domingo, 24 de mayo de 2015

MÁS ALLÁ DE LAS CIRCUNSTANCIAS

Todos los seres humanos anhelamos la felicidad, todos legítimamente tenemos derecho a una vida de paz. Sin embargo, esa búsqueda constante por alcanzar el bienestar nos hace pensar que todo depende de circunstancias exteriores; depende del entorno, depende del lugar en el que vivimos, depende del clima, depende de la economía, depende de la familia. Depende siempre de todo lo que está allá afuera y, como consecuencia de este pensamiento junto con la actitud que lo acompaña, nuestras vidas son como una montaña rusa en la que, dependiendo de las circunstancias, un día estamos en la cúspide experimentando las emociones más fascinantes y al siguiente estamos en el subsuelo deprimidos y amargados.

Crecemos como personas en muchos aspectos, pero espiritualmente seguimos siendo tan inmaduros como niños. Somos arrastrados por toda clase de factores externos; desde una publicidad, un comentario, un chisme, una noticia, un chiste, hasta la expresión en el rostro de otra persona. En fin, todo puede inducir en nosotros emociones que tomen el control de nuestros pensamientos y, por ende, de nuestro proceder. ¡Por supuesto! ¡Somos humanos, hechos de carne y hueso, con fibras nerviosas, con un alma que siente! Pero, ¿acaso, esta actitud nos conducirá a la solución de nuestros problemas? Dios nos ama, nos comprende más que nadie en este mundo. Él nos hizo, conoce nuestro ser interior, nos ha capacitado para vivir una vida en equilibrio. El desea que aprendamos a mirar más allá de las circunstancias.

Lo que sucede es que esto no es algo que adquirimos en algún lugar especial, tampoco hay una receta específica para lograrlo, pues la vida es como una biblioteca llena de libros en la que cada libro narra una historia diferente. El único ingrediente en común para la receta de cada uno es Dios. Si estamos en amistad con Él, cada uno cuenta con el ingrediente fundamental. Jesús les dijo a sus discípulos en el evangelio según San Juan,  en el capítulo 16 verso 33: "Estas cosas les he hablado para que en Mí tengan paz. En el mundo tendrán tribulación; pero confíen, Yo he vencido al mundo".

Si en cada circunstancia buscamos la Palabra de Dios, encontraremos en ella la paz  "Estas cosas les he hablado para que en Mí tengan paz..." Si dejamos de ver a nuestro alrededor poniendo los ojos en Dios, confiando nuestras vidas a Él; entonces venceremos la tribulación, porque Él nos ha prometido que Él ha vencido al mundo. Y vencer no significa que la tribulación dejará de ser, sino que caminaremos en medio de ella de la mano de nuestro Señor, que no usaremos nuestras propias herramientas sino las que Él nos ha ofrecido. Dios está dispuesto a proveer para nosotros cada día lo necesario. El camino es la comunión con Él en oración, en el aprendizaje de sus pensamientos a través de su Palabra.

Los recientes acontecimientos en nuestro país nos han conmocionado. Unos hemos sentido una bofetada en nuestro rostro, otros una puñalada por la espalda; sentimos que ya no hay futuro para nuestros hijos, que todo se ha perdido. Algunos nos hemos llenado de amargura. La frustración se siente como un enorme peso que doblega nuestras espaldas. La desesperanza, el desasosiego y la tristeza van convirtiéndose en depresión. Como humanos todas estas reacciones son perfectamente comprensibles; sin embargo, como cristianos nuestras vidas no deben depender de hombre alguno, ni de un sistema. Aunque seamos afectados por él, Dios está por encima de todo. Confiemos a Él nuestras vidas entendiendo que Él tiene un lugar para nosotros, que nuestro futuro depende solo de Él, que nuestro destino individual está en sus manos.

Cuando más allá de las circunstancias ponemos nuestra mirada en Dios, nada ni nadie puede doblegarnos, porque aquel en quien hemos creído ha vencido al mundo. ¡Y nosotros somos vencedores con Él!
ROSALÍA MOROS DE BORREGALES
rosymoros@gmail.com
@RosaliaMorosB

sábado, 16 de mayo de 2015

Protección en medio del peligro


Es muy difícil hablar sobre protección en un país marcado por la inseguridad; son múltiples los análisis hechos al respecto, hablando de su origen, sus causas y sus posibles soluciones. Sin embargo, cuando el tema se aborda desde la individualidad de cada familia, no queremos hablar más sobre lo que ya causa dolor en nuestros oídos, por no hablar de todo el dolor que ha causado en nuestras almas. Queremos soluciones, queremos que nuestras familias estén seguras, y después de tomar todas las previsiones y precauciones necesarias, después de implementar todas las medidas a nuestro alcance solo nos queda nuestra fe, nuestra confianza en Dios expresada en una oración que quiere abarcar el Cielo, pero que titila como una luz débil abatida por todo lo que cada día vemos y escuchamos.

