sábado, 24 de enero de 2015

La visión de Dios en tus ojos

La visión de Dios en tus ojos. / Rosalía Moros de Borregales.

Es sumamente difícil lograr ver más allá de las circunstancias, no dejarnos afectar por todo lo que sucede a nuestro alrededor. Es parte de nuestra humanidad, las emociones y los sentimientos se alimentan de las palabras que escuchamos, de los hechos que vemos, de los acontecimientos de los que oímos, de la calidad de las relaciones que hemos establecido en nuestras vidas. Todo, absolutamente todo lo que nos rodea tiene una influencia en nosotros, marca una respuesta de nuestra parte. No podemos ignorar la realidad porque ella nos insta a buscar soluciones y a tomar nuevos rumbos.

Sin embargo, muchos permitimos que el análisis de la realidad nos hunda en un hueco oscuro desde el cual es prácticamente imposible ver la luz. Nos desanimamos de tal manera que le damos cabida a la depresión, nos dejamos embargar por emociones que causan estragos en nosotros y en los nuestros. Perdemos el norte, dejamos los proyectos a mitad de camino o sencillamente se quedan dentro de nosotros como un anhelo imposible de alcanzar. Nos conformamos con vivir la cotidianidad, somos como náufragos llevados por las olas de cada día de un lugar a otro.

En ocasiones, la realidad se convierte en una carga aplastante que nos impide avanzar. Tenemos que reconocer que constantemente alimentamos nuestros pensamientos con lo peor. Nos concentramos tanto en lo negativo que nos volvemos ciegos para ver las bendiciones de la vida. Nos quejamos tanto que el corazón se amarga haciéndose incapaz de agradecer. Por esta razón, es necesario que nos pongamos los lentes de Dios; es necesario que entendamos que más allá de todo lo que vivimos, Dios tiene una visión para nosotros, individualmente, como familias y, como nación.

En primer lugar, para entender la visión de Dios, es necesario que le creamos con el corazón, que nos acerquemos confiadamente a El para escuchar sus palabras, que las hagamos parte de nuestras vidas. En segundo lugar, es necesario que confesemos estas palabras, que llenemos nuestros pensamientos de ellas, que las hablemos en voz alta. Primero se cree, luego se confía, después se asegura el corazón en la razón de Dios. Cuando ya hemos creído, hablamos la buena palabra que se hace semilla que vamos sembrando a nuestro paso. Lo que pasa es que nos hemos dedicado a analizar tan profundamente nuestros problemas que hemos dejado de un lado la perspectiva de Dios, desconociendo Su Palabra y por lo tanto, lo que El quiere para nosotros, su verdadera visión para nuestras vidas.

Las Sagradas Escrituras nos hablan claramente de la visión de Dios para el hombre. Esta visión de fe no significa ignorar las circunstancias sino vencerlas. Jesús les dijo a sus discípulos: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo”. Juan 16.33. La confianza en Dios nos capacita para enfrentar al mundo desde una perspectiva totalmente diferente a la que pueden contemplar nuestros ojos naturales. Cuando ponemos nuestros ojos en Dios podemos ver a través de Su perspectiva, entonces entendemos que nuestra realidad en El debe ser primero concebida en el espíritu para que se pueda manifestar en el plano natural.

Para llegar a ver claramente en nuestras mentes la realidad que Dios ha diseñado para nosotros es necesario que cambiemos la dieta con la que alimentamos nuestro ser interior. El primer paso consiste en creer que Dios nos ama, que Su amor por nosotros llegó a su máxima expresión en la cruz, donde murió por cada uno de nosotros, donde venció al que tenía el imperio de la muerte y la destrucción. Al creer en su amor, nos acogemos a El convirtiéndonos en hijos. Y como lo dijera en el Sermón del Monte: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?”. Mateo 7:1.

A través de Su amor Dios ve en nosotros nuestras posibilidades; y así cuando nos hacemos sus hijos podemos ver a través de sus ojos las posibilidades en nosotros y en los demás. Nuestras vidas experimentan un cambio profundo y constante. Su visión en nuestros corazones nos permite ver más allá de las circunstancias, más allá de nuestra imposibilidad, la oportunidad para ver el amor de Dios actuando en nosotros, en nuestros hijos, en nuestro cónyuge, en todos aquellos que nos rodean. Entonces el problema se convierte en una y en mil oraciones. En vez de la desesperanza, nos llenamos de fe; en vez de la tristeza podemos experimentar esa sensación interior de seguridad que nos revela que Dios está en control; en vez de la angustia experimentamos la paz que sobrepasa todo entendimiento; en vez de la soledad experimentamos Su amor que nos vivifica.

