestro el recipiente digno. Este acto implicó mucho más que ofrecer algo valioso monetariamente, u algo de valor sentimental; fue un acto de la entrega de su corazón, de la rendición de su voluntad al único que podía tomar su vida pecadora y transformarla para convertirla en luz, tal como era El.

¿Desde cuando no vienes ante el Maestro para rendir tu corazón?

¡Ella trajo a Jesús su corazón en un alabastro!

Rosalía Moros de Borregales






domingo, 15 de marzo de 2015

La hora de Dios

La hora de Dios

Por todos es sabida la terrible realidad que vivimos en nuestro país. La violencia que actuaba en secreto, en la oscuridad de la noche o subrepticiamente a plena luz del día, ahora nos muestra su cara de monstruo cercenando vidas que ejercen su legítimo derecho a la protesta, en un país donde se han ido agotando todas las posibilidades de  una vida digna. Las autoridades que deberían defender a los ciudadanos justifican la tortura de jóvenes que hace apenas un tiempo dejaron los pañales. Mientras una madre sufre el horror de ver la cara de su hija destrozada por perdigones y, minutos más tarde enfrenta la muerte de su amada; la máxima autoridad baila con un cinismo que nos deja perplejos.

Por otra parte, muchos de los que piensan que están en el bando de los buenos justifican acciones engendradas en el odio, y el odio no puede dar a luz a la justicia, la cual, en el fondo, es lo que la mayoría desea. Los días pasan y no pareciera que hay una luz al final del túnel para nuestro país. Estamos viviendo la cosecha de semillas del mal que fueron sembradas, regadas y cuidadas por muchos. La Biblia nos señala en el libro de Gálatas 6:7 "No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará". Hemos cosechado los frutos del odio.

¡Hemos caminado alejados de Dios! Hemos pretendido reducir al Dios omnipotente, omnipresente y omnisciente a un simple amuleto al servicio de nuestros caprichos. Nos hemos interesado más en adivinar nuestro futuro que en vivir cada día bajo su mano amorosa. Hemos pensado equivocadamente que Él está de un lado o del otro; sin entender que su gracia, su luz y su amor están solo con aquellos que con corazón sincero le buscan. Hace tiempo que la palabra arrepentimiento dejó de existir en el vocabulario de muchos; pues, hinchados en su vanidad y soberbia han vivido bajo la hueca filosofía de "no arrepentirse de nada".

De tal manera que, hemos perseverado en una actitud obstinada, endureciendo nuestros corazones hacia nuestro prójimo; calmando la angustia del vivir diario con placeres egoístas que exaltan el yo y destruyen el nosotros. ¡Pero, no perdamos la fe! Dios no está lejos, El tiene para nosotros pensamientos de bien y no de mal, para darnos el fin de justicia, bondad y verdad que esperamos. La fe en su esencia más profunda es obediencia, la obediencia a sus mandamientos. Por esa razón, es necesario que volvamos a la Palabra de Dios, que cambiemos nuestros pensamientos por los pensamientos de Dios.

Pero, ¿acaso, cambiará una nación que se vuelva a Dios los planes orquestados por un sistema político que pretende sobrevivir y expandirse a costa de nuestras riquezas? Enfáticamente sí. Jesucristo no se quedó colgado en la cruz. Él resucitó y su Palabra dice que ese mismo poder que lo levantó de la muerte actúa en aquellos que le creen. Dios no está solo en los templos, Él camina con cada uno que le invoca, le obedece y le honra. Así, como muchas pequeñas luces al unirse pueden desplegar una gran luz, de la misma forma, muchos ciudadanos, hombres, mujeres, jóvenes y niños, que rindan sus vidas a Dios, que clamen con fervor cada día y que actúen de acuerdo a sus mandamientos pueden hacer frustrar los planes del mal e instaurar la justicia y la verdad en nuestra nación.

