jueves, 25 de noviembre de 2010

EN EL FOSO DE LOS LEONES

             Dice la historia bíblica que Daniel fue encontrado por el rey Darío como un hombre de un espíritu superior, al cual el rey pensó en ponerlo sobre todo el reino. (Daniel 6:3). Este pensamiento del rey se tradujo en asignar a Daniel a un puesto de autoridad en su reinado. Pero como la envidia es abundante en aquellos de alma mediocre, cuenta la historia que los sátrapas buscaban ocasión para acusar a Daniel en lo relacionado con el reino; pero no pudiendo hallar ninguna falta en él, entonces planearon acusarlo en relación a su fe en Dios. Se presentaron ante el rey y le aconsejaron que promulgara una ley en la cual ningún hombre podría hacer ningún tipo de petición ni a persona alguna, ni a ningún dios fuera del rey; en caso contrario sería echado al foso de los leones… El rey entonces firmó la ley y la selló. (Daniel 6:7-8)
            Cuando Daniel supo que el nuevo edicto había sido firmado, se fue a su habitación y abrió sus ventanas hacia Jerusalén, y sin temor alguno ante la ley promulgada, se arrodillaba y oraba tres veces al día. Pero aquellos que maquinaban la maldad, usaron su posición de poder para cumplir sus propios deseos; y juntándose  hallaron  a Daniel  orando y rogando en presencia de su Dios. (Daniel 6:10-11). Entonces fueron ante el rey acusando a Daniel, y dice la Palabra de Dios que al rey le pesó y trabajó hasta el amanecer tratando de librarlo (Daniel 6:14), pero en su afán de acabar con aquel que tenía la gracia de Dios y gracia ante los ojos del rey, los sátrapas lo rodearon, al rey, y lo forzaron a cumplir… ¡El rey estaba atrapado en su propia ley! Entonces trajeron a Daniel y el rey le dijo: “El Dios tuyo, a quien tu sirves, él te libre” (Daniel 6:16). Y seguidamente echaron a Daniel en el foso con los leones; y el rey se fue a su palacio, no pudo comer, ni conciliar el sueño.
A la mañana siguiente fue a ver que había pasado con Daniel, y al llamarlo, recibió respuesta: “Mi Dios envió su ángel, el cual cerró la boca de los leones para que no me hicieran daño, porque ante él fui hallado inocente; y aún delante de ti, oh rey, yo no he hecho nada malo”. (Daniel 6:21). Sacaron pues a Daniel del foso, y para sorpresa de todos “ninguna lesión fue encontrada en él porque había confiado en su Dios” (Daniel 6:23). Luego el rey mandó que a todos  aquellos quienes acusaban a Daniel, fueran echados al foso de los leones, y aún no habían llegado al fondo, cuando ya los leones habían quebrado sus huesos (Daniel 6:24). La historia termina con una alabanza del rey al Dios de Daniel. (Daniel 6:25-27).
Más allá de lo increíble de esta historia, más allá del hecho de que Daniel fue salvado de haber sido devorado por los leones. Pensemos que en ella hay muchas enseñanzas que aprender; pensemos que cuando un ser humano es íntegro en su proceder, cuando es fiel a Dios, cuando sus principios rigen su vida, no hay nada, ni nadie que pueda contra él. Y que aún si le quitaran la vida, jamás podrían quitarle la dignidad de la cual carecen aquellos que la menosprecian. Aquellos que tienden trampas, que cambian reglamentos, que aprueban nuevas leyes que se adapten a sus pretensiones de maldad, que persiguen a seres inocentes, que usan el poder de su posición para robar, matar y destruir.
Pensemos también que en los momentos más difíciles de nuestras vidas, como individuos, como familias, como nación, son los momentos en los cuales debemos echar mano de nuestra fe, en los cuales debemos ser valientes y continuar proclamando el nombre de Dios. Momentos en los que la oración debe ser nuestra arma más preciada, porque como me dijo mi hermano en estos días: “El que se arrodilla delante de Dios puede pararse delante de cualquier hombre”.
Es tiempo de confiar en Dios…

