domingo, 22 de febrero de 2015

Consejos de Dios ante la maldad


Una de las cosas más retadoras a la fe es la injusticia del hombre. Cuando damos una mirada a nuestro mundo, lo malo, lo cruel, lo injusto abunda como una cosecha, entonces nuestra primera reacción es sentirnos desesperanzados. Nuestro Señor Jesucristo les advirtió a sus discípulos que el amor de muchos se enfriaría a causa de la maldad. Sin embargo, al recorrer las páginas de la historia comprobamos que no son los tiempos actuales los que son malos; donde ha estado el hombre, la huella del mal ha quedado marcada.

Desde el interior del ser humano proviene la paz, el progreso, el respeto y la solidaridad; pero del mismo corazón proviene la guerra, la pobreza, las violaciones a los derechos y la enemistad. ¡Es el mundo en el que vivimos! A pesar de esta realidad existe una verdad en la que pocos creen, son principios que trascienden al concepto que tenemos de la justicia y de la vida. Los hombres juzgamos según las apariencias y la verdad es que debajo de un rostro se esconden mil historias de las que Dios es testigo.

Cuenta la Biblia que el rey David vivió un reinado de grandes confrontaciones. En medio de su vida de luchas, de pecado y de la búsqueda de Dios escribió una gran cantidad de salmos; es decir, oraciones expresadas en forma de cantos. Muchos de estos salmos relatan momentos cumbres de la vida del pueblo de Israel, otros son análisis de las diferentes circunstancias que atravesaron en su caminar, mientras otros muestran la verdad intrínseca del ser humano y el pensamiento de Dios.

Uno de mis favoritos es el Salmo 37, su título es “El camino de los malos”, aunque desde mi perspectiva Cristo céntrica lo hubiera titulado algo así como “La bendición de los que confían en Dios.” Desde esta visión hay dos maneras en las que podemos vivir nuestras vidas. Por un lado, podemos concentrarnos en todo el mal que nos rodea, analizarlo para quedar más consternados aún, perder nuestra fe y más terriblemente, perder nuestro amor.

Por otro lado, sin ignorar la maldad que nos rodea, podemos concentrarnos en Dios, en su amor, en su poder y confiar en El. Existe un gran misterio en mantener nuestra fe; no solo en creer que Dios existe sino en creerle a El, en creer en sus palabras, en creer que es galardonador de aquellos que le buscan de corazón. De nuevo, nos encontramos ante el conocimiento de que las armas de Dios no son, ni serán nunca las del hombre, pues en la justicia del hombre no obra la justicia de Dios.

Por eso, no te impacientes a causa de los malignos, ni tengas envidia de los que practican el mal porque como la hierba serán pronto cortados y como la hierba verde se secarán. Solo Dios sabe el fin que le espera a cada hombre. El poder y el dinero les nublan el discernimiento; se creen dueños y señores pero pronto pueden ser sorprendidos por lo inesperado. Pueden pretender imponer sus ideas a la fuerza, pero cuando venga sobre ellos la fuerza del Todopoderoso serán arrasados como por aguas impetuosas.

¡Confía en el Señor y haz el bien! No te canses de dar la bondad que está en tus manos, no le des cabida en tu corazón a la venganza, no seas vencido por el mal sino vence a las tinieblas con la luz de Dios. Deléitate en El, entrégate a su amor así como un niño confiado en el regazo de su madre. No dejes de abrir la puerta de la oración cada día. Aunque la maldad se multiplique a tu alrededor, tu tendrás la paz que sobrepasa todo entendimiento. Aunque quieran quebrar tu voluntad con sus fuerzas, recuerda que su espada entrará en su corazón y su arco será quebrado.

Recuerda que siempre hay una posibilidad de bien en el ser humano; así como el ladrón que reconoció en Cristo el poder de Dios y le pidió que se acordara de él cuando estuviera en el Paraíso; así, a través de tu proceder podría llegar la luz de la vida a un esclavo de las tinieblas. Recuerda que cuando has caído Dios no te ha dejado postrado. ¡El ha sostenido tu mano! El Señor no te dejará ser condenado, tu salvación de El vendrá, El será tu fortaleza en el tiempo de la angustia.

“Encomienda al Señor tu camino, confía en El y El hará. Exhibirá tu justicia como la luz y tu derecho como el mediodía”. Salmo 37: 5-6.