¡Es la hora de Dios! La hora de volvernos con todo nuestro corazón a Él. Es la hora de que en cada rincón de la geografía de nuestra patria, en cada hogar, escuela, liceo, universidad; en cada iglesia, en cada lugar de trabajo unamos nuestras voces en oración, pidamos perdón elevando plegarias por nuestra nación. Es la hora de no dejarnos seducir por el mal para acabar con el mal. La hora de bendecir al que te maldice, aun cuando cada célula de tu ser grite que le odies. La hora de estrecharnos las manos entre hermanos venezolanos. Y cuando el mal vestido de humanidad se pare frente a ti para hacerte daño, primero invoques el nombre de Dios, y luego, abras tu boca con la autoridad y el amor que provienen de Él. Te aseguro que Dios hará más allá de lo que te imaginas. ¡Es la hora de Dios!

"Nos hemos olvidado de Dios. Hemos olvidado la misericordiosa mano que nos guardó en paz, nos multiplicó, nos enriqueció y nos fortaleció. Y, con nuestro corazón engañoso, hemos supuesto, vanamente, que todas estas bendiciones eran producto de alguna sabiduría superior o virtud propia. Intoxicados por triunfos ininterrumpidos, hemos llegado a ser demasiado autosuficientes como para sentir la necesidad de redención y gracia, demasiado altivos como para orar al Dios que nos creó. Nos corresponde humillarnos ante el Poderoso, confesando nuestros pecados nacionales y pidiendo clemencia y perdón en oración".  Abraham Lincoln.

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domingo, 8 de marzo de 2015

¡Sigue adelante hermana!


Dedicado a mis  cinco hermanas y con ellas a todas mis hermanas venezolanas.

Hermana, sé que amas la vida, pero aún más que la vida amas el precioso don de dar a luz la vida. Tus hijos son tus estrellas en el firmamento. Sus vidas son los diplomas que cuelgan de tu pared. Tus fuerzas no tienen límites para luchar en el camino, tu amor vence todos los obstáculos; la ilusión de ver las caras de tus amados iluminadas con una sonrisa y con una mirada tierna son suficiente recompensa para que camines la segunda milla. Tú has entendido desde hace tanto que es más bienaventurado dar que recibir; por esa razón, tus manos siempre rebosan. Lo poco viene a ser mucho en tu regazo, en ti todo el bien se multiplica.

Hermana, eres roca firme e inconmovible, el corazón de tu esposo reposa confiadamente en ti, tú sabes darle bien y no mal todos los días de su vida; lo has amado con la pureza de tu alma, ha sido él tu deleite, bajo su sombra te ha sido grato el reposo. Por eso, cuando la extraña, la ajena que seduce con labios de ajenjo maquillados de miel, quiera usurpar lo que has cultivado con tanto amor, levanta tu cabeza y como valiente leona muéstrale que tus armas son poderosas en Dios. Si él merece tu precioso corazón sabrá discernir dónde está su nido de amor, si no entregará su honor a extraños y sus años a alguien cruel.

Hermana, todos tus miedos se desvanecen cuando al amanecer Dios trae su luz por tu ventana. Desde muy temprano en la mañana gobiernas tu casa, diriges tus asuntos, reparas, corriges, haces; del hacer están hechas tus manos, del acariciar las hidratas cada día. Cuando las provisiones escasean sabes administrar tus bienes; tu creatividad se convierte en una fuente de producción. Cuando la abundancia llena tu casa, cual hormiga previsiva sabes guardar porción para el invierno, y aún consigues traer para el disfrute, porque tú sabes celebrar la vida.

Hermana, el destino parece impenetrable, cuando piensas que con cada segundo que pasa la vida se te acorta es porque de alguna manera la tristeza ha invadido tu alma, y quizá ha permanecido en ella sin ser invitada. Porque cada segundo que pasa es inversión de vida; añade cada segundo a la suma de todas tus ganancias y no a la lista de la resta de todas tus pérdidas; pues tú sabes convertir tus pérdidas en ganancias. La clave está en desarraigar toda la amargura, pues ella comienza a tomar posesión de tu mente poco a poco y pronto todo tu cuerpo se convierte en su esclavo.

