domingo, 22 de febrero de 2015

Consejos de Dios ante la maldad


Una de las cosas más retadoras a la fe es la injusticia del hombre. Cuando damos una mirada a nuestro mundo, lo malo, lo cruel, lo injusto abunda como una cosecha, entonces nuestra primera reacción es sentirnos desesperanzados. Nuestro Señor Jesucristo les advirtió a sus discípulos que el amor de muchos se enfriaría a causa de la maldad. Sin embargo, al recorrer las páginas de la historia comprobamos que no son los tiempos actuales los que son malos; donde ha estado el hombre, la huella del mal ha quedado marcada.

Desde el interior del ser humano proviene la paz, el progreso, el respeto y la solidaridad; pero del mismo corazón proviene la guerra, la pobreza, las violaciones a los derechos y la enemistad. ¡Es el mundo en el que vivimos! A pesar de esta realidad existe una verdad en la que pocos creen, son principios que trascienden al concepto que tenemos de la justicia y de la vida. Los hombres juzgamos según las apariencias y la verdad es que debajo de un rostro se esconden mil historias de las que Dios es testigo.

Cuenta la Biblia que el rey David vivió un reinado de grandes confrontaciones. En medio de su vida de luchas, de pecado y de la búsqueda de Dios escribió una gran cantidad de salmos; es decir, oraciones expresadas en forma de cantos. Muchos de estos salmos relatan momentos cumbres de la vida del pueblo de Israel, otros son análisis de las diferentes circunstancias que atravesaron en su caminar, mientras otros muestran la verdad intrínseca del ser humano y el pensamiento de Dios.

Uno de mis favoritos es el Salmo 37, su título es “El camino de los malos”, aunque desde mi perspectiva Cristo céntrica lo hubiera titulado algo así como “La bendición de los que confían en Dios.” Desde esta visión hay dos maneras en las que podemos vivir nuestras vidas. Por un lado, podemos concentrarnos en todo el mal que nos rodea, analizarlo para quedar más consternados aún, perder nuestra fe y más terriblemente, perder nuestro amor.

Por otro lado, sin ignorar la maldad que nos rodea, podemos concentrarnos en Dios, en su amor, en su poder y confiar en El. Existe un gran misterio en mantener nuestra fe; no solo en creer que Dios existe sino en creerle a El, en creer en sus palabras, en creer que es galardonador de aquellos que le buscan de corazón. De nuevo, nos encontramos ante el conocimiento de que las armas de Dios no son, ni serán nunca las del hombre, pues en la justicia del hombre no obra la justicia de Dios.

Por eso, no te impacientes a causa de los malignos, ni tengas envidia de los que practican el mal porque como la hierba serán pronto cortados y como la hierba verde se secarán. Solo Dios sabe el fin que le espera a cada hombre. El poder y el dinero les nublan el discernimiento; se creen dueños y señores pero pronto pueden ser sorprendidos por lo inesperado. Pueden pretender imponer sus ideas a la fuerza, pero cuando venga sobre ellos la fuerza del Todopoderoso serán arrasados como por aguas impetuosas.

¡Confía en el Señor y haz el bien! No te canses de dar la bondad que está en tus manos, no le des cabida en tu corazón a la venganza, no seas vencido por el mal sino vence a las tinieblas con la luz de Dios. Deléitate en El, entrégate a su amor así como un niño confiado en el regazo de su madre. No dejes de abrir la puerta de la oración cada día. Aunque la maldad se multiplique a tu alrededor, tu tendrás la paz que sobrepasa todo entendimiento. Aunque quieran quebrar tu voluntad con sus fuerzas, recuerda que su espada entrará en su corazón y su arco será quebrado.

Recuerda que siempre hay una posibilidad de bien en el ser humano; así como el ladrón que reconoció en Cristo el poder de Dios y le pidió que se acordara de él cuando estuviera en el Paraíso; así, a través de tu proceder podría llegar la luz de la vida a un esclavo de las tinieblas. Recuerda que cuando has caído Dios no te ha dejado postrado. ¡El ha sostenido tu mano! El Señor no te dejará ser condenado, tu salvación de El vendrá, El será tu fortaleza en el tiempo de la angustia.

