domingo, 2 de julio de 2017

LA CAÍDA DEL SOBERBIO

La soberbia es un mal que corroe el alma del ser humano; no afecta solo a quien la padece sino que va dejando una huella desventurada que se extiende tanto como sea el campo de influencia de la persona. La Real Academia de la Lengua Española la define como la satisfacción y el envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás. Más allá de la autocontemplación, el soberbio es dirigido por la idea de la supremacía de sus capacidades, de tal manera que actúa con desdén y menosprecio hacia quienes pretenden aconsejarle o instruirle. La soberbia es el primer síntoma que manifiestan quienes han sido contaminados por el poder. La soberbia conlleva a la violencia, pues el soberbio no entiende de razones; su envanecimiento le conduce a la imposición, a la fuerza sin razón.

Enclavada en uno de los libros del Antiguo Testamento encontramos una historia que describe claramente lo que acontece a quienes persisten en una actitud soberbia hacia sus semejantes y sobre todo hacia su Creador. Nos narra el profeta Daniel (capítulos 4 y 5) la historia de Belsasar, hijo del rey Nabucodonosor de Babilonia, quien hereda un reino transformado por el fruto del arrepentimiento, ya que su padre sufrió largamente las consecuencias de su soberbia y rectificó. Pero, Belsasar "embriagado por el poder de la grandeza de su reino" lleva una vida fatua, marcada por acciones insensatas producto de su soberbia.

Un buen día, mientras el rey Belsasar se encontraba en un festín acompañado de sus principales, de sus mujeres y concubinas unas extrañas palabras aparecieron escritas en la pared del recinto donde estaban reunidos: "Mene, Mene, Tekel, Uparsin". Cuenta la Biblia que Belsasar se turbó en gran manera queriendo entender el significado de aquellas palabras. Entonces, hizo venir ante su presencia a magos, astrólogos y adivinos, quienes después de agotar sus posibilidades no pudieron darle la interpretación. Sin embargo; la Reina, inspirada por un remanente de cordura, le recuerda al rey Belsasar sobre aquel profeta Daniel, quien había interpretado los sueños de su padre Nabucodonosor (Daniel 5:8-10).

Entonces, Daniel fue llamado a la corte del rey, y le fueron ofrecidas grandes recompensas a cambio de la interpretación de las palabras escritas en la pared. Daniel, hombre de bien, responde en la integridad de su corazón: "Sean tus dones para ti, da tus recompensas a otros. Leeré la escritura al Rey y le daré su interpretación". (Daniel 5: 14-18). Comienza la interpretación de Daniel, recordándole a Belsasar sobre el enaltecimiento de su padre: "A quien le placía mataba..., engrandecía a quien le placía y a quien le placía humillaba. Pero, un día, después de que su corazón se ensoberbeció y su espíritu se endureció en su orgullo, fue depuesto del trono de su reino, y despojado de su gloria (Daniel 5: 20-21).

Luego, Daniel le habla con la verdad sobre su propio enaltecimiento. Belsasar no aprendió de la experiencia de su padre: "Pero tú, su hijo Belsasar, no has humillado tu corazón..., sino que contra el Señor de los Cielos te has ensoberbecido, tú y tus grandes... Nunca honraste al Dios en cuya mano está tu vida"... (Daniel 5:22-24).  La interpretación revelada a Daniel mostraba la consecuencia inexorable para un alma envanecida por la soberbia del poder. Dios quebranta al soberbio y enaltece al humilde.

Nuestra nación ha sido víctima de la soberbia. Comenzando por quien lleva sobre sus hombros la más alta responsabilidad de conducir a Venezuela, la mayoría de los gobernantes se han caracterizado por una profunda soberbia que les ha cauterizado la razón; ciegos y sordos han sido incapaces de ejecutar la justicia. Han gobernado para sus propios intereses ignorando la voz de los ciudadanos que claman por un cambio certero de rumbo. Aunque la tragedia sorpresivamente ha tocado a quienes gobiernan, no han mostrado una actitud humilde; por el contrario, persisten en el mal hinchados de soberbia, como si el poder temporal de su autoridad los hubiera hecho olvidar la fragilidad de ellos mismos, de la misma manera que le sucedió a Belsasar.

Creamos o no creamos en Dios, le creamos o no le creamos a Él, le demos en nuestros corazones un lugar, o nos creamos todopoderosos, envanecidos por nuestra propia soberbia; de cualquier manera, siempre podremos ser sorprendidos por la acción de la mano de Dios que escribe una sentencia sobre nuestras vidas. Belsasar se sintió grande, vivió la temporalidad de su reino como si fuera lo definitivo. Pero Dios levantó su mano y ejecutó su palabra:

"Mene, Mene: Contó Dios tu reino y le ha puesto fin. Tekel: Pesado has sido en balanza y hallado falto. UPARSIN: Tu reino ha sido roto y dado a los medos y a los persas". (Daniel 5: 24-27).

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