Hermana, es hermoso ver cómo hay cabida en ti para todos los afectos; para los hijos que te ven como un hada madrina; para el esposo que busca en ti el remanso de paz; para los padres que buscan en ti el sostén para sus debilitadas piernas; para los infinitos familiares que saben que en ti siempre encontrarán el corazón abierto y amable, para la amiga que necesita que la abraces con tus oídos y la escuches con el corazón... Pero al dar todos los amores, no te olvides, hermana mía, de ti. Ámate y cuídate con esmero. Invierte tanto en tu mente como en tu corazón, y recuerda que tu cuerpo va cargando con los dos.

¡Hermana, te he hablado con el corazón!, pero todas mis palabras serían como hoja seca que se lleva el viento si no te dijera lo más importante, hermana mía: ¡Dios quiere bendecirte la vida! Él quiere llenar tu casa con toda clase de bien. No busques por  senderos apartados de la luz a quien es El Camino. Tan sólo ven a Él, ábrele tu corazón, reconócelo como tu Señor, como el único Dios de tu vida. Y cree, hermana, cree en su cruz, cree en su resurrección y cree en su Amor para darte la mejor vida.

¡Con todo mi corazón para ti, hermana mía!

ROSALÍA MOROS DE BORREGALES 

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domingo, 22 de febrero de 2015

Consejos de Dios ante la maldad


Una de las cosas más retadoras a la fe es la injusticia del hombre. Cuando damos una mirada a nuestro mundo, lo malo, lo cruel, lo injusto abunda como una cosecha, entonces nuestra primera reacción es sentirnos desesperanzados. Nuestro Señor Jesucristo les advirtió a sus discípulos que el amor de muchos se enfriaría a causa de la maldad. Sin embargo, al recorrer las páginas de la historia comprobamos que no son los tiempos actuales los que son malos; donde ha estado el hombre, la huella del mal ha quedado marcada.

Desde el interior del ser humano proviene la paz, el progreso, el respeto y la solidaridad; pero del mismo corazón proviene la guerra, la pobreza, las violaciones a los derechos y la enemistad. ¡Es el mundo en el que vivimos! A pesar de esta realidad existe una verdad en la que pocos creen, son principios que trascienden al concepto que tenemos de la justicia y de la vida. Los hombres juzgamos según las apariencias y la verdad es que debajo de un rostro se esconden mil historias de las que Dios es testigo.

Cuenta la Biblia que el rey David vivió un reinado de grandes confrontaciones. En medio de su vida de luchas, de pecado y de la búsqueda de Dios escribió una gran cantidad de salmos; es decir, oraciones expresadas en forma de cantos. Muchos de estos salmos relatan momentos cumbres de la vida del pueblo de Israel, otros son análisis de las diferentes circunstancias que atravesaron en su caminar, mientras otros muestran la verdad intrínseca del ser humano y el pensamiento de Dios.

Uno de mis favoritos es el Salmo 37, su título es “El camino de los malos”, aunque desde mi perspectiva Cristo céntrica lo hubiera titulado algo así como “La bendición de los que confían en Dios.” Desde esta visión hay dos maneras en las que podemos vivir nuestras vidas. Por un lado, podemos concentrarnos en todo el mal que nos rodea, analizarlo para quedar más consternados aún, perder nuestra fe y más terriblemente, perder nuestro amor.

Por otro lado, sin ignorar la maldad que nos rodea, podemos concentrarnos en Dios, en su amor, en su poder y confiar en El. Existe un gran misterio en mantener nuestra fe; no solo en creer que Dios existe sino en creerle a El, en creer en sus palabras, en creer que es galardonador de aquellos que le buscan de corazón. De nuevo, nos encontramos ante el conocimiento de que las armas de Dios no son, ni serán nunca las del hombre, pues en la justicia del hombre no obra la justicia de Dios.