“Encomienda al Señor tu camino, confía en El y El hará. Exhibirá tu justicia como la luz y tu derecho como el mediodía”. Salmo 37: 5-6.

Rosalía Moros de Borregales
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martes, 17 de febrero de 2015

El sentir de Dios

Dedicado con todo mi amor a mi hijo Andrés Eduardo Borregales Moros

Siempre estaré inmensamente agradecida a Dios por la amistad con mis hijos, desde muy pequeños compartimos muchos ratos de lectura y oración antes de dormir, y aunque éstos mermaron en los años de la adolescencia, siempre ha habido entre nosotros esa comunicación que nos ha permitido saber cómo andan nuestros corazones. Ya no son niños, son más que adolescentes, hombres jóvenes que buscan un destino, que tienen ideales, con metas trazadas y llenos de esperanzas por una vida digna. Pero cuando se tiene esta clase de amistad, la edad no es un impedimento para volver a compartir como en los tiempos de niños.

Llego a mi casa, respiro profundo y agradezco a Dios estar aquí, en mi refugio. Mi hijo menor me llama, nos saludamos, me da un beso en la mejilla y me pide la bendición; le respondo con cariño y me invita a ver algo en su computadora, está recostado en su cama, me siento a su lado y comienza a hablar conmigo mientras me muestra algunos videos. Me pasea por una variedad que va desde la música que más le gusta, pasando por seminarios de un maestro de la psicología, hasta unas cuantas personas que hablan de la fe cristiana. De repente, me expresa su admiración por un video en particular, es del Papa Juan Pablo II, del año 1987 cuando el Papa visitó a Chile.

Atentamente escucho cada palabra, mi corazón está a la expectativa, a medida que va transcurriendo el mensaje reconozco la profundidad y verdad en él. Mi hijo se acerca más a mí, nuestras cabezas reposan la una al lado de la otra mientras miramos la pantalla. El Papa dice a los jóvenes que deben estar siempre dispuestos a dar razón de la esperanza que hay en ellos; les insta a estar atentos, con sus miradas en el mundo para ver las realidades sociales; les exhorta a no conformarse con denunciar los males existentes. Con profundo amor les hace ver que en sus mentes han de nacer y tomar forma propuestas de soluciones para dichos males.

Expreso mi admiración por cada palabra y mi hijo me responde que ha visto este video muchas veces, que una y otra vez se siente impactado. Ahora Juan Pablo II les dice que también deben estar atentos a no perder el sentido de Dios, a no permitir que se debilite en ellos el sentido de la presencia y acción de Dios. Les enfatiza que el hombre puede construir un mundo sin Él, pero que ese mundo acabará volviéndose contra el hombre mismo. Por eso, continúa, debemos volver nuestra mirada a Cristo, pero no al Cristo muerto sino al resucitado; y tiernamente les guía a mirar al fondo del escenario donde se ha desplegado una de las miles de imágenes del rostro de nuestro Señor. Y cuando todos lo miran, Juan Pablo II les dice: "No tengáis miedo de mirarlo a Él".

A estas alturas estoy totalmente abstraída en el mensaje y compenetrada con mi hijo en lo que su corazón está sintiendo. Le acaricio el cabello suavemente, y veo las lágrimas corriendo por su rostro, mientras Juan Pablo II con la pasión del que ama verdaderamente a Dios, les pregunta qué ven cuando ven a Cristo. El mismo les contesta, ven a un hombre, no solo a un hombre, mucho más que a un hombre. ¡Ven a un reformador social! Pero no solo a un reformador social, mucho más, enfatiza el Papa, para luego llevarlos a la cumbre de su pensamiento: "Mirad al Señor, y descubriréis en el Él, el rostro mismo de Dios".

