miércoles, 31 de diciembre de 2014

Dile a tu corazón que lata de nuevo

Dedicado con todo mi amor a mi hijo Andrés Eduardo Borregales Moros

Es la víspera del año nuevo, mi esposo y yo compartimos un rato de solaz contemplando la hermosa montaña que se levanta como un guardián en nuestra ciudad; cada uno con un libro, que a ratos leemos y, a ratos, dejamos de un lado para conversar. Muchos pensamientos inquietos cabalgan en nuestras mentes, como caballos impetuosos que recorren la sabana haciendo gala de su libertad. Esa libertad que en muchos ámbitos de nuestras vidas hemos visto coaccionada, pero que en nuestro ser interior está intacta, que nos impulsa como un caudaloso río que busca su cauce y despliega toda su potencia en una gran cascada. ¡La libertad indómita que sólo la fuerza del bien puede subyugar!

Entre todos esos pensamientos, mi esposo comparte conmigo reflexiones sobre su lectura, sobre sus vivencias, sobre sus proyecciones para el año nuevo. Me cuenta la historia de una mujer de 40 años que fue sometida a una cirugía de revascularización cardíaca. Tenía una obstrucción de sus arterias coronarias que el cirujano había reparado. Una vez terminada la cirugía esperaba que al restablecerse el flujo sanguíneo el corazón de aquella mujer latiera de nuevo, pero no comenzó a latir. Entonces, el siguiente paso en la rutina de esta cirugía era administrar ciertos medicamentos que harían que el corazón comenzara a latir de nuevo, pero esta vez tampoco hubo latido. Al ver que todos los recursos médicos se habían agotado, como dándole un lugar a la esperanza, se le acercó al oído de la paciente susurrándole: - Dile a tu corazón que lata de nuevo. Como por un milagro, mientras el cirujano se incorporaba escuchó, como música a sus oídos, el maravilloso latido  bum- bum- bum.

Al escuchar esta historia pensé en mi corazón, ciertamente está latiendo, lleno de vida; pero sentí que mi alma, mi ser interior, ese plano de nuestra vida espiritual en donde nacen y se guardan los sentimientos ha dejado de latir por sueños que un día lo hicieron acelerar su ritmo, por esperanzas que se han perdido, por caminos que no se han transitado, por no dejar ir al pasado que a veces pareciera un ancla que nos hunde en un océano de naufragios, que no nos deja ver al futuro con ilusión. Entonces, desde el fondo de ese corazón herido elevé una oración a Dios:  - Señor, haz que mi corazón lata de nuevo. Me quedé allí, con mi mirada fundida en el silencio del cielo intensamente azul de este día; de repente, comencé a escuchar el latido de los sueños olvidados, de las esperanzas perdidas...

Este nuevo año se nos presenta como un desafío ante el cual es necesario desplegar todas las fuerzas de nuestro corazón. Aunque los fundamentos de nuestra sociedad y de nuestra nación parecieran desvanecerse es imperativo que sigamos en la construcción de nuestras vidas, sobre el fundamento de nuestra fe en Jesucristo. Este nuevo año se nos presenta como una oportunidad más para escuchar esa voz que nos susurra al oído diciéndole a nuestro corazón que comience a latir de nuevo; que el flujo de nuestro torrente sanguíneo lleve hasta los lugares más recónditos de nuestra alma entristecida el oxígeno de la vida; que seamos capaces de comprender en nuestra humanidad el Amor  de Dios en quién todo es posible.

El no ha olvidado ninguno de tus sueños, cada una de tus oraciones han subido hasta El como un grato perfume; las lágrimas que has derramado han sido guardadas en el cofre de sus joyas, sólo El transforma el dolor en un diamante. Has sido provisto con talentos invalorables, no permitas que el miedo te paralice; tus manos pueden hacer mucho más de lo que puedes imaginar. Aunque contra ti se levanten personas inescrupulosas y quieran manchar tu nombre, recuerda que El es escudo alrededor de ti, tu gloria y quien levanta tu cabeza. Persiste, sigue adelante, pon tus ojos en Cristo y escucha su voz que como la de aquel cirujano le dice hoy a tu corazón que comience a latir de nuevo.

"Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón;
Porque de él mana la vida". Proverbios 4:23
Reina-Valera (RVR1960)

Rosalía Moros de Borregales
@RosaliaMorosB



domingo, 28 de diciembre de 2014

LA PLEGARIA

Es difícil encontrar a alguien que no quede extasiado al escuchar el dueto entre Celine Dion y Andrea Bocelli en su magistral interpretación de la canción titulada "The Prayer" (La plegaria u oración), hermosamente escrita por David Foster y Carol Bayer Sager, objeto de varios premios, entre ellos un Grammy, un Golden Globe y un Academy Award. Aunque no fui bendecida con el don de la música, disfruto profundamente de ella. Lograr escribir algo que inspire a otros es maravilloso, pero lograr que esas letras se conviertan en música no tiene igual. La música es medicina para el alma, un idioma universal capaz de establecer lazos que enaltecen los sentimientos más profundos entre los seres humanos.

Mis dedos se mueven rápidamente en el teclado, las ideas se suceden una tras otra en mi mente, los sentimientos afloran en mi corazón. Estoy escuchando a Andrea Bocelli, me deleito en su música, de alguna manera misteriosa trabaja en mis conexiones neuronales como creando un puente entre lo que pienso, lo que siento y lo que anhelo.

Aunque he escuchado esta canción cientos de veces, es hoy cuando decido traducirla en su totalidad. Como un río que encuentra su cauce cada frase me lleva a mis propios sentimientos, a mi propia oración. Como la música, la letra de "La plegaria" es también universal. Sin embargo, la hago nuestra, la convierto en un clamor expresado desde las entrañas de Venezuela a nuestro Señor.

Las primeras palabras de esta oración son un ruego para que cada uno de nosotros pueda ver a través de Dios, para que Él con sus ojos nos guarde en nuestro camino. Entonces pienso: _ Si cada uno de nosotros pudiera ver a esta nación y al hermano que tiene a su lado desde la perspectiva de Dios, el odio desaparecería de en medio de nosotros. Con seguridad contaríamos con su cuidado en nuestro caminar. Luego, al reconocer que nuestra ayuda viene de Dios, la canción se convierte en un ruego para que seamos sabios en tiempos como éste; para que ésta sea nuestra oración cuando el futuro sea incierto, cuando hayamos perdido nuestro rumbo.

Mientras todos los instrumentos se convierten en un sonido único y armónico, me imagino que la música es como un hermoso caballo que galopa en la sabana llevando sobre sus lomos las voces de estos dos grandes talentos, que en esta hora toman de la mano mi pensamiento y lo elevan al cielo. Las siguientes líneas nos conducen a la petición de ser guiados a través de la gracia de Dios a un lugar donde podamos estar seguros. Entonces, recuerdo al salmista al expresar que en medio de la angustia su corazón estaba confiado solo en Dios. ¡Estar en sus manos es el lugar más seguro para cada uno de nosotros!

La siguiente estrofa se despliega ante mí como una de esas noches plena de estrellas en algún hermoso lugar de nuestra geografía nacional. Mientras los violines parecieran besarme suavemente, la canción es una petición para que podamos encontrar la luz de Dios; más allá, para que seamos capaces de mantenerla en nuestros corazones. Es un ruego para que cada noche cuando las estrellas aparezcan en el firmamento sea un recordatorio, para todos, del lugar donde está Dios. Una oración para que la luz de Dios en nuestros corazones ilumine las sombras que llenan nuestros días.

De nuevo, la petición es por la guía de Dios a través de su gracia. Esta vez, añade la fe como el ingrediente faltante para poder vivir seguros. Pienso, la fe consiste en la certeza de creer que Él existe, de creer que es capaz de bendecir a los que le buscan. A continuación, el clímax de La plegaria se expresa en estas dos voces que se unen como en un coro en la belleza de dos lenguas, para pedir por un mundo de justicia y esperanza, para rogar que cada corazón herido pueda ser sanado, para que todos podamos tocar a Dios, para que podamos alcanzar el cielo.

La última estrofa expresa el deseo por una vida buena para todos, por el cuidado de Dios para cada uno. Agrega la esperanza de que cada alma pueda encontrar otra alma a la cual amar. Que esta sea nuestra oración, que como niños que necesitan encontrar su lugar en el mundo, todos podamos ser guiados a través de Su gracia y de nuestra fe  para estar a salvo, para estar seguros. Me conmuevo dentro de mí, mientras la flauta y el piano me acarician el alma. ¡Este es el anhelo de millares en Venezuela! Que este anhelo se convierta en oración. Que cada uno eleve su petición sin olvidar mantener Su luz en el corazón, sin olvidar que somos instrumentos de Su amor.

"Otra vez os digo que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidan, les será hecho por mi Padre que está en los cielos, porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". 
Mateo 18:19-20


Rosalía Moros de Borregales

Nota: Para escuchar la canción ir a: http://www.youtube.com/watch?v=cjNfkbQr5zc 

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martes, 23 de diciembre de 2014

Un pesebre en tu corazón


Es tiempo de alegría y de júbilo, desde los pueblitos más pequeños y remotos del planeta, hasta las más grandes y sofisticadas urbes modernas, todos, sin excepción, se visten de colores y se llenan de luces porque ha llegado la Navidad. En todo el mundo reina un ambiente de celebración; un sentimiento de regocijo interior se manifiesta en el compartir, en el dar y recibir; en el reunir a la familia y a los amigos. De alguna manera, todos sienten que este es un tiempo especial, y a pesar de que esta fiesta es el fundamento de la fe cristiana, todas las religiones en el mundo entero se unen a esta celebración. 

Algunos celebran la Navidad por tradición, otros la celebran por convicción; la mayoría ha sido atrapada por el comercio generado en esta fecha. Un movimiento que mueve la economía del mundo de una manera tan poderosa que se ha convertido en un tiempo que nadie puede eludir. Todos participan, productores y consumidores, en un frenesí, que en la mayoría de los casos nos ha llevado a olvidar el verdadero significado de esta época del año. Sin embargo, para testimonio al mundo, no importa cuál sea la razón por la que unos y otros celebran la Navidad, lo importante es que de alguna manera recordamos el nacimiento de Jesucristo. 

Pero más allá de este recordatorio que unos y otros hacemos de múltiples formas, hay un significado que trasciende las luces, los colores, los adornos, las comidas y los regalos para llegar al alma de la humanidad. Es el mensaje de la cruz, que comenzó en un pesebre de Belén hace más de 2.000 años y se perpetúa en el alma del hombre para hacerla trascender. 

Las Sagradas Escrituras declaran el amor de Dios por el mundo. Expresan que Dios quiere que todos los hombres sean salvos y venga al conocimiento de la verdad. Jesucristo dijo que Él era la verdad y a pesar de sus seguidores y de sus detractores, su mensaje está más vigente que nunca. Y es precisamente en esta fecha de Navidad en la que cobra más sentido el significado de ese mensaje.

En la Navidad recordamos cómo el Salvador, prometido al pueblo de Israel, llegó al mundo en un pesebre. Quizá con ese nombre y calificativo debería haber nacido en un palacio lleno del mismo esplendor con que las luces de la modernidad iluminan las ciudades como distintivo de la Navidad; pero no, el tan esperado Salvador, que no fue aceptado por el pueblo judío, llegó al mundo en un pesebre; así como también quiere llegar a tu vida a través del pesebre de tu corazón. 

Si con un corazón humilde, que reconoce la pequeñez de su propia humanidad te acercas a Dios, Él vendrá a ti, así como vino a aquel pesebre de Belén. En tu humildad delante de Él, encontrarás el camino y así como María proclamarás que ha llegado tu Salvador. 

Entonces María dijo: 

"Engrandece mi alma al Señor; 

Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. 

Porque ha mirado la bajeza de su sierva; 

Pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones. 

Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; 

Santo es su nombre, Y su misericordia es de generación en generación 

A los que le temen. Hizo proezas con su brazo; 

Esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. 

Quitó de los tronos a los poderosos, 

Y exaltó a los humildes". 

Lucas 1:46-55. 


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sábado, 13 de diciembre de 2014

La cruz de los harapos

Dedicado a mi amigo José Manuel Pardo

Me escribe nuevamente un querido amigo, asiduo del camino de Santiago de Compostella. Mas o menos cada dos días nos narra su caminar, expresa sus percepciones, emociones y nos nutre con interesantes datos históricos. El reporte de hoy me gusta de manera especial, me recuerda a mi Señor Jesús en su platica con Nicodemo, un fundamento de nuestra fe. También percibo en mi amigo una profundidad espiritual hermosa que me llena con un sentimiento de gratitud.

Nos cuenta sobre "A cruz dos farrapos", cuya traducción es el título de este artículo. Esta cruz de dos metros de altura poseía una piedra ahuecada en su base y se encontraba en la fachada norte de la catedral de Santiago, antes del pórtico de la gloria . Los peregrinos al llegar a Santiago acudían donde se encontraba la cruz despojándose de sus ruidas ropas, quemándolas en la base de la cruz. En su interpretación del significado de esta cruz, mi amigo nos dice: - "Pareciera ser parte del ritual humano de despojarse de lo malo, despojarse del pasado para nacer de nuevo". Parecido a lo que se hacía y continua haciéndose en Finisterre donde los caminantes queman la ropa y el calzado de la peregrinación frente a donde muere el sol para salir vivo de nuevo por la mañana. ¡La resurrección, el renacimiento de un hombre nuevo!

Al leer la inspiración de mi amigo pienso en el nuevo nacimiento del cual el Maestro le habló Nicodemo, un hombre religioso, principal entre los judíos, quien se acercó a Jesús de noche buscando, indagando, tratando de entender: - Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él. (S.Juan 3:2 RVR1960). Pero Jesús no le habla a Nicodemo de las señales que hacía, tampoco le da una respuesta concreta, si no que le habla de nacer de nuevo: - De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.  A lo que Nicodemo le responde: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?  Entonces Jesús le explica: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. (S.Juan 3:3-6 RVR1960)

Quizá después de esta afirmación Nicodemo lograría entender que ya había nacido de la carne y que el nuevo nacimiento se trata del espíritu. Solo los que han nacido del espíritu son capaces de comprender las cosas de Dios. En el reporte de su camino mi amigo continúa la historia de la cruz de los harapos, nos dice que desde hace un tiempo la cruz esta en los tejados de la catedral, donde se seguía practicando el rito del quemado de la ropa. Hace algo más de un siglo ya no se sigue esta tradición. Si nos colocamos cerca de la puerta santa entre las plazas Quintana (la de muertos y la de vivos) y levantamos la vista al tejado un poco a nuestra izquierda podemos observar la cruz dos farrapos . Pero la manera más cómoda de visitarla es pagar una entrada para ir al museo de la catedral y subir al tejado, donde podremos observar esta cruz azul turquesa, descolorida por los tantos años de ver peregrinos, con la piedra manchada del hollín del humo producto del incinerado 

Nicodemo fue quien reclamó el cuerpo del Maestro tras su muerte de cruz, para darle la clase de sepultura de acuerdo a su honor. Lo envolvieron en ropas nuevas y lo colocaron en una tumba, a los tres días se levantó de la muerte y la luz resplandeció en él para siempre. Nicodemo vino a la cruz, él era un hombre entre los principales, pero supo entonces que debía traer al pie de la cruz los harapos con que llevaba vestida su alma. Despojarse del viejo hombre y vestirse del nuevo, el del espíritu. Nacer de nuevo no requirió volver al vientre de su madre, requirió humildad para venir ante la cruz y rendirse allí.

Vuelvo mis ojos y mi corazón al relato de mi amigo, él dice: - "Al no tener la cruz donde quemar lo que nos pesa, lo que molesta, lo viejo y lo derruido, podemos elaborar la imagen de ésta en nuestras mentes y así, quemarlos en el fuego del olvido para renacer hacia la luz y el nuevo camino, futuro de nuestras vidas". Entonces, siento que Dios me está hablando, me está diciendo que debo quemar a los pies de la cruz los harapos de mi alma, ese pesado fardo que me subyuga. Debo quemar en el fuego del olvido la ofensa, las que he causado, las que me han causado; Dios las echa en lo más profundo de la mar. Al venir a la cruz mis harapos son quemados por el fuego de Su Amor, sus ojos me miran tiernamente, sus brazos me envuelven, la luz de Su rostro ilumina mis tinieblas, soy vestida con ropas nuevas. ¡He nacido de nuevo!

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@RosaliaMorosB
  

viernes, 28 de noviembre de 2014

INTRODUCCIÓN A LA IDOLATRIA


Esta palabra de poco uso en la actualidad constituye un pilar fundamental en la relación de Dios con los seres humanos. Idolatrar significa rendir culto, admiración y exaltación más allá del amor humano que reconoce limitaciones e imperfecciones. Cuando se idolatra se reconoce en la deidad o persona objeto de la idolatría la perfección que solo corresponde a Dios. En otras palabras, se le atribuye al ídolo características intrínsecas a la Divinidad, a la supremacía del Todopoderoso. La idolatría no ocurre solo en el plano religioso, también ocurre en el plano humano; pues hay personas que se convierten en objeto de nuestra adoración. También, son innumerables los objetos de orden religioso y aun de orden tecnológico que se han convertido en ídolos en el mundo de hoy.

En la idolatría se desplaza a Dios de su lugar de preeminencia, se le concede carácter absoluto a lo relativo, se entrega la confianza con una ceguera espiritual que no permite ver defectos. La idolatría constituye una entrega completa, la sumisión de nuestras almas ante el ídolo. Así, pues, podemos hacer de cualquier cosa, o persona, el depositario de nuestras fuerzas, nuestro amor y nuestra voluntad. La idolatría es una consecuencia directa de la ignorancia acerca de Dios, de su voluntad para con el ser humano. Es una de las estrategias del mal para mantener al ser humano alejado de una vida de relación de amistad con Dios. Por naturaleza, el ser humano necesita tener una vida de comunión con Dios. Fuimos hechos a su imagen y semejanza, en Él está la satisfacción de nuestras almas. Aun sin saberlo, todo nuestro ser anhela el saberse protegido y amado por alguien o algo que trascienda nuestro conocimiento.

Nunca antes la humanidad se había encontrado presa de tanta idolatría como en el siglo XXI. Aunque el mundo es cada vez menos religioso; aunque las edificaciones de iglesias que un día fueron el producto de la inspiración del hombre dándole a Dios un lugar en la sociedad; aunque en muchos lugares del mundo han quedado reducidas solo a museos, el hombre de hoy ha levantado más ídolos en su vida que nunca antes. Por una parte, se ha enaltecido a sí mismo como el ídolo más importante. Vivimos en una sociedad que exalta el egocentrismo, que se ha hecho cada vez más permisiva de los apetitos desenfrenados del yo; una sociedad que exalta el culto a la personalidad y erige como ídolos a artistas, cantantes, deportistas y políticos, entre otros.

Por otra parte, no se trata solo de la idolatría religiosa, no se trata solo de otorgarle el lugar que le corresponde a Dios a otra deidad. O del culto a la personalidad, en el que elevamos a la condición divina a otro ser humano como nosotros. Se trata de aquello en lo que ponemos todo nuestro esfuerzo, aquello que perseguimos con vehemencia irracional. Algunos van detrás del dinero, el ídolo más emblemático de nuestra sociedad. Piensan que las riquezas lo puede todo. El dinero se constituye en el instrumento de medición para determinar quiénes se escogen como amigos. Se desprecia al que carece de él, mientras se exalta al que lo posee. Se entrega la vida, los principios y valores para adquirirlo. Lamentablemente, a todos los que idolatran al dinero les llega el doloroso momento de entender que no todo en la vida tiene un precio que el dinero pueda pagar, que hay cosas que ni con todo el dinero del mundo podríamos comprar.

La idolatría aleja al ser humano del verdadero Dios a quien le debe toda su adoración. Cuando adoramos a Dios podemos comprender en una perspectiva verdaderamente humana el lugar que a cada uno le corresponde. Podemos discernir entre la bondad y el mal; entre lo verdadero y el engaño; entre lo que trasciende y lo transitorio. Cuando adoramos a Dios aprendemos a amar al ser humano en su justa medida, lo convertimos en nuestro amigo; lo reconocemos como un igual. Aprendemos a disfrutar de todas las cosas de la vida como un regalo de Dios y, entendemos que solo a Él debemos entregar nuestro corazón.

"Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento". Mateo 22:37.
 
Rosalía Moros de Borregales
rosymoros@gmail.com 

sábado, 15 de noviembre de 2014

LA DEUDA CANCELADA



Había una vez un Rey que decidió hacer cuentas con sus siervos a quienes bondadosamente había prestado. Entonces, fue traído a él aquel cuya deuda era mayor. El siervo avergonzado le rogaba que le perdonase la deuda pero el Rey insistía en que fueran vendidas todas las posesiones del siervo a fin de saldar la deuda; pero el siervo se humilló, suplicándole al Rey que tuviera misericordia de él.

El Rey, conmovido por las súplicas de su siervo decidió perdonarle la deuda a su siervo. Entonces el siervo se fue agradecido, aliviado de aquel momento tan terrible que había vivido. Cuando aún iba en camino se encontró con un consiervo, quien le debía mucho dinero, aunque no tanto como lo que el Reyle acababa de perdonar a él.

Entonces, al ver a su deudor se asió de él, queriendo ahogarle le demandaba que le pagase lo que le debía. Su consiervo lloraba y gritaba rogándole que lo perdonase pidiéndole paciencia y prometiendo pagarle toda la deuda. Pero, este hombre a quien el Rey había perdonado endureció su corazón contra su compañero y lo entregó a las autoridades y éstas lo echaron a la cárcel.

Al ver esto los amigos y consiervos de aquel hombre fueron y le contaron al Rey lo sucedido. El Rey impresionado ante tal acto de injusticia mandó a que le trajesen a aquel hombre, le reprendió diciéndole:- te perdoné aquella deuda tan grande y tu no tuviste compasión de quien te adeudaba una ínfima parte de lo que te perdoné. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? Entonces, enojado, le entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.

Vamos por la vida siendo perdonados, primero por todos quienes nos aman y, segundo por muchos otros que misericordiosos y tolerantes nos perdonan o pasan por alto nuestras ofensas. Sin embargo, cuando de perdonar  se trata, nosotros endurecemos nuestro corazón y archivamos la ofensa hasta que cobramos el último centavo. Pretendemos el regalo del perdón, pero nuestra soberbia se ha elevado a tal punto que no estamos dispuestos a tener misericordia de nadie; muy por el contrario, tomamos la venganza en nuestras manos para castigar a nuestros ofensores.

La clave para decidir por el perdón se haya en el hecho de que todos somos pecadores y no somos dignos de Dios. Sin embargo, Dios en su infinita fidelidad para con el ser humano mostró su misericordia a través de su hijo Jesucristo. Cuando Jesús sufrió la muerte de cruz derramó su sangre para saldar la deuda del pecado de toda la humanidad. El se convirtió en el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Cuando venimos a Dios con un corazón arrepentido, cuando creemos en El como nuestro Salvador, todos nuestros pecados son perdonados. La deuda que todos tenemos con Dios fue saldada por Cristo en la cruz. Entonces, al sabernos pecadores, sabemos que no somos merecedores de esa misericordia y, comenzamos a entender que de la misma manera en que fuimos perdonados somos llamados a perdonar a otros.

Termina la historia que Jesús refirió a sus discípulos diciendo: Así también mi Padre celestial hará con vosotros, si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas. MT. 18:23-35.

La misericordia de Dios hacia cada uno está, en muchos casos, condicionada a la misericordia que mostremos hacia nuestro prójimo.

Rosalía Moros de Borregales
@RosaliaMorosB








domingo, 9 de noviembre de 2014

DEPENDIENDO DE DIOS


Todos los seres humanos anhelamos la felicidad, todos legítimamente tenemos derecho a una vida de paz. Sin embargo, esa búsqueda constante por alcanzar el bienestar nos hace pensar que todo depende de circunstancias exteriores; depende del entorno, depende del lugar en el que vivimos, depende del clima, depende de la economía, depende de la familia. Depende siempre de todo lo que está allá afuera, y a consecuencia de este pensamiento y de la actitud que lo acompaña, nuestras vidas son como una montaña rusa en la que dependiendo de las circunstancias, un día estamos en la cúspide experimentando las emociones más fascinantes y al siguiente estamos en el subsuelo deprimidos y amargados.

Crecemos como personas en muchos aspectos pero espiritualmente seguimos siendo tan inmaduros como niños. Somos arrastrados por toda clase de factores externos; desde una publicidad, un comentario, un chisme, una noticia, un chiste, hasta la expresión en el rostro de otra persona, en fin, todo puede inducir en nosotros emociones que tomen el control de nuestros pensamientos y por ende de nuestro proceder. ¡Por supuesto! ¡Somos humanos, hechos de carne y hueso, con fibras nerviosas, con un alma que siente! ¿Pero, es esto a lo que hemos sido llamados? Dios, nos ama más que nadie en este mundo y nos comprende. El nos hizo y conoce nuestra naturaleza; pero El nos ha capacitado para vivir en una vida de equilibrio en la cual deberíamos depender de El y no de las circunstancias.

Lo que sucede es que esto no es algo que adquirimos en algún lugar, tampoco hay una receta específica para lograrlo, pues la vida es como una biblioteca llena de libros y cada libro narra una historia diferente. El único ingrediente en común para la receta de cada uno es Dios. Si cada uno está en amistad con El, cada uno cuenta con el ingrediente fundamental. Jesús les dijo a sus discípulos en el evangelio según San Juan  en el capítulo 16 verso 33: “Estas cosas les he hablado para que en Mí tengan paz. En el mundo tendrán tribulación; pero confíen, Yo he vencido al mundo."

Si en cada circunstancia buscamos la Palabra de Dios, encontraremos en ella la paz … Estas cosas les he hablado para que en Mí tengan paz… Si dejamos de ver a nuestro alrededor y ponemos los ojos en Jesús, confiando nuestras vidas a El, entonces venceremos la tribulación, porque El nos ha prometido que El ha vencido al mundo.  Y vencer no significa que la tribulación dejará de ser, sino que caminaremos en medio de ella de la mano de nuestro Señor, que no usaremos nuestras propias herramientas sino las que El nos ha ofrecido y está dispuesto a proveer para nosotros cada día a través de la oración y la comunión con El.

Todo lo que acontece constantemente en nuestro país aunado a las vicisitudes de nuestras propias nos afecta enormemente. Unos hemos sentimos como una bofetada en nuestro rostro, otros como una puñalada por la espalda; sentimos que ya no hay futuro para nuestros hijos, que todo se ha perdido. Algunos nos hemos llenado de amargura y la frustración se siente como un enorme peso que doblega nuestras espaldas. La desesperanza, el desasosiego y la tristeza van convirtiéndose en depresión. Las alegrías se nos han ido convirtiendo en desolación. Todas estas reacciones son perfectamente comprensibles; sin embargo, como cristianos, como hijos de Dios, nuestras vidas no dependen de un hombre, ni de un sistema, aunque seamos afectados por él, Dios está por encima de todo y de todos.

Si confiamos a El nuestras vidas entendiendo que El tiene un lugar para nosotros, que nuestro futuro depende solo de El, nada ni nadie podrá doblegarnos. Porque Aquel en quien hemos creído ha vencido al mundo, y nosotros somos vencedores con El.

Rosalía Moros de Borregales

@RosalíaMorosB



viernes, 31 de octubre de 2014

LA HORA OSCURA DEL ALMA



Su corazón estaba muy inquieto, aunque se encontraba rodeado de sus seres más queridos  anhelaba estar a solas, sobre sus rodillas, en la presencia de su Padre. Jesús sabía muy dentro de él que la hora había llegado. Con todas sus fuerzas deseaba hacer la voluntad de su Padre; pues, amarle siempre había supuesto para él obedecerle. Pero esta vez el precio de la obediencia le traspasaría con una espada. Una serie de eventos se anticipaban, revelaciones que se presentaban como destellos de luces en su mente, tan reales, tan verdaderas que aun sin haberlas vivido ya desgarraban de dolor su alma.

Renunciar a los que amaba, vivir la traición de aquel a quien contaba entre los suyos, saber que todo su amor no podría salvarlo, ser entregado con un beso; ser cobardemente negado por uno de sus mejores amigos, sentir el dolor de su madre al perderlo. Convertirse en el objeto de burla de seres humanos indignos de cualquier afecto; ser acusado por aquellos que creían ser más cercanos que él a su padre. Ser llevado para ser juzgado por reyes inmorales que nunca entendieron el fundamento de su reino. Morir con la muerte del peor de los delincuentes, ser clavado en una cruz y escarnecido.

Su corazón palpitaba aceleradamente, buscaba fuerzas dentro de él, la noche más oscura se desplegaba ante sus ojos; no había la luz de una estrella para iluminarle el camino. Sabía que su padre estaba con él; era fe, convicción, esperanza contra esperanza. Pero, él no le sentía cerca, la exigencia era muy profunda… _“Si es posible, pasa de mi esta copa”. Es el clamor del corazón, es la verdad que se sabe pero quisiéramos nunca haberla conocido. Es el camino que debemos transitar pero quisiéramos escaparnos de él, huir a otro horizonte; más el corazón sabe que es mejor estar un día en su casa que miles lejos de su presencia.

Luego de estos momentos de oración que se convierten en un debate del alma, en una guerra de pensamientos, en un forcejeo entre el sentimiento y la razón; finalmente, viene la decisión, nace de ese corazón amante que ha sido entrenado en la obediencia, que ha hallado su fuerza al doblegar junto con sus rodillas la más férrea voluntad. Con la decisión, viene la paz, la entrega incondicional del alma que se rinde ante quien es soberano. “Mejor es estar en las manos de Dios que en la de los hombres”. Es el grito silencioso de quien exclama: “Aunque El me matare, en El esperaré”.

El camino es largo, el sufrimiento inexplicable, todas las revelaciones recibidas no fueron suficientes para mostrar la agonía que se intensifica a cada paso. No tiene fuerzas, se entrega, su Padre es el guardián de su alma; aunque por momentos pareciera haberle abandonado. Si, realmente le ha abandonado en las manos del pecado; sus clavos, su corona de espina, la espada en el costado, todas son muestras de ese abandono… Es su hora más oscura, sin sentirlo, sin saberlo cerca, pero sabiéndose suyo, le encomienda lo que queda de él, su espíritu.

La tierra se estremece, relámpagos iluminan el cielo, la noche cae como una cortina sobre el Gólgota. A sus pies, su madre permanece fiel, el discípulo amado junto a aquella que lo amó mucho, porque mucho le fue perdonado. El velo del templo se rasga, y en un último esfuerzo toma aliento, luego expira. La muerte le ha alcanzado, pero solo por un poco de tiempo. ¿Dónde estás, oh muerte? ¿Dónde tu aguijón? Fuiste visitada hasta las profundidades de la Tierra, vencida en tus propias entrañas. De tu propia oscuridad surgió la luz, las cuerdas se cayeron, las vendas aromatizadas dejaron expuesto el cuerpo glorificado, la semilla que fue sembrada dio su fruto. El espíritu de resurrección lo trajo de vuelta desde las profundidades de la tierra. La piedra fue removida, anduvo en medio de aquellos que amaba, todo el dolor que le causaron se desvaneció, su amor cubrió multitud de faltas. ¡Ha resucitado! ¡El padre lo elevó a su diestra para siempre!

En la hora oscura de tu alma, clava tus ojos en Jesús, camina tomado de su mano. Entrega tu voluntad, ríndete a los pies de la cruz; y allí, ante su presencia, espera confiadamente. ¡De la hora más oscura nacerá tu aurora!

“Los que a El miraron fueron alumbrados, y sus rostros no fueron avergonzados”. Salmo 34:5.

Rosalía Moros de Borregales
@RosaliaMorosB