viernes, 28 de noviembre de 2014

INTRODUCCIÓN A LA IDOLATRIA


Esta palabra de poco uso en la actualidad constituye un pilar fundamental en la relación de Dios con los seres humanos. Idolatrar significa rendir culto, admiración y exaltación más allá del amor humano que reconoce limitaciones e imperfecciones. Cuando se idolatra se reconoce en la deidad o persona objeto de la idolatría la perfección que solo corresponde a Dios. En otras palabras, se le atribuye al ídolo características intrínsecas a la Divinidad, a la supremacía del Todopoderoso. La idolatría no ocurre solo en el plano religioso, también ocurre en el plano humano; pues hay personas que se convierten en objeto de nuestra adoración. También, son innumerables los objetos de orden religioso y aun de orden tecnológico que se han convertido en ídolos en el mundo de hoy.

En la idolatría se desplaza a Dios de su lugar de preeminencia, se le concede carácter absoluto a lo relativo, se entrega la confianza con una ceguera espiritual que no permite ver defectos. La idolatría constituye una entrega completa, la sumisión de nuestras almas ante el ídolo. Así, pues, podemos hacer de cualquier cosa, o persona, el depositario de nuestras fuerzas, nuestro amor y nuestra voluntad. La idolatría es una consecuencia directa de la ignorancia acerca de Dios, de su voluntad para con el ser humano. Es una de las estrategias del mal para mantener al ser humano alejado de una vida de relación de amistad con Dios. Por naturaleza, el ser humano necesita tener una vida de comunión con Dios. Fuimos hechos a su imagen y semejanza, en Él está la satisfacción de nuestras almas. Aun sin saberlo, todo nuestro ser anhela el saberse protegido y amado por alguien o algo que trascienda nuestro conocimiento.

Nunca antes la humanidad se había encontrado presa de tanta idolatría como en el siglo XXI. Aunque el mundo es cada vez menos religioso; aunque las edificaciones de iglesias que un día fueron el producto de la inspiración del hombre dándole a Dios un lugar en la sociedad; aunque en muchos lugares del mundo han quedado reducidas solo a museos, el hombre de hoy ha levantado más ídolos en su vida que nunca antes. Por una parte, se ha enaltecido a sí mismo como el ídolo más importante. Vivimos en una sociedad que exalta el egocentrismo, que se ha hecho cada vez más permisiva de los apetitos desenfrenados del yo; una sociedad que exalta el culto a la personalidad y erige como ídolos a artistas, cantantes, deportistas y políticos, entre otros.

Por otra parte, no se trata solo de la idolatría religiosa, no se trata solo de otorgarle el lugar que le corresponde a Dios a otra deidad. O del culto a la personalidad, en el que elevamos a la condición divina a otro ser humano como nosotros. Se trata de aquello en lo que ponemos todo nuestro esfuerzo, aquello que perseguimos con vehemencia irracional. Algunos van detrás del dinero, el ídolo más emblemático de nuestra sociedad. Piensan que las riquezas lo puede todo. El dinero se constituye en el instrumento de medición para determinar quiénes se escogen como amigos. Se desprecia al que carece de él, mientras se exalta al que lo posee. Se entrega la vida, los principios y valores para adquirirlo. Lamentablemente, a todos los que idolatran al dinero les llega el doloroso momento de entender que no todo en la vida tiene un precio que el dinero pueda pagar, que hay cosas que ni con todo el dinero del mundo podríamos comprar.

La idolatría aleja al ser humano del verdadero Dios a quien le debe toda su adoración. Cuando adoramos a Dios podemos comprender en una perspectiva verdaderamente humana el lugar que a cada uno le corresponde. Podemos discernir entre la bondad y el mal; entre lo verdadero y el engaño; entre lo que trasciende y lo transitorio. Cuando adoramos a Dios aprendemos a amar al ser humano en su justa medida, lo convertimos en nuestro amigo; lo reconocemos como un igual. Aprendemos a disfrutar de todas las cosas de la vida como un regalo de Dios y, entendemos que solo a Él debemos entregar nuestro corazón.

"Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento". Mateo 22:37.
 
Rosalía Moros de Borregales
rosymoros@gmail.com 

sábado, 15 de noviembre de 2014

LA DEUDA CANCELADA



Había una vez un Rey que decidió hacer cuentas con sus siervos a quienes bondadosamente había prestado. Entonces, fue traído a él aquel cuya deuda era mayor. El siervo avergonzado le rogaba que le perdonase la deuda pero el Rey insistía en que fueran vendidas todas las posesiones del siervo a fin de saldar la deuda; pero el siervo se humilló, suplicándole al Rey que tuviera misericordia de él.

El Rey, conmovido por las súplicas de su siervo decidió perdonarle la deuda a su siervo. Entonces el siervo se fue agradecido, aliviado de aquel momento tan terrible que había vivido. Cuando aún iba en camino se encontró con un consiervo, quien le debía mucho dinero, aunque no tanto como lo que el Reyle acababa de perdonar a él.

Entonces, al ver a su deudor se asió de él, queriendo ahogarle le demandaba que le pagase lo que le debía. Su consiervo lloraba y gritaba rogándole que lo perdonase pidiéndole paciencia y prometiendo pagarle toda la deuda. Pero, este hombre a quien el Rey había perdonado endureció su corazón contra su compañero y lo entregó a las autoridades y éstas lo echaron a la cárcel.

Al ver esto los amigos y consiervos de aquel hombre fueron y le contaron al Rey lo sucedido. El Rey impresionado ante tal acto de injusticia mandó a que le trajesen a aquel hombre, le reprendió diciéndole:- te perdoné aquella deuda tan grande y tu no tuviste compasión de quien te adeudaba una ínfima parte de lo que te perdoné. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? Entonces, enojado, le entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.