Mis ojos también están bañados de lágrimas, en ese instante, como en una película, escenas de muchos momentos en los que hemos compartido acerca de Dios, se suceden en mi mente; entiendo que todos ellos fueron tejiendo en el corazón de mi hijo el momento que estoy viviendo hoy. Una profunda convicción llena mi corazón, acariciada por la presencia de Dios, me siento profundamente agradecida, profundamente segura de que al elevar sus alas en el vuelo de la vida mi hijo surcará los cielos sustentado e inspirado siempre en Dios.

Entonces, escucho las palabras finales de Juan Pablo II:
"Buscad a Cristo, mirad a Cristo, vivid en Cristo".

Rosalía Moros de Borregales

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viernes, 13 de febrero de 2015

De rodillas


Siempre me ha sorprendido el pasaje bíblico del libro de Eclesiastés que habla sobre el tiempo: "Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora". Eclesiastés. 3:1. Si nos detenemos a pensar, en la vida hay tiempo para cada cosa, aunque no lo planeemos. Un día nos reímos y, al siguiente, podemos llorar. Hay tiempos que llegan de sorpresa, otros que se van dando, que los vamos vislumbrando y otros que debemos discernir.

Nuestra amada Venezuela está viviendo tiempos malos, se han venido dando, nos han sorprendido, nos han consternado; sin embargo, muchos viven este tiempo como si fuera un buen tiempo, como si lo que acontece es sólo para unos cuantos, entre los cuales ellos no se cuentan. Son estos tiempos los que debemos discernir, los que debemos ver con ojos espirituales para poder actuar más allá del impacto que nos causan en el día a día. Nuestras fuerzas se hacen débiles ante la avalancha del mal; no hay respuesta en nuestra sabiduría para enfrentar la tormenta de mentiras que nos comunican a diario; tratar de mantener el ánimo nos hace sentir hipócritas; la incertidumbre es la reina en  nuestros pensamientos.

Entonces ¿qué clase de tiempo es este que estamos viviendo? ¿Cómo podemos hacerle frente a un tiempo marcado por el mal? Al hacerme estas preguntas elevo mis ojos al Cielo, entonces una respuesta viene a mi mente, es clara y contundente: ¡Es el tiempo de estar sobre nuestras rodillas! Es el tiempo de venir delante del Todopoderoso doblegando nuestro orgullo, poniendo nuestra soberbia de un lado para darle paso a la voz de Dios. El estar arrodillado demuestra una actitud de humildad. Cuando entendemos que debemos estar sobre nuestras rodillas es porque primero se ha arrodillado el corazón. El corazón se rinde cuando reconoce su pequeñez e insuficiencia en la presencia de Aquel que puede librarnos del mal.

La respuesta viene mostrándome como en una película una sucesión de momentos vivídos. Son recuerdos de días en los que estuve de rodillas, momentos que Dios honró con la respuesta de su amor. Aquel día, cuando con apenas 8 añitos me puse sobre mis rodillas para clamarle a Dios por la vida de mi hermana mayor quien había sido embestida por un borracho a las 6 de la mañana cuando iba de camino a su Universidad. Otro día,  también siendo muy pequeña, cuando abrumada por las burlas que los niños en el Colegio hacían de mi hermana menor a causa de su estrabismo, el dolor traspasó mi corazón, quise arrancarme los ojos para dárselos a mi hermana y no verla sufrir más.

Mi clamor cuando fuimos sorprendidos con un robo en nuestra casa y al final lo único que faltaba era el primer sobrino de la familia que estaba de visita en casa de los abuelos. La gran angustia que sentí cuando una de mis hermanitas menores se despertó, en una madrugada en la que papá estaba en la Finca, con un gran dolor en la barriga. La tristeza que me embargó cuando despedí a mi hermano, mi compañero y amigo, cuando se fue a estudiar fuera. No pude despedirlo, cuando desperté de mi desmayo estaba en la enfermería del aeropuerto y él ya había abordado su avión; al llegar a casa me puse sobre mis rodillas y le pedí a Dios que pudiera volver a verlo.