Por eso, no te impacientes a causa de los malignos, ni tengas envidia de los que practican el mal porque como la hierba serán pronto cortados y como la hierba verde se secarán. Solo Dios sabe el fin que le espera a cada hombre. El poder y el dinero les nublan el discernimiento; se creen dueños y señores pero pronto pueden ser sorprendidos por lo inesperado. Pueden pretender imponer sus ideas a la fuerza, pero cuando venga sobre ellos la fuerza del Todopoderoso serán arrasados como por aguas impetuosas.

¡Confía en el Señor y haz el bien! No te canses de dar la bondad que está en tus manos, no le des cabida en tu corazón a la venganza, no seas vencido por el mal sino vence a las tinieblas con la luz de Dios. Deléitate en El, entrégate a su amor así como un niño confiado en el regazo de su madre. No dejes de abrir la puerta de la oración cada día. Aunque la maldad se multiplique a tu alrededor, tu tendrás la paz que sobrepasa todo entendimiento. Aunque quieran quebrar tu voluntad con sus fuerzas, recuerda que su espada entrará en su corazón y su arco será quebrado.

Recuerda que siempre hay una posibilidad de bien en el ser humano; así como el ladrón que reconoció en Cristo el poder de Dios y le pidió que se acordara de él cuando estuviera en el Paraíso; así, a través de tu proceder podría llegar la luz de la vida a un esclavo de las tinieblas. Recuerda que cuando has caído Dios no te ha dejado postrado. ¡El ha sostenido tu mano! El Señor no te dejará ser condenado, tu salvación de El vendrá, El será tu fortaleza en el tiempo de la angustia.

“Encomienda al Señor tu camino, confía en El y El hará. Exhibirá tu justicia como la luz y tu derecho como el mediodía”. Salmo 37: 5-6.

Rosalía Moros de Borregales
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martes, 17 de febrero de 2015

El sentir de Dios

Dedicado con todo mi amor a mi hijo Andrés Eduardo Borregales Moros

Siempre estaré inmensamente agradecida a Dios por la amistad con mis hijos, desde muy pequeños compartimos muchos ratos de lectura y oración antes de dormir, y aunque éstos mermaron en los años de la adolescencia, siempre ha habido entre nosotros esa comunicación que nos ha permitido saber cómo andan nuestros corazones. Ya no son niños, son más que adolescentes, hombres jóvenes que buscan un destino, que tienen ideales, con metas trazadas y llenos de esperanzas por una vida digna. Pero cuando se tiene esta clase de amistad, la edad no es un impedimento para volver a compartir como en los tiempos de niños.

Llego a mi casa, respiro profundo y agradezco a Dios estar aquí, en mi refugio. Mi hijo menor me llama, nos saludamos, me da un beso en la mejilla y me pide la bendición; le respondo con cariño y me invita a ver algo en su computadora, está recostado en su cama, me siento a su lado y comienza a hablar conmigo mientras me muestra algunos videos. Me pasea por una variedad que va desde la música que más le gusta, pasando por seminarios de un maestro de la psicología, hasta unas cuantas personas que hablan de la fe cristiana. De repente, me expresa su admiración por un video en particular, es del Papa Juan Pablo II, del año 1987 cuando el Papa visitó a Chile.

Atentamente escucho cada palabra, mi corazón está a la expectativa, a medida que va transcurriendo el mensaje reconozco la profundidad y verdad en él. Mi hijo se acerca más a mí, nuestras cabezas reposan la una al lado de la otra mientras miramos la pantalla. El Papa dice a los jóvenes que deben estar siempre dispuestos a dar razón de la esperanza que hay en ellos; les insta a estar atentos, con sus miradas en el mundo para ver las realidades sociales; les exhorta a no conformarse con denunciar los males existentes. Con profundo amor les hace ver que en sus mentes han de nacer y tomar forma propuestas de soluciones para dichos males.