¡Danos tus ojos, Oh Cristo!

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viernes, 16 de enero de 2015

Cuando el problema es más grande que tu posibilidad



Constantemente estamos sometidos a toda clase de presiones, digamos que lo común en la cotidianidad de la vida es ir quitando los obstáculos del medio para poder seguir adelante. Cada día trae consigo sus propios afanes; sin embargo, de repente, sin aviso, se nos presenta una de esas situaciones que nos abruman, que restan todas nuestras fuerzas, nos roban la paz y sacuden hasta los cimientos de nuestra existencia.

Entonces, al tener este tipo de experiencias se nos presentan dos caminos. Por un lado, podemos dejarnos arrastrar por la hecatombe, dejarnos robar la paz, entregarnos a la frustración y echarnos a morir. O, por otro lado, podemos venir ante Dios reconociendo nuestra insuficiencia y al mismo tiempo su grandeza, su inmenso amor por aquellos que confían en El.

Hay una historia bíblica, narrada en el libro de II de Crónicas en el capítulo 20. El rey Josafat fue avisado de una gran multitud de Moab y Amón que venía contra ellos para atacarlos. Su primera reacción fue sentir miedo; por supuesto, somos humanos, con terminaciones nerviosas, con limitaciones. Pero, el rey Josafat no se quedó paralizado por el miedo, inmediatamente convocó a su pueblo a una gran asamblea, hicieron ayuno y pidieron socorro ante Dios.

El rey se levantó en medio de la asamblea y dijo: “Señor, Dios de nuestros padres, ¿no eres tu Dios en los cielos, y dominas sobre todos los reinos de las naciones? ¿No está en tu mano tal fuerza y poder que no hay quien te resista?” Su oración no comenzó hablando de la fuerza y poderío de los ejércitos que venían contra ellos para atacarlos, sino con el reconocimiento de la fuerza y el poder de Dios, el Señor. Luego, expone su causa, presenta a sus enemigos y reconoce su limitación:
“ Nosotros no tenemos fuerza con que enfrentar a la multitud tan grande que viene contra nosotros; no sabemos qué hacer y a ti volvemos nuestros ojos”.

Una actitud que revela la dependencia que Josafat tenía de Dios como rey de Jerusalén y de Judá. Un corazón que humildemente reconoce su insuficiencia, pero que al mismo tiempo se llena de fe al poner sus ojos en Dios. Mientras, en lo más intrincado de su mente decide no mirar a la gran multitud que se les venía encima, Dios le habla a través de un profeta: “No temáis ni os amedrentéis delante de esta multitud tan grande, porque no es vuestra la guerra sino de Dios”. Además, les da instrucciones específicas de lo que deben y no deben hacer.

El rey mantiene al pueblo reunido en oración, creyendo la palabra que Dios les había dado a través del profeta Jahaziel, adoran al Rey de los cielos y mientras entonaban cánticos de alabanza sus enemigos cayeron en las emboscadas que tenían preparadas contra ellos. Al poco tiempo, aquella multitud tan grande se convirtió en cadáveres tendidos en la tierra, el famoso valle de Beraca. Ellos no tuvieron que pelear. ¡Ellos le creyeron a Dios y, Dios peleó por ellos!

Cuenta la Biblia que todos los hombres de Jerusalén y Judá con el rey Josafat a la cabeza fueron a Beraca donde recogieron el botín de sus enemigos y regresaron con gran gozo por la gran liberación que Dios les había dado. Desde aquel día en adelante cuando sus vecinos supieron como Dios había peleado por ellos los respetaron de tal manera que el reino de Josafat tuvo mucha paz… “porque Dios les dio paz por todas partes”.

Quizá el ejército de Moab y Amón que viene contra ti se llama adicción; una enfermedad que ha tomado a tu cuerpo como rehén; el divorcio que destruye a tu familia; un hijo que saca más lágrimas de ti que sonrisas; la mentira que gobierna tu vida; el resentimiento contra alguien que amas con dolor; quizá el trabajo que tanto anhelas pero que no llega. En fin, tu Moab y tu Amón pueden ser tantas cosas, personas y situaciones; pero el Dios de Josafat es el mismo ayer, hoy y siempre.

