miércoles, 31 de agosto de 2011

EL VALOR DE LA VIDA



Me siento conmovida dentro de mi, me llora el corazón de madre, de hermana y amiga. Nuestro país se ha convertido en un campo de batalla en donde se libra una guerra silenciosa, una guerra no declarada, una guerra sin motivos aparentes, en la que el enemigo se mueve a sus anchas sin ninguna restricción, si ningún contra-ataque de la defensa. Un lugar en el cual cada día a más y más venezolanos se les quita la vida con un ensañamiento brutal, como si no tuviera ningún valor ni para el enemigo, ni para los que tienen el deber de defender a todos los ciudadanos.
Tenemos una sociedad enferma hasta los tuétanos. Los índices de muertes violentas en nuestro país no son más que la expresión de un pueblo al que se le negó el derecho al saber y se le cambiaron los libros por armas. Se les negó el derecho a la salud física y mental y se les envenenó el pensamiento con el odio más férreo; como si por un acto de cirugía se les hubiera extirpado el corazón y se les hubiera extraído toda la bondad. 
Continúan maquillando el horrible rostro de un gobierno cruel que abandona a sus ciudadanos; que los entrega indefensos ante los monstruos que ha formado con su mensaje de pelea y muerte; que ha despreciado sus vidas con la más vergonzosa indiferencia. Un gobierno que equivocadamente ha gastado millones y aún continúa desperdiciando nuestro dinero para comprar armas para la única guerra que enfrenta en su propia casa y en la que mata a sus propios hermanos.
Pueden alegrarse, cantar, y hasta acudir a Dios para interceder por una vida que les ha negado a los hijos de su propia patria el derecho más fundamental de todo ser humano. Pueden continuar guardando su basura bajo la elegante alfombra de colores vivos pretendiendo que no pasa nasa, pero en las calles de nuestro país la sangre ha perdido su rojo rutilante para convertirse en un morado opaco y sombrío; para convertir las dulces y esperanzadas almas de las madres en un desierto desolado y triste que llora y gime.
Dios no le pertenece a nadie, no es exclusivo de ninguna religión. Todos tienen la libertad de venir a El cuando quieran y hacer sus peticiones; pero no pensemos que un poco de oración pública puede limpiar un alma que no se ha arrepentido. La relación con Dios es personal, no es un encuentro a través de otros; es un cara a cara; es una rendición total de nuestro ser a la voluntad suprema. Ciertamente, Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de Su voluntad, pero solo un corazón contrito y humillado puede llegar hasta El.
Cuándo vendremos delante de Dios para clamar al unísono por una nación que pierde a sus hijos; por una patria enferma en la que los hermanos se odian; en la que el don más sublime dado al hombre, la vida, se desvanece en las manos del violento. Cuándo entenderemos que al único que debemos rendir adoración es al Dios autor y dador de la vida. Hasta cuándo seguiremos levantando ídolos, como los israelitas en medio del desierto. Hasta cuándo seguiremos idolatrando hombres en un culto frenético a la personalidad.
Por nuestra parte, seguiremos clamando a Dios por nuestra nación, seguiremos levantando nuestra voz ante la injusticia, seguiremos declarando verdades y proclamando la vida. Seguiremos llorando la muerte de cada venezolano, seguiremos abrazando a sus seres queridos.
Para nosotros la vida no tiene precio que pueda ser pagado; para nosotros la sangre que tenía que ser derramada ya fue entregada en la cruz del Calvario. Para nosotros que estimamos la vida de cada uno como la propia, proclamamos nuevamente sobre nuestra nación la bendición de Dios sobre todos y pedimos VIDA!!!
“En el camino de la justicia está la vida; Y en sus caminos no hay muerte”.
Proverbios 12:28.

