sábado, 20 de septiembre de 2014

Refugio en el océano



Nuestro planeta está lleno de ejemplos de la vida en grupos o familias. Basta mirar a la naturaleza en cualquiera de sus ecosistemas para darnos cuenta que, al igual que los seres humanos, la vida en familia es el común denominador entre las diferentes especies. Desde niña fui una gran soñadora con respecto a la familia, aunque siempre tuve aspiraciones profesionales, nunca hubo nada más importante en mis metas, en mi propósito de vida, que el maravilloso sueño, el inmenso deseo de llegar a formar una familia amorosa y armónica. Hoy estamos de aniversario, también viendo a nuestros hijos arribar a la culminación de sus estudios de pregrado, inmensamente agradecidos a Dios por tener aun en medio de nosotros a nuestros padres, quienes ya superan los cincuenta y sesenta años de vida matrimonial, ejemplos vivientes de amor.

Estoy escribiendo, pero realmente estoy sumergida a 18 metros de profundidad en nuestro mar Caribe deleitándome de la diversidad de especies en el arrecife de coral. Una vez que he superado toda la parafernalia de los equipos y la técnica para sumergirme, puedo sentirme bienvenida en un ambiente al cual no he sido invitada; sin embargo, pareciera recibirme calurosamente. No solo me permite disfrutar de sus colores, de la belleza que encierra su diversidad, también suscita en mi una profunda inspiración. Mientras nado lentamente mis ojos se recrean con un cardumen de intensos morados que al ver de cerca parecieran haber recién salido de la paleta de un pintor; más allá me embelesa otro cardumen tan numeroso que atravieso con mi movimiento ondulado de patadas dóciles que no quieren perturbar la armonía de estos diminutos peces amarillos, adornados con una fina línea negra en sus lomos, así como la elegancia de un caballero que da el toque final a su atuendo con una fina corbata.

Hoy amanecí con muchas emociones a flor de piel. Llevo días pensando, meditando, respirando profundamente, como si en cada inhalación tratara de conservar la vida, los sentimientos, los momentos que pasan y se escurren entre mis manos como el agua que me rodea, que aunque toco no puedo atrapar. Y así hago mientras buceo, en cada inhalación retengo el aire, expando mis pulmones, lo respiro serenamente, tratando de relajar todo mi cuerpo. Quizá por eso, al concluir cada inmersión en mi tanque hay suficiente reserva como para empezar de nuevo. Así como hay suficiente reserva en mi corazón para empezar cada mañana esta obra de amor. Mientras avanzo me encuentro de frente con una linda parejita de peces ángel, pareciera que mi presencia no les molesta en absoluto, los percibo amables, cuando estamos casi frente a frente, hago un suave movimiento a la derecha para dejarlos pasar, después de todo ellos están en su casa, es su territorio, yo soy solo una intrusa admiradora. Entonces, me doy vuelta y los sigo con mi mirada hasta que los pierdo cuando entran en una de esas cuevas que tienen como hogar, como refugio en el arrecife de coral.

Inspirada en esa parejita alcanzo a mi esposo, quisiera decirle muchas cosas, llenarle el corazón de poesía. Aunque en el mundo submarino nos hablamos por medio de señas, le tomo la mano y se la acaricio tratando de infundirle, en ese toque suave pero áspero por la deshidratación de mis manos en el agua, todo el amor que me une a él. Su rostro se voltea hacia mi, se quita la boquilla y dibuja un beso en sus labios. Le sonrío con los ojos, vuelvo mi mirada al arrecife y allí, en medio del océano, agradezco a Dios por mi matrimonio, por mi hijos, por el refugio que representa mi familia. Nunca antes había llorado debajo del agua, un sentimiento enorme me embarga, las lágrimas fluyen copiosamente de mis ojos, debo hacer algunos ajustes para rectificar mi visibilidad y mis oídos. No tengo miedo, me siento confiada en Dios, también confiada en mi compañero de buceo que ha sido mi amigo por veintiséis largos años. Aunque a veces nuestras vidas han sido como ese arrecife de coral, llenas de vericuetos, siempre en cada quiebre del camino, en cada dificultad hemos encontrado en Dios el tesoro que nos ha impulsado a seguir adelante en la construcción de este amor.