Los tiempos que atravesamos nos retan a vivir en una dependencia cada vez más absoluta de Dios. Como lo expresa el Señor en el Sermón del Monte: _ “a cada día su propio afán”_ . No quiere decir esto que nos vamos a cruzar de manos, pues Dios nos ha capacitado con sabiduría e inteligencia. El quiere que seamos precavidos y sagaces, “mansos como palomas, pero astutos como serpientes”. Que anticipemos el mal antes de que llegue, y actuemos con prudencia; pero siempre, aunque humanamente hagamos lo mejor posible, no podemos cubrirlo todo en todo tiempo y pareciera que al igual que el latido incansable de nuestro corazón, una callada angustia latiera constantemente dentro de nosotros.

La solución humana a esta terrible angustia, a toda esta situación que la produce y  que sufrimos cada día la desconozco. Pero un pensamiento que leí hace mucho tiempo  llena mi mente: “La imposibilidad del hombre, es la posibilidad de Dios para hacer sus milagros”. Así como no tenemos la capacidad de ver el futuro, sencillamente no podemos entender como todas estas oscuras circunstancias pueden redundar para algo bueno. Los propósitos de Dios son mayores que las circunstancias inmediatas que nos rodean, El tiene la capacidad infinita de hacer el bien, de transformar nuestras adversidades en bendiciones. Entonces, nuestro reto es CONFIAR en El, nuestro trabajo es la oración.

No culpemos a Dios, o resintamos de El, como muchos actualmente lo hacen, pensando que no le importamos, que se ha olvidado de nosotros. No nos dejemos apoderar del miedo, no permitamos que nos desanime, no nos concentremos en las malas circunstancias. Seamos sabios, los tiempos que vivimos son duros. Hay lugares y momentos que debemos evitar, si caminamos por el fuego nos quemará. Pero no caigamos en la tentación de perder nuestra fe, acudamos a Dios con la certeza de su amor por nosotros, con la confianza de hijos, enfrentando cada día con la fortaleza que proviene de vivir en amistad con El.

Al caminar en comunión con El vamos discerniendo los tiempos y los lugares. Aprendemos a ser prudentes, pero al mismo tiempo entendemos que nuestra seguridad no depende de donde nos encontremos o de la ausencia de peligro. Nuestra seguridad depende de Dios. A veces Dios nos indica a través de su palabra, de las circunstancias y de personas específicas que debemos cambiar nuestro rumbo. Otras veces pareciera que nos deja en medio de la tormenta, donde lo estamos arriesgando todo. Lo importante es estar siempre con El, porque si El es por nosotros, ¿quién podrá contra nosotros?

"Porque en Mí ha puesto su amor, Yo entonces lo libraré; Lo exaltaré, porque ha conocido Mi nombre. Me invocará, y le responderé; Yo estaré con él en la angustia; Lo rescataré y lo honraré; Lo saciaré de larga vida, Y le haré ver Mi salvación." 
Salmo 91:14

Rosalía Moros de Borregales
@RosaliaMorosB



domingo, 10 de mayo de 2015

MADRE MÍA



Dedicado a mi madre, Rosilda Martín de Moros-Ghersi y con ella
a todas las madres de mi amada Venezuela.

Madre mía, te siento tan hondo dentro de mi alma.
Tu suave rostro dibuja una tenue sonrisa,
tus ojos profundos revelan mi dolor en tu dolor,
se encuentran con los míos en el camino del adiós.
Tantas veces nos hemos despedido, es un sendero ya recorrido.
Pero mi alma y tu alma no se conforman, me vuelvo niña
y tú te vuelves preñada por el amor para llevarme contigo.

¡Madre mía! ¿De dónde tu fuente inagotable?
¿De dónde esa cascada de amor que me bendice la vida?
La amiga incondicional, el abrazo cálido que arropa a la niña,
que sostiene a la mujer que hiciste de mí.
Tu silencio profundo que habla tanta sabiduría.
Tus tiernas palabras que me consuelan el alma herida.
¡No hay mayor refugio que tu vientre, madre mía!

