miércoles, 19 de julio de 2017

¿Quién es Jesús de Nazaret?

¿Quién es Jesús de Nazaret?
Hoy me siento triste, quizá hoy es uno de esos días en que tenemos mil preguntas sin respuestas. Un día en el que nos despedimos forzadamente de un ser humano que iluminó nuestra vida. La muerte es tan segura, tan común, tan inevitable; sin embargo, cuando llega nos hiere tanto, nos plantea profundas interrogantes, nos muestra una nueva perspectiva de la vida. Nos saca de lo efímero para colocarnos ante lo realmente importante y trascendente.
Ante este enorme sentimiento, ante todas mis inquietudes bañadas de tristeza elevo mi corazón al Señor. En mis lecturas del Evangelio me encuentro con la reacción de Jesús de Nazaret cuando supo la noticia de la muerte de su primo y amigo Juan, el que lo había bautizado en el Jordán. Dicen las Sagradas Escrituras que al enterarse Jesús de la noticia se apartó solo, en una barca, a un lugar desierto (Mateo 14:1-14). Una reacción profundamente humana en un ser verdaderamente divino. Recordando a mi amigo, me hago de nuevo su pregunta: ¿Quién es Jesús de Nazaret?
Los pasajes a continuación me dan la más contundente respuesta. Lo primero que me dice el Evangelio es que después de regresar de ese tiempo de soledad, Jesús vio a una gran multitud que le buscaba; entonces, tuvo compasión de ellos, sanó a los que estaban enfermos, para luego, con tan solo cinco panes y dos peces, alimentar a más de cinco mil. Probablemente, viendo a sus discípulos exhaustos, después de la repartición, les manda a ir al otro lado de la ribera. Pero él se queda, despide a la multitud y se va al monte a orar.
Continúo leyendo lo que sucedió después. Entonces, una vez más en mi vida siento esa presencia sublime que me consuela, que me conforta, que me enseña. Es el pasaje que narra cuando Jesús y Pedro caminan sobre el mar. Los discípulos habían estado luchando con una gran tormenta, Jesús se dirige hacia ellos, pero ellos piensan que es un fantasma y gritan de miedo. Entonces, Jesús les responde con tres frases que siento que nos hablan en medio de cualquier circunstancia: ¡Tened ánimo! Soy yo. No temáis.
Pedro, inspirado quiso comprobar su identidad y le pide: Señor, si eres Tú manda que yo vaya a ti sobre las aguas (Mateo 14:22-32). Ante la mirada perpleja de todos sus compañeros, Pedro se levanta en fe, comienza a andar sobre las aguas; luego, al sentir el fuerte viento, la duda lo embarga. Por último, se deja sucumbir por el miedo y comienza a hundirse. Entonces grita: ¡Señor, sálvame! Jesús extiende su mano y sostiene a Pedro, un hombre que se deja asaltar por la duda, un hombre de poca fe. Pero cuánto admiro a Pedro, cuánto deseo ser como él para darle siempre una oportunidad a mi fe, para ver al Señor extendiéndome su mano en los momentos más oscuros, cuando la duda y el temor me hagan sucumbir.
Al momento de subir a la barca la humanidad de aquellos pescadores ya había recibido la revelación de la divinidad de Jesús. El viento se calma proveyendo una prueba más. Inmediatamente, se acercan a Él, caen sobre sus rodillas y lo adoran diciendo: Verdaderamente eres hijo de Dios. Finalmente, los discípulos supieron quién era Jesús de Nazaret. ¡Ellos estaban en la presencia del Hijo de Dios! Aunque habían presenciado la alimentación de los cinco mil, habían sido testigos de milagros y toda clase de sanidades, todavía no habían entendido quién era realmente este hombre. En la suave luz de la incipiente aurora, ellos piensan que es un fantasma. Pero, tras un despliegue de escenas inimaginables comprueban su verdadera identidad.
Al llegar al otro lado de la orilla mucha gente reconoció a Jesús. Lo veían como un maestro, como un sanador, como un hacedor de milagros, pero no lograron identificarlo como lo hicieron los discípulos, como el Hijo de Dios. Ellos solo pensaban en la ayuda que Él podía darles, pero nunca pensaron que Él estaba en medio de ellos para salvarles. Al hacerse esa pregunta: ¿Quién es Jesús de Nazaret? Mi amigo comprendió que más allá del maestro, más allá del sanador, ese Jesús era el Mesías, su salvador, el salvador del mundo.
"¡Tened ánimo! Soy yo. No temáis". Mateo 14:27b.