Me encanta sumergirme para mirar debajo de las cavernas que forma el arrecife, siempre encuentro especies hermosas, extravagantes, de colores vibrantes, como una colección del más puro arte. Así como el arrecife alberga miles de especies en sus más intrincados recovecos, así la vida alberga miles de enseñanzas en cada hueco que caemos, en cada obstáculo que encontramos en el camino. Pero en Dios siempre hay un horizonte lleno de posibilidades, de sorpresas infinitas para aquellos que comprometidos con su familia se atreven a explorar las profundidades del amor de Dios. Estoy absorta en mis pensamientos, en esa conversación de mi alma con Dios, tratando de contener mis emociones; de repente, uno de mis hijos me hace la señal de una tortuga con su mano. Como un consuelo inmediato la emoción de poder ver a esta bella criatura me llena de alegría, tomo una gran bocanada de aire y nado con fuerza tratando de alcanzarla, a diferencia de la creencia popular estos seres no son nada lentos, nadan hábilmente con gracia y destreza. Logro estar muy cerca, aunque tengo por norma no tocar nada en este hermoso mundo submarino que me recibe siempre con tanta bondad, no me resisto a la tentación de pasar mi mano cariñosamente sobre su caparazón, a penas la rozo y quedo sorprendida por la suavidad que acaricia mis dedos. Rápidamente, supera mi nado y se pierde en el azul del océano.

No me da tiempo de extrañar esta sorpresa, el día de hoy ha estado repleto de bellos momentos; como uniéndose a la celebración de mi aniversario cinco tortugas más van apareciendo una a una en nuestro nadar. Tantas veces nos perdemos de estos sencillos pero majestuosos espectáculos que nos da la vida; nos quedamos anclados en la tristeza, en la pérdida, en el dolor de una experiencia amarga y damos todo por terminado cuando el océano de posibilidades yace incógnito ante nosotros. Ha llegado el momento de subir a la superficie, he vivido intensamente esta inmersión, como siempre en el ascenso mi esposo me toma de la mano. A medida que subo me despido de este mundo tan hermoso que hoy de una manera tan especial se reveló ante mi. Al ver tu mano tomando por completo la mía siento que nos faltan muchos océanos por explorar, muchos mares que nuestro barco aun debe surcar. Y así como hoy el océano fue mi refugio, siento que siempre, tomados de la mano, encontraremos refugio en el océano de Dios.


“El Dios eterno es tu refugio; por siempre te sostiene entre sus brazos. Expulsará de tu presencia al enemigo”. Deuteronomio 33:27

Rosalía Moros de Borregales
rosymoros@gmail.com
http://familiaconformealcorazondedios.blogspot.com/









sábado, 13 de septiembre de 2014

DECISIONES


A lo largo de nuestras vidas nos encontramos en la posición de resolver situaciones, de elegir el camino más conveniente en algo específico, de discernir entre lo correcto y lo equivocado, y aun más difícil, entre lo correcto y lo excelente. Constantemente se nos presentan encrucijadas, nos vislumbran caminos maquillados que ejercen sobre nosotros una gran atracción, pero que no siempre nos conducen al lugar y la posición que bendice nuestra existencia. Enfrentamos situaciones que demandan de nosotros firmeza de carácter y fuerza moral para no dejarnos abatir. Somos sometidos a toda clase de pruebas que revelan, hasta para nuestro propio asombro, lo que realmente yace en nuestros corazones. Y ante todo esto no podemos quedarnos de brazos cruzados, y si así lo hiciéramos, esa sería una decisión.

Cada día y casi a cada instante nos encontramos tomando decisiones. Son las decisiones que tomamos las que van moldeando nuestro carácter y allanando  nuestro camino. Y aunque a veces vivamos circunstancias o situaciones que nosotros no hayamos decidido, aun en esos casos, las decisiones asumidas ante esas circunstancias determinarán consecuencias a las que tendremos que hacer frente. Sí, porque eso es precisamente lo que hacen las decisiones, determinan consecuencias. Las decisiones son semillas que siembras y luego en su tiempo disfrutas del fruto; cada decisión se manifiesta más tarde de una forma diferente. Y todas estas manifestaciones o consecuencias van produciendo un entramado de conocimientos, de sentimientos, de virtudes y desaciertos que se convierten en el escenario en el cual nos desempeñamos día a día.