Lloré también con la partida de otro de mis hermanos, en una familia de nueve hijos hay siempre suficientes acontecimientos para reír y llorar, pero esta vez, sabía que lo volvería a ver. En cada ocasión mi corazón se rindió ante Dios, y al doblar mis rodillas siempre su paz inundó mi ser. Una vez me quedé dormida sobre mis rodillas, era apenas una adolescente, el amor había hecho florecer mi vida y de repente la desilusión vistió mi primavera con grises. La respuesta que recibí aquel día fue una promesa que hoy está materializada en un matrimonio con dos hermosos hijos. Más tarde, en ese hogar que Dios me dio, al esperar nuestro primer bebé, fueron cuatro las rodillas que se doblaron al enterarnos que era un embarazo ectópico, el bebé creciendo en una trompa, fuera del útero. Pero hoy, ese bebé es un hombre maravilloso que ha llenado nuestra vida con muchas alegrías.

Los niños traen con ellos una gran carga de momentos que nos ponen sobre nuestras rodillas. Muchas noches al pie de la cama del hijo menor, asmático, revisando la saturación de oxígeno, rogándole a Dios que le bendijera la vida. Hoy el asmático es un hombre tan saludable que ni gripe le da. Momentos de enfermedad, de vicisitudes económicas, de problemas de familia, tantos y tantos momentos que vivimos en los que ni nuestra fuerza, ni nuestros conocimientos, ni nuestro dinero, ni nada, ni nadie puede sacarnos de la angustia.

Venezuela está atravesando uno de los peores tiempos de su historia; es tiempo de discernir, de entender que ninguna fuerza humana podrá librarnos de este mal tan grande. Es tiempo de que los venezolanos echemos de nuestras vidas todo ídolo inútil y volvamos nuestros ojos al Altísimo. Tiempo de unir nuestras voces en un solo clamor; tiempo de renunciar a nuestra soberbia para darle paso a la sabiduría divina; de liberar nuestras vidas del odio, tiempo de estar de rodillas ante nuestro Dios.


"Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro". (Hebreos 4:16 RVR1960)

Rosalía Moros de Borregales
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sábado, 31 de enero de 2015

LA HORA DE LA DECISIÓN


Dedicado a mi esposo, Leonardo Borregales 

En nuestro mundo actual la voluntad de una gran mayoría de las personas tiende a ser tan flexible como una plastilina en las manos de un pequeño y curioso niño que la moldea a su antojo. Ciertamente, entre el negro y el blanco existe una gama de grises, y por esa razón, la flexibilidad, la reflexión y el tiempo son buenos consejeros a la hora de tomar decisiones. Solo que en nuestro mundo actual la superficialidad nos ha transformado en personas cuyos pensamientos generalmente no son definidos, las  ideas no siempre están inspiradas en los mejores sentimientos y valores; por ende,  nuestra voluntad es como la ola del mar, llevada de un lado a otro por el viento de cualquier doctrina que se nos presente en el camino. ¡Nos hemos convertido en una sociedad de hombres de doble ánimo!

Un día tenemos un pensamiento claro de lo que queremos y nos decidimos por algo o alguien, para pronto sentirnos decepcionados. Vamos por el mundo como si fuéramos dioses a los que todos deben rendir pleitesía, como si nos condujéramos con tal excelencia, incapaces de herir a alguien. Pero muy profundo, en un recóndito de nuestra consciencia sabemos que las motivaciones de nuestro corazón son en un porcentaje asombroso basadas en una perspectiva egoísta del mundo, de nuestro mundo. Sí, porque eso es lo que fomenta nuestra débil sociedad, un mundo propio, mi mundo para mi solito (a), en donde todo funciona para mi bienestar, en donde todo gira a mi alrededor y se rinde ante mis pies.