Expreso mi admiración por cada palabra y mi hijo me responde que ha visto este video muchas veces, que una y otra vez se siente impactado. Ahora Juan Pablo II les dice que también deben estar atentos a no perder el sentido de Dios, a no permitir que se debilite en ellos el sentido de la presencia y acción de Dios. Les enfatiza que el hombre puede construir un mundo sin Él, pero que ese mundo acabará volviéndose contra el hombre mismo. Por eso, continúa, debemos volver nuestra mirada a Cristo, pero no al Cristo muerto sino al resucitado; y tiernamente les guía a mirar al fondo del escenario donde se ha desplegado una de las miles de imágenes del rostro de nuestro Señor. Y cuando todos lo miran, Juan Pablo II les dice: "No tengáis miedo de mirarlo a Él".

A estas alturas estoy totalmente abstraída en el mensaje y compenetrada con mi hijo en lo que su corazón está sintiendo. Le acaricio el cabello suavemente, y veo las lágrimas corriendo por su rostro, mientras Juan Pablo II con la pasión del que ama verdaderamente a Dios, les pregunta qué ven cuando ven a Cristo. El mismo les contesta, ven a un hombre, no solo a un hombre, mucho más que a un hombre. ¡Ven a un reformador social! Pero no solo a un reformador social, mucho más, enfatiza el Papa, para luego llevarlos a la cumbre de su pensamiento: "Mirad al Señor, y descubriréis en el Él, el rostro mismo de Dios".

Mis ojos también están bañados de lágrimas, en ese instante, como en una película, escenas de muchos momentos en los que hemos compartido acerca de Dios, se suceden en mi mente; entiendo que todos ellos fueron tejiendo en el corazón de mi hijo el momento que estoy viviendo hoy. Una profunda convicción llena mi corazón, acariciada por la presencia de Dios, me siento profundamente agradecida, profundamente segura de que al elevar sus alas en el vuelo de la vida mi hijo surcará los cielos sustentado e inspirado siempre en Dios.

Entonces, escucho las palabras finales de Juan Pablo II:
"Buscad a Cristo, mirad a Cristo, vivid en Cristo".

Rosalía Moros de Borregales

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viernes, 13 de febrero de 2015

De rodillas


Siempre me ha sorprendido el pasaje bíblico del libro de Eclesiastés que habla sobre el tiempo: "Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora". Eclesiastés. 3:1. Si nos detenemos a pensar, en la vida hay tiempo para cada cosa, aunque no lo planeemos. Un día nos reímos y, al siguiente, podemos llorar. Hay tiempos que llegan de sorpresa, otros que se van dando, que los vamos vislumbrando y otros que debemos discernir.

Nuestra amada Venezuela está viviendo tiempos malos, se han venido dando, nos han sorprendido, nos han consternado; sin embargo, muchos viven este tiempo como si fuera un buen tiempo, como si lo que acontece es sólo para unos cuantos, entre los cuales ellos no se cuentan. Son estos tiempos los que debemos discernir, los que debemos ver con ojos espirituales para poder actuar más allá del impacto que nos causan en el día a día. Nuestras fuerzas se hacen débiles ante la avalancha del mal; no hay respuesta en nuestra sabiduría para enfrentar la tormenta de mentiras que nos comunican a diario; tratar de mantener el ánimo nos hace sentir hipócritas; la incertidumbre es la reina en  nuestros pensamientos.