Si decidimos escuchar probablemente se nos revele un corazón, o podamos recibir un consejo oportuno; si decidimos perdonar nos libraremos de la amargura; si decidimos guardar nuestro dolor probablemente ocupe tanto lugar en nuestro corazón que nos deje sin capacidad para volver a atesorar el amor; si decidimos ser amables siempre conquistaremos un alma agradecida que nos regalará una sonrisa; si decidimos gritar despertaremos al ogro que duerme en el otro; si decidimos amar al dinero nos convertiremos en sus esclavos; si decidimos disfrutarlo con inteligencia probablemente seamos gente muy próspera; si decidimos aprender encontraremos a cada paso al conocimiento y la vida será una lección permanente; si decidimos quejarnos probablemente nos convirtamos en las personas más tristes; si decidimos ser agradecidos encontraremos cada día múltiples razones para sentirnos felices.
Cada decisión depende del  valor que le asignamos a las cosas en la vida. Depende de nuestras prioridades, de la manera como anticipamos lo más valioso e importante a lo menos trascendente. No se trata de una jerarquía inflexible en la cual una cosa o persona sea más importante permanentemente que otra, se trata de discernir el tiempo y la individualidad de cada momento, de la voz callada de la inspiración que nos ilumina y nos conduce a darle prioridad a algo o alguien. Se trata en definitiva de la apreciación del significado y trascendencia de cada cosa y cada persona en lo que somos y queremos ser.

Sobre esta apreciación me encanta pensar en lo que mi esposo le ha dicho siempre a nuestros hijos: Quizá puedan equivocarse en el color adecuado para combinar la ropa que llevan, o en la vía que tomen para llegar a algún lugar, o en la película que escojan en el cine. Pero hay tres cosas en las que su decisión determinará sus vidas: la escogencia de la compañera del camino, de la que será la madre de sus hijos; la profesión, el trabajo con el que se ganen el pan de cada día y, sobre todo, en tener a Dios como el guía de sus vidas.

Tres decisiones fundamentales, pero sin lugar a dudas, que la última es la primera, la más importante y a veces la más pospuesta de todas las decisiones. Todos los seres humanos tenemos un llamado de parte de Dios. En el evangelio de Juan en el capítulo 1 en el verso 12 se nos dice que todos aquellos que deciden recibir y aceptar a Dios en sus vidas, El les da el derecho de ser sus hijos. ¡Y sabemos los privilegios de ser hijos! Esta es la decisión más trascendente e importante de nuestra existencia. Sobre ella todas las demás decisiones estarán inspiradas en la luz y el amor de Dios. ¡No la pospongas! ¡Este es el tiempo!


domingo, 7 de septiembre de 2014

Tu oración puede determinar tu destino



Desde tiempos ancestrales los seres humanos han tenido el inmenso deseo de descifrar su destino. Es una fuerza intrínseca del hombre el querer preceder a los hechos de su propia historia. Realmente, muchos quisiéramos contar con la bola de cristal en la que pudiéramos ver nuestro futuro. Y con este deseo, también existe el anhelo conjunto de poder cambiar los hechos que no nos agradan, el ser capaces de tomar las decisiones acertadas ante la exposición adelantada de sus consecuencias; en fin, quisiéramos poder ver nuestras vidas proyectadas en una película y saber cuál es el camino que debemos tomar en los diferentes tiempos de nuestras vidas.

Por esta razón, una inmensa mayoría de los cristianos ha acudido a toda clase de fuentes que de una u otra manera le calman un poco esta terrible ansiedad por el futuro. Muchos se guían por los astros, y más allá del horóscopo se confían de una carta personal dictada por éstos a ciertos aventajados en el arte de la pronosticación. Otros acuden a la numerología, también a la adivinación en todas sus formas a través de cartas, café, tabaco, etc.  De igual manera, hay quienes depositan su confianza en fenómenos obscuros como la brujería, y la hechicería; y en estas practicas entregan sus vidas a personas que declaran tener contacto con seres que ya se han ido de esta tierra y supuestamente les confieren poderes especiales.  