Pero en nuestro mundo actual no se trata solo de la egolatría, sino lo que es aun más grave y negativo para nuestra sociedad, la carencia de valores y la practica constante de sus contrapartes, los antivalores. Les decimos a nuestros hijos que no deben mentir, solo un cliché. Luego mientras vamos en el camino nos escuchan inventar un cuento para justificarnos deliberadamente por una actitud errada. Después de todo, somos adultos y ya nadie nos debería corregir; hacemos y decimos lo que queremos. Les damos jarabe de lengua, les insistimos en que debemos conducirnos con integridad, les decimos "pórtate bien", y tristemente nuestro comportamiento está basado en conveniencias. Casi todas nuestras decisiones toman el camino del atajo, y están motivadas en el mí y en el yo. 

Para colmo, podemos añadir a este análisis otro factor que nos está aniquilando como individuos y consecuentemente como sociedad: vivimos en el mundo de la inmediatez. Pero la vida no puede ser como una noticia que se origina del otro lado del planeta y en tan solo instantes es de nuestro conocimiento. No puedes ser un hombre a los 12 años por más que quieras; no puedes convertirte en un profesional si no recorres cada paso del proceso, no puedes tener una casa sin antes poner ladrillo sobre ladrillo; por más que anheles un hijo debes esperar paciente o impacientemente el proceso natural de la procreación, la gestación, y aun después, del alumbramiento. ¡Todo en la vida es un proceso! Y nuestras decisiones dependen de cómo hayamos caminado en el proceso de nuestras vidas.

Creo que nos ha llegado la hora de tomar decisiones. La hora de hacer una introspección y preguntarnos, no qué esperamos nosotros de nuestro país sino qué le hemos dado. Nos ha llegado la hora de dejar el egoísmo de un lado, la hora de decidir por nuestros hijos y nuestros nietos, por el futuro de nuevas generaciones. Nos ha llegado la hora de la integridad; la hora en la que nuestro sí debe ser SÍ y nuestro no debe ser NO. Nos ha llegado la hora en la que la indiferencia podría pasarnos una factura muy elevada; en la que el continuar persiguiendo nuestros propios y mezquinos intereses podría convertirse en un búmeran. Nos ha llegado la hora de los valores que no se negocian y de la decisión que determina un nuevo camino.

¡ Nos ha llegado la hora de los hombres, y los niños deberían irse a la cama! 

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sábado, 24 de enero de 2015

La visión de Dios en tus ojos

La visión de Dios en tus ojos. / Rosalía Moros de Borregales.

Es sumamente difícil lograr ver más allá de las circunstancias, no dejarnos afectar por todo lo que sucede a nuestro alrededor. Es parte de nuestra humanidad, las emociones y los sentimientos se alimentan de las palabras que escuchamos, de los hechos que vemos, de los acontecimientos de los que oímos, de la calidad de las relaciones que hemos establecido en nuestras vidas. Todo, absolutamente todo lo que nos rodea tiene una influencia en nosotros, marca una respuesta de nuestra parte. No podemos ignorar la realidad porque ella nos insta a buscar soluciones y a tomar nuevos rumbos.

Sin embargo, muchos permitimos que el análisis de la realidad nos hunda en un hueco oscuro desde el cual es prácticamente imposible ver la luz. Nos desanimamos de tal manera que le damos cabida a la depresión, nos dejamos embargar por emociones que causan estragos en nosotros y en los nuestros. Perdemos el norte, dejamos los proyectos a mitad de camino o sencillamente se quedan dentro de nosotros como un anhelo imposible de alcanzar. Nos conformamos con vivir la cotidianidad, somos como náufragos llevados por las olas de cada día de un lugar a otro.

En ocasiones, la realidad se convierte en una carga aplastante que nos impide avanzar. Tenemos que reconocer que constantemente alimentamos nuestros pensamientos con lo peor. Nos concentramos tanto en lo negativo que nos volvemos ciegos para ver las bendiciones de la vida. Nos quejamos tanto que el corazón se amarga haciéndose incapaz de agradecer. Por esta razón, es necesario que nos pongamos los lentes de Dios; es necesario que entendamos que más allá de todo lo que vivimos, Dios tiene una visión para nosotros, individualmente, como familias y, como nación.