Rosalía Moros de Borregales

@RosaliaMorosB

lunes, 15 de agosto de 2011

Lo que hay en el corazón determina lo que somos




Indudablemente que el corazón, hablando en términos físicos, es el motor de nuestro cuerpo; si él está en buenas condiciones nos sentimos saludables, si deja de latir, todo nuestro cuerpo dejará de funcionar. De la misma manera es nuestro corazón, hablando en términos espirituales, ese centro de nuestro ser en donde residen nuestras emociones, nuestros sentimientos, pensamientos e intelecto. Del corazón depende nuestra vida, lo que somos, lo que hablamos y cómo obramos.
Es en el corazón del hombre donde nacen y crecen los sentimientos que nos unen a los seres que nos rodean. Es el corazón la fábrica de nuestros sueños, donde se han originado las grandes ideas que han traído grandes beneficios a la humanidad. De la misma manera, es también el “lugar” de donde han surgido los grandes males que ha vivido la humanidad. El corazón de algunos hombres ha sido la fábrica de odios que se ha traducido en millones de muertes en el mundo entero. Cuando Jesús enseñaba a sus discípulos les hablaba acerca de cómo reconocer a las personas por los frutos que dan en sus vidas: “Porque cada árbol se conoce por su fruto; pues no se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo”. Lucas 6:43-45.
Es en el corazón donde se originan las palabras pronunciadas por nuestras bocas. Las palabras son solo la traducción de lo que en esencia hay allí. Cuando abrimos una botella de vino esperamos degustar el sabor de la uva, porque es esa la esencia de lo que reside en la botella. Por eso no es difícil discernir lo que hay en el corazón de alguien. Cuando una persona habla, de la abundancia de su corazón fluyen las palabras. Ellas reflejan lo que hay en el corazón. Aún cuando una persona haga uso de palabras “bonitas” para expresarse, es fácil descubrir lo que está más allá de las palabras. Recuerden que cuando las palabras no coinciden con el testimonio de vida carecen de sentido, pierden toda su efectividad; porque son los hechos los que hablan más fuerte que todas las palabras, y al mismo tiempo los que hacen que las palabras cobren vida. Como bien lo expresa el evangelio: “Lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre. Del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios y las blasfemias”.  Mateo 15:18.
         Más aún, la mayoría de las veces, no es necesario hacer uso excesivo de las palabras para dar a conocer lo que hay en nuestros corazones. Sencillamente la manera como obramos mostrará nuestro tesoro. No puede quien tiene un corazón lleno de odios expresar amor, por tan solo el uso de las palabras adecuadas. Estas palabras serán huecas, como címbalos que retiñen, incapaces de expresar una melodía armoniosa.       
Estamos viviendo momentos históricos en los cuales es absolutamente necesario que agudicemos nuestro discernimiento para tomar decisiones. Hemos tenido suficiente para evaluar lo que hay en el corazón de los líderes que aspiran guiar el futuro de nuestra patria. Busquemos los consejos de la infinita sabiduría de Dios, para juzgar justamente.

“No nos sentemos a comer el pan con el hombre avaro, porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él. Come y bebe, nos dirá, pero su corazón no está con nosotros.” Proverbios 23: 6-7
¡Juzguemos!

Rosalía Moros de Borregales

        
        
         

viernes, 12 de agosto de 2011

Presidente, no hay integridad en un cambio sin arrepentimiento




En la vida de todo ser humano suceden acontecimientos inesperados que no son controlados ni determinados por el deseo de su voluntad. Pero, la  respuesta a cada uno de estos acontecimientos si le compete a la voluntad de cada individuo. La puerta del cambio del corazón del hombre es una de esas pocas que solo tienen llave por el lado interno. Otros pueden tratar de persuadirnos de muchas maneras y a través de diferentes mensajes, pero al final la decisión de hacer un cambio en el rumbo de nuestras vidas es absolutamente individual.
Sin embargo, como no vivimos solos sino en comunidad, las decisiones que tomamos trascienden las barreras de nuestra individualidad y afectan de una u otra forma a quienes están a nuestro alrededor. Hemos observado que ante la experiencia de este acontecimiento inesperado de su enfermedad, Ud. ha decidido cambiar el lema repetido hasta la saciedad por su persona y sus seguidores: “Patria socialista o muerte”. Finalmente, fue su decisión, a pesar de que en varias oportunidades y a través de diferentes personas se hicieron análisis éticos de las consecuencias fatales de dicho lema, instándole  a modificarlo.
Personalmente, me alegro de que no se escuche más este lema en Venezuela. Ahora bien, Ud. ha proclamado un nuevo lema y otra vez, al igual que cuando decidió éste, ha tomado su decisión sin explicarle a la nación su significado. Aún a los niños más pequeños los padres deben explicarles las decisiones que toman y las consecuencias de éstas. Como Presidente de esta nación, cuyas decisiones afectan la vida nacional, es necesario que Ud. ofrezca al pueblo venezolano, no solo una explicación sobre el significado de esta nueva idea rectora, sino también perdón por haber proclamado durante tanto tiempo palabras llenas de odio, que como flechas lanzadas han volado por los cielos hiriendo a nuestra patria.
El concepto cristiano de arrepentimiento conlleva no solo el sentir pesar por los actos cometidos, por la maquinación guardada, o por la palabra hablada, sino la actitud restauradora y compensadora hacia aquellos que han sufrido las consecuencias del mal que se ha ocasionado. No basta con cambiar un lema, es necesario cambiar de actitud; y la actitud de un corazón no se puede maquillar con palabras bonitas, porque la fuerza del alma impregna con su sello todo lo que hacemos. Las palabras manifiestan el color con el que está teñida el alma.
Cuando cambiamos de actitud en el centro de nuestro propio ser interior, entonces ese cambio se manifiesta en todo lo que somos; entonces imprimimos a nuestras palabras la luz que ha iluminado nuestras almas. Rectificar es de valientes. Pedir perdón es un ejercicio del alma noble