Rosalía Moros de Borregales
rosymoros@gmail.com
@RosaliaMorosB

martes, 17 de febrero de 2015

El sentir de Dios

Dedicado con todo mi amor a mi hijo Andrés Eduardo Borregales Moros

Siempre estaré inmensamente agradecida a Dios por la amistad con mis hijos, desde muy pequeños compartimos muchos ratos de lectura y oración antes de dormir, y aunque éstos mermaron en los años de la adolescencia, siempre ha habido entre nosotros esa comunicación que nos ha permitido saber cómo andan nuestros corazones. Ya no son niños, son más que adolescentes, hombres jóvenes que buscan un destino, que tienen ideales, con metas trazadas y llenos de esperanzas por una vida digna. Pero cuando se tiene esta clase de amistad, la edad no es un impedimento para volver a compartir como en los tiempos de niños.

Llego a mi casa, respiro profundo y agradezco a Dios estar aquí, en mi refugio. Mi hijo menor me llama, nos saludamos, me da un beso en la mejilla y me pide la bendición; le respondo con cariño y me invita a ver algo en su computadora, está recostado en su cama, me siento a su lado y comienza a hablar conmigo mientras me muestra algunos videos. Me pasea por una variedad que va desde la música que más le gusta, pasando por seminarios de un maestro de la psicología, hasta unas cuantas personas que hablan de la fe cristiana. De repente, me expresa su admiración por un video en particular, es del Papa Juan Pablo II, del año 1987 cuando el Papa visitó a Chile.

Atentamente escucho cada palabra, mi corazón está a la expectativa, a medida que va transcurriendo el mensaje reconozco la profundidad y verdad en él. Mi hijo se acerca más a mí, nuestras cabezas reposan la una al lado de la otra mientras miramos la pantalla. El Papa dice a los jóvenes que deben estar siempre dispuestos a dar razón de la esperanza que hay en ellos; les insta a estar atentos, con sus miradas en el mundo para ver las realidades sociales; les exhorta a no conformarse con denunciar los males existentes. Con profundo amor les hace ver que en sus mentes han de nacer y tomar forma propuestas de soluciones para dichos males.

Expreso mi admiración por cada palabra y mi hijo me responde que ha visto este video muchas veces, que una y otra vez se siente impactado. Ahora Juan Pablo II les dice que también deben estar atentos a no perder el sentido de Dios, a no permitir que se debilite en ellos el sentido de la presencia y acción de Dios. Les enfatiza que el hombre puede construir un mundo sin Él, pero que ese mundo acabará volviéndose contra el hombre mismo. Por eso, continúa, debemos volver nuestra mirada a Cristo, pero no al Cristo muerto sino al resucitado; y tiernamente les guía a mirar al fondo del escenario donde se ha desplegado una de las miles de imágenes del rostro de nuestro Señor. Y cuando todos lo miran, Juan Pablo II les dice: "No tengáis miedo de mirarlo a Él".

A estas alturas estoy totalmente abstraída en el mensaje y compenetrada con mi hijo en lo que su corazón está sintiendo. Le acaricio el cabello suavemente, y veo las lágrimas corriendo por su rostro, mientras Juan Pablo II con la pasión del que ama verdaderamente a Dios, les pregunta qué ven cuando ven a Cristo. El mismo les contesta, ven a un hombre, no solo a un hombre, mucho más que a un hombre. ¡Ven a un reformador social! Pero no solo a un reformador social, mucho más, enfatiza el Papa, para luego llevarlos a la cumbre de su pensamiento: "Mirad al Señor, y descubriréis en el Él, el rostro mismo de Dios".

Mis ojos también están bañados de lágrimas, en ese instante, como en una película, escenas de muchos momentos en los que hemos compartido acerca de Dios, se suceden en mi mente; entiendo que todos ellos fueron tejiendo en el corazón de mi hijo el momento que estoy viviendo hoy. Una profunda convicción llena mi corazón, acariciada por la presencia de Dios, me siento profundamente agradecida, profundamente segura de que al elevar sus alas en el vuelo de la vida mi hijo surcará los cielos sustentado e inspirado siempre en Dios.

Entonces, escucho las palabras finales de Juan Pablo II:
"Buscad a Cristo, mirad a Cristo, vivid en Cristo".

Rosalía Moros de Borregales

rosymoros@gmail.com
http://familiaconformealcorazondedios.blogspot.com/
@RosaliaMorosB

viernes, 13 de febrero de 2015

De rodillas


Siempre me ha sorprendido el pasaje bíblico del libro de Eclesiastés que habla sobre el tiempo: "Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora". Eclesiastés. 3:1. Si nos detenemos a pensar, en la vida hay tiempo para cada cosa, aunque no lo planeemos. Un día nos reímos y, al siguiente, podemos llorar. Hay tiempos que llegan de sorpresa, otros que se van dando, que los vamos vislumbrando y otros que debemos discernir.

Nuestra amada Venezuela está viviendo tiempos malos, se han venido dando, nos han sorprendido, nos han consternado; sin embargo, muchos viven este tiempo como si fuera un buen tiempo, como si lo que acontece es sólo para unos cuantos, entre los cuales ellos no se cuentan. Son estos tiempos los que debemos discernir, los que debemos ver con ojos espirituales para poder actuar más allá del impacto que nos causan en el día a día. Nuestras fuerzas se hacen débiles ante la avalancha del mal; no hay respuesta en nuestra sabiduría para enfrentar la tormenta de mentiras que nos comunican a diario; tratar de mantener el ánimo nos hace sentir hipócritas; la incertidumbre es la reina en  nuestros pensamientos.

Entonces ¿qué clase de tiempo es este que estamos viviendo? ¿Cómo podemos hacerle frente a un tiempo marcado por el mal? Al hacerme estas preguntas elevo mis ojos al Cielo, entonces una respuesta viene a mi mente, es clara y contundente: ¡Es el tiempo de estar sobre nuestras rodillas! Es el tiempo de venir delante del Todopoderoso doblegando nuestro orgullo, poniendo nuestra soberbia de un lado para darle paso a la voz de Dios. El estar arrodillado demuestra una actitud de humildad. Cuando entendemos que debemos estar sobre nuestras rodillas es porque primero se ha arrodillado el corazón. El corazón se rinde cuando reconoce su pequeñez e insuficiencia en la presencia de Aquel que puede librarnos del mal.

La respuesta viene mostrándome como en una película una sucesión de momentos vivídos. Son recuerdos de días en los que estuve de rodillas, momentos que Dios honró con la respuesta de su amor. Aquel día, cuando con apenas 8 añitos me puse sobre mis rodillas para clamarle a Dios por la vida de mi hermana mayor quien había sido embestida por un borracho a las 6 de la mañana cuando iba de camino a su Universidad. Otro día,  también siendo muy pequeña, cuando abrumada por las burlas que los niños en el Colegio hacían de mi hermana menor a causa de su estrabismo, el dolor traspasó mi corazón, quise arrancarme los ojos para dárselos a mi hermana y no verla sufrir más.

Mi clamor cuando fuimos sorprendidos con un robo en nuestra casa y al final lo único que faltaba era el primer sobrino de la familia que estaba de visita en casa de los abuelos. La gran angustia que sentí cuando una de mis hermanitas menores se despertó, en una madrugada en la que papá estaba en la Finca, con un gran dolor en la barriga. La tristeza que me embargó cuando despedí a mi hermano, mi compañero y amigo, cuando se fue a estudiar fuera. No pude despedirlo, cuando desperté de mi desmayo estaba en la enfermería del aeropuerto y él ya había abordado su avión; al llegar a casa me puse sobre mis rodillas y le pedí a Dios que pudiera volver a verlo.

Lloré también con la partida de otro de mis hermanos, en una familia de nueve hijos hay siempre suficientes acontecimientos para reír y llorar, pero esta vez, sabía que lo volvería a ver. En cada ocasión mi corazón se rindió ante Dios, y al doblar mis rodillas siempre su paz inundó mi ser. Una vez me quedé dormida sobre mis rodillas, era apenas una adolescente, el amor había hecho florecer mi vida y de repente la desilusión vistió mi primavera con grises. La respuesta que recibí aquel día fue una promesa que hoy está materializada en un matrimonio con dos hermosos hijos. Más tarde, en ese hogar que Dios me dio, al esperar nuestro primer bebé, fueron cuatro las rodillas que se doblaron al enterarnos que era un embarazo ectópico, el bebé creciendo en una trompa, fuera del útero. Pero hoy, ese bebé es un hombre maravilloso que ha llenado nuestra vida con muchas alegrías.

Los niños traen con ellos una gran carga de momentos que nos ponen sobre nuestras rodillas. Muchas noches al pie de la cama del hijo menor, asmático, revisando la saturación de oxígeno, rogándole a Dios que le bendijera la vida. Hoy el asmático es un hombre tan saludable que ni gripe le da. Momentos de enfermedad, de vicisitudes económicas, de problemas de familia, tantos y tantos momentos que vivimos en los que ni nuestra fuerza, ni nuestros conocimientos, ni nuestro dinero, ni nada, ni nadie puede sacarnos de la angustia.

Venezuela está atravesando uno de los peores tiempos de su historia; es tiempo de discernir, de entender que ninguna fuerza humana podrá librarnos de este mal tan grande. Es tiempo de que los venezolanos echemos de nuestras vidas todo ídolo inútil y volvamos nuestros ojos al Altísimo. Tiempo de unir nuestras voces en un solo clamor; tiempo de renunciar a nuestra soberbia para darle paso a la sabiduría divina; de liberar nuestras vidas del odio, tiempo de estar de rodillas ante nuestro Dios.


"Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro". (Hebreos 4:16 RVR1960)

Rosalía Moros de Borregales
rosymoros@gmail.com
@RosaliaMorosB