En primer lugar, para entender la visión de Dios, es necesario que le creamos con el corazón, que nos acerquemos confiadamente a El para escuchar sus palabras, que las hagamos parte de nuestras vidas. En segundo lugar, es necesario que confesemos estas palabras, que llenemos nuestros pensamientos de ellas, que las hablemos en voz alta. Primero se cree, luego se confía, después se asegura el corazón en la razón de Dios. Cuando ya hemos creído, hablamos la buena palabra que se hace semilla que vamos sembrando a nuestro paso. Lo que pasa es que nos hemos dedicado a analizar tan profundamente nuestros problemas que hemos dejado de un lado la perspectiva de Dios, desconociendo Su Palabra y por lo tanto, lo que El quiere para nosotros, su verdadera visión para nuestras vidas.

Las Sagradas Escrituras nos hablan claramente de la visión de Dios para el hombre. Esta visión de fe no significa ignorar las circunstancias sino vencerlas. Jesús les dijo a sus discípulos: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo”. Juan 16.33. La confianza en Dios nos capacita para enfrentar al mundo desde una perspectiva totalmente diferente a la que pueden contemplar nuestros ojos naturales. Cuando ponemos nuestros ojos en Dios podemos ver a través de Su perspectiva, entonces entendemos que nuestra realidad en El debe ser primero concebida en el espíritu para que se pueda manifestar en el plano natural.

Para llegar a ver claramente en nuestras mentes la realidad que Dios ha diseñado para nosotros es necesario que cambiemos la dieta con la que alimentamos nuestro ser interior. El primer paso consiste en creer que Dios nos ama, que Su amor por nosotros llegó a su máxima expresión en la cruz, donde murió por cada uno de nosotros, donde venció al que tenía el imperio de la muerte y la destrucción. Al creer en su amor, nos acogemos a El convirtiéndonos en hijos. Y como lo dijera en el Sermón del Monte: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?”. Mateo 7:1.

A través de Su amor Dios ve en nosotros nuestras posibilidades; y así cuando nos hacemos sus hijos podemos ver a través de sus ojos las posibilidades en nosotros y en los demás. Nuestras vidas experimentan un cambio profundo y constante. Su visión en nuestros corazones nos permite ver más allá de las circunstancias, más allá de nuestra imposibilidad, la oportunidad para ver el amor de Dios actuando en nosotros, en nuestros hijos, en nuestro cónyuge, en todos aquellos que nos rodean. Entonces el problema se convierte en una y en mil oraciones. En vez de la desesperanza, nos llenamos de fe; en vez de la tristeza podemos experimentar esa sensación interior de seguridad que nos revela que Dios está en control; en vez de la angustia experimentamos la paz que sobrepasa todo entendimiento; en vez de la soledad experimentamos Su amor que nos vivifica.

¡Danos tus ojos, Oh Cristo!

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viernes, 16 de enero de 2015

Cuando el problema es más grande que tu posibilidad



Constantemente estamos sometidos a toda clase de presiones, digamos que lo común en la cotidianidad de la vida es ir quitando los obstáculos del medio para poder seguir adelante. Cada día trae consigo sus propios afanes; sin embargo, de repente, sin aviso, se nos presenta una de esas situaciones que nos abruman, que restan todas nuestras fuerzas, nos roban la paz y sacuden hasta los cimientos de nuestra existencia.

Entonces, al tener este tipo de experiencias se nos presentan dos caminos. Por un lado, podemos dejarnos arrastrar por la hecatombe, dejarnos robar la paz, entregarnos a la frustración y echarnos a morir. O, por otro lado, podemos venir ante Dios reconociendo nuestra insuficiencia y al mismo tiempo su grandeza, su inmenso amor por aquellos que confían en El.