Entonces ¿qué clase de tiempo es este que estamos viviendo? ¿Cómo podemos hacerle frente a un tiempo marcado por el mal? Al hacerme estas preguntas elevo mis ojos al Cielo, entonces una respuesta viene a mi mente, es clara y contundente: ¡Es el tiempo de estar sobre nuestras rodillas! Es el tiempo de venir delante del Todopoderoso doblegando nuestro orgullo, poniendo nuestra soberbia de un lado para darle paso a la voz de Dios. El estar arrodillado demuestra una actitud de humildad. Cuando entendemos que debemos estar sobre nuestras rodillas es porque primero se ha arrodillado el corazón. El corazón se rinde cuando reconoce su pequeñez e insuficiencia en la presencia de Aquel que puede librarnos del mal.

La respuesta viene mostrándome como en una película una sucesión de momentos vivídos. Son recuerdos de días en los que estuve de rodillas, momentos que Dios honró con la respuesta de su amor. Aquel día, cuando con apenas 8 añitos me puse sobre mis rodillas para clamarle a Dios por la vida de mi hermana mayor quien había sido embestida por un borracho a las 6 de la mañana cuando iba de camino a su Universidad. Otro día,  también siendo muy pequeña, cuando abrumada por las burlas que los niños en el Colegio hacían de mi hermana menor a causa de su estrabismo, el dolor traspasó mi corazón, quise arrancarme los ojos para dárselos a mi hermana y no verla sufrir más.

Mi clamor cuando fuimos sorprendidos con un robo en nuestra casa y al final lo único que faltaba era el primer sobrino de la familia que estaba de visita en casa de los abuelos. La gran angustia que sentí cuando una de mis hermanitas menores se despertó, en una madrugada en la que papá estaba en la Finca, con un gran dolor en la barriga. La tristeza que me embargó cuando despedí a mi hermano, mi compañero y amigo, cuando se fue a estudiar fuera. No pude despedirlo, cuando desperté de mi desmayo estaba en la enfermería del aeropuerto y él ya había abordado su avión; al llegar a casa me puse sobre mis rodillas y le pedí a Dios que pudiera volver a verlo.

Lloré también con la partida de otro de mis hermanos, en una familia de nueve hijos hay siempre suficientes acontecimientos para reír y llorar, pero esta vez, sabía que lo volvería a ver. En cada ocasión mi corazón se rindió ante Dios, y al doblar mis rodillas siempre su paz inundó mi ser. Una vez me quedé dormida sobre mis rodillas, era apenas una adolescente, el amor había hecho florecer mi vida y de repente la desilusión vistió mi primavera con grises. La respuesta que recibí aquel día fue una promesa que hoy está materializada en un matrimonio con dos hermosos hijos. Más tarde, en ese hogar que Dios me dio, al esperar nuestro primer bebé, fueron cuatro las rodillas que se doblaron al enterarnos que era un embarazo ectópico, el bebé creciendo en una trompa, fuera del útero. Pero hoy, ese bebé es un hombre maravilloso que ha llenado nuestra vida con muchas alegrías.

Los niños traen con ellos una gran carga de momentos que nos ponen sobre nuestras rodillas. Muchas noches al pie de la cama del hijo menor, asmático, revisando la saturación de oxígeno, rogándole a Dios que le bendijera la vida. Hoy el asmático es un hombre tan saludable que ni gripe le da. Momentos de enfermedad, de vicisitudes económicas, de problemas de familia, tantos y tantos momentos que vivimos en los que ni nuestra fuerza, ni nuestros conocimientos, ni nuestro dinero, ni nada, ni nadie puede sacarnos de la angustia.

Venezuela está atravesando uno de los peores tiempos de su historia; es tiempo de discernir, de entender que ninguna fuerza humana podrá librarnos de este mal tan grande. Es tiempo de que los venezolanos echemos de nuestras vidas todo ídolo inútil y volvamos nuestros ojos al Altísimo. Tiempo de unir nuestras voces en un solo clamor; tiempo de renunciar a nuestra soberbia para darle paso a la sabiduría divina; de liberar nuestras vidas del odio, tiempo de estar de rodillas ante nuestro Dios.


"Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro". (Hebreos 4:16 RVR1960)

Rosalía Moros de Borregales
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