Aunque sientas miedo acércate hoy al Señor, tu Dios. Pon tus ojos en El en primer lugar, reconoce su grandeza y espera en El. Si tu problema es más grande que tu posibilidad de resolverlo, recuerda que la importunidad del hombre es la oportunidad de Dios para hacer sus milagros.

Rosalía Moros de Borregales
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domingo, 11 de enero de 2015

La gracia transformadora de Dios




En pleno siglo XXI, en el siglo de los mayores avances tecnológicos en la historia de la humanidad, en un siglo caracterizado por el hombre autorrealizado, independiente, constructor, visionario y sobre todo auto- suficiente, es quizá para muchos un tanto desvariado hablar de un tema aparentemente abstracto. Pero sobre todo, lo que más sorprende y hasta molesta a algunos es que en este siglo, el siglo de ese ser auto- suficiente que no necesita de nadie más, hablemos de la capacidad de Dios para transformar y restaurar a los seres humanos. Sin embargo, he tenido la bendición de ser testigo de algunas de estas transformaciones y pienso que este es un tema tan vigente hoy como fue ayer, y como será siempre.

Se entiende por gracia una concesión gratuita de un favor o un don otorgado a alguien. En el caso de Dios lo entendemos como ese favor sin merecimiento que cualquier humano puede recibir del Altísimo y que tiene la capacidad de actuar en el interior de cada ser humano para mostrarle el camino de salvación. Cuando alguien ha recibido una gracia o favor, ha recibido liberación para pasar a un estado de mayor bienestar. Ha sido privilegiado con una acción por parte de otro, que le abre una puerta a otro horizonte antes totalmente nublado. Ha recibido algo de lo cual carece y sin lo cual no podría alcanzar ciertos logros. Todos en algún momento de nuestras vidas hemos recibido ese favor tan anhelado que nos ha sacado a anchura, que nos ha iluminado, que nos ha enjugado las lágrimas, que nos ha devuelto la paz y ha cambiado nuestra ropa de tristeza por traje de consuelo y muchas veces hasta de alegría.


He visto la gracia de Dios en la vida de un hombre que caminó en el torcido sendero del alcohol y de las drogas. Fui testigo de la destrucción lenta y dolorosa de su vida en primer lugar, y más tarde, de la vida de su familia. Pude ver el desmoronamiento de su vida laboral, de su economía y de todos sus bienes más preciados. Lo vi caer en el hueco profundo y oscuro; pero unos cuantos años después fui testigo de esa maravillosa gracia de Dios que lo alcanzó, que le dio la capacidad de liberarse de las cadenas que por años lo mantuvieron atado para hacer lo que no quería hacer, pero que irremediablemente una y otra vez terminaba haciendo. Pude ver con mis ojos y sentir con mi corazón la transformación del dolor en perdón y de la impotencia en confianza; pude ver a un esposo perdonado, a un padre abrazado, a un hombre redimido y aceptado. Y no solo pude verlo en el momento en que esa transformación tuvo comienzo, sino que por años he seguido siendo testigo de esa gracia que lo ha hecho una persona que va en ascenso cada día.

También he presenciado los gestos más increíbles de bondad de personas que un día fueron tan egoístas que no había en sus mentes cabida para otro pensamiento que no fueran ellos mismos, y ahora al abrir su corazón y sus manos sus vidas están más llenas que nunca. He visto cómo familias enemistadas han vuelto a convertirse en los mejores amigos cuando uno de ellos le ha dado valientemente cabida al perdón en su camino. He llorado de gozo al ver cómo en el corazón de Dios no hay acepción de personas; he visto a ricos y pobres, a ancianos, adultos, jóvenes y niños de razas y culturas diferentes hermanados, hablando el mismo lenguaje a través del amor de Dios.