Sin embargo, en nuestra fe contamos con un recurso que muchas veces ha sido subvalorado; una herramienta que ha sido poco apreciada pero que es capaz de desatar en nuestras vidas las bendiciones más maravillosas e inimaginables. Una herramienta a través de la cual podemos tener comunión con nuestro Hacedor, y determinar en nuestras vidas el destino que El de antemano preparó para cada uno de nosotros. Hablamos de la oración, hablamos de hablar con Dios, de dejar de vivir una vida de desaciertos propios, de eventos fatídicos creados por las fuerzas que nos rodean y pedir de su corazón todo lo bueno, todo lo noble y todo lo puro que El ha planeado para nosotros.

En la Biblia encontramos numerosos pasajes que nos muestran como la oración fue usada por hombres y mujeres de fe, y como a través de ella el poder de Dios obró cambios en las circunstancias y en personas opuestas para bendecir a sus hijos. Un ejemplo sobre la oración que me gusta mucho lo encontramos en el libro de I Crónicas en el capítulo 4, en los versos 9 y 10. Allí en un libro dedicado a las genealogías israelitas, en el cual leemos nombre tras nombre sin muchas explicaciones, de repente nos hablan de un hombre llamado Jabes, el cual según las escrituras era un nombre cuyo significado era literalmente dolor, pues su madre al darlo a luz con inmensa pena le nombró de esta manera. A parte de su nombre, la Biblia dice que Jabes fue más ilustre que todos sus hermanos, y añade que Jabes invocó a Dios a través de esta manera: "¡Oh Dios, dame tu bendición. Ensancha mi territorio. Que tu mano sea sobre mi, y me libres del mal para que no me haga daño.”  Y lo más impactante son las palabras a continuación: “ Y Dios le concedió lo que pidió”.

Una oración es una expresión de nuestra dependencia de Dios. Al invocar el nombre de Dios en cualquier situación estamos, en primer lugar, teniendo un acto de humildad en el cual reconocemos nuestras limitaciones, y en segundo lugar, un acto de reconocimiento del poder de Dios. Cuando Jabes oró de esta sencilla pero concisa manera estaba poniendo su confianza en Dios, a quien él reconocía como el único capaz de cambiar el destino que había determinado su madre a través del nombre que le había dado. En pocas palabras él no quería que su vida estuviera designada por el dolor sino por todo lo que Dios tenía para él.

Cuando nos entregamos a Dios a través de esta clase de oración, estamos expresando nuestra confianza de que al ser guiados por El, no habrá circunstancias, ni eventos, ni personas, ni aun nosotros mismos, podremos cambiar el destino que Dios ha preparado para nosotros.

“Hasta ahora nada han pedido en Mi nombre; pidan y recibirán, para que su gozo sea completo.” Juan 16:24

Rosalía Moros de Borregales
@RosaliaMorosB




sábado, 30 de agosto de 2014

Como los dedos de una mano

Este artículo es la primera lectura de mi libro Reflexiones para Venezuela. Hoy en la víspera de la boda de nuestro hijo Leonardo D. lo dedico con todo mi amor a mi nueva hija Isabel Cecilia 


            Cuando era niña acostumbrábamos a hacer la sobremesa, recuerdo que me encantaba escuchar las historias que nos contaba papá acerca de su infancia, sus padres, sus hermanos y de cómo se había enamorado de mamá. Recuerdo que en varias oportunidades nos hablaba de la importancia de permanecer unidos como familia.

            Un día papá nos dijo que examináramos nuestras manos; algo sorprendida, sin entender hacia donde nos llevaba, volví mis ojos hacia mis manos y con ellos las seguí en un movimiento suave de arriba hacia abajo y de un lado hacia el otro. Después de unos instantes, recuerdo que él comenzó a exaltar las diferencias entre unos y otros. Fulano es alto y rubio, es alegre y dicharachero, Zutana es baja y de cabellos oscuros, es más seria y también inteligente…, y así fue describiéndonos a cada uno, exaltando las diferencias físicas y  de personalidad entre unos y otros.

            Como mi padre ha sido siempre abundante en sus elogios, pronto me concentré en la rima de sus palabras en forma de versos, y olvidé mis manos, mientras él paseaba con su mirada alrededor de la mesa y nos tocaba el alma con sus ojos café. Pero mi padre no había olvidado su propósito, siempre ha estado empeñado en mostrarnos las riquezas que hay en ser familia, la multiplicidad de cualidades que podemos encontrar en la variedad de caracteres, lo maravilloso que es el aceptarnos unos a otros. La inmensa aventura que es la vida y lo hermosa que puede ser cuando vamos acompañados en el camino: “Porque mejor son dos que uno, porque si uno cae el otro lo levanta; porque si uno tiene frío el otro lo abriga”.

            De repente, volví mi atención a mis manos, y pensé: _A papá se le olvidó el asunto de las manos. En la curiosidad de mi mente de niña, esperaba impacientemente el desenlace de toda esta declaración de amor de mi padre hacia todos nosotros. Pero mi padre no había olvidado, él tenía muy claro su propósito, tan claro como la luz del mediodía, tan claro que han pasado más de treinta años de aquella sobremesa y lo recuerdo nítidamente, casi puedo revivir los aromas de la deliciosa comida, casi puedo ver los ojos de mi madre bañados de lágrimas.

            Entonces, apurado por la impaciencia de los más pequeños que inquiríamos una explicación acerca de la minuciosa observación que nos había demandado hiciéramos de nuestras manos, nos dijo: _Así como en una mano todos los dedos son diferentes, unos más gorditos, otros más largos, otros menos agraciados pero más útiles, como el pulgar, todos tienen una función en ese conjunto que llamamos la mano, todos pertenecen a una unidad, todos son parte de un todo sin perder su individualidad._ Así, hijos míos, así es la familia. Somos uno en Dios, y somos todos diferentes, pero somos miembros los unos de los otros. Siempre permanezcan unidos, recuerden que somos COMO LOS DEDOS DE LA MANO.

Rosalía Moros de Borregales
@RosalíaMorosB




sábado, 23 de agosto de 2014

Estar a tu lado

Dedicado a mi hijo Leonardo Daniel Borregales Moros.
Hijo, a pesar de la distancia siempre estaré a tu lado amandote.
Ningún lugar está lejos cuando el corazón está cerca.

Pienso que hay una fuerza poderosa en las relaciones humanas, es una fuerza capaz de sanar, liberar, renovar y engrandecer. Es todo un potencial que puede ser la mejor medicina para el alma; por supuesto, como todo en la vida, esta fuerza puede llegar a ser también negativa. Depende de la fuente que escojamos como provisión para llenar nuestros corazones; depende de las decisiones que tomemos en el camino; de la visión que tengamos del futuro; depende del justo valor que tengamos de nosotros mismos y de aquellas personas y razones a las que le damos importancia cada día.

No hay mayor consuelo en momentos de angustia que el abrazo cálido de un ser amado. No hay nada que nos enternezca más que la sonrisa dulce de tres dientecitos incipientes. Es esperanzador encontrarse con un par de viejitos tomados de la mano. Es un bálsamo para el corazón cansado sentarse en un parque, contemplar a los niños jugando, escuchar sus risas y al instante sentir que también nosotros nos estamos carcajeando. Amanecer tristes, buscando fuerzas para seguir adelante y encontrarlas al ser sorprendidos por el mensaje alentador de un amigo no tiene precio. Llegar cansados a la casa después de un largo día de trabajo para ser recibidos por la algarabía de nuestro cónyuge y de nuestros hijos puede convertirse en la sinfonía más sublime para nuestros oídos.

Vivimos rodeados de palabras, llenos de dichos, pero las palabras de nuestra madre cuando atravesamos la primera gran prueba de nuestra vida jamás se nos olvidarán: "Tu dolor es mi dolor, tu alegría es mi alegría". Me llena de inspiración cada vez que escucho a mis hijos decir: -Bendición mami-,  los bendigo con las palabras de siempre, pero calladamente, dentro de mi ser, surgen infinitas bendiciones como un manantial que brota a borbotones para llenarles la vida de bien. Mirar al pasado buscando momentos para vernos claramente haciendo tareas, con papá sentado a nuestro lado, explicándonos la materia, es un recuerdo de su compañía activa, del estar allí.

Todo se trata de alguien que nos bendice con su presencia en nuestras vidas. Alguien que nos regala un gesto, una sonrisa, un abrazo, un beso, un regaño, una palabra de admiración. Se trata de estar al lado de quienes amamos, de quienes nos necesitan, de quienes son nuestra responsabilidad. Se trata de nuestra presencia activa en la vida de otros, de la presencia de ellos en nuestras vidas. Se trata de estar al lado, de hacer el camino juntos, de saber que estás allí. De sentir que mi silencio puede hablarte tanto como la más profunda de nuestras conversaciones. De saber que mi mirada puede ser el abrigo de tu alma; que tu alma puede ser el refugio de la mía.

