miércoles, 19 de julio de 2017

¿Quién es Jesús de Nazaret?

¿Quién es Jesús de Nazaret?
Hoy me siento triste, quizá hoy es uno de esos días en que tenemos mil preguntas sin respuestas. Un día en el que nos despedimos forzadamente de un ser humano que iluminó nuestra vida. La muerte es tan segura, tan común, tan inevitable; sin embargo, cuando llega nos hiere tanto, nos plantea profundas interrogantes, nos muestra una nueva perspectiva de la vida. Nos saca de lo efímero para colocarnos ante lo realmente importante y trascendente.
Ante este enorme sentimiento, ante todas mis inquietudes bañadas de tristeza elevo mi corazón al Señor. En mis lecturas del Evangelio me encuentro con la reacción de Jesús de Nazaret cuando supo la noticia de la muerte de su primo y amigo Juan, el que lo había bautizado en el Jordán. Dicen las Sagradas Escrituras que al enterarse Jesús de la noticia se apartó solo, en una barca, a un lugar desierto (Mateo 14:1-14). Una reacción profundamente humana en un ser verdaderamente divino. Recordando a mi amigo, me hago de nuevo su pregunta: ¿Quién es Jesús de Nazaret?
Los pasajes a continuación me dan la más contundente respuesta. Lo primero que me dice el Evangelio es que después de regresar de ese tiempo de soledad, Jesús vio a una gran multitud que le buscaba; entonces, tuvo compasión de ellos, sanó a los que estaban enfermos, para luego, con tan solo cinco panes y dos peces, alimentar a más de cinco mil. Probablemente, viendo a sus discípulos exhaustos, después de la repartición, les manda a ir al otro lado de la ribera. Pero él se queda, despide a la multitud y se va al monte a orar.
Continúo leyendo lo que sucedió después. Entonces, una vez más en mi vida siento esa presencia sublime que me consuela, que me conforta, que me enseña. Es el pasaje que narra cuando Jesús y Pedro caminan sobre el mar. Los discípulos habían estado luchando con una gran tormenta, Jesús se dirige hacia ellos, pero ellos piensan que es un fantasma y gritan de miedo. Entonces, Jesús les responde con tres frases que siento que nos hablan en medio de cualquier circunstancia: ¡Tened ánimo! Soy yo. No temáis.
Pedro, inspirado quiso comprobar su identidad y le pide: Señor, si eres Tú manda que yo vaya a ti sobre las aguas (Mateo 14:22-32). Ante la mirada perpleja de todos sus compañeros, Pedro se levanta en fe, comienza a andar sobre las aguas; luego, al sentir el fuerte viento, la duda lo embarga. Por último, se deja sucumbir por el miedo y comienza a hundirse. Entonces grita: ¡Señor, sálvame! Jesús extiende su mano y sostiene a Pedro, un hombre que se deja asaltar por la duda, un hombre de poca fe. Pero cuánto admiro a Pedro, cuánto deseo ser como él para darle siempre una oportunidad a mi fe, para ver al Señor extendiéndome su mano en los momentos más oscuros, cuando la duda y el temor me hagan sucumbir.
Al momento de subir a la barca la humanidad de aquellos pescadores ya había recibido la revelación de la divinidad de Jesús. El viento se calma proveyendo una prueba más. Inmediatamente, se acercan a Él, caen sobre sus rodillas y lo adoran diciendo: Verdaderamente eres hijo de Dios. Finalmente, los discípulos supieron quién era Jesús de Nazaret. ¡Ellos estaban en la presencia del Hijo de Dios! Aunque habían presenciado la alimentación de los cinco mil, habían sido testigos de milagros y toda clase de sanidades, todavía no habían entendido quién era realmente este hombre. En la suave luz de la incipiente aurora, ellos piensan que es un fantasma. Pero, tras un despliegue de escenas inimaginables comprueban su verdadera identidad.
Al llegar al otro lado de la orilla mucha gente reconoció a Jesús. Lo veían como un maestro, como un sanador, como un hacedor de milagros, pero no lograron identificarlo como lo hicieron los discípulos, como el Hijo de Dios. Ellos solo pensaban en la ayuda que Él podía darles, pero nunca pensaron que Él estaba en medio de ellos para salvarles. Al hacerse esa pregunta: ¿Quién es Jesús de Nazaret? Mi amigo comprendió que más allá del maestro, más allá del sanador, ese Jesús era el Mesías, su salvador, el salvador del mundo.
"¡Tened ánimo! Soy yo. No temáis". Mateo 14:27b.