He visto a personas enfermas que milagrosamente han recobrado su salud y han vuelto a la vida con un nuevo propósito que les ha permitido convertir las experiencias más difíciles en una fuente de inspiración para otros. He sido testigo sorprendido de riquezas que han surgido de bancarrotas, de personas que han valorado el esfuerzo de cada día y han volado cielos que un día creyeron imposibles de alcanzar. He visto, sentido y palpado la gracia de Dios actuando, disipando tinieblas, sanando corazones, liberando cadenas de opresión, dando nuevas oportunidades, dejando atrás el pasado y brindando futuros seguros en medio de la incertidumbre. En fin, he sido testigo del favor de Dios, de la fuerza más poderosa en la Tierra la cual está disponible para todo aquel que se acerque confiadamente al trono de la gracia.

" Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro ". Hebreos 4:16.

ROSALÍA MOROS DE BORREGALES
rosymoros@gmail.com
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miércoles, 31 de diciembre de 2014

Dile a tu corazón que lata de nuevo

Dedicado con todo mi amor a mi hijo Andrés Eduardo Borregales Moros

Es la víspera del año nuevo, mi esposo y yo compartimos un rato de solaz contemplando la hermosa montaña que se levanta como un guardián en nuestra ciudad; cada uno con un libro, que a ratos leemos y, a ratos, dejamos de un lado para conversar. Muchos pensamientos inquietos cabalgan en nuestras mentes, como caballos impetuosos que recorren la sabana haciendo gala de su libertad. Esa libertad que en muchos ámbitos de nuestras vidas hemos visto coaccionada, pero que en nuestro ser interior está intacta, que nos impulsa como un caudaloso río que busca su cauce y despliega toda su potencia en una gran cascada. ¡La libertad indómita que sólo la fuerza del bien puede subyugar!

Entre todos esos pensamientos, mi esposo comparte conmigo reflexiones sobre su lectura, sobre sus vivencias, sobre sus proyecciones para el año nuevo. Me cuenta la historia de una mujer de 40 años que fue sometida a una cirugía de revascularización cardíaca. Tenía una obstrucción de sus arterias coronarias que el cirujano había reparado. Una vez terminada la cirugía esperaba que al restablecerse el flujo sanguíneo el corazón de aquella mujer latiera de nuevo, pero no comenzó a latir. Entonces, el siguiente paso en la rutina de esta cirugía era administrar ciertos medicamentos que harían que el corazón comenzara a latir de nuevo, pero esta vez tampoco hubo latido. Al ver que todos los recursos médicos se habían agotado, como dándole un lugar a la esperanza, se le acercó al oído de la paciente susurrándole: - Dile a tu corazón que lata de nuevo. Como por un milagro, mientras el cirujano se incorporaba escuchó, como música a sus oídos, el maravilloso latido  bum- bum- bum.

Al escuchar esta historia pensé en mi corazón, ciertamente está latiendo, lleno de vida; pero sentí que mi alma, mi ser interior, ese plano de nuestra vida espiritual en donde nacen y se guardan los sentimientos ha dejado de latir por sueños que un día lo hicieron acelerar su ritmo, por esperanzas que se han perdido, por caminos que no se han transitado, por no dejar ir al pasado que a veces pareciera un ancla que nos hunde en un océano de naufragios, que no nos deja ver al futuro con ilusión. Entonces, desde el fondo de ese corazón herido elevé una oración a Dios:  - Señor, haz que mi corazón lata de nuevo. Me quedé allí, con mi mirada fundida en el silencio del cielo intensamente azul de este día; de repente, comencé a escuchar el latido de los sueños olvidados, de las esperanzas perdidas...

Este nuevo año se nos presenta como un desafío ante el cual es necesario desplegar todas las fuerzas de nuestro corazón. Aunque los fundamentos de nuestra sociedad y de nuestra nación parecieran desvanecerse es imperativo que sigamos en la construcción de nuestras vidas, sobre el fundamento de nuestra fe en Jesucristo. Este nuevo año se nos presenta como una oportunidad más para escuchar esa voz que nos susurra al oído diciéndole a nuestro corazón que comience a latir de nuevo; que el flujo de nuestro torrente sanguíneo lleve hasta los lugares más recónditos de nuestra alma entristecida el oxígeno de la vida; que seamos capaces de comprender en nuestra humanidad el Amor  de Dios en quién todo es posible.

El no ha olvidado ninguno de tus sueños, cada una de tus oraciones han subido hasta El como un grato perfume; las lágrimas que has derramado han sido guardadas en el cofre de sus joyas, sólo El transforma el dolor en un diamante. Has sido provisto con talentos invalorables, no permitas que el miedo te paralice; tus manos pueden hacer mucho más de lo que puedes imaginar. Aunque contra ti se levanten personas inescrupulosas y quieran manchar tu nombre, recuerda que El es escudo alrededor de ti, tu gloria y quien levanta tu cabeza. Persiste, sigue adelante, pon tus ojos en Cristo y escucha su voz que como la de aquel cirujano le dice hoy a tu corazón que comience a latir de nuevo.

"Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón;
Porque de él mana la vida". Proverbios 4:23
Reina-Valera (RVR1960)

Rosalía Moros de Borregales
@RosaliaMorosB



domingo, 28 de diciembre de 2014

LA PLEGARIA

Es difícil encontrar a alguien que no quede extasiado al escuchar el dueto entre Celine Dion y Andrea Bocelli en su magistral interpretación de la canción titulada "The Prayer" (La plegaria u oración), hermosamente escrita por David Foster y Carol Bayer Sager, objeto de varios premios, entre ellos un Grammy, un Golden Globe y un Academy Award. Aunque no fui bendecida con el don de la música, disfruto profundamente de ella. Lograr escribir algo que inspire a otros es maravilloso, pero lograr que esas letras se conviertan en música no tiene igual. La música es medicina para el alma, un idioma universal capaz de establecer lazos que enaltecen los sentimientos más profundos entre los seres humanos.

Mis dedos se mueven rápidamente en el teclado, las ideas se suceden una tras otra en mi mente, los sentimientos afloran en mi corazón. Estoy escuchando a Andrea Bocelli, me deleito en su música, de alguna manera misteriosa trabaja en mis conexiones neuronales como creando un puente entre lo que pienso, lo que siento y lo que anhelo.

Aunque he escuchado esta canción cientos de veces, es hoy cuando decido traducirla en su totalidad. Como un río que encuentra su cauce cada frase me lleva a mis propios sentimientos, a mi propia oración. Como la música, la letra de "La plegaria" es también universal. Sin embargo, la hago nuestra, la convierto en un clamor expresado desde las entrañas de Venezuela a nuestro Señor.

Las primeras palabras de esta oración son un ruego para que cada uno de nosotros pueda ver a través de Dios, para que Él con sus ojos nos guarde en nuestro camino. Entonces pienso: _ Si cada uno de nosotros pudiera ver a esta nación y al hermano que tiene a su lado desde la perspectiva de Dios, el odio desaparecería de en medio de nosotros. Con seguridad contaríamos con su cuidado en nuestro caminar. Luego, al reconocer que nuestra ayuda viene de Dios, la canción se convierte en un ruego para que seamos sabios en tiempos como éste; para que ésta sea nuestra oración cuando el futuro sea incierto, cuando hayamos perdido nuestro rumbo.

Mientras todos los instrumentos se convierten en un sonido único y armónico, me imagino que la música es como un hermoso caballo que galopa en la sabana llevando sobre sus lomos las voces de estos dos grandes talentos, que en esta hora toman de la mano mi pensamiento y lo elevan al cielo. Las siguientes líneas nos conducen a la petición de ser guiados a través de la gracia de Dios a un lugar donde podamos estar seguros. Entonces, recuerdo al salmista al expresar que en medio de la angustia su corazón estaba confiado solo en Dios. ¡Estar en sus manos es el lugar más seguro para cada uno de nosotros!

La siguiente estrofa se despliega ante mí como una de esas noches plena de estrellas en algún hermoso lugar de nuestra geografía nacional. Mientras los violines parecieran besarme suavemente, la canción es una petición para que podamos encontrar la luz de Dios; más allá, para que seamos capaces de mantenerla en nuestros corazones. Es un ruego para que cada noche cuando las estrellas aparezcan en el firmamento sea un recordatorio, para todos, del lugar donde está Dios. Una oración para que la luz de Dios en nuestros corazones ilumine las sombras que llenan nuestros días.

De nuevo, la petición es por la guía de Dios a través de su gracia. Esta vez, añade la fe como el ingrediente faltante para poder vivir seguros. Pienso, la fe consiste en la certeza de creer que Él existe, de creer que es capaz de bendecir a los que le buscan. A continuación, el clímax de La plegaria se expresa en estas dos voces que se unen como en un coro en la belleza de dos lenguas, para pedir por un mundo de justicia y esperanza, para rogar que cada corazón herido pueda ser sanado, para que todos podamos tocar a Dios, para que podamos alcanzar el cielo.