Rosalía Moros de Borregales
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domingo, 2 de julio de 2017

LA CAÍDA DEL SOBERBIO

La soberbia es un mal que corroe el alma del ser humano; no afecta solo a quien la padece sino que va dejando una huella desventurada que se extiende tanto como sea el campo de influencia de la persona. La Real Academia de la Lengua Española la define como la satisfacción y el envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás. Más allá de la autocontemplación, el soberbio es dirigido por la idea de la supremacía de sus capacidades, de tal manera que actúa con desdén y menosprecio hacia quienes pretenden aconsejarle o instruirle. La soberbia es el primer síntoma que manifiestan quienes han sido contaminados por el poder. La soberbia conlleva a la violencia, pues el soberbio no entiende de razones; su envanecimiento le conduce a la imposición, a la fuerza sin razón.

Enclavada en uno de los libros del Antiguo Testamento encontramos una historia que describe claramente lo que acontece a quienes persisten en una actitud soberbia hacia sus semejantes y sobre todo hacia su Creador. Nos narra el profeta Daniel (capítulos 4 y 5) la historia de Belsasar, hijo del rey Nabucodonosor de Babilonia, quien hereda un reino transformado por el fruto del arrepentimiento, ya que su padre sufrió largamente las consecuencias de su soberbia y rectificó. Pero, Belsasar "embriagado por el poder de la grandeza de su reino" lleva una vida fatua, marcada por acciones insensatas producto de su soberbia.

Un buen día, mientras el rey Belsasar se encontraba en un festín acompañado de sus principales, de sus mujeres y concubinas unas extrañas palabras aparecieron escritas en la pared del recinto donde estaban reunidos: "Mene, Mene, Tekel, Uparsin". Cuenta la Biblia que Belsasar se turbó en gran manera queriendo entender el significado de aquellas palabras. Entonces, hizo venir ante su presencia a magos, astrólogos y adivinos, quienes después de agotar sus posibilidades no pudieron darle la interpretación. Sin embargo; la Reina, inspirada por un remanente de cordura, le recuerda al rey Belsasar sobre aquel profeta Daniel, quien había interpretado los sueños de su padre Nabucodonosor (Daniel 5:8-10).

Entonces, Daniel fue llamado a la corte del rey, y le fueron ofrecidas grandes recompensas a cambio de la interpretación de las palabras escritas en la pared. Daniel, hombre de bien, responde en la integridad de su corazón: "Sean tus dones para ti, da tus recompensas a otros. Leeré la escritura al Rey y le daré su interpretación". (Daniel 5: 14-18). Comienza la interpretación de Daniel, recordándole a Belsasar sobre el enaltecimiento de su padre: "A quien le placía mataba..., engrandecía a quien le placía y a quien le placía humillaba. Pero, un día, después de que su corazón se ensoberbeció y su espíritu se endureció en su orgullo, fue depuesto del trono de su reino, y despojado de su gloria (Daniel 5: 20-21).

Luego, Daniel le habla con la verdad sobre su propio enaltecimiento. Belsasar no aprendió de la experiencia de su padre: "Pero tú, su hijo Belsasar, no has humillado tu corazón..., sino que contra el Señor de los Cielos te has ensoberbecido, tú y tus grandes... Nunca honraste al Dios en cuya mano está tu vida"... (Daniel 5:22-24).  La interpretación revelada a Daniel mostraba la consecuencia inexorable para un alma envanecida por la soberbia del poder. Dios quebranta al soberbio y enaltece al humilde.