Rosalía Moros de Borregales
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domingo, 2 de julio de 2017

LA CAÍDA DEL SOBERBIO

La soberbia es un mal que corroe el alma del ser humano; no afecta solo a quien la padece sino que va dejando una huella desventurada que se extiende tanto como sea el campo de influencia de la persona. La Real Academia de la Lengua Española la define como la satisfacción y el envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás. Más allá de la autocontemplación, el soberbio es dirigido por la idea de la supremacía de sus capacidades, de tal manera que actúa con desdén y menosprecio hacia quienes pretenden aconsejarle o instruirle. La soberbia es el primer síntoma que manifiestan quienes han sido contaminados por el poder. La soberbia conlleva a la violencia, pues el soberbio no entiende de razones; su envanecimiento le conduce a la imposición, a la fuerza sin razón.

Enclavada en uno de los libros del Antiguo Testamento encontramos una historia que describe claramente lo que acontece a quienes persisten en una actitud soberbia hacia sus semejantes y sobre todo hacia su Creador. Nos narra el profeta Daniel (capítulos 4 y 5) la historia de Belsasar, hijo del rey Nabucodonosor de Babilonia, quien hereda un reino transformado por el fruto del arrepentimiento, ya que su padre sufrió largamente las consecuencias de su soberbia y rectificó. Pero, Belsasar "embriagado por el poder de la grandeza de su reino" lleva una vida fatua, marcada por acciones insensatas producto de su soberbia.

Un buen día, mientras el rey Belsasar se encontraba en un festín acompañado de sus principales, de sus mujeres y concubinas unas extrañas palabras aparecieron escritas en la pared del recinto donde estaban reunidos: "Mene, Mene, Tekel, Uparsin". Cuenta la Biblia que Belsasar se turbó en gran manera queriendo entender el significado de aquellas palabras. Entonces, hizo venir ante su presencia a magos, astrólogos y adivinos, quienes después de agotar sus posibilidades no pudieron darle la interpretación. Sin embargo; la Reina, inspirada por un remanente de cordura, le recuerda al rey Belsasar sobre aquel profeta Daniel, quien había interpretado los sueños de su padre Nabucodonosor (Daniel 5:8-10).

Entonces, Daniel fue llamado a la corte del rey, y le fueron ofrecidas grandes recompensas a cambio de la interpretación de las palabras escritas en la pared. Daniel, hombre de bien, responde en la integridad de su corazón: "Sean tus dones para ti, da tus recompensas a otros. Leeré la escritura al Rey y le daré su interpretación". (Daniel 5: 14-18). Comienza la interpretación de Daniel, recordándole a Belsasar sobre el enaltecimiento de su padre: "A quien le placía mataba..., engrandecía a quien le placía y a quien le placía humillaba. Pero, un día, después de que su corazón se ensoberbeció y su espíritu se endureció en su orgullo, fue depuesto del trono de su reino, y despojado de su gloria (Daniel 5: 20-21).

Luego, Daniel le habla con la verdad sobre su propio enaltecimiento. Belsasar no aprendió de la experiencia de su padre: "Pero tú, su hijo Belsasar, no has humillado tu corazón..., sino que contra el Señor de los Cielos te has ensoberbecido, tú y tus grandes... Nunca honraste al Dios en cuya mano está tu vida"... (Daniel 5:22-24).  La interpretación revelada a Daniel mostraba la consecuencia inexorable para un alma envanecida por la soberbia del poder. Dios quebranta al soberbio y enaltece al humilde.

Nuestra nación ha sido víctima de la soberbia. Comenzando por quien lleva sobre sus hombros la más alta responsabilidad de conducir a Venezuela, la mayoría de los gobernantes se han caracterizado por una profunda soberbia que les ha cauterizado la razón; ciegos y sordos han sido incapaces de ejecutar la justicia. Han gobernado para sus propios intereses ignorando la voz de los ciudadanos que claman por un cambio certero de rumbo. Aunque la tragedia sorpresivamente ha tocado a quienes gobiernan, no han mostrado una actitud humilde; por el contrario, persisten en el mal hinchados de soberbia, como si el poder temporal de su autoridad los hubiera hecho olvidar la fragilidad de ellos mismos, de la misma manera que le sucedió a Belsasar.

Creamos o no creamos en Dios, le creamos o no le creamos a Él, le demos en nuestros corazones un lugar, o nos creamos todopