sábado, 18 de abril de 2015

El sermón del monte


Cuentan las Sagradas Escrituras que Jesús de Nazaret recorría toda Galilea enseñando, sanando y liberando; de tal manera que, una gran multitud le seguía. Un día, viendo el Señor que había mucha gente con él y sus discípulos decidió subir a lo alto de una montaña, lugar que pudiera corresponder a los Cuernos de Hattim, constituído por dos picos rocosos cerca del mar de Galilea. Desde ese lugar, Jesús pronunció el discurso más profundo de la historia de la humanidad, el cual ha inspirado a sabios y sencillos, a ricos y pobres, a toda clase de intelectuales y científicos. Se encuentra expresado en la Biblia en los capítulos quinto, sexto y séptimo del evangelio según San Mateo.

Conocido como el Sermón del monte o de la montaña este discurso de Jesús devela la verdad del llamado reino de Dios, no una religión sino un nuevo estilo de vida con un propósito que trasciende nuestra humanidad; el camino para nuestra salvación; la reconciliación del hombre con su hacedor; la visión divina de las características fundamentales del carácter cristiano; una guía practica para relacionarnos con nuestro prójimo y el secreto de la comunión con Dios a través de la oración. En fin, este maravilloso discurso contiene los temas más relevantes de la vida, el tan ansiado secreto para la paz del alma, la verdadera felicidad.

La apertura del sermón de la montaña la constituyen las tan conocidas bienaventuranzas  o proclamaciones de felicidad. En ellas Jesús, como la boca de la deidad suprema, devela las razones por las que los hombres son felices, en un presente contradictorio para aquellos que en la búsqueda constante de la felicidad, siempre la consideran como parte del futuro. Además, rompiendo todos nuestros paradigmas nos enseña que la primera piedra en el fundamento de una vida feliz la constituye la “pobreza”, pero no esa pobreza caracterizada por condiciones de miseria y escases, sino la pobreza en espíritu, la ausencia de la elevada soberbia en el alma del hombre, la cual le hace poseedor de un reino.

Aunque la promesa para cada bienaventuranza se expresa en futuro, esa condición de ser bienaventurado (a) está expresada para el momento actual en la vida de cada hombre. Dándonos, de esta forma, una visión del eterno presente de la relación de Dios con el ser humano, en la que el hoy fue el futuro de ayer, el ayer quedó en el pasado con sus desaciertos, y el futuro solo le pertenece a El. Del fundamento de un espíritu pobre para ser feliz, el Señor nos va elevando a condiciones que comprometen cada vez más el carácter intrínseco de aquellos que recorren el camino del amor de Dios. Son felices los que lloran, contradictorio en realidad, pero una verdad espiritual innegable, pues solo los que tienen un alma sensible a Dios lloran, los soberbios hacen llorar.

Así, los que lloran, lloran con mansedumbre ante Aquel que puede librar sus almas, no pelean con el hombre sino encomiendan la causa al que juzga justamente; los mansos literalmente tienen hambre y sed de justicia, ellos saben que solo en Dios pueden encontrarla. El siguiente escalón en esta elevación del espíritu del hombre feliz es la misericordia, el verdadero amor de Dios por el ser humano apartado de Su luz. Todo el que ha recibido la misericordia de Dios, aquel a quien mucho se le ha perdonado, es capaz de perdonar a su prójimo. Y después de la misericordia expresada en el perdón, el corazón se limpia de toda amargura, resentimiento y odios; de tal manera, que en esta condición el hombre feliz se convierte en un pacificador, hacedor de paz. Por esa razón, aquellos que siembran odios, que hacen guerras son los hombres más infelices del mundo, aunque no lo sepan.

A continuación de las bienaventuranzas, Jesús nos expresa quienes somos en este mundo, nos compele a cumplir esa tarea irrenunciable de ser sal de la tierra y luz del mundo. Desmonta las estructuras religiosas de la época echando por tierra aquellas enseñanzas orales, lo que habían escuchado a lo largo de generaciones, pero que no contenía las verdaderas enseñanzas de Dios: _ Oísteis que fue dicho, pero yo os digo. De allí, Jesús nos toma de la mano en una guía para vivir según el deseo del corazón de Dios. Trata temas como el adulterio, el divorcio, la venganza, los enemigos, el dar, la oración, el ayuno, las riquezas, el juzgar, la regla de oro, los frutos de cada hombre y la confianza en Dios cada día de nuestras vidas. Termina, este incomparable sermón instando al que oye a ponerlo por practica, pues de esta manera estará cimentando su vida sobre la roca, la cual no podrá ser conmovida por los embates del mundo.

“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” II Timoteo 3:16-17.

Rosalía Moros de Borregales
rosymoros@gmail.com
@RosaliaMorosB

viernes, 10 de abril de 2015

Tu corazón en un alabastro

Hay momentos en la vida de cada ser humano en los que un gesto, una mirada o una acción expresan la verdad del alma. El corazón revela el significado de las palabras que se guardan en el silencio, el gesto traduce sentimientos que se enlazan con el corazón del otro. En tiempos de Jesús de Nazaret ocurrió uno de estos hechos que impactó tanto a nuestro Señor que El mismo aseveró que en cualquier lugar del mundo donde se proclamara su evangelio la historia de esta mujer sería contada y ella sería recordada.

Estaba Jesús en Betania, sentado a la mesa en la casa de Simón el leproso. Entonces, llegó una mujer con un un vaso de alabastro que contenía  perfume de nardo puro, el cual era muy costoso. Rompió el vaso de alabastro derramando el perfume sobre la cabeza de Jesús.  Algunos de los que allí estaban se enojaron y pensaban: _ ¿Por qué se ha desperdiciado así este perfume?  ¡Podría haberse vendido por más de trescientos denarios, y ese dinero habérselo dado a los pobres! Pero Jesús dijo: Déjenla tranquila. ¿Por qué la molestan? Ella ha efectuado en mí una buena obra. (Marcos 14:1-9)

Los vasos de alabastro fueron usados desde el antiguo Egipto para guardar perfumes de alto valor. El alabastro es un piedra lisa, blanda, traslúcida parecida al mármol blanco; transformarla en un recipiente era todo un arte de gran pericia. Su contenido alcanzaba a una libra de perfume equivalente a 453 mls. Para la época un denario era el salario de un trabajador por día y, de acuerdo a las Escrituras, el valor del perfume de aquella mujer era de 300 denarios. De tal manera que, el utilizar todo el perfume para derramarlo en la cabeza de nuestro Señor suponía a los ojos de los presentes en la casa de Simón todo un desperdicio.

Sin embargo, para aquella mujer el traer su alabastro lleno de ese tan preciado perfume implicaba traer lo mejor de sí al Señor. Quizá, su alma sedienta por el camino desértico de la vida de pecado, de desamor y de dolor reconoció en el Maestro el recipiente digno. Este acto implicó mucho más que ofrecer algo valioso monetariamente, u algo de valor sentimental; fue un acto de la entrega de su corazón, de la rendición de su voluntad al único que podía tomar su vida pecadora y transformarla para convertirla en luz, tal como era El.

¿Desde cuando no vienes ante el Maestro para rendir tu corazón?

¡Ella trajo a Jesús su corazón en un alabastro!

Rosalía Moros de Borregales