sábado, 16 de agosto de 2014

La paz que nace de la angustia



Una de las porciones de las Sagradas Escrituras que más me ha impactado a lo largo de mi vida es la de Isaías 9:6 donde se expresan los diferentes calificativos del mesías. Todos describen la grandeza y magnificencia de Dios: Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. En particular me llena profundamente pensar en Jesús como el Príncipe de Paz; creo que nos muestra ese lado profundamente humano del Cristo que caminó las calles de Galilea, que estuvo en contacto con el hombre en sus más profundas angustias, como la del padre impotente ante un hijo atormentado; la de la mujer sin fuerzas por el flujo de sangre; la de la oscuridad de los ojos de Bartimeo; como la de aquella mujer a quien no le importaba recibir aunque fueran las migajas que caen de la mesa; como la de la mujer adúltera a punto de ser apedreada; como la del hombre cuya hija yacía postrada por la fiebre.

Todos de una u otra manera hemos vivido momentos de angustia. En algunas ocasiones hemos sentido un temor que nos oprime el pecho, sin entender su causa; en otros momentos hemos sido sorprendidos por eventos o situaciones que nos han hecho sentir como atrapados en un hoyo sin salida. La ansiedad ha inundado nuestros pensamientos, la turbación y la congoja nos oprimen de tal manera el corazón que no sabemos si el dolor es una emoción, o si nos está dando un infarto. Hacemos una inhalación profunda tratando de alcanzar el aire, la sangre pareciera hervir mientras recorre todo nuestro cuerpo en el intrincado sistema circulatorio, nuestras manos tiemblan, sudan, pierden su calor; los labios se secan, la garganta se ahoga en un grito de silencio.

Por un instante estoy absolutamente sola, nadie me acompaña, nadie me recuerda, nadie me ama. ¡Dios me ha abandonado! Entonces las palabras de la Biblia retumban en mi mente: _ ¡Príncipe de Paz! Desde lo más profundo de mi corazón, allí en medio de la angustia de ese hueco oscuro, mi alma se aferra a El; lo llamo con desesperación, el alma me llora, las lágrimas recorren profusamente mi rostro, no hay nadie para enjugarlas, una inmensa soledad me hace sentir desolada. Sin embargo, mi mente persevera en El, todo este dolor es verdad; pero Jesucristo es la verdad más grande de mi vida. Pienso en su cruz, en su dolor, en su entrega y tengo la certeza de que El ya vivió esta angustia, que la venció con su muerte, que la dejó aplastada para siempre con su resurrección.

Tantas mentiras levantadas a lo largo de la historia de la humanidad: estamos solos, somos producto del azar, nos movemos en un mundo que no tiene salvación, la vida no vale la pena, no hay eternidad, Dios nos ha abandonado. Todas golpean mi mente como gritos de terror; pero por sobre todo ese ruido su voz me dice: Yo soy el Príncipe de Paz. Entonces, elevo mis ojos y se encuentran con su tierna mirada; allí está El, victorioso, apacible, seguro, como el Príncipe de Paz. Me toca con su amor y cambia mi tristeza por óleo de gozo, mi espíritu angustiado por manto de alegría. No es una algarabía, no es una fiesta de colores, es un sentimiento sosegado que me llena plenamente. Ahora, tengo la certeza de que no hay hueco más oscuro que su luz no pueda iluminar, no hay dolor más intenso que su amor no pueda sanar, no hay angustia más profunda que su paz no pueda calmar.

“Aunque ande en valle de sombre de muerte, no temeré mal alguno porque tu estarás conmigo”. Salmo 23:4

Rosalía Moros de Borregales
@RosaliaMorosB










sábado, 9 de agosto de 2014

No dará tu pie al resbaladero


La vida no es una autopista, es una vía de largos senderos llenos de toda clase de obstáculos. A veces disfrutamos de una calzada, mientras muchas otras recorremos caminos escarpados. Las mismas aflicciones son padecidas por todos; aún, la gente más buena y noble atraviesa túneles oscuros en los que la luz es tan solo una esperanza de su alma. Uno de los pasajes de las Sagradas Escrituras que me ha impactado más es narrado por el apóstol Juan en su evangelio (16:33) "Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo."