Madre mía, tus alas se extienden para albergarnos a todos en tu pecho.
En tu corazón cabe un hijo, caben dos, cabemos todos los hijos
a los que la Providencia amamantó de tu seno.
Tu luz ha iluminado nuestros caminos,
has sido lámpara en nuestra oscuridad.
El agua de tu manantial ha saciado nuestra sed.
¡En el desierto de la vida tú has sido el oasis del amor!

Madre mía, cuánto te amo, y cuánto me falta por amarte.
En tu amor es el único que puedo volver a ser niña,
crecer hasta la incipiente mujer que se dibuja en la adolescente.
Y de nuevo transformarme en mujer completa, cabal.
¡En tu amor me igualo a ti para convertirme en madre!
Para sentir hasta lo más profundo de mis entrañas el dolor de mis hijos.
Y regocijarme con ellos en todas sus más pequeñas y grandes alegrías.

¡Madre mía, qué bendición tenerte, qué gozo tan grande amarte!
Quisiera remontarme en los cielos y desde allí abrir mis brazos
para bañarte con lluvias de bendiciones la vida.
Quisiera extraer de lo más profundo de la tierra las riquezas de colores brillantes
para adornarte a ti, madre mía, la piedra más preciosa de mi vida.
Quisiera caminar siempre tomada de tu mano,
y cuando te vayas seguir sintiendo el calor de tu presencia.

Madre mía, recibe en este día mi humilde tributo,
Mi veneración y el amor de mi corazón.
El perdón por mis faltas, por mi omisión,
por las heridas que pude haber causado en tu ser.

Quiera Dios que como ungüento estas palabras que nacen hoy
en el rincón más profundo de mi alma,
alegren tu vida y la consuelen de todos los dolores de ser madre.

¡Madre mía, nunca dejes de bendecirme la vida!
Rosalía Moros de Borregales
rosymoros@gmail.com
@RosaliaMorosB

viernes, 8 de mayo de 2015

EL VERDADERO SACRIFICIO



Por cientos de años existió, y aun hoy en día persiste, la idea de hacer toda clase de sacrificios para adorar a Dios. El ser humano fundamentado en la concepción del hombre pecador necesitaba hacer algo que involucrara trabajo forzoso, desprendimiento de algo querido y hasta el infligirse dolor físico con la idea de conseguir la benevolencia del Altísimo. Durante el Antiguo Testamento cuando alguien pecaba era necesario traer al sacerdote un corderito sin mancha, sin arruga, sin defectos; el sacerdote lo examinaba y si era suficientemente bueno, era destinado al sacrificio. Al haber el derramamiento de sangre del cordero, la persona que había pecado podía irse con la convicción de haber sido perdonada.

Durante el acto del sacrificio, el pecador ponía sus manos sobre el cordero para así “transferir” sus pecados al animal; al mismo tiempo que recibía de éste su perfección y su pureza. Hay una preciosa imagen de Cristo escondida en esta practica del Antiguo Testamento. Muchos van a la iglesia y repiten semana tras semana que Cristo Jesús es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Sin embargo, a pesar de la perfección, pureza y belleza de este Cordero muchos no han creído y continúan practicando actos de sacrificio.

Pero Dios no puede hacer justicia en los sacrificios del ser humano, pues todo el sacrificio que era necesario fue consumado en la cruz del Calvario. Dice el apóstol Juan en el capítulo tres de su evangelio que Dios amó de una manera tan maravillosa a toda la humanidad que nos otorgó a su Hijo para que por medio de él pudiéramos todos ser salvos. ¡Y éste es el fundamento de nuestra fe cristiana! Sin la cruz no hay salvación. Jesús establece el puente entre Dios y el ser humano; se convierte en ese cordero perfecto.

El sacerdote es una imagen de Dios, y de la misma manera que los sacerdotes no examinaban a la persona que traía el cordero sino al propio cordero, así cuando venimos a Dios a través de Jesús, El no nos mira a nosotros, pecadores, sino mira a su glorioso Hijo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Jesucristo pagó la deuda que teníamos con nuestro creador, no necesitamos ir por ningún otro intermediario, lo que necesitamos hacer es permanecer en Jesús.

En el nuevo pacto, el cambio no es de afuera hacia adentro, sino de adentro hacia fuera. No necesitamos ir a un lugar específico a llevar un sacrificio delante de Dios. Podemos hacerlo desde nuestro corazón en donde tenemos comunión con Cristo. Necesitamos creer en nuestro corazón que El es el Cordero perfecto de Dios que quita el pecado del mundo, que entregó cada gota de su sangre por ti. Necesitamos confesar con nuestra boca esta verdad y caminar esperando el favor de Dios sobre nuestras vidas.