Nuestra nación ha sido víctima de la soberbia. Comenzando por quien lleva sobre sus hombros la más alta responsabilidad de conducir a Venezuela, la mayoría de los gobernantes se han caracterizado por una profunda soberbia que les ha cauterizado la razón; ciegos y sordos han sido incapaces de ejecutar la justicia. Han gobernado para sus propios intereses ignorando la voz de los ciudadanos que claman por un cambio certero de rumbo. Aunque la tragedia sorpresivamente ha tocado a quienes gobiernan, no han mostrado una actitud humilde; por el contrario, persisten en el mal hinchados de soberbia, como si el poder temporal de su autoridad los hubiera hecho olvidar la fragilidad de ellos mismos, de la misma manera que le sucedió a Belsasar.

Creamos o no creamos en Dios, le creamos o no le creamos a Él, le demos en nuestros corazones un lugar, o nos creamos todopoderosos, envanecidos por nuestra propia soberbia; de cualquier manera, siempre podremos ser sorprendidos por la acción de la mano de Dios que escribe una sentencia sobre nuestras vidas. Belsasar se sintió grande, vivió la temporalidad de su reino como si fuera lo definitivo. Pero Dios levantó su mano y ejecutó su palabra:

"Mene, Mene: Contó Dios tu reino y le ha puesto fin. Tekel: Pesado has sido en balanza y hallado falto. UPARSIN: Tu reino ha sido roto y dado a los medos y a los persas". (Daniel 5: 24-27).

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jueves, 15 de junio de 2017

AL ABRIGO DEL ALTÍSIMO



Si hay una emoción que puede ser devastadora en el ser humano, es el miedo. El miedo nos corta la respiración; pareciera que aunque tratáramos de inhalar profundamente, tan solo lográramos atrapar el mínimo de aire que nos permite mantener las funciones vitales. Respiras y vuelves a respirar porque las células de tu cuerpo están vivas, pero cada inhalación es tan corta que tus pulmones se sienten al punto del colapso. Es todo lo contrario a esa sensación de plenitud que otras veces hemos sentidos mirando al horizonte enfrente del océano... Donde cada inhalación pareciera introducir en tu cuerpo todo el aire disponible en el paisaje, toda la plenitud del infinito azul del océano con el infinito azul del cielo.

En mi caminar, he entendido que el opuesto al amor no es el odio, es el miedo. El miedo minimiza, el amor engrandece. Cuando sentimos amor el corazón salta en el pecho, late aceleradamente, pero cada latir inunda nuestro ser de esa sensación sosegada y tranquila, de pertenencia, de estabilidad, de seguridad en el futuro. En el miedo el corazón también se acelera, pareciera que quisiera salirse de su lugar en un grito desesperado. El miedo nos embarga con una sensación de peligro inminente que nos desploma, nos deja impotentes ante el poder del adversario, como si la muerte nos saludara cínicamente.

A veces somos asaltados por el miedo, llega sin invitación, sin anunciarse. Tan solo rompe la armonía de nuestra alma e irrumpe en nuestro pensamiento. Algunos lo dejamos anidar dentro de nuestro ser; nos acostumbramos a esa respiración corta de sobrevivencia, a ese latir exagerado de nuestro corazón que no tiene motivo de fiesta. Otros, solo le abrimos las puertas brevemente, la mayoría de las veces engañados por sus falacias; hemos ido adiestrándonos a la lucha en nuestra mente; hemos ido aprendiendo a discernir cuando los muros de nuestro pensamiento se han caído y el miedo se ha infiltrado como un intruso.

También cuando el miedo es real, cuando se prenden todas las alarmas, cuando te obligas a no entregarte a ese intruso perverso que llegó vestido de invisible o de los colores funestos del odio, la venganza y la maldad en todas sus formas. He lidiado con este miedo hasta el cansancio, literalmente he llorado horas en una batalla que me ha dejado exhausta; pero no le he entregado mi alma a este intruso. Desde el fondo de mi alma he escalado la montaña de la fe; cuando mis emociones eran mis enemigas, las dejé a un lado, traté de despojarme de ellas, como el caminante que se despoja de su peso en la espalda para hacer más ligero el andar.

Y mientras escalaba esa gran montaña, mientras clamaba desde lo más íntimo de mi corazón, Dios vino a mi encuentro. Trajo a mi memoria uno de los recuerdos más dulces a mi alma, puso en mi mente las caritas de mis dos hijos mientras yo los amamantaba cuando eran unos bebés; sus miradas limpias y profundas; sus sonrisas tiernas que se dibujaban en sus pequeños rostros que escrutaban el mío con la curiosidad infinita del querer saber.

Con ese recuerdo del amor, todo el miedo se desvaneció... Y sabiendo que estaba conquistando una montaña, le dije a Dios: _ Señor, así quisiera sentirte en mi vida. Tan cerca de mi como estaban mis bebés cuando los amamantaba. Quisiera mirarte como ellos me miraban a mi. Quisiera sentir esa seguridad que tantas veces sentí cuando cada uno de ellos y yo estábamos tan juntos, tan cerca, tan enlazados, tan perteneciendo el uno al otro... Y allí, en un silencio infinito, las lágrimas inundaron mi rostro, mi corazón lloraba como un río caudaloso, mientras seguía contemplando los ojitos llenos de ternura de mis dos pequeños...

Entonces, sentí ese susurro suave y apacible de Su voz: _ Tu habitas al abrigo del Altísimo. Me quedé en silencio, sorprendida, tratando de respirar para vivir el momento con mayor intensidad, para que no se desvaneciera tan rápido... Entonces, sentí Su voz una segunda vez: _ Eso es estar a Mi abrigo... Abrazada a Mi, como estaban tus pequeños abrazados a ti. Alimentada por Mi amor, como fueron tus pequeños alimentados en tu seno. Una paz indescriptible llenó mi ser, un cansancio que me hizo dormir como una bebé, un despertar con la convicción de que estoy en Sus brazos.
¡Habito al abrigo del Altísimo!


“El que habita al abrigo del Altísimo
Morará bajo la sombra del Omnipotente”.
Salmo 91:1

Rosalía Moros de Borregales
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miércoles, 31 de mayo de 2017

ESTAR A TU LADO
Pienso que hay una fuerza poderosa en las relaciones humanas, es una fuerza capaz de sanar, liberar, renovar y engrandecer. Es todo un potencial que puede ser la mejor medicina para el alma; por supuesto, como todo en la vida, esta fuerza puede llegar a ser también negativa. Depende de la fuente que escojamos como provisión para llenar nuestros corazones; depende de las decisiones que tomemos en el camino; de la visión que tengamos del futuro; depende del justo valor que tengamos de nosotros mismos y de aquellas personas y razones a las que le damos importancia cada día.

No hay mayor consuelo en momentos de angustia que el abrazo cálido de un ser amado. No hay nada que nos enternezca más que la sonrisa dulce de tres dientecitos incipientes. Es esperanzador encontrarse con un par de viejitos tomados de la mano. Es un bálsamo para el corazón cansado sentarse en un parque, contemplar a los niños jugando, escuchar sus risas y al instante sentir que también nosotros nos estamos carcajeando. Amanecer tristes, buscando fuerzas para seguir adelante y encontrarlas al ser sorprendidos por el mensaje alentador de un amigo no tiene precio. Llegar cansados a la casa después de un largo día de trabajo para ser recibidos por la algarabía de nuestro cónyuge y de nuestros hijos puede convertirse en la sinfonía más sublime para nuestros oídos.

Vivimos rodeados de palabras, llenos de dichos, pero las palabras de nuestra madre cuando atravesamos la primera gran prueba de nuestra vida jamás se nos olvidarán: "Tu dolor es mi dolor, tu alegría es mi alegría". Me llena de inspiración cada vez que escucho a mis hijos decir: -Bendición mami-,  los bendigo con las palabras de siempre, pero calladamente, dentro de mi ser, surgen infinitas bendiciones como un manantial que brota a borbotones para llenarles la vida de bien. Mirar al pasado buscando momentos para vernos claramente haciendo tareas, con papá sentado a nuestro lado, explicándonos la materia, es un recuerdo de su compañía activa, del estar allí.

Todo se trata de alguien que nos bendice con su presencia en nuestras vidas. Alguien que nos regala un gesto, una sonrisa, un abrazo, un beso, un regaño, una palabra de admiración. Se trata de estar al lado de quienes amamos, de quienes nos necesitan, de quienes son nuestra responsabilidad. Se trata de nuestra presencia activa en la vida de otros, de la presencia de ellos en nuestras vidas. Se trata de estar al lado, de hacer el camino juntos, de saber que estás allí. De sentir que mi silencio puede hablarte tanto como la más profunda de nuestras conversaciones. De saber que mi mirada puede ser el abrigo de tu alma; que tu alma puede ser el refugio de la mía.

De eso se trata la amistad, el ser cónyuges, de eso se trata el ser padres e hijos, el ser familia, el tener a alguien a quien amar. Y lo más hermoso que he encontrado en la vida es que también de eso se trata la relación que Dios desea entablar con cada ser humano. Una y otra vez podemos encontrar en las Sagradas Escrituras que Dios nos manifiesta que su presencia estará siempre a nuestro lado; que Él no nos abandonará en tiempos de crisis; que su mano será sobre nosotros. De la manera que Cristo, al despedirse de sus discípulos les consuela prometiéndoles la presencia del Espíritu Santo para estar allí al lado de ellos guiándoles a toda verdad en sus vidas. Y de la misma forma, en la que Él se entristece al ver que ellos no pudieron acompañarle, no estuvieron a su lado en la hora de su angustia antes de ser llevado a la cruz.

De eso se trata siempre el amor, de estar allí, de estar a tu lado...