Es Jesús dando instrucciones a sus discípulos, expresándoles su amor, el amor del Padre, los tiempos por venir e instándoles a confiar. Un reto nada fácil de enfrentar para aquellos hombres en aquel tiempo. De la misma manera, un desafío para nuestra fe en el mundo actual, en la Venezuela de ahora. Pero, ¿cómo tener esa clase de fe? ¿Cómo confiar cuando nuestras vidas se tambalean ante esas aflicciones de antemano anunciadas?  ¿Cómo lograr paz en medio de la angustia? ¿Cómo acallar la voz del corazón que grita desesperadamente en medio de la soledad más inmensa? ¿Cómo poder ver a Jesús en medio de la oscuridad, del dolor, de la angustia?

Es necesario verlo en la cruz para comprender a plenitud su amor mostrado en su sacrificio. Sentirnos amados por aquel que lo dio todo, que se entregó a sí mismo para darnos vida. Cuando humildemente aceptamos que no hay salvación para ninguno de nosotros fuera de Jesús; cuando entendemos que fuimos amados y que ese amor está vigente, entonces, podemos confiar. Poner con absoluta seguridad nuestra vida en las manos de quien ya ha vencido a este mundo con todas sus aflicciones; quien ha superado todos los obstáculos venciendo aun a la muerte.

Y ¿cómo entender la profundidad y grandeza de su amor? Acercándonos al trono de su gracia. No podemos tomar del agua si no venimos a la fuente. No podemos ser abrazados por ese amor sublime si no abrimos nuestro corazón. ¿Acaso, nuestra inhabilidad para venir ante El podría hacer nulo su amor? ¿Acaso, nuestra incredulidad podría hacer nula la fidelidad de Dios? De ninguna manera, Dios es galardonador de los que le buscan, honra el amor de quienes confiadamente se acercan a El. Y si nosotros siendo malos honramos el amor de nuestros hijos, cuánto más nuestro Padre Celestial nos concederá la gracia de vencer porque El ya ha vencido.

Debemos reconocer que nos hacemos especialistas en profesiones y oficios con el estudio concienzudo y la practica constante, mas cuando se trata de Dios   vivimos en la ignorancia más absoluta. Le damos relevancia a cuanto charlatán     que pretende definir nuestras vidas por medio de la alineación de los planetas; de la influencia mística de un mortal que no ha podido enderezar su propia vida; de fórmulas mágicas que requieren sacrificios, pero son incapaces de liberar nuestros corazones del miedo, porque no nos dan amor, porque no nos asignan el valor que tenemos ante Dios.
Por eso, mientras voy caminando por la vida, y por mas que me esfuerzo me doy cuenta que hay parajes imposibles de sobrevivir sin morir en el intento, elevo mis ojos al Cielo. Desde lo más profundo de mi alma susurro una oración a mi Padre celestial; el recuerdo de Cristo clavado en la cruz, entregando hasta la última gota de su sangre por mi salvación, me embarga un amor indescriptible. El temor se desvanece, siento sus brazos que me envuelven y una voz que me dice: "No dará tu pie al resbaladero".


"Alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene del Señor, que hizo los cielos y la tierra. No dará tu pie al resbaladero, ni se dormirá el que te guarda". (Salmos 121:1-3)

Rosalía Moros de Borregales

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jueves, 31 de julio de 2014

Hupomone, paciencia


En ocasiones, lograr encontrar la palabra que exprese plenamente su significado en otra lengua es una labor que requiere más que la técnica de traducción, la pericia de conocer los laberintos del significado. En la traducción del Nuevo Testamento del griego al español existen una cantidad de vocablos cuya traducción no expresa la profundidad que posee en su idioma origen. Pensando en las virtudes de la fe cristiana expresadas en las Sagradas Escrituras quise escribir sobre la paciencia, pero no la paciencia desde nuestra concepción actual, la cual expresa casi desesperación en la larga espera, sino la paciencia desde el significado del vocablo griego hupomone (ὑπομονή).