La última estrofa expresa el deseo por una vida buena para todos, por el cuidado de Dios para cada uno. Agrega la esperanza de que cada alma pueda encontrar otra alma a la cual amar. Que esta sea nuestra oración, que como niños que necesitan encontrar su lugar en el mundo, todos podamos ser guiados a través de Su gracia y de nuestra fe  para estar a salvo, para estar seguros. Me conmuevo dentro de mí, mientras la flauta y el piano me acarician el alma. ¡Este es el anhelo de millares en Venezuela! Que este anhelo se convierta en oración. Que cada uno eleve su petición sin olvidar mantener Su luz en el corazón, sin olvidar que somos instrumentos de Su amor.

"Otra vez os digo que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidan, les será hecho por mi Padre que está en los cielos, porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". 
Mateo 18:19-20


Rosalía Moros de Borregales

Nota: Para escuchar la canción ir a: http://www.youtube.com/watch?v=cjNfkbQr5zc 

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martes, 23 de diciembre de 2014

Un pesebre en tu corazón


Es tiempo de alegría y de júbilo, desde los pueblitos más pequeños y remotos del planeta, hasta las más grandes y sofisticadas urbes modernas, todos, sin excepción, se visten de colores y se llenan de luces porque ha llegado la Navidad. En todo el mundo reina un ambiente de celebración; un sentimiento de regocijo interior se manifiesta en el compartir, en el dar y recibir; en el reunir a la familia y a los amigos. De alguna manera, todos sienten que este es un tiempo especial, y a pesar de que esta fiesta es el fundamento de la fe cristiana, todas las religiones en el mundo entero se unen a esta celebración. 

Algunos celebran la Navidad por tradición, otros la celebran por convicción; la mayoría ha sido atrapada por el comercio generado en esta fecha. Un movimiento que mueve la economía del mundo de una manera tan poderosa que se ha convertido en un tiempo que nadie puede eludir. Todos participan, productores y consumidores, en un frenesí, que en la mayoría de los casos nos ha llevado a olvidar el verdadero significado de esta época del año. Sin embargo, para testimonio al mundo, no importa cuál sea la razón por la que unos y otros celebran la Navidad, lo importante es que de alguna manera recordamos el nacimiento de Jesucristo. 

Pero más allá de este recordatorio que unos y otros hacemos de múltiples formas, hay un significado que trasciende las luces, los colores, los adornos, las comidas y los regalos para llegar al alma de la humanidad. Es el mensaje de la cruz, que comenzó en un pesebre de Belén hace más de 2.000 años y se perpetúa en el alma del hombre para hacerla trascender. 

Las Sagradas Escrituras declaran el amor de Dios por el mundo. Expresan que Dios quiere que todos los hombres sean salvos y venga al conocimiento de la verdad. Jesucristo dijo que Él era la verdad y a pesar de sus seguidores y de sus detractores, su mensaje está más vigente que nunca. Y es precisamente en esta fecha de Navidad en la que cobra más sentido el significado de ese mensaje.

En la Navidad recordamos cómo el Salvador, prometido al pueblo de Israel, llegó al mundo en un pesebre. Quizá con ese nombre y calificativo debería haber nacido en un palacio lleno del mismo esplendor con que las luces de la modernidad iluminan las ciudades como distintivo de la Navidad; pero no, el tan esperado Salvador, que no fue aceptado por el pueblo judío, llegó al mundo en un pesebre; así como también quiere llegar a tu vida a través del pesebre de tu corazón. 

Si con un corazón humilde, que reconoce la pequeñez de su propia humanidad te acercas a Dios, Él vendrá a ti, así como vino a aquel pesebre de Belén. En tu humildad delante de Él, encontrarás el camino y así como María proclamarás que ha llegado tu Salvador. 

Entonces María dijo: 

"Engrandece mi alma al Señor; 

Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. 

Porque ha mirado la bajeza de su sierva; 

Pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones. 

Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; 

Santo es su nombre, Y su misericordia es de generación en generación 

A los que le temen. Hizo proezas con su brazo; 

Esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. 

Quitó de los tronos a los poderosos, 

Y exaltó a los humildes". 

Lucas 1:46-55. 


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