Hay una historia bíblica, narrada en el libro de II de Crónicas en el capítulo 20. El rey Josafat fue avisado de una gran multitud de Moab y Amón que venía contra ellos para atacarlos. Su primera reacción fue sentir miedo; por supuesto, somos humanos, con terminaciones nerviosas, con limitaciones. Pero, el rey Josafat no se quedó paralizado por el miedo, inmediatamente convocó a su pueblo a una gran asamblea, hicieron ayuno y pidieron socorro ante Dios.

El rey se levantó en medio de la asamblea y dijo: “Señor, Dios de nuestros padres, ¿no eres tu Dios en los cielos, y dominas sobre todos los reinos de las naciones? ¿No está en tu mano tal fuerza y poder que no hay quien te resista?” Su oración no comenzó hablando de la fuerza y poderío de los ejércitos que venían contra ellos para atacarlos, sino con el reconocimiento de la fuerza y el poder de Dios, el Señor. Luego, expone su causa, presenta a sus enemigos y reconoce su limitación:
“ Nosotros no tenemos fuerza con que enfrentar a la multitud tan grande que viene contra nosotros; no sabemos qué hacer y a ti volvemos nuestros ojos”.

Una actitud que revela la dependencia que Josafat tenía de Dios como rey de Jerusalén y de Judá. Un corazón que humildemente reconoce su insuficiencia, pero que al mismo tiempo se llena de fe al poner sus ojos en Dios. Mientras, en lo más intrincado de su mente decide no mirar a la gran multitud que se les venía encima, Dios le habla a través de un profeta: “No temáis ni os amedrentéis delante de esta multitud tan grande, porque no es vuestra la guerra sino de Dios”. Además, les da instrucciones específicas de lo que deben y no deben hacer.

El rey mantiene al pueblo reunido en oración, creyendo la palabra que Dios les había dado a través del profeta Jahaziel, adoran al Rey de los cielos y mientras entonaban cánticos de alabanza sus enemigos cayeron en las emboscadas que tenían preparadas contra ellos. Al poco tiempo, aquella multitud tan grande se convirtió en cadáveres tendidos en la tierra, el famoso valle de Beraca. Ellos no tuvieron que pelear. ¡Ellos le creyeron a Dios y, Dios peleó por ellos!

Cuenta la Biblia que todos los hombres de Jerusalén y Judá con el rey Josafat a la cabeza fueron a Beraca donde recogieron el botín de sus enemigos y regresaron con gran gozo por la gran liberación que Dios les había dado. Desde aquel día en adelante cuando sus vecinos supieron como Dios había peleado por ellos los respetaron de tal manera que el reino de Josafat tuvo mucha paz… “porque Dios les dio paz por todas partes”.

Quizá el ejército de Moab y Amón que viene contra ti se llama adicción; una enfermedad que ha tomado a tu cuerpo como rehén; el divorcio que destruye a tu familia; un hijo que saca más lágrimas de ti que sonrisas; la mentira que gobierna tu vida; el resentimiento contra alguien que amas con dolor; quizá el trabajo que tanto anhelas pero que no llega. En fin, tu Moab y tu Amón pueden ser tantas cosas, personas y situaciones; pero el Dios de Josafat es el mismo ayer, hoy y siempre.

Aunque sientas miedo acércate hoy al Señor, tu Dios. Pon tus ojos en El en primer lugar, reconoce su grandeza y espera en El. Si tu problema es más grande que tu posibilidad de resolverlo, recuerda que la importunidad del hombre es la oportunidad de Dios para hacer sus milagros.