“El que encubre sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y se aparta de ellos alcanzará misericordia. Bienaventurado el hombre que siempre teme a Dios, pero el que endurece su corazón 
caerá en el mal”. Proverbios 28:13-14.

Rosalía Moros de Borregales


lunes, 1 de agosto de 2011

RESTAURANDO LOS MUROS




En la antigüedad las ciudades estaban rodeadas de muros, con la finalidad de ser protegidas de los enemigos; en esos muros se encontraban las atalayas o torres desde las cuales los vigilantes podían atisbar cualquier cambio en el horizonte, y de esta manera dar aviso a las autoridades para tomar las decisiones necesarias a fin de hacer frente a la situación presentada. Cuando un muro o parte de éste era derribado o sufría cualquier cambio a consecuencia de los enfrentamientos era reparado de inmediato, puesto que suponía, para la época, la seguridad de la ciudad.
Gracias a la evolución del pensamiento del hombre, al respeto a los pueblos y a las libertades conquistadas, esos muros fueron desapareciendo y las fronteras se convirtieron sencillamente en delimitaciones trazadas en los mapas. Sin embargo, aunque no existen las paredes físicas, si existen esas murallas que no se ven, pero que están formadas por un conjunto de sentimientos, valores y principios que constituyen la moral de una nación.
En nuestra amada Venezuela los muros se encuentran derribados, solo que esta vez no tuvimos un enemigo foráneo que se ensañó contra nosotros, sino que de nuestra propia tierra surgieron los detractores, que sembrando el odio más férreo han herido a la madre patria. Han utilizado el arma más letal para el alma del hombre, la cual tiene una característica de peste o enfermedad contagiosa, pues fácilmente se disemina, y poco a poco va convirtiendo al corazón de todos en el mismo pozo de amargura, incapacitándolo para vencer al mal con el bien.  
En la Biblia se relata la historia de un hombre llamado Nehemías quien al enterarse de que el muro de Jerusalén estaba en ruinas y sus puertas destruidas por el fuego, lloró y clamó a Dios pidiéndole perdón por los pecados de los Israelitas y por los propios, al mismo tiempo que le pidió le concediera éxito para la tarea de restauración del muro. (Nehemías 1). Luego se fue a su pueblo y alentó a sus hermanos a levantarse de la depresión y a reedificar. Por supuesto, fue despreciado por algunos, los cuales opusieron resistencia; pero él no se dejó amedrentar y confió en su Dios quien desbarató el plan de los enemigos; mientras él reunía a los que estaban dispuestos y repartió el trabajo para la reedificación del muro.
En el proceso, Nehemías no solo tuvo que tomar precaución contra las maquinaciones de sus adversarios, sino también tuvo que exhortar a sus conterráneos a la unidad y a rectificar caminos torcidos. No fue una tarea fácil, pero él se mantuvo en la oración: “Acuérdate de mí para bien, Dios mío” _“Ahora, Dios mío, fortalece mis manos”. _  Y también, dándole ánimo al pueblo: _“Venid y reconstruyamos el muro para que ya no seamos objeto de deshonra”. _” El Dios de los cielos nos prosperará, y nosotros sus siervos nos levantaremos y edificaremos”. _  (Nehemías 3 y 4).
Si cada uno de nosotros permanece en su obstinada actitud alejado de Dios, nuestros corazones se endurecerán aún más y nuestra tierra será como un desierto lleno de rocas. Es hora de que los venezolanos invoquemos el nombre de Dios sobre nuestra nación. Es hora de pedir perdón y enmendar los caminos torcidos. El tiempo del quebrantamiento ha llegado, pero no el de la tristeza que paraliza y destruye, sino el del arrepentimiento personal que nos lleva a Dios, y el del necesario clamor que cada uno está en el deber de hacer por nuestra patria. ¡Vamos a levantarnos a restaurar nuestros muros!
“La alabanza a Dios es un espíritu quebrantado, Él no despreciará a un corazón contrito y humillado”. Salmo 51: 17.

Rosalía Moros de Borregales.