Rosalía Moros de Borregales



lunes, 15 de noviembre de 2010

LA TRASCENDENCIA DE LAS PALABRAS


            Los seres humanos poseemos diversos dones que nos engrandecen, entre ellos la Palabra es un preciado tesoro. Ese maravilloso don a través del cual nos comunicamos y expresamos los secretos de nuestros corazones. A través de la palabra el poeta derrama su alma, el escritor expresa sus pensamientos, el abogado proclama su sentencia y el maestro imparte sus lecciones. A través de la palabra bendecimos a nuestros hijos cada mañana, levantamos el ánimo exaltando cualidades, damos esperanza; pero también condenamos y creamos destrucción.
            Es realmente impresionante como en el mundo moderno de las comunicaciones podemos ver con gran frecuencia el abuso del uso de las palabras. Palabras que son distorsionadas, palabras que usadas fuera de su contexto van perdiendo su verdadero significado. Palabras que se profieren sin percatarnos de su inmensa trascendencia en los oídos que las escuchan. Palabras que contienen un gran poder destructor, pero que son habladas ligeramente. Es así, como de repente para sorpresa nuestra escuchamos en un programa infantil un -¡maldito seas!-, o un -¡idiota!- O leemos en un artículo de prensa la amargura elevada a su máxima expresión. O escuchamos en un discurso insultos gratuitos hacia aquellos que disienten de los pensamientos del orador.
            Sin embargo, es maravilloso como las palabras pueden tener un efecto tranquilizador, como pueden darnos confianza, hacernos reír en un momento de tristeza, devolvernos la esperanza cuando creemos que todo esta perdido, sanarnos una herida del alma, liberarnos del rencor cuando proclamamos el perdón, en fin, sencillamente bendecirnos la vida. Y son estas palabras las menos habladas, las menos escuchadas, las que más escasean en nuestras vidas. Pareciera que nos pesa la lengua para decir un -¡buenos días!- o un -¡te quiero!- o expresar un cumplido a quien lo merece. Somos prontos para la crítica no sana, pero lo bueno se nos queda atrapado en las gargantas.
            La misma herramienta es usada para construir y para destruir, la diferencia esta en la mano que la usa. Somos nosotros, individualmente, los que decidimos lo que hacemos con lo que Dios nos ha dado. Podemos bendecir, edificar, exhortar y consolar, o podemos maldecir, destruir y entristecer, porque como dice un proverbio: “La lengua apacible es árbol de vida, pero la perversidad de ella es quebrantamiento de espíritu”. (Proverbios 15:4). ¡Es la misma lengua! La diferencia es la fuente que la alimenta, el corazón del cual sacamos el bien o el mal. Como dijo Jesús: “¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca”. (Mateo 12:34).
            Por lo tanto está en nosotros el poder de decisión para convertirnos en personas cuyas palabras sean transformadoras creando bien, en nuestras propias vidas y en las vidas de otros. Somos nosotros quienes decidimos la trascendencia que nuestras palabras tendrán. Somos nosotros los que decidimos dejar una huella de amor a través de nuestras palabras o crear un infierno que destruye todo cuanto va encontrando a su paso. Hagamos que nuestras palabras se conviertan en vida y bendición. ¡Las palabras tienen poder!
“La vida y la muerte están en poder de la lengua; y el que la ama, comerá de sus frutos”. (Proverbios 18:21)