Vamos por la vida siendo perdonados, primero por todos quienes nos aman y, segundo por muchos otros que misericordiosos y tolerantes nos perdonan o pasan por alto nuestras ofensas. Sin embargo, cuando de perdonar  se trata, nosotros endurecemos nuestro corazón y archivamos la ofensa hasta que cobramos el último centavo. Pretendemos el regalo del perdón, pero nuestra soberbia se ha elevado a tal punto que no estamos dispuestos a tener misericordia de nadie; muy por el contrario, tomamos la venganza en nuestras manos para castigar a nuestros ofensores.

La clave para decidir por el perdón se haya en el hecho de que todos somos pecadores y no somos dignos de Dios. Sin embargo, Dios en su infinita fidelidad para con el ser humano mostró su misericordia a través de su hijo Jesucristo. Cuando Jesús sufrió la muerte de cruz derramó su sangre para saldar la deuda del pecado de toda la humanidad. El se convirtió en el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Cuando venimos a Dios con un corazón arrepentido, cuando creemos en El como nuestro Salvador, todos nuestros pecados son perdonados. La deuda que todos tenemos con Dios fue saldada por Cristo en la cruz. Entonces, al sabernos pecadores, sabemos que no somos merecedores de esa misericordia y, comenzamos a entender que de la misma manera en que fuimos perdonados somos llamados a perdonar a otros.

Termina la historia que Jesús refirió a sus discípulos diciendo: Así también mi Padre celestial hará con vosotros, si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas. MT. 18:23-35.

La misericordia de Dios hacia cada uno está, en muchos casos, condicionada a la misericordia que mostremos hacia nuestro prójimo.

Rosalía Moros de Borregales
@RosaliaMorosB








domingo, 9 de noviembre de 2014

DEPENDIENDO DE DIOS


Todos los seres humanos anhelamos la felicidad, todos legítimamente tenemos derecho a una vida de paz. Sin embargo, esa búsqueda constante por alcanzar el bienestar nos hace pensar que todo depende de circunstancias exteriores; depende del entorno, depende del lugar en el que vivimos, depende del clima, depende de la economía, depende de la familia. Depende siempre de todo lo que está allá afuera, y a consecuencia de este pensamiento y de la actitud que lo acompaña, nuestras vidas son como una montaña rusa en la que dependiendo de las circunstancias, un día estamos en la cúspide experimentando las emociones más fascinantes y al siguiente estamos en el subsuelo deprimidos y amargados.

Crecemos como personas en muchos aspectos pero espiritualmente seguimos siendo tan inmaduros como niños. Somos arrastrados por toda clase de factores externos; desde una publicidad, un comentario, un chisme, una noticia, un chiste, hasta la expresión en el rostro de otra persona, en fin, todo puede inducir en nosotros emociones que tomen el control de nuestros pensamientos y por ende de nuestro proceder. ¡Por supuesto! ¡Somos humanos, hechos de carne y hueso, con fibras nerviosas, con un alma que siente! ¿Pero, es esto a lo que hemos sido llamados? Dios, nos ama más que nadie en este mundo y nos comprende. El nos hizo y conoce nuestra naturaleza; pero El nos ha capacitado para vivir en una vida de equilibrio en la cual deberíamos depender de El y no de las circunstancias.

Lo que sucede es que esto no es algo que adquirimos en algún lugar, tampoco hay una receta específica para lograrlo, pues la vida es como una biblioteca llena de libros y cada libro narra una historia diferente. El único ingrediente en común para la receta de cada uno es Dios. Si cada uno está en amistad con El, cada uno cuenta con el ingrediente fundamental. Jesús les dijo a sus discípulos en el evangelio según San Juan  en el capítulo 16 verso 33: “Estas cosas les he hablado para que en Mí tengan paz. En el mundo tendrán tribulación; pero confíen, Yo he vencido al mundo."

Si en cada circunstancia buscamos la Palabra de Dios, encontraremos en ella la paz … Estas cosas les he hablado para que en Mí tengan paz… Si dejamos de ver a nuestro alrededor y ponemos los ojos en Jesús, confiando nuestras vidas a El, entonces venceremos la tribulación, porque El nos ha prometido que El ha vencido al mundo.  Y vencer no significa que la tribulación dejará de ser, sino que caminaremos en medio de ella de la mano de nuestro Señor, que no usaremos nuestras propias herramientas sino las que El nos ha ofrecido y está dispuesto a proveer para nosotros cada día a través de la oración y la comunión con El.

Todo lo que acontece constantemente en nuestro país aunado a las vicisitudes de nuestras propias nos afecta enormemente. Unos hemos sentimos como una bofetada en nuestro rostro, otros como una puñalada por la espalda; sentimos que ya no hay futuro para nuestros hijos, que todo se ha perdido. Algunos nos hemos llenado de amargura y la frustración se siente como un enorme peso que doblega nuestras espaldas. La desesperanza, el desasosiego y la tristeza van convirtiéndose en depresión. Las alegrías se nos han ido convirtiendo en desolación. Todas estas reacciones son perfectamente comprensibles; sin embargo, como cristianos, como hijos de Dios, nuestras vidas no dependen de un hombre, ni de un sistema, aunque seamos afectados por él, Dios está por encima de todo y de todos.

Si confiamos a El nuestras vidas entendiendo que El tiene un lugar para nosotros, que nuestro futuro depende solo de El, nada ni nadie podrá doblegarnos. Porque Aquel en quien hemos creído ha vencido al mundo, y nosotros somos vencedores con El.

Rosalía Moros de Borregales

@RosalíaMorosB