Recibo una nota de un buen amigo que confirma mis pensamientos. En esta hora de nuestra patria nos es necesaria la paciencia, pero desde su concepción neo testamentaria la cual va más allá de saber esperar lo que se desea, o de soportar algo calladamente. La palabra usada en el griego es Hupomone la cual es traducida también, según su contexto, como resistencia o perseverancia. Esta palabra describe la fuerza interior que nace de una relación de comunión con nuestro Creador. Aquel que ha gustado de la bondad del Señor en su vida es capaz de mirar más allá de las circunstancias, reconoce la omnipotencia de Dios, no tiene la actitud de tristeza profunda de quien se resigna, sino la actitud de la esperanza mostrada en un espíritu luchador que vive la adversidad como el que siempre ve la luz al final del túnel.

Lo más inspirador del significado de este vocablo griego usado tantas veces por el apóstol Pablo es que constituye el fundamento de toda acción de justicia, permite al ser humano practicar la paz donde hay guerra, mantener la calma en medio de la tormenta, confiar al ser victima de un complot, valorar a sus semejantes a través del sacrificio de Cristo en la cruzProduce en nosotros la certeza de la autonomía de Dios, nos da la convicción de que los ojos del Señor están sobre la tierra para hacer su justicia. Cuando alguien ha desarrollado la virtud de hupomone ni la violencia del hombre, ni los poderes del mal pueden contra él; su coraje está fundamentado no en su propia fuerza sino en la fuerza de su fe en Dios.

Sin duda, el primero que mostró esta virtud fue Jesús cuando caminaba las polvorientas calles de Galilea. Al ser interpelado por los fariseos siempre tuvo una respuesta cabal para expresar su razón, mas nunca propició la guerra. Al darle respuesta a Anás, una de las autoridades religiosas de la época un soldado le propinó una bofetada a lo que Jesús le respondió: _ Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; pero si bien, ¿por qué me golpeas? Más tarde, cuando Pilatole increpa, reconoce que es Dios quien le ha dado esa autoridad al gobernador romano de Judea: _ Ninguna autoridad tendrías contra mi si no te fuere dada de arriba; por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene.

Así, cuando nuestra valía está fundamentada en quién somos para Dios y no en el concepto en el cual los hombres puedan circunscribirnos, hupomone se hace palpable en nuestro carácter. Podemos resistir al mal sin ser vencidos por él. Podemos perseverar en sembrar la semilla del bien porque no viene de nosotros sino de Dios en nosotros. Podemos tener la certeza de que nuestra paciencia está fundada en la confianza de hijos que esperan lo mejor de su Padre.

“… Como entristecidos, pero siempre gozosos; como pobres, pero enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, aunque poseyéndolo todo”.  II Corintios 6:10

Rosalía Moros de Borregales
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sábado, 26 de julio de 2014

Nicolás, mira lo que le pasó a Nicolás

Hoy mi artículo fue sacado de la sesión de Opinión de El Universal. En la mañana estuvo en la web y fue twiteado por El Universal y unas cuantas personas. Luego lo sacaron de la web. Este artículo es la historia de lo que le pasó a un sobrino por marchar y protestar en "democracia libre y protagónica". Les pido que me ayuden a difundirlo por todas las redes para que se sepa la verdad de lo que la GNB ha hecho a nuestros jóvenes y la verdad sobre la libertad de expresión en Venezuela en el gobierno de Nicolás Maduro.




Dedicado a Nicolás

¡No hay nada que quisiera más que quedarme en Venezuela! Son las palabras que más me impactan de este joven de 17 años. Su amor por nuestro país es tan grande como su corazón; a pesar de haberle visto la cara a la muerte en medio de una de las tantas protestas que llevaron a cabo los jóvenes venezolanos, su pasión por la patria permanece intacta. La lesión por la que lleva varios meses caminando con dificultad no le ha quebrantado su espíritu. Nicolás es una digna representación del coraje con el que cientos de jóvenes venezolanos han expresado su amor por nuestro país.

Empezó a marchar en febrero de este año motivado por la aplastante frustración que le producía toda la represión de las autoridades en contra de los manifestantes. Cada muerte se convirtió en un impulso para salir a la calle. _ Amo a la gente de este país, amo su cultura, su comida, la manera en que son capaces de sacarle un chiste a los malos momentos, me expresa. Como quien se confiesa, también me cuenta que cuando se tomaban de las manos cantando el Himno Nacional lo embargaba un sentimiento tan profundo que siempre se le aguaban los ojos.

Al escucharlo, no tardo en sentir como se humedecen también los míos, como afloran en mi los mismos sentimientos que hicieron a Nicolás vivir esta historia, entre tantas historias no contadas. Como la que le refiere el médico especialista en una de sus sesiones de terapia para restituir la lesión del nervio ciático postero-lateral que ahora le impide la marcha normal. La de aquel hombre que fue brutalmente golpeado por la GNB, quienes creyéndolo muerto lo lanzaron por un barranco, pero el asta de una bandera lo mantuvo colgando Hoy asiste al mismo lugar que Nicolás para ser tratado de sus lesiones.

Era el 26 de abril, comenzó a marchar en Chacao rumbo a Santa Fe. Al ser advertidos de la presencia de las autoridades represivas decidieron tomar los caminos verdes. Al llegar a Santa Fe fueron emboscados por la GNB, en su desesperación corrieron penetrando el barrio a la orilla de la autopista; subiendo escalinatas, saltando de un techo a otro, esquivando perros bravos, bombas lacrimógenas, toda clase de maldiciones y hasta personas que con machetes les amenazaban para que no entraran en sus casas.

En la carrera en la que sus piernas trataban de alcanzar al latido de su corazón pudo constatar una vez más que Venezuela es un país dividido; oyó a algunas personas que parecían extender su mano de ayuda llámandolos para esconderlos en sus casas, pero luego mostraban la mano de la traición llamando a la GNB para descubrirlos. Confió en una señora que les dijo que no hicieran ruido porque su vecina era chavista, pero ya era tarde, se escuchó una voz decir: _ Por aquí están. E inmediatamente apareció un guardia apuntándolos con una 9 mm. 

Trató de continuar la huida, pero al trepar para luego saltar se quedó enganchado. Para ese momento ya habían llegado otros efectivos, se dejó caer al piso. Fue sometido junto con otros; allí los patearon, los golpeaban en la cabeza con las cachas de las pistolas, mientras vociferaban: _ malditos sifrinos. Era imposible cubrirse, los golpes eran de todos para todos, venían de todas las direcciones, no respetaban órganos vitales, mucho menos el grito de su voz: _ Soy menor de edad, soy menor.  De repente, llegó la salvación, era un jefe: _ Ya, ya, déjenlos. Pero mientas los subalternos obedecían la orden, el jefe se convirtió en el verdugo prodigando los golpes.

Suspira profundamente, como quien trata de aliviar una gran angustia. Me cuenta que el agente que lo llevaba tenía algo de sobrepeso, lo cual le impedía moverse con rapidez. La intrincada arquitectura del lugar obligaba a que se subieran a un muro. _ Súbete tu primero y si corres te mato. Subió,  pensó en su vida, entonces también saltó al techo próximo y de ese al siguiente. Escapó de un guardia, pero en la huida se encontró con otro. A la voz de alto, no se detuvo, estaba decidido a salvar su vida. Volvió a saltar mientras una lluvia de balas trataban de alcanzarlo. Esta vez, el recorrido de la caída se sintió más largo, la caída más fuerte.

Mira Nicolás, es confuso explicar la altura desde la que el Nicolás de esta historia saltó. Me dijo que entre todos los muros que trepó y saltó ese día, ese último pareció ser el más alto de todos. Uno de los chamos que lo vio, le dijo a su mamá que Nicolás había saltado como desde un tercer piso. El salto lo salvó de caer en las manos de la GNB, de sufrir las torturas que muchos han vivido. Confiamos en Dios que también se salvará de esta lesión, que pronto volverá a caminar con la destreza de su edad. ¡Mira Nicolás, lo que le pasó a Nicolás!

“Cuando los justos dominan, el pueblo se alegra; mas cuando domina el impío, el pueblo gime”. 
Prov. 29:2

Rosalía Moros de Borregales

@RosaliaMorosB


sábado, 14 de junio de 2014

El padre amante

En nuestro mundo actual no hay discusión acerca de la importancia que reviste la relación afectiva de todo ser humano con ambos progenitores en el desarrollo armónico de su personalidad. De tal manera que, aquella creencia ampliamente divulgada, en la que se exalta a la madre como un ser insustituible y se minimiza al padre sólo a la condición de una célula necesaria para la procreación del nuevo ser, cada vez tiene menos sustentación. Ciertamente, la conducta de muchos padres les ha hecho ganarse esta definición, alejándolos de su papel protagónico en la formación de sus hijos. Sin embargo, más allá de la pura genética, el rol del padre trasciende a la concepción biológica de un individuo, su desempeño es absolutamente inherente en la creación de un ser íntegro y feliz.

La mayoría en algún momento de la vida ha escuchado la historia de la parábola del hijo pródigo. Un hijo quien pide a su padre lo que le corresponde de su herencia, decide irse por el mundo llevando una vida dispendiosa y desenfrenada. Cuando el dinero llega a su fin, termina trabajando en una hacienda cuidando de una cría de cerdos. Al verse arruinado, su corazón se quebranta, en su reflexión piensa que aún el trabajador de menor rango en la casa de su padre vive dignamente. Entonces, decide regresar a su hogar. Al llegar, su padre le recibe con los brazos abiertos, sin ningún reproche. Con mucha alegría en su corazón, ordena a sus empleados preparar una fiesta de bienvenida para su hijo que "estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado". Lucas 15:24.

Cuando escuchamos esta parábola generalmente nos enfocamos en el hijo que recapacita, y regresa arrepentido para pedir perdón. Sin duda, un aspecto profundamente humano que debería ser considerado por todos en la condición de hijos. Aunque, en mi opinión, el protagonista principal de esta historia es el papá. Ese incansable trabajador que ha provisto para su familia más allá del pan de cada día, atesorando una herencia para el futuro de cada hijo. Ese hombre cuya felicidad jamás llega hasta el día en el que logra ver a sus hijos convertidos en hombres de bien, capaces de enfrentar al mundo con voluntad, verdad y honor. Ese hombre capaz de perdonar, cuyo corazón se abre para arropar al hijo en un abrazo infinito.

El padre amante es el líder de su hogar, en su corazón no hay cabida para la indiferencia; pues, un líder está pendiente desde los asuntos más importantes hasta los más pequeños detalles. El padre amante marca el destino de sus hijos, hace que los sueños que hay en ellos se cristalicen en una hermosa realidad. Aunque los hijos se desvíen en algún momento, el padre sabe que ha sembrado la semilla de Dios, y esa siempre da buen fruto en abundancia. El padre amante es compasivo, recuerda su propio transitar por la vida. Cuando uno de sus hijos está caído, le tiende junto con la mano el corazón, es su muleta mientras se recupera, lo lleva de la mano en sus nuevos primeros pasos, para luego dejar que remonte vuelo por los cielos de la vida.

El padre amante es el primer maestro en la vida de sus hijos; él sabe que su ejemplo es más contundente que las muchas palabras. Por esa razón, sus pasos son firmes, sus decisiones son pesadas en balanza, inspiradas en la sabiduría divina, tomadas a sabiendas de que sus consecuencias no son individuales sino que afectarán a toda la familia. El padre que enseña instruye a los hijos no sólo en los quehaceres de la cotidianidad. Él sabe que las herramientas más importantes de la vida son intangibles en lo material pero le permiten al individuo construirse un camino para una vida digna. El primer maestro establece límites, sus palabras tienen congruencia con sus actos. Más tarde, cuando los hijos ejerzan su libertad sabrán atenerse a las consecuencias de sus acciones.

Esta tarea que en gran medida en el mundo entero ha recaído sobre los hombros de las madres, es en primer lugar, una tarea encomendada por Dios al padre. Las mujeres la sazonamos con los deliciosos sabores de nuestra ternura; rodeamos a nuestra familia desbordando ese amor inmenso que Dios ha depositado en nuestros corazones. Sin embargo, en el diseño divino de la familia el hombre es un pilar fundamental; aunque la vida nos permita compensar carencias, la falta de este padre amante deja en el ser humano una profunda huella de dolor.

Hoy el corazón de Dios nuestro Padre está con los brazos abiertos para recibir a todo aquel que como el hijo pródigo decida regresar al hogar. Hoy el padre amante está dispuesto a perdonar; él respeta tu libertad para decidir donde quieres estar. Si decides estar en sus manos, él preparará la mesa para sentarte a su lado y compartir contigo los manjares de la sabiduría y el infinito amor de su corazón.

"Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia".
Jeremías 31:3

ROSALÍA MOROS DE BORREGALES 

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jueves, 8 de mayo de 2014

MADRE MÍA

Dedicado a mi madre, Rosilda Martín de Moros-Ghersi y con ella
a todas las madres de mi amada Venezuela.


Madre mía, te siento tan hondo dentro de mi alma.
Tu suave rostro dibuja una tenue sonrisa,
tus ojos profundos revelan mi dolor en tu dolor,
se encuentran con los míos en el camino del adiós.
Tantas veces nos hemos despedido, es un sendero ya recorrido.
Pero mi alma y tu alma no se conforman, me vuelvo niña
y tú te vuelves preñada por el amor para llevarme contigo.

¡Madre mía! ¿De dónde tu fuente inagotable?
¿De dónde esa cascada de amor que me bendice la vida?
La amiga incondicional, el abrazo cálido que arropa a la niña,
que sostiene a la mujer que hiciste de mí.
Tu silencio profundo que habla tanta sabiduría.
Tus tiernas palabras que me consuelan el alma herida.
¡No hay mayor refugio que tu vientre, madre mía!

Madre mía, tus alas se extienden para albergarnos a todos en tu pecho.
En tu corazón cabe un hijo, caben dos, cabemos todos los hijos
a los que la Providencia amamantó de tu seno.
Tu luz ha iluminado nuestros caminos,
has sido lámpara en nuestra oscuridad.
El agua de tu manantial ha saciado nuestra sed.
¡En el desierto de la vida tú has sido el oasis del amor!

Madre mía, cuánto te amo, y cuánto me falta por amarte.
En tu amor es el único que puedo volver a ser niña,
crecer hasta la incipiente mujer que se dibuja en la adolescente.
Y de nuevo transformarme en mujer completa, cabal.
¡En tu amor me igualo a ti para convertirme en madre!
Para sentir hasta lo más profundo de mis entrañas el dolor de mis hijos.
Y regocijarme con ellos en todas sus más pequeñas y grandes alegrías.

¡Madre mía, qué bendición tenerte, qué gozo tan grande amarte!
Quisiera remontarme en los cielos y desde allí abrir mis brazos
para bañarte con lluvias de bendiciones la vida.
Quisiera extraer de lo más profundo de la tierra las riquezas de colores brillantes
para adornarte a ti, madre mía, la piedra más preciosa de mi vida.
Quisiera caminar siempre tomada de tu mano,
y cuando te vayas seguir sintiendo el calor de tu presencia.

Madre mía, recibe en este día mi humilde tributo,
Mi veneración y el amor de mi corazón.
El perdón por mis faltas, por mi omisión,
por las heridas que pude haber causado en tu ser.

Quiera Dios que como ungüento estas palabras que nacen hoy
en el rincón más profundo de mi alma,
alegren tu vida y la consuelen de todos los dolores de ser madre.

¡Madre mía, nunca dejes de bendecirme la vida!

Rosalía Moros de Borregales

rosymoros@gmail.com

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