La relación con Dios no exige de nuestra parte ningún sacrificio. Con Dios todo se trata del corazón; pues en el corazón atesoramos lo que estimamos como valioso. De manera que, podríamos ofrecer toda clase de sacrificios, como algunas religiones y sectas lo exigen. Pero, Dios solo quiere tu corazón. Así, cuando tu corazón está en Dios tu vida es transformada desde el pecado hacia el bien del Señor. Pasas a ser una rama alimentada por la savia de su amor y su sabiduría y tu vida comienza a mostrar sus frutos.

No continúes aceptando las ofertas de tantas filosofías huecas; no pienses que algún sacrificio de tu parte podría hacerte llegar a Dios; no creas que debes ir a un lugar específico del mundo para encontrarlo. El está allí, donde quiera que estés en este momento. Acepta hoy su invitación:
 He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo”. Apocalipsis 3:20.

Rosalía Moros de Borregales
rosymoros@gmail.com

@RosalíaMorosB

sábado, 18 de abril de 2015

El sermón del monte


Cuentan las Sagradas Escrituras que Jesús de Nazaret recorría toda Galilea enseñando, sanando y liberando; de tal manera que, una gran multitud le seguía. Un día, viendo el Señor que había mucha gente con él y sus discípulos decidió subir a lo alto de una montaña, lugar que pudiera corresponder a los Cuernos de Hattim, constituído por dos picos rocosos cerca del mar de Galilea. Desde ese lugar, Jesús pronunció el discurso más profundo de la historia de la humanidad, el cual ha inspirado a sabios y sencillos, a ricos y pobres, a toda clase de intelectuales y científicos. Se encuentra expresado en la Biblia en los capítulos quinto, sexto y séptimo del evangelio según San Mateo.

Conocido como el Sermón del monte o de la montaña este discurso de Jesús devela la verdad del llamado reino de Dios, no una religión sino un nuevo estilo de vida con un propósito que trasciende nuestra humanidad; el camino para nuestra salvación; la reconciliación del hombre con su hacedor; la visión divina de las características fundamentales del carácter cristiano; una guía practica para relacionarnos con nuestro prójimo y el secreto de la comunión con Dios a través de la oración. En fin, este maravilloso discurso contiene los temas más relevantes de la vida, el tan ansiado secreto para la paz del alma, la verdadera felicidad.

La apertura del sermón de la montaña la constituyen las tan conocidas bienaventuranzas  o proclamaciones de felicidad. En ellas Jesús, como la boca de la deidad suprema, devela las razones por las que los hombres son felices, en un presente contradictorio para aquellos que en la búsqueda constante de la felicidad, siempre la consideran como parte del futuro. Además, rompiendo todos nuestros paradigmas nos enseña que la primera piedra en el fundamento de una vida feliz la constituye la “pobreza”, pero no esa pobreza caracterizada por condiciones de miseria y escases, sino la pobreza en espíritu, la ausencia de la elevada soberbia en el alma del hombre, la cual le hace poseedor de un reino.

Aunque la promesa para cada bienaventuranza se expresa en futuro, esa condición de ser bienaventurado (a) está expresada para el momento actual en la vida de cada hombre. Dándonos, de esta forma, una visión del eterno presente de la relación de Dios con el ser humano, en la que el hoy fue el futuro de ayer, el ayer quedó en el pasado con sus desaciertos, y el futuro solo le pertenece a El. Del fundamento de un espíritu pobre para ser feliz, el Señor nos va elevando a condiciones que comprometen cada vez más el carácter intrínseco de aquellos que recorren el camino del amor de Dios. Son felices los que lloran, contradictorio en realidad, pero una verdad espiritual innegable, pues solo los que tienen un alma sensible a Dios lloran, los soberbios hacen llorar.

Así, los que lloran, lloran con mansedumbre ante Aquel que puede librar sus almas, no pelean con el hombre sino encomiendan la causa al que juzga justamente; los mansos literalmente tienen hambre y sed de justicia, ellos saben que solo en Dios pueden encontrarla. El siguiente escalón en esta elevación del espíritu del hombre feliz es la misericordia, el verdadero amor de Dios por el ser humano apartado de Su luz. Todo el que ha recibido la misericordia de Dios, aquel a quien mucho se le ha perdonado, es capaz de perdonar a su prójimo. Y después de la misericordia expresada en el perdón, el corazón se limpia de toda amargura, resentimiento y odios; de tal manera, que en esta condición el hombre feliz se convierte en un pacificador, hacedor de paz. Por esa razón, aquellos que siembran odios, que hacen guerras son los hombres más infelices del mundo, aunque no lo sepan.