De eso se trata la amistad, el ser cónyuges, de eso se trata el ser padres e hijos, el ser familia, el tener a alguien a quien amar. Y lo más hermoso que he encontrado en la vida es que también de eso se trata la relación que Dios desea entablar con cada ser humano. Una y otra vez podemos encontrar en las Sagradas Escrituras que Dios nos manifiesta que su presencia estará siempre a nuestro lado; que Él no nos abandonará en tiempos de crisis; que su mano será sobre nosotros. De la manera que Cristo, al despedirse de sus discípulos les consuela prometiéndoles la presencia del Espíritu Santo para estar allí al lado de ellos guiándoles a toda verdad en sus vidas. Y de la misma forma, en la que Él se entristece al ver que ellos no pudieron acompañarle, no estuvieron a su lado en la hora de su angustia antes de ser llevado a la cruz.

De eso se trata siempre el amor, de estar allí, de estar a tu lado... 
Rosalía Moros de Borregales

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@RosaliaMorosB

sábado, 16 de agosto de 2014

La paz que nace de la angustia



Una de las porciones de las Sagradas Escrituras que más me ha impactado a lo largo de mi vida es la de Isaías 9:6 donde se expresan los diferentes calificativos del mesías. Todos describen la grandeza y magnificencia de Dios: Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. En particular me llena profundamente pensar en Jesús como el Príncipe de Paz; creo que nos muestra ese lado profundamente humano del Cristo que caminó las calles de Galilea, que estuvo en contacto con el hombre en sus más profundas angustias, como la del padre impotente ante un hijo atormentado; la de la mujer sin fuerzas por el flujo de sangre; la de la oscuridad de los ojos de Bartimeo; como la de aquella mujer a quien no le importaba recibir aunque fueran las migajas que caen de la mesa; como la de la mujer adúltera a punto de ser apedreada; como la del hombre cuya hija yacía postrada por la fiebre.

Todos de una u otra manera hemos vivido momentos de angustia. En algunas ocasiones hemos sentido un temor que nos oprime el pecho, sin entender su causa; en otros momentos hemos sido sorprendidos por eventos o situaciones que nos han hecho sentir como atrapados en un hoyo sin salida. La ansiedad ha inundado nuestros pensamientos, la turbación y la congoja nos oprimen de tal manera el corazón que no sabemos si el dolor es una emoción, o si nos está dando un infarto. Hacemos una inhalación profunda tratando de alcanzar el aire, la sangre pareciera hervir mientras recorre todo nuestro cuerpo en el intrincado sistema circulatorio, nuestras manos tiemblan, sudan, pierden su calor; los labios se secan, la garganta se ahoga en un grito de silencio.

Por un instante estoy absolutamente sola, nadie me acompaña, nadie me recuerda, nadie me ama. ¡Dios me ha abandonado! Entonces las palabras de la Biblia retumban en mi mente: _ ¡Príncipe de Paz! Desde lo más profundo de mi corazón, allí en medio de la angustia de ese hueco oscuro, mi alma se aferra a El; lo llamo con desesperación, el alma me llora, las lágrimas recorren profusamente mi rostro, no hay nadie para enjugarlas, una inmensa soledad me hace sentir desolada. Sin embargo, mi mente persevera en El, todo este dolor es verdad; pero Jesucristo es la verdad más grande de mi vida. Pienso en su cruz, en su dolor, en su entrega y tengo la certeza de que El ya vivió esta angustia, que la venció con su muerte, que la dejó aplastada para siempre con su resurrección.

Tantas mentiras levantadas a lo largo de la historia de la humanidad: estamos solos, somos producto del azar, nos movemos en un mundo que no tiene salvación, la vida no vale la pena, no hay eternidad, Dios nos ha abandonado. Todas golpean mi mente como gritos de terror; pero por sobre todo ese ruido su voz me dice: Yo soy el Príncipe de Paz. Entonces, elevo mis ojos y se encuentran con su tierna mirada; allí está El, victorioso, apacible, seguro, como el Príncipe de Paz. Me toca con su amor y cambia mi tristeza por óleo de gozo, mi espíritu angustiado por manto de alegría. No es una algarabía, no es una fiesta de colores, es un sentimiento sosegado que me llena plenamente. Ahora, tengo la certeza de que no hay hueco más oscuro que su luz no pueda iluminar, no hay dolor más intenso que su amor no pueda sanar, no hay angustia más profunda que su paz no pueda calmar.