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domingo, 14 de mayo de 2017

Dedicado a todas las madres venezolanas

LA GUARDIANA DE TU ALMA
En memoria de mi consuegra Isabel Eugenia Cardozo de Blanch
Una vez estudiando sobre el origen de la palabra amigo encontré que podría ser atribuido al vocablo latino animi el cual es usado para llamar al "alma", unido éste al vocablo custosdel cual se deriva la palabra "custodia". De esta manera, el significado de amigo sería "el que custodia o guarda el alma". Pensando en la celebración del día de la Madre este concepto vino a mi mente. Pues, considero que nuestra madre es el primer amigo con el que contamos cuando llegamos a este mundo. ¡Ella se convierte en nuestra vida en la guardiana de nuestra alma!
De una manera misteriosa los seres humanos somos copartícipes en el proceso de creación. Dios le dio al hombre y a la mujer la capacidad de reproducirse creando desde sus propias entrañas un nuevo ser. La mujer es el nido escogido por el Creador para albergar y alimentar al hijo durante las diferentes etapas de su formación. Pero este proceso trasciende lo corporal para convertirse en un proceso del alma; así como se van entretejiendo las células para formar órganos y sistemas, de la misma manera los sentimientos se van enlazando con ese pequeño ser tan desconocido hasta ese momento, pero al mismo tiempo, tan amado.
Y es desde allí, desde que el hijo forma parte de su corporalidad, que la madre comienza a custodiar su vida con la suya propia. Al salir del refugio tibio del vientre, sus pechos nos reciben para abrigarnos; el miedo al ambiente desconocido se desvanece cuando nuestros oídos reconocen la primera música que nos deleitó y nos acompañó en el recorrido de nueve meses. ¡El latido de su corazón nos calma! Más tarde, ese corazón seguirá latiendo por nosotros a cada paso de nuestro desarrollo como seres humanos. Sin importar las distancias, en nuestro querer o en nuestro desapego, su corazón siempre nos alcanzará con una plegaria.
Si recorremos los caminos más hermosos y coronamos nuestras vidas de estrellas; o si nos hundimos en los abismos y comemos los frutos amargos de la tierra, en cada situación el corazón de nuestra madre siempre estará con nosotros. Si hablamos con ella conocerá nuestras angustias, pero si callamos, en lo más profundo de su ser, su alma inquieta también lo sabrá. En nuestra presencia sus ojos leen el mensaje de nuestra mirada; se goza con nuestra alegría y sufre con nuestro dolor. Si estamos lejos nos percibe en su interior; nos llora calladamente, o una sonrisa ilumina su rostro recordando nuestro amor.
Ella siempre sabrá guardarnos bajo la protección del Creador. Una y otra vez velará por nuestra vida como en las noches cuando la fiebre quemaba nuestra piel. Al amanecer, cuando ocupados en los quehaceres del día, nuestros pensamientos lejos de ella estén, su mirada se elevará al Cielo para encomendarnos a Dios. Y en el ocaso, antes de que su cuerpo cansado consiga el merecido descanso, de nuevo su voz como un susurro llegará a los oídos del Señor para cuidarte la vida; porque ella fue tu primera amiga al ver la luz de este mundo y hasta que la luz de su vida se apague, ella será la guardiana de tu alma.
"Madre mía, tus alas se extienden para albergarnos a todos en tu pecho.
En tu corazón cabe un hijo, caben dos, cabemos todos los hijos
a los que la Providencia amamantó de tu seno.
Tu luz ha iluminado nuestros caminos,
has sido lámpara en nuestra oscuridad.
El agua de tu manantial ha saciado nuestra sed.
¡En el desierto de la vida tú has sido el oasis del amor!"


Rosalía Moros de Borregales
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jueves, 27 de abril de 2017

EL VALOR DE UN HIJO.


En memoria de nuestro alumno caído JUAN PABLO PERNALETE LLOVERA. 
           
                  Me siento conmovida dentro de mi, me llora el corazón de madre, de maestra, de hermana y de amiga. Nuestro país se ha convertido en un campo de batalla en donde se libra una guerra no declarada, en la que la protesta se sataniza y el verdadero enemigo se mueve a sus anchas sin ninguna restricción. Un lugar en el cual cada día a más venezolanos se les quita la vida con un ensañamiento brutal, como si no tuviera ningún valor para aquellos que tienen el deber de defender a todos los ciudadanos.

            Tenemos una sociedad enferma hasta los tuétanos. Los índices de muertes violentas en nuestro país no son más que la expresión de un pueblo al que se le negó el derecho al saber y se le cambiaron los libros por las armas. Se les negó el derecho a la salud y se les envenenó el pensamiento con el odio más férreo; como si por un acto de cirugía se les hubiera extirpado el corazón y se les hubiera extraído toda la bondad.  

            Continúan maquillando el horrible rostro de un gobierno cruel que abandona a sus ciudadanos; que los entrega indefensos ante los monstruos que ha formado con su mensaje de odio y muerte; que ha despreciado sus vidas con la más vergonzosa indiferencia. Un gobierno que equivocadamente ha gastado millones y aún continúa desperdiciando nuestro dinero para comprar armas para la única guerra que enfrenta en su propia casa y en la que mata a sus propios hijos, a sus propios hermanos.

            Pueden cantar y alegrarse, pueden continuar guardando su basura bajo la elegante alfombra de colores vivos pretendiendo que no pasa nasa, pero en las calles de nuestro país la sangre ha perdido el rojo rutilante de la vida, para convertirse en un morado opaco y sombrío; para convertir las dulces y esperanzadas almas de las madres en un desierto desolado, triste, que llora y gime. Para convertir la esperanza de nuestros jóvenes en el encuentro prematuro con la muerte.

            Definir el valor de un hijo es imposible, no alcanzarían todas las palabras de todas las lenguas de la Tierra para describir la más sublime bendición de nuestras vidas. Un hijo es lo más nuestro, lo más apegado a nuestros corazones y, al mismo tiempo, lo más ajeno. Siempre los llevamos con nosotros aunque ellos vuelen en otro cielo. Son el tesoro que cuidamos con más esmero, no esperamos otra retribución que la felicidad de ellos. Cuando nos convertimos en padres no alcanza el mundo para darles, ni todos los esfuerzos para protegerlos, como dijera nuestro amado poeta Andrés Eloy Blanco: "Cuando se tiene un hijo, se tiene el mundo adentro y el corazón afuera".

            Un hijo nos convierte en hacedores, nos da el privilegio de engranarnos en la obra  inmensurable de la creación. Aunque muchas veces ignoremos cómo se lleva a cabo la formación de la vida a partir de dos pequeñísimas células, cuando participamos en este proceso estamos dando lo mejor de lo más profundo de nuestro ser, y con ello, estamos replicando no solo características definidas de nuestro físico y el de los abuelos, sino de todo lo intangible que yace en nuestro interior, nuestra esencia. Un hijo nos llena el corazón, dos nos rebosan la copa. Así como aumenta la dicha, aumenta el dolor que traspasa el alma; no solo por los hijos propios, sino por todos los hijos con los que nuestras miradas se encuentran en el camino, que arropamos con nuestro brazos. Como también exclamó el poeta: "Y cuando se tienen dos hijos, se tienen todos los hijos de la tierra, los millones de hijos con que las tierras lloran, con que las madres ríen, con que los mundos sueñan".

            Quien llena su casa de hijos, llena su vida de bien; porque no alcanzan todas las lágrimas que se derramen por un hijo, a la felicidad de verlos crecer. Cuando se tiene un hijo el corazón se acerca más a Dios, se vuelve menos egoísta, se rinde al amor. Sus ojos se convierten en nuestra inspiración para desafiar al mundo, para traer a la mesa los frutos de la tierra con las manos laboriosas llenas de sudor. Cuando se tienen hijos se llena el regazo de algarabía, de risas y carcajadas; también de dolor, lágrimas y tristeza, pero siempre con esperanza porque los hijos son el milagro de la vida. Como finalmente grita el alma del poeta: "Cuando se tienen dos hijos se tiene la alegría y el ¡ay! del mundo, toda la angustia y toda la esperanza, la luz y el llanto, a ver cuál es el que nos llega, si el modo de llorar del universo o el modo de alumbrar de las estrellas".

            Nuestra casa de estudios, nuestra amada Universidad Metropolitana hoy ha perdido a un hijo, Juan Pablo Pernalete Llovera. El corazón de la familia Pernalete ha sido traspasado por la injusta y cruel muerte. Hoy nuestras almas se unen en una sola para llorar su muy temprana partida, para abrazar a sus padres. Jesucristo dijo: “En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, Yo he vencido al mundo”. Hoy nuestras voces se elevan al unísono en una plegaria a Dios, hoy elevamos nuestras voces con confianza, para que el eco de nuestros corazones llegue hasta el último rincón de la tierra, para que esta vida arrebatada se convierta en semilla de LIBERTAD para nuestra patria.


Rosalía Moros de Borregales
Prof. Departamento de Inglés.
UNIMET
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miércoles, 1 de marzo de 2017

PARA CONSTRUIR LA PAZ SR.MADURO

En el sentido primario la palabra paz denota lo opuesto a la palabra guerra; de tal manera que, el significado más primitivo de paz es ausencia de guerra, de pelea, de discordia, de insulto. La paz se encuentra indivisiblemente relacionada con la vida misma; sin vida el concepto de paz pierde su significado, no tiene razón de ser. Si profundizamos un poco más, entendemos que la paz es el estado de conciliación entre hermanos, personas o grupos de diferentes ideologías. Para conciliar es necesario encontrar un punto en común entre los que se oponen.