A continuación de las bienaventuranzas, Jesús nos expresa quienes somos en este mundo, nos compele a cumplir esa tarea irrenunciable de ser sal de la tierra y luz del mundo. Desmonta las estructuras religiosas de la época echando por tierra aquellas enseñanzas orales, lo que habían escuchado a lo largo de generaciones, pero que no contenía las verdaderas enseñanzas de Dios: _ Oísteis que fue dicho, pero yo os digo. De allí, Jesús nos toma de la mano en una guía para vivir según el deseo del corazón de Dios. Trata temas como el adulterio, el divorcio, la venganza, los enemigos, el dar, la oración, el ayuno, las riquezas, el juzgar, la regla de oro, los frutos de cada hombre y la confianza en Dios cada día de nuestras vidas. Termina, este incomparable sermón instando al que oye a ponerlo por practica, pues de esta manera estará cimentando su vida sobre la roca, la cual no podrá ser conmovida por los embates del mundo.

“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” II Timoteo 3:16-17.

Rosalía Moros de Borregales
rosymoros@gmail.com
@RosaliaMorosB

viernes, 10 de abril de 2015

Tu corazón en un alabastro

Hay momentos en la vida de cada ser humano en los que un gesto, una mirada o una acción expresan la verdad del alma. El corazón revela el significado de las palabras que se guardan en el silencio, el gesto traduce sentimientos que se enlazan con el corazón del otro. En tiempos de Jesús de Nazaret ocurrió uno de estos hechos que impactó tanto a nuestro Señor que El mismo aseveró que en cualquier lugar del mundo donde se proclamara su evangelio la historia de esta mujer sería contada y ella sería recordada.

Estaba Jesús en Betania, sentado a la mesa en la casa de Simón el leproso. Entonces, llegó una mujer con un un vaso de alabastro que contenía  perfume de nardo puro, el cual era muy costoso. Rompió el vaso de alabastro derramando el perfume sobre la cabeza de Jesús.  Algunos de los que allí estaban se enojaron y pensaban: _ ¿Por qué se ha desperdiciado así este perfume?  ¡Podría haberse vendido por más de trescientos denarios, y ese dinero habérselo dado a los pobres! Pero Jesús dijo: Déjenla tranquila. ¿Por qué la molestan? Ella ha efectuado en mí una buena obra. (Marcos 14:1-9)

Los vasos de alabastro fueron usados desde el antiguo Egipto para guardar perfumes de alto valor. El alabastro es un piedra lisa, blanda, traslúcida parecida al mármol blanco; transformarla en un recipiente era todo un arte de gran pericia. Su contenido alcanzaba a una libra de perfume equivalente a 453 mls. Para la época un denario era el salario de un trabajador por día y, de acuerdo a las Escrituras, el valor del perfume de aquella mujer era de 300 denarios. De tal manera que, el utilizar todo el perfume para derramarlo en la cabeza de nuestro Señor suponía a los ojos de los presentes en la casa de Simón todo un desperdicio.

Sin embargo, para aquella mujer el traer su alabastro lleno de ese tan preciado perfume implicaba traer lo mejor de sí al Señor. Quizá, su alma sedienta por el camino desértico de la vida de pecado, de desamor y de dolor reconoció en el Maestro el recipiente digno. Este acto implicó mucho más que ofrecer algo valioso monetariamente, u algo de valor sentimental; fue un acto de la entrega de su corazón, de la rendición de su voluntad al único que podía tomar su vida pecadora y transformarla para convertirla en luz, tal como era El.

¿Desde cuando no vienes ante el Maestro para rendir tu corazón?

¡Ella trajo a Jesús su corazón en un alabastro!

Rosalía Moros de Borregales






domingo, 15 de marzo de 2015

La hora de Dios

La hora de Dios

Por todos es sabida la terrible realidad que vivimos en nuestro país. La violencia que actuaba en secreto, en la oscuridad de la noche o subrepticiamente a plena luz del día, ahora nos muestra su cara de monstruo cercenando vidas que ejercen su legítimo derecho a la protesta, en un país donde se han ido agotando todas las posibilidades de  una vida digna. Las autoridades que deberían defender a los ciudadanos justifican la tortura de jóvenes que hace apenas un tiempo dejaron los pañales. Mientras una madre sufre el horror de ver la cara de su hija destrozada por perdigones y, minutos más tarde enfrenta la muerte de su amada; la máxima autoridad baila con un cinismo que nos deja perplejos.