“Aunque ande en valle de sombre de muerte, no temeré mal alguno porque tu estarás conmigo”. Salmo 23:4

Rosalía Moros de Borregales
@RosaliaMorosB










sábado, 9 de agosto de 2014

No dará tu pie al resbaladero


La vida no es una autopista, es una vía de largos senderos llenos de toda clase de obstáculos. A veces disfrutamos de una calzada, mientras muchas otras recorremos caminos escarpados. Las mismas aflicciones son padecidas por todos; aún, la gente más buena y noble atraviesa túneles oscuros en los que la luz es tan solo una esperanza de su alma. Uno de los pasajes de las Sagradas Escrituras que me ha impactado más es narrado por el apóstol Juan en su evangelio (16:33) "Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo."

Es Jesús dando instrucciones a sus discípulos, expresándoles su amor, el amor del Padre, los tiempos por venir e instándoles a confiar. Un reto nada fácil de enfrentar para aquellos hombres en aquel tiempo. De la misma manera, un desafío para nuestra fe en el mundo actual, en la Venezuela de ahora. Pero, ¿cómo tener esa clase de fe? ¿Cómo confiar cuando nuestras vidas se tambalean ante esas aflicciones de antemano anunciadas?  ¿Cómo lograr paz en medio de la angustia? ¿Cómo acallar la voz del corazón que grita desesperadamente en medio de la soledad más inmensa? ¿Cómo poder ver a Jesús en medio de la oscuridad, del dolor, de la angustia?

Es necesario verlo en la cruz para comprender a plenitud su amor mostrado en su sacrificio. Sentirnos amados por aquel que lo dio todo, que se entregó a sí mismo para darnos vida. Cuando humildemente aceptamos que no hay salvación para ninguno de nosotros fuera de Jesús; cuando entendemos que fuimos amados y que ese amor está vigente, entonces, podemos confiar. Poner con absoluta seguridad nuestra vida en las manos de quien ya ha vencido a este mundo con todas sus aflicciones; quien ha superado todos los obstáculos venciendo aun a la muerte.

Y ¿cómo entender la profundidad y grandeza de su amor? Acercándonos al trono de su gracia. No podemos tomar del agua si no venimos a la fuente. No podemos ser abrazados por ese amor sublime si no abrimos nuestro corazón. ¿Acaso, nuestra inhabilidad para venir ante El podría hacer nulo su amor? ¿Acaso, nuestra incredulidad podría hacer nula la fidelidad de Dios? De ninguna manera, Dios es galardonador de los que le buscan, honra el amor de quienes confiadamente se acercan a El. Y si nosotros siendo malos honramos el amor de nuestros hijos, cuánto más nuestro Padre Celestial nos concederá la gracia de vencer porque El ya ha vencido.

Debemos reconocer que nos hacemos especialistas en profesiones y oficios con el estudio concienzudo y la practica constante, mas cuando se trata de Dios   vivimos en la ignorancia más absoluta. Le damos relevancia a cuanto charlatán     que pretende definir nuestras vidas por medio de la alineación de los planetas; de la influencia mística de un mortal que no ha podido enderezar su propia vida; de fórmulas mágicas que requieren sacrificios, pero son incapaces de liberar nuestros corazones del miedo, porque no nos dan amor, porque no nos asignan el valor que tenemos ante Dios.
Por eso, mientras voy caminando por la vida, y por mas que me esfuerzo me doy cuenta que hay parajes imposibles de sobrevivir sin morir en el intento, elevo mis ojos al Cielo. Desde lo más profundo de mi alma susurro una oración a mi Padre celestial; el recuerdo de Cristo clavado en la cruz, entregando hasta la última gota de su sangre por mi salvación, me embarga un amor indescriptible. El temor se desvanece, siento sus brazos que me envuelven y una voz que me dice: "No dará tu pie al resbaladero".


"Alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene del Señor, que hizo los cielos y la tierra. No dará tu pie al resbaladero, ni se dormirá el que te guarda". (Salmos 121:1-3)

Rosalía Moros de Borregales

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