Rosalía Moros de Borregales

miércoles, 10 de noviembre de 2010

CREADOS CON UN PROPOSITO

           Según el existencialismo del siglo XX, vivimos en un mundo carente de algún sentido o finalidad en sí mismo, habitamos un universo sin Dios, y solo poseemos una vida fugaz, tras la que no hay ningún más allá. Heidegger el máximo representante de esta corriente filosófica en el siglo XX expresaba: “Continuamente nos vemos obligados a encarar un más que incierto futuro tomando decisiones sin saber exactamente qué consecuencias tendrán, de ahí que nuestra existencia se vea continuamente asediada por la culpa y la ansiedad, sobre todo a la hora de afrontar la muerte”. Según él, nuestras vidas no son más que un absurdo cuyo único sentido es el que queramos darle nosotros mismos.
Y esta, es la manera como muchos han vivido, y están viviendo sus vidas, sin ningún propósito, sin un norte, sin un camino que seguir. Muchos van detrás de los apetitos de su carne, y piensan que es necesario “vivir intensamente” porque “la vida es una sola y hay que vivirla”. Otros, viven encerrados en sí mismos, a pesar de estar rodeados de millones, incapaces de establecer vínculos y compromisos con otros seres humanos, por el miedo al dolor, la decepción y la culpa o por egoísmo. Más aún, hay otros que simplemente viven la vida de un día tras otro con la tristeza y la soledad inmensa del ser humano alejado de Dios.
 ¿Realmente podría este Universo el cual continuamente nos sorprende con la perfección de su creación, ser tan solo un producto del azar? ¿O acaso, es solo la Tierra una industria productora de seres humanos con un ciclo de vida, y nada más? ¿Podría el producto de un hecho azaroso mostrar tanta inteligencia? Nuestro planeta nos muestra como en él cada ser, cada cosa, tienen en sí mismos un propósito, que se conecta con el propósito más elevado de sustentar la vida.
La verdad es que a lo largo de la historia muchos han tratado de encontrar una explicación, una respuesta a las clásicas interrogantes de: ¿Por qué estamos aquí? y ¿Para dónde vamos después de la muerte? El hombre ha tratado de erigirse a sí mismo como el máximo exponente de la creación, lo cual ciertamente es, pero alejado de la concepción de Dios. Quizás porque en la complejidad del Universo, la idea de Dios le ha parecido demasiado simple para considerarla. O quizás porque se ha sentido demasiado grande e importante en la conducción del planeta, y se ha hecho a sí mismo su propio dios, creando un caos del cual él es la principal víctima.
Sin embargo, cuando nos remitimos a la Biblia, en el Génesis y leemos como fue el proceso de la creación, vemos una y otra vez que se repite la frase: “Y vio Dios que era bueno”, y más adelante, “Y que era bueno en gran manera”. Génesis 1: 31. Sí, porque todo lo que Dios creó es real y maravillosamente bueno, pero nosotros, los seres humanos, hemos transformado muchas cosas buenas en horrores superando nuestra propia capacidad de asombro ante la maldad que hemos creado.
Ciertamente, en nuestra búsqueda hemos creído que la sencillez con que se nos presenta Dios, lo reduce y lo aleja de la complejidad de su creación. Pero Dios y su propósito para con el hombre se reducen a la sencilla historia de la cruz del calvario; en la cual un hombre llamado Jesús de Nazaret dió su vida por todos y cada uno de nosotros (Juan 3:16), y en su cuerpo llevó todos nuestros pecados; pagando con su muerte nuestra liberación (Isaías 53:5). Más aún, no solo murió sino que también resucitó (Marcos 16:6) y venció la muerte para mostrarnos su deidad, para mostrarnos la trascendencia de la vida, la cual en Dios tiene un propósito que va más allá de sí misma y nos abre la puerta de la eternidad (Juan 14:1-3)
La grandeza del conocimiento del propósito de Dios a través de su Palabra, la Biblia, es precisamente que nos libera de las cadenas que nos atan a una vida sin sentido. Porque en Dios somos todos seres especiales, creados para un propósito en su reino. Y en el reino de Dios no hay accidentes. Tú y yo estuvimos en el pensamiento de Jesús en su crucifixión y estamos hoy en el pensamiento de Dios. Tu eres valioso (a) para Dios, tu vales la sangre de su hijo Jesucristo. El te ve a través de su hijo, y en su hijo El te ama y te invita a cumplir su propósito en ti a través de su gracia.
Amo ese versículo que dice: El Señor cumplirá su propósito en mi, tu misericordia Oh Dios es para siempre, no desampares la obra de tus manos”. Y cada día de mi vida me llena de inspiración su fidelidad.  El jamás abandonará la obra de sus manos. Tan solo respetará tu libre albedrío para tomar la decisión de abrirle la puerta de tu corazón, y cuando se la abras descubrirás una vida plena, aún en medio de la aflicción del mundo, y sobre todo, sabrás que: No eres un producto del azar de la naturaleza, sino que estas aquí con un propósito que cumplir.

Rosalía Moros de Borregales