Conciliar, por lo tanto, es trascender a las ideologías para llegar a la pura humanidad; para llegar a esos puntos que le son comunes al ser humano en cualquier lugar del planeta. Pues, es el ser humano quien le da vida al concepto de paz. Por esa razón, la paz no puede decretarse como una ley, no puede ejecutarse como una orden que da un superior a su subordinado. Tampoco puede lograrse en la reunión de quienes desprecian la vida de unos en función de la ideología de otros. Es necesario construirla desde el fundamento que puede sostenerla: La VIDA. ¡Sin vida no hay paz! Así, todos los caminos escogidos para producir paz que vejan la vida son detractores de ella.

Sr. Maduro, si realmente usted tiene la voluntad de construir la paz en Venezuela, usted debe volcar su atención, su esfuerzo y todo su trabajo a preservar, honrar y exaltar la vida de cada venezolano. Para construir la paz es necesario, en primer lugar, que se garantice el derecho a la vida. Le aseguro que la paz no es esa angustiante tranquilidad, ese ensordecedor silencio que vivieron los cubanos cuando sus hermanos eran llevados al paredón para que sus vidas fueran cercenadas. No, la paz no es esa calma angustiante que hemos vivido los venezolanos en el paredón del hampa en estos tiempos de revolución. La paz no es quedarnos de brazos cruzados mientras el mal nos abofetea, mientras nos arrebatan la vida.

Sr. Maduro, con humildad de corazón, pero con la fuerza de una venezolana que ama a esta patria, con la pasión de una madre que daría su vida para proteger la de sus hijos, con el amor y la admiración de una esposa que desea envejecer al lado de su compañero de vida y, sobre todo, con la fe cristiana que es el fundamento de mi existencia, le pido hoy que haga cesar la violencia hacia todos los que en nuestro legítimo derecho protestamos en contra de su gestión de gobierno. Pienso, siento y creo absolutamente que cada vez que un venezolano muere en manos del hampa, o muere en manos de cualquiera de las autoridades policiales o militares en las diferentes manifestaciones que se están llevando a cabo, muere la paz individual de cada venezolano, muere la paz de nuestros hogares, muere la paz de nuestras instituciones y, por ende, muere también la paz de nuestra nación.

Quizá Ud. Sr. Maduro junto con muchos de los suyos se burlen de mis palabras. Quizá, como dice el evangelio las pisoteen como haría un cerdo con una perla. No porque crea que mis palabras son perlas; pero sí, la vida y la paz, las cuales constituyen los valores fundamentales de toda sociedad. Quizá también muchos crean que perdemos nuestro tiempo, pero llegará el día en que después de haberse vencido cada oportunidad Dios juzgará, entonces no podrán ignorar estas palabras.

Para construir la paz cuide la vida como el mayor tesoro de esta nación. Para construir la paz de un paso desde la oscuridad de la mentira a la luz de la verdad. Para construir la paz haga del trabajo la piedra angular del desarrollo de nuestra nación. El trabajo dignifica al ser humano, le permite transformarse en creador. Para construir la paz haga de la salud un pilar fundamental en su construcción. ¡Salud es vida! Para construir la paz cultive la tierra, siembre múltiples semillas que se conviertan en alimento. Para construir la paz enaltezca la vida con el conocimiento, déle prioridad a la educación. Ilumine con las luces de nuestro Libertador las mentes de nuestros jóvenes. Para construir la paz practique la justicia. No puede haber paz cuando ladrones y corruptos andan libremente en sus fechorías, mientras que aquellos que levantan la bandera por la justicia y la vida son encarcelados.

Finalmente, Sr. Maduro, pero en primer lugar, para construir la paz póngase Ud. en paz con Dios.

"No seas vencido por el mal, sino vence el mal con el bien". Romanos 12: 38.

"Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios".
Jesús de Nazaret (Mt. 5:9)

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