viernes, 17 de octubre de 2014

CAUTIVOS DE LA ESPERANZA


Es una reacción normal del ser humano sentirse desanimado y triste cuando las circunstancias son cada vez más complicadas y difíciles. Quizá ya hemos esperado mucho sin ver cambios a nuestro favor. Quizá los límites de nuestro asombro han sido sobrepasados. No podemos ver una luz en el horizonte; lo que quisiéramos es tener alas como águilas para remontarnos en los cielos, lejos muy lejos. Sin embargo, como cristianos estamos llamados a poner nuestra mirada en Jesús, y en su inspiración llenar nuestros corazones con la esperanza.

Pero, no con esa esperanza que se asemeja a una pintura abstracta cuyo mensaje se nos hace imposible de descifrar. Cuando hablamos de esperanza en Dios nuestros corazones están sellados con la certeza interior de que El siempre nos bendecirá. La esperanza en Dios entreteje nuestros sueños, nuestros anhelos más profundos al Creador de nuestras vidas. Esperar en Dios es estar cautivos de nuestra fe, enlazados con El de una manera indivisible.

En el mundo somos prisioneros del miedo, de la mentira, de las preocupaciones, de la duda y de tantas otras cosas que nos esclavizan a una vida sombría de amargura. Cuando esperamos en Dios, el verbo esperar trasciende mucho más allá del movimiento de las agujas del reloj que nos marcan el tiempo; se convierte en una espera que nos provee cada día la virtud de confiar en medio de las adversidades. La esperanza en el Señor, nos transforma en mejores seres humanos cada día conformándonos a las virtudes cristianas.

A través de esta esperanza podemos romper las cadenas que nos atan a un mundo alejado de Dios. La esperanza del hombre cuya vida se fundamenta en los  principios cristianos le permite saber que la imposibilidad del hombre es la oportunidad de Dios para hacer Sus milagros. Sabiendo que el primero y más importante de todos los milagros es el que se lleva a cabo en nuestro corazón, el que nos permite ver la luz en medio de la oscuridad, estar en paz en medio de la guerra; saber que el juicio y el perdón vienen del Altísimo, de cuya mano nadie podrá escapar.

Ser cautivos de la esperanza en Dios no nos convierte en seres inactivos ante cuyos ojos el mundo, nuestra nación y nuestro propio hogar pueden hacerse pedazos. ¡No! El que espera en Dios, confía primeramente en Su bondad, inmerecida por todos los hombres, pero a la disposición de todos a través de la cruz de Cristo. Al mismo tiempo, se convierte en constructor de esperanza, en productor de alegrías, en dador de amor.

Volvamos al lugar seguro, a la fortaleza de nuestra fe; volvamos nuestros rostros al Señor, con un corazón sincero que reconoce en sí su insuficiencia y en Dios, su grandeza, su poder sin límites, y su amor inalterable.
¡Seamos cautivos de la esperanza que no avergüenza!



“Volveos a la fortaleza, oh prisioneros de la esperanza; hoy os anuncio que os restauraré el doble”. Zacarías 9:12

Rosalía Moros de Borregales
rosymoros@gmail.com
@RosaliaMorosB

sábado, 11 de octubre de 2014

En medio de la tormenta


Por mas que nos esforcemos, todos en diferentes momentos de nuestras vidas nos encontramos luchando en medio de diferentes tipos de tormenta. Tormentas familiares, sentimentales, intelectuales, económicas, en fin, una amplia diversidad para la cual, en la mayoría de los casos nuestras herramientas son insuficientes, o sencillamente no las poseemos. A veces, hemos encontrado ayuda a lo largo del camino. Otras, hemos caminado solos a través de ellas. En algunas, hemos sobrevivido, levantándonos de nuevo para seguir adelante. En otras, hemos sobrevivido pero quedando tan heridos que seguir adelante pareciera haberse convertido en una tarea titánica.