Rosalía Moros de Borregales
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domingo, 11 de enero de 2015

La gracia transformadora de Dios




En pleno siglo XXI, en el siglo de los mayores avances tecnológicos en la historia de la humanidad, en un siglo caracterizado por el hombre autorrealizado, independiente, constructor, visionario y sobre todo auto- suficiente, es quizá para muchos un tanto desvariado hablar de un tema aparentemente abstracto. Pero sobre todo, lo que más sorprende y hasta molesta a algunos es que en este siglo, el siglo de ese ser auto- suficiente que no necesita de nadie más, hablemos de la capacidad de Dios para transformar y restaurar a los seres humanos. Sin embargo, he tenido la bendición de ser testigo de algunas de estas transformaciones y pienso que este es un tema tan vigente hoy como fue ayer, y como será siempre.

Se entiende por gracia una concesión gratuita de un favor o un don otorgado a alguien. En el caso de Dios lo entendemos como ese favor sin merecimiento que cualquier humano puede recibir del Altísimo y que tiene la capacidad de actuar en el interior de cada ser humano para mostrarle el camino de salvación. Cuando alguien ha recibido una gracia o favor, ha recibido liberación para pasar a un estado de mayor bienestar. Ha sido privilegiado con una acción por parte de otro, que le abre una puerta a otro horizonte antes totalmente nublado. Ha recibido algo de lo cual carece y sin lo cual no podría alcanzar ciertos logros. Todos en algún momento de nuestras vidas hemos recibido ese favor tan anhelado que nos ha sacado a anchura, que nos ha iluminado, que nos ha enjugado las lágrimas, que nos ha devuelto la paz y ha cambiado nuestra ropa de tristeza por traje de consuelo y muchas veces hasta de alegría.


He visto la gracia de Dios en la vida de un hombre que caminó en el torcido sendero del alcohol y de las drogas. Fui testigo de la destrucción lenta y dolorosa de su vida en primer lugar, y más tarde, de la vida de su familia. Pude ver el desmoronamiento de su vida laboral, de su economía y de todos sus bienes más preciados. Lo vi caer en el hueco profundo y oscuro; pero unos cuantos años después fui testigo de esa maravillosa gracia de Dios que lo alcanzó, que le dio la capacidad de liberarse de las cadenas que por años lo mantuvieron atado para hacer lo que no quería hacer, pero que irremediablemente una y otra vez terminaba haciendo. Pude ver con mis ojos y sentir con mi corazón la transformación del dolor en perdón y de la impotencia en confianza; pude ver a un esposo perdonado, a un padre abrazado, a un hombre redimido y aceptado. Y no solo pude verlo en el momento en que esa transformación tuvo comienzo, sino que por años he seguido siendo testigo de esa gracia que lo ha hecho una persona que va en ascenso cada día.

También he presenciado los gestos más increíbles de bondad de personas que un día fueron tan egoístas que no había en sus mentes cabida para otro pensamiento que no fueran ellos mismos, y ahora al abrir su corazón y sus manos sus vidas están más llenas que nunca. He visto cómo familias enemistadas han vuelto a convertirse en los mejores amigos cuando uno de ellos le ha dado valientemente cabida al perdón en su camino. He llorado de gozo al ver cómo en el corazón de Dios no hay acepción de personas; he visto a ricos y pobres, a ancianos, adultos, jóvenes y niños de razas y culturas diferentes hermanados, hablando el mismo lenguaje a través del amor de Dios.

He visto a personas enfermas que milagrosamente han recobrado su salud y han vuelto a la vida con un nuevo propósito que les ha permitido convertir las experiencias más difíciles en una fuente de inspiración para otros. He sido testigo sorprendido de riquezas que han surgido de bancarrotas, de personas que han valorado el esfuerzo de cada día y han volado cielos que un día creyeron imposibles de alcanzar. He visto, sentido y palpado la gracia de Dios actuando, disipando tinieblas, sanando corazones, liberando cadenas de opresión, dando nuevas oportunidades, dejando atrás el pasado y brindando futuros seguros en medio de la incertidumbre. En fin, he sido testigo del favor de Dios, de la fuerza más poderosa en la Tierra la cual está disponible para todo aquel que se acerque confiadamente al trono de la gracia.

" Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro ". Hebreos 4:16.

ROSALÍA MOROS DE BORREGALES
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