Por otra parte, muchos de los que piensan que están en el bando de los buenos justifican acciones engendradas en el odio, y el odio no puede dar a luz a la justicia, la cual, en el fondo, es lo que la mayoría desea. Los días pasan y no pareciera que hay una luz al final del túnel para nuestro país. Estamos viviendo la cosecha de semillas del mal que fueron sembradas, regadas y cuidadas por muchos. La Biblia nos señala en el libro de Gálatas 6:7 "No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará". Hemos cosechado los frutos del odio.

¡Hemos caminado alejados de Dios! Hemos pretendido reducir al Dios omnipotente, omnipresente y omnisciente a un simple amuleto al servicio de nuestros caprichos. Nos hemos interesado más en adivinar nuestro futuro que en vivir cada día bajo su mano amorosa. Hemos pensado equivocadamente que Él está de un lado o del otro; sin entender que su gracia, su luz y su amor están solo con aquellos que con corazón sincero le buscan. Hace tiempo que la palabra arrepentimiento dejó de existir en el vocabulario de muchos; pues, hinchados en su vanidad y soberbia han vivido bajo la hueca filosofía de "no arrepentirse de nada".

De tal manera que, hemos perseverado en una actitud obstinada, endureciendo nuestros corazones hacia nuestro prójimo; calmando la angustia del vivir diario con placeres egoístas que exaltan el yo y destruyen el nosotros. ¡Pero, no perdamos la fe! Dios no está lejos, El tiene para nosotros pensamientos de bien y no de mal, para darnos el fin de justicia, bondad y verdad que esperamos. La fe en su esencia más profunda es obediencia, la obediencia a sus mandamientos. Por esa razón, es necesario que volvamos a la Palabra de Dios, que cambiemos nuestros pensamientos por los pensamientos de Dios.

Pero, ¿acaso, cambiará una nación que se vuelva a Dios los planes orquestados por un sistema político que pretende sobrevivir y expandirse a costa de nuestras riquezas? Enfáticamente sí. Jesucristo no se quedó colgado en la cruz. Él resucitó y su Palabra dice que ese mismo poder que lo levantó de la muerte actúa en aquellos que le creen. Dios no está solo en los templos, Él camina con cada uno que le invoca, le obedece y le honra. Así, como muchas pequeñas luces al unirse pueden desplegar una gran luz, de la misma forma, muchos ciudadanos, hombres, mujeres, jóvenes y niños, que rindan sus vidas a Dios, que clamen con fervor cada día y que actúen de acuerdo a sus mandamientos pueden hacer frustrar los planes del mal e instaurar la justicia y la verdad en nuestra nación.

¡Es la hora de Dios! La hora de volvernos con todo nuestro corazón a Él. Es la hora de que en cada rincón de la geografía de nuestra patria, en cada hogar, escuela, liceo, universidad; en cada iglesia, en cada lugar de trabajo unamos nuestras voces en oración, pidamos perdón elevando plegarias por nuestra nación. Es la hora de no dejarnos seducir por el mal para acabar con el mal. La hora de bendecir al que te maldice, aun cuando cada célula de tu ser grite que le odies. La hora de estrecharnos las manos entre hermanos venezolanos. Y cuando el mal vestido de humanidad se pare frente a ti para hacerte daño, primero invoques el nombre de Dios, y luego, abras tu boca con la autoridad y el amor que provienen de Él. Te aseguro que Dios hará más allá de lo que te imaginas. ¡Es la hora de Dios!

"Nos hemos olvidado de Dios. Hemos olvidado la misericordiosa mano que nos guardó en paz, nos multiplicó, nos enriqueció y nos fortaleció. Y, con nuestro corazón engañoso, hemos supuesto, vanamente, que todas estas bendiciones eran producto de alguna sabiduría superior o virtud propia. Intoxicados por triunfos ininterrumpidos, hemos llegado a ser demasiado autosuficientes como para sentir la necesidad de redención y gracia, demasiado altivos como para orar al Dios que nos creó. Nos corresponde humillarnos ante el Poderoso, confesando nuestros pecados nacionales y pidiendo clemencia y perdón en oración".  Abraham Lincoln.

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