Hay un pasaje en los evangelios que narra un breve episodio en la vida de Jesucristo y sus discípulos. Cuenta Lucas (8:22-25) que estaba Jesús predicando a la multitud, y una vez que la había despedido, les dijo a sus discípulos que pasaran al otro lado del lago. Mientras ellos se ocupaban de la barca, el maestro se quedó dormido. En medio de la travesía se desató una tormenta con fuertes vientos que hacía que las olas golpearan contra la barca, de tal manera que estaban a punto de anegarse. Entonces, lo despertaron, diciéndole: _ ¡Maestro, maestro, perecemos! Ante lo cual, Jesús levantándose reprendió al viento y al mar. Al instante, cesó el viento y sobrevino una gran calma. Luego, Jesús se dirigió a ellos: _ ¿Por qué estáis tan atemorizados? ¿Dónde está vuestra fe? Y ellos maravillados se decían unos a otros: _ ¿Quién es este, que aun a los vientos y a las aguas manda, y le obedecen?

Muchas veces nos encontramos en nuestra barca lidiando con cientos de situaciones, personas, sentimientos y emociones que pueden convertirse en verdaderas tormentas. Éstas amenazan con sacudirnos de un lado a otro, para finalmente dejarnos completamente anegados. Nuestra primera reacción es actuar, poner todo nuestro esfuerzo, hasta darnos cuenta que la tormenta nos golpea furiosamente para debilitarnos. Los discípulos eran hombres de mar, con seguridad habían vívido unas cuantas tormentas. Sin embargo, estaban empezando a conocer a Jesús, y a pesar del poco tiempo a su lado sus espíritus percibían el amor y el poder del Señor. Luego, al encontrarse impotentes ante la tormenta reconocieron en el Señor su ayuda, entonces le despertaron.

Al igual que los discípulos, en algunas ocasiones nos hemos dado cuenta de nuestra impotencia para encontrar una salida, para solventar una situación, para superar un dolor, una pérdida; sin embargo, no hemos reconocido en Dios nuestra ayuda. Hemos caminado solos y tristes, mientras el Señor ha estado todo el tiempo allí cerca. No le hemos llamado con una oración desde lo más profundo de nuestro corazón, con un pensamiento, con un deseo de su presencia a nuestro lado. Ese es el primer paso para experimentar la calma, llamar a Dios reconociendo en El nuestra ayuda. Quizá es ese instante de debilidad el que nos recuerda que hay un Dios. Por eso, aunque la vida sea una tormenta tras otra, la vida con Dios puede ser una vida de paz, no después de la tormenta sino en medio de ella.

Muchas tormentas vienen y van, dejando a su paso grandes estragos. Despertar al maestro, acudir en su ayuda con la certeza de que El es poderoso para hacer mucho más de lo que pedimos o entendemos, es nuestro trabajo. Sin paz es imposible actuar con sabiduría. Cuando acudimos a Dios, su primera bendición es darnos de Su paz, y es allí, cuando la angustia y el temor se han desvanecido, el momento en que nuestras fuerzas se ven renovadas, para a continuación, bajo la inspiración de sus instrucciones ser capaces de superar los fuertes vientos y las olas que golpean contra nosotros.

¡Atrévete a llamar a Dios! ¡Atrévete a reconocerlo en todos los caminos por los que transites! ¡Atrévete a verlo en muchas caras, a sentirlo en el ser humano que se presenta a tu lado en plena tormenta! Te aseguro que al igual que aquellos hombres de mar quedarás maravillado. Primero, por la paz dentro de ti y, en segundo lugar, porque aun  los vientos y las aguas le obedecen. Verás que no hay imposibles para Dios. ¡El está contigo en medio de la tormenta!

“No temas, porque Yo te he redimido, te he llamado por tu nombre; mío eres tú. Cuando pases por las aguas, Yo estaré contigo, Y si por los ríos, no te cubrirán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama te abrasará”. Isaías 43: 1b-2.

Rosalía Moros de Borregales.

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viernes, 3 de octubre de 2014

Remueve tu piedra



En el paso de Jesús de Nazaret por esta tierra tuvo una amistad con tres hermanos, María, Marta y Lázaro, quienes vivían en la aldea de Betania. Cuentan las Sagradas Escrituras que Lázaro cayó enfermo y sus hermanas enviaron un mensaje a Jesús que nos permite deducir claramente lo real y profundo de esta amistad: _ El que amas está enfermo. La respuesta del Señor no se hizo esperar: _ Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el hijo de Dios sea glorificado por ella. Y para confirmar esta clase de amistad a continuación el narrador, el apóstol Juan declara: _ Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro. (Juan 11). Es una historia realmente conmovedora y llena de detalles; sin embargo, quisiera que enfocáramos nuestra atención en el vínculo que unía a Jesús con esta familia y en la manera cómo levantó a Lázaro de la muerte.

Cuando el Señor llegó a la aldea ya no había esperanzas en María y Marta. Habían pasado ya cuatro días desde que Lázaro estaba en el sepulcro. Jesús pidió que lo llevaran al lugar y al llegar allí lloró; por lo cual los judíos que estaban presente dijeron: _ ¡Mirad cuánto lo amaba! Y nuevamente, como para exaltar la clase de vínculo que unía a Jesús con estos hermanos, el narrador hace énfasis diciendo que Jesús estaba profundamente conmovido. Entonces, el Señor dice: _ Removed la piedra. Pero Marta le explica que por los días que han pasado su hermano hiede. Y Jesús le contesta: _¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios? Inmediatamente después, la piedra fue removida y Jesús alzando los ojos a lo alto elevó una oración al Padre, para luego decir a Lázaro: _ ¡Lázaro, ven fuera! Y el que había muerto salió envuelto en el sudario que usaban en la época. Entonces, Jesús pidió que lo desataran y lo dejaran ir. A causa de este evento muchos de los que habían ido a acompañar a María y a Marta por la muerte de su hermano, creyeron en Jesús.

Muchos nos encontramos como Lázaro metidos en el sepulcro. Familias enteras, instituciones y en mayor escala, nuestra nación, se encuentran detrás de la piedra, sin vida. ¡Los que nos rodean ya no tienen esperanza! Han pasado muchos días y la muerte se ha enseñoreado de nosotros, de nuestro país. El hedor que percibimos aquí y allá nos lo confirman. ¡Pero Jesús aun no ha desistido de nosotros! ¿Recuerdan el amor con que amaba a Lázaro y a sus hermanas? Esa es la misma clase de amor con el cual Dios nos ha amado. En su evangelio el apóstol Juan nos expresa claramente el propósito de la venida de Cristo a esta tierra. En el capitulo 3, en los versículos 16 y 17 nos muestra que la manera en que Dios nos amó fue tan profunda que nos dio a su Hijo para que creyendo en El pudiéramos, al igual que Lázaro, salir de nuestro sepulcro. ¡Caminar de las tinieblas a la luz!

A pesar de toda la oscuridad que nos rodea; a pesar de la decepción y de la angustia; a pesar de la mentira y la falsedad. A pesar de haberle visto el rostro a la maldad; a pesar de la abundante cosecha de odios; a pesar de la destrucción y la desolación, hoy es el tiempo de la esperanza. Hoy es el tiempo de creer, hoy es el tiempo de unirnos como hermanos, de elevar al unísono en cada hogar, en cada iglesia, en cada institución una oración por nuestra patria, por nuestras familias, por nuestros hijos. Hoy es el tiempo de remover tu piedra y escuchar el llamado de Jesús:
_ ¡Venezuela, ven fuera!

Rosalía Moros de Borregales

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sábado, 20 de septiembre de 2014

Refugio en el océano



Nuestro planeta está lleno de ejemplos de la vida en grupos o familias. Basta mirar a la naturaleza en cualquiera de sus ecosistemas para darnos cuenta que, al igual que los seres humanos, la vida en familia es el común denominador entre las diferentes especies. Desde niña fui una gran soñadora con respecto a la familia, aunque siempre tuve aspiraciones profesionales, nunca hubo nada más importante en mis metas, en mi propósito de vida, que el maravilloso sueño, el inmenso deseo de llegar a formar una familia amorosa y armónica. Hoy estamos de aniversario, también viendo a nuestros hijos arribar a la culminación de sus estudios de pregrado, inmensamente agradecidos a Dios por tener aun en medio de nosotros a nuestros padres, quienes ya superan los cincuenta y sesenta años de vida matrimonial, ejemplos vivientes de amor.

Estoy escribiendo, pero realmente estoy sumergida a 18 metros de profundidad en nuestro mar Caribe deleitándome de la diversidad de especies en el arrecife de coral. Una vez que he superado toda la parafernalia de los equipos y la técnica para sumergirme, puedo sentirme bienvenida en un ambiente al cual no he sido invitada; sin embargo, pareciera recibirme calurosamente. No solo me permite disfrutar de sus colores, de la belleza que encierra su diversidad, también suscita en mi una profunda inspiración. Mientras nado lentamente mis ojos se recrean con un cardumen de intensos morados que al ver de cerca parecieran haber recién salido de la paleta de un pintor; más allá me embelesa otro cardumen tan numeroso que atravieso con mi movimiento ondulado de patadas dóciles que no quieren perturbar la armonía de estos diminutos peces amarillos, adornados con una fina línea negra en sus lomos, así como la elegancia de un caballero que da el toque final a su atuendo con una fina corbata.

Hoy amanecí con muchas emociones a flor de piel. Llevo días pensando, meditando, respirando profundamente, como si en cada inhalación tratara de conservar la vida, los sentimientos, los momentos que pasan y se escurren entre mis manos como el agua que me rodea, que aunque toco no puedo atrapar. Y así hago mientras buceo, en cada inhalación retengo el aire, expando mis pulmones, lo respiro serenamente, tratando de relajar todo mi cuerpo. Quizá por eso, al concluir cada inmersión en mi tanque hay suficiente reserva como para empezar de nuevo. Así como hay suficiente reserva en mi corazón para empezar cada mañana esta obra de amor. Mientras avanzo me encuentro de frente con una linda parejita de peces ángel, pareciera que mi presencia no les molesta en absoluto, los percibo amables, cuando estamos casi frente a frente, hago un suave movimiento a la derecha para dejarlos pasar, después de todo ellos están en su casa, es su territorio, yo soy solo una intrusa admiradora. Entonces, me doy vuelta y los sigo con mi mirada hasta que los pierdo cuando entran en una de esas cuevas que tienen como hogar, como refugio en el arrecife de coral.

Inspirada en esa parejita alcanzo a mi esposo, quisiera decirle muchas cosas, llenarle el corazón de poesía. Aunque en el mundo submarino nos hablamos por medio de señas, le tomo la mano y se la acaricio tratando de infundirle, en ese toque suave pero áspero por la deshidratación de mis manos en el agua, todo el amor que me une a él. Su rostro se voltea hacia mi, se quita la boquilla y dibuja un beso en sus labios. Le sonrío con los ojos, vuelvo mi mirada al arrecife y allí, en medio del océano, agradezco a Dios por mi matrimonio, por mi hijos, por el refugio que representa mi familia. Nunca antes había llorado debajo del agua, un sentimiento enorme me embarga, las lágrimas fluyen copiosamente de mis ojos, debo hacer algunos ajustes para rectificar mi visibilidad y mis oídos. No tengo miedo, me siento confiada en Dios, también confiada en mi compañero de buceo que ha sido mi amigo por veintiséis largos años. Aunque a veces nuestras vidas han sido como ese arrecife de coral, llenas de vericuetos, siempre en cada quiebre del camino, en cada dificultad hemos encontrado en Dios el tesoro que nos ha impulsado a seguir adelante en la construcción de este amor.

Me encanta sumergirme para mirar debajo de las cavernas que forma el arrecife, siempre encuentro especies hermosas, extravagantes, de colores vibrantes, como una colección del más puro arte. Así como el arrecife alberga miles de especies en sus más intrincados recovecos, así la vida alberga miles de enseñanzas en cada hueco que caemos, en cada obstáculo que encontramos en el camino. Pero en Dios siempre hay un horizonte lleno de posibilidades, de sorpresas infinitas para aquellos que comprometidos con su familia se atreven a explorar las profundidades del amor de Dios. Estoy absorta en mis pensamientos, en esa conversación de mi alma con Dios, tratando de contener mis emociones; de repente, uno de mis hijos me hace la señal de una tortuga con su mano. Como un consuelo inmediato la emoción de poder ver a esta bella criatura me llena de alegría, tomo una gran bocanada de aire y nado con fuerza tratando de alcanzarla, a diferencia de la creencia popular estos seres no son nada lentos, nadan hábilmente con gracia y destreza. Logro estar muy cerca, aunque tengo por norma no tocar nada en este hermoso mundo submarino que me recibe siempre con tanta bondad, no me resisto a la tentación de pasar mi mano cariñosamente sobre su caparazón, a penas la rozo y quedo sorprendida por la suavidad que acaricia mis dedos. Rápidamente, supera mi nado y se pierde en el azul del océano.

No me da tiempo de extrañar esta sorpresa, el día de hoy ha estado repleto de bellos momentos; como uniéndose a la celebración de mi aniversario cinco tortugas más van apareciendo una a una en nuestro nadar. Tantas veces nos perdemos de estos sencillos pero majestuosos espectáculos que nos da la vida; nos quedamos anclados en la tristeza, en la pérdida, en el dolor de una experiencia amarga y damos todo por terminado cuando el océano de posibilidades yace incógnito ante nosotros. Ha llegado el momento de subir a la superficie, he vivido intensamente esta inmersión, como siempre en el ascenso mi esposo me toma de la mano. A medida que subo me despido de este mundo tan hermoso que hoy de una manera tan especial se reveló ante mi. Al ver tu mano tomando por completo la mía siento que nos faltan muchos océanos por explorar, muchos mares que nuestro barco aun debe surcar. Y así como hoy el océano fue mi refugio, siento que siempre, tomados de la mano, encontraremos refugio en el océano de Dios.


“El Dios eterno es tu refugio; por siempre te sostiene entre sus brazos. Expulsará de tu presencia al enemigo”. Deuteronomio 33:27

Rosalía Moros de Borregales
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sábado, 13 de septiembre de 2014

DECISIONES


A lo largo de nuestras vidas nos encontramos en la posición de resolver situaciones, de elegir el camino más conveniente en algo específico, de discernir entre lo correcto y lo equivocado, y aun más difícil, entre lo correcto y lo excelente. Constantemente se nos presentan encrucijadas, nos vislumbran caminos maquillados que ejercen sobre nosotros una gran atracción, pero que no siempre nos conducen al lugar y la posición que bendice nuestra existencia. Enfrentamos situaciones que demandan de nosotros firmeza de carácter y fuerza moral para no dejarnos abatir. Somos sometidos a toda clase de pruebas que revelan, hasta para nuestro propio asombro, lo que realmente yace en nuestros corazones. Y ante todo esto no podemos quedarnos de brazos cruzados, y si así lo hiciéramos, esa sería una decisión.

Cada día y casi a cada instante nos encontramos tomando decisiones. Son las decisiones que tomamos las que van moldeando nuestro carácter y allanando  nuestro camino. Y aunque a veces vivamos circunstancias o situaciones que nosotros no hayamos decidido, aun en esos casos, las decisiones asumidas ante esas circunstancias determinarán consecuencias a las que tendremos que hacer frente. Sí, porque eso es precisamente lo que hacen las decisiones, determinan consecuencias. Las decisiones son semillas que siembras y luego en su tiempo disfrutas del fruto; cada decisión se manifiesta más tarde de una forma diferente. Y todas estas manifestaciones o consecuencias van produciendo un entramado de conocimientos, de sentimientos, de virtudes y desaciertos que se convierten en el escenario en el cual nos desempeñamos día a día.

Si decidimos escuchar probablemente se nos revele un corazón, o podamos recibir un consejo oportuno; si decidimos perdonar nos libraremos de la amargura; si decidimos guardar nuestro dolor probablemente ocupe tanto lugar en nuestro corazón que nos deje sin capacidad para volver a atesorar el amor; si decidimos ser amables siempre conquistaremos un alma agradecida que nos regalará una sonrisa; si decidimos gritar despertaremos al ogro que duerme en el otro; si decidimos amar al dinero nos convertiremos en sus esclavos; si decidimos disfrutarlo con inteligencia probablemente seamos gente muy próspera; si decidimos aprender encontraremos a cada paso al conocimiento y la vida será una lección permanente; si decidimos quejarnos probablemente nos convirtamos en las personas más tristes; si decidimos ser agradecidos encontraremos cada día múltiples razones para sentirnos felices.
Cada decisión depende del  valor que le asignamos a las cosas en la vida. Depende de nuestras prioridades, de la manera como anticipamos lo más valioso e importante a lo menos trascendente. No se trata de una jerarquía inflexible en la cual una cosa o persona sea más importante permanentemente que otra, se trata de discernir el tiempo y la individualidad de cada momento, de la voz callada de la inspiración que nos ilumina y nos conduce a darle prioridad a algo o alguien. Se trata en definitiva de la apreciación del significado y trascendencia de cada cosa y cada persona en lo que somos y queremos ser.

Sobre esta apreciación me encanta pensar en lo que mi esposo le ha dicho siempre a nuestros hijos: Quizá puedan equivocarse en el color adecuado para combinar la ropa que llevan, o en la vía que tomen para llegar a algún lugar, o en la película que escojan en el cine. Pero hay tres cosas en las que su decisión determinará sus vidas: la escogencia de la compañera del camino, de la que será la madre de sus hijos; la profesión, el trabajo con el que se ganen el pan de cada día y, sobre todo, en tener a Dios como el guía de sus vidas.

Tres decisiones fundamentales, pero sin lugar a dudas, que la última es la primera, la más importante y a veces la más pospuesta de todas las decisiones. Todos los seres humanos tenemos un llamado de parte de Dios. En el evangelio de Juan en el capítulo 1 en el verso 12 se nos dice que todos aquellos que deciden recibir y aceptar a Dios en sus vidas, El les da el derecho de ser sus hijos. ¡Y sabemos los privilegios de ser hijos! Esta es la decisión más trascendente e importante de nuestra existencia. Sobre ella todas las demás decisiones estarán inspiradas en la luz y el amor de Dios. ¡No la pospongas! ¡Este es el tiempo!


domingo, 7 de septiembre de 2014

Tu oración puede determinar tu destino



Desde tiempos ancestrales los seres humanos han tenido el inmenso deseo de descifrar su destino. Es una fuerza intrínseca del hombre el querer preceder a los hechos de su propia historia. Realmente, muchos quisiéramos contar con la bola de cristal en la que pudiéramos ver nuestro futuro. Y con este deseo, también existe el anhelo conjunto de poder cambiar los hechos que no nos agradan, el ser capaces de tomar las decisiones acertadas ante la exposición adelantada de sus consecuencias; en fin, quisiéramos poder ver nuestras vidas proyectadas en una película y saber cuál es el camino que debemos tomar en los diferentes tiempos de nuestras vidas.

Por esta razón, una inmensa mayoría de los cristianos ha acudido a toda clase de fuentes que de una u otra manera le calman un poco esta terrible ansiedad por el futuro. Muchos se guían por los astros, y más allá del horóscopo se confían de una carta personal dictada por éstos a ciertos aventajados en el arte de la pronosticación. Otros acuden a la numerología, también a la adivinación en todas sus formas a través de cartas, café, tabaco, etc.  De igual manera, hay quienes depositan su confianza en fenómenos obscuros como la brujería, y la hechicería; y en estas practicas entregan sus vidas a personas que declaran tener contacto con seres que ya se han ido de esta tierra y supuestamente les confieren poderes especiales.  

Sin embargo, en nuestra fe contamos con un recurso que muchas veces ha sido subvalorado; una herramienta que ha sido poco apreciada pero que es capaz de desatar en nuestras vidas las bendiciones más maravillosas e inimaginables. Una herramienta a través de la cual podemos tener comunión con nuestro Hacedor, y determinar en nuestras vidas el destino que El de antemano preparó para cada uno de nosotros. Hablamos de la oración, hablamos de hablar con Dios, de dejar de vivir una vida de desaciertos propios, de eventos fatídicos creados por las fuerzas que nos rodean y pedir de su corazón todo lo bueno, todo lo noble y todo lo puro que El ha planeado para nosotros.

En la Biblia encontramos numerosos pasajes que nos muestran como la oración fue usada por hombres y mujeres de fe, y como a través de ella el poder de Dios obró cambios en las circunstancias y en personas opuestas para bendecir a sus hijos. Un ejemplo sobre la oración que me gusta mucho lo encontramos en el libro de I Crónicas en el capítulo 4, en los versos 9 y 10. Allí en un libro dedicado a las genealogías israelitas, en el cual leemos nombre tras nombre sin muchas explicaciones, de repente nos hablan de un hombre llamado Jabes, el cual según las escrituras era un nombre cuyo significado era literalmente dolor, pues su madre al darlo a luz con inmensa pena le nombró de esta manera. A parte de su nombre, la Biblia dice que Jabes fue más ilustre que todos sus hermanos, y añade que Jabes invocó a Dios a través de esta manera: "¡Oh Dios, dame tu bendición. Ensancha mi territorio. Que tu mano sea sobre mi, y me libres del mal para que no me haga daño.”  Y lo más impactante son las palabras a continuación: “ Y Dios le concedió lo que pidió”.

Una oración es una expresión de nuestra dependencia de Dios. Al invocar el nombre de Dios en cualquier situación estamos, en primer lugar, teniendo un acto de humildad en el cual reconocemos nuestras limitaciones, y en segundo lugar, un acto de reconocimiento del poder de Dios. Cuando Jabes oró de esta sencilla pero concisa manera estaba poniendo su confianza en Dios, a quien él reconocía como el único capaz de cambiar el destino que había determinado su madre a través del nombre que le había dado. En pocas palabras él no quería que su vida estuviera designada por el dolor sino por todo lo que Dios tenía para él.

Cuando nos entregamos a Dios a través de esta clase de oración, estamos expresando nuestra confianza de que al ser guiados por El, no habrá circunstancias, ni eventos, ni personas, ni aun nosotros mismos, podremos cambiar el destino que Dios ha preparado para nosotros.

“Hasta ahora nada han pedido en Mi nombre; pidan y recibirán, para que su gozo sea completo.” Juan 16:24

Rosalía Moros de Borregales
@RosaliaMorosB




sábado, 30 de agosto de 2014

Como los dedos de una mano

Este artículo es la primera lectura de mi libro Reflexiones para Venezuela. Hoy en la víspera de la boda de nuestro hijo Leonardo D. lo dedico con todo mi amor a mi nueva hija Isabel Cecilia 


            Cuando era niña acostumbrábamos a hacer la sobremesa, recuerdo que me encantaba escuchar las historias que nos contaba papá acerca de su infancia, sus padres, sus hermanos y de cómo se había enamorado de mamá. Recuerdo que en varias oportunidades nos hablaba de la importancia de permanecer unidos como familia.

            Un día papá nos dijo que examináramos nuestras manos; algo sorprendida, sin entender hacia donde nos llevaba, volví mis ojos hacia mis manos y con ellos las seguí en un movimiento suave de arriba hacia abajo y de un lado hacia el otro. Después de unos instantes, recuerdo que él comenzó a exaltar las diferencias entre unos y otros. Fulano es alto y rubio, es alegre y dicharachero, Zutana es baja y de cabellos oscuros, es más seria y también inteligente…, y así fue describiéndonos a cada uno, exaltando las diferencias físicas y  de personalidad entre unos y otros.

            Como mi padre ha sido siempre abundante en sus elogios, pronto me concentré en la rima de sus palabras en forma de versos, y olvidé mis manos, mientras él paseaba con su mirada alrededor de la mesa y nos tocaba el alma con sus ojos café. Pero mi padre no había olvidado su propósito, siempre ha estado empeñado en mostrarnos las riquezas que hay en ser familia, la multiplicidad de cualidades que podemos encontrar en la variedad de caracteres, lo maravilloso que es el aceptarnos unos a otros. La inmensa aventura que es la vida y lo hermosa que puede ser cuando vamos acompañados en el camino: “Porque mejor son dos que uno, porque si uno cae el otro lo levanta; porque si uno tiene frío el otro lo abriga”.

            De repente, volví mi atención a mis manos, y pensé: _A papá se le olvidó el asunto de las manos. En la curiosidad de mi mente de niña, esperaba impacientemente el desenlace de toda esta declaración de amor de mi padre hacia todos nosotros. Pero mi padre no había olvidado, él tenía muy claro su propósito, tan claro como la luz del mediodía, tan claro que han pasado más de treinta años de aquella sobremesa y lo recuerdo nítidamente, casi puedo revivir los aromas de la deliciosa comida, casi puedo ver los ojos de mi madre bañados de lágrimas.

            Entonces, apurado por la impaciencia de los más pequeños que inquiríamos una explicación acerca de la minuciosa observación que nos había demandado hiciéramos de nuestras manos, nos dijo: _Así como en una mano todos los dedos son diferentes, unos más gorditos, otros más largos, otros menos agraciados pero más útiles, como el pulgar, todos tienen una función en ese conjunto que llamamos la mano, todos pertenecen a una unidad, todos son parte de un todo sin perder su individualidad._ Así, hijos míos, así es la familia. Somos uno en Dios, y somos todos diferentes, pero somos miembros los unos de los otros. Siempre permanezcan unidos, recuerden que somos COMO LOS DEDOS DE LA MANO.

Rosalía Moros de Borregales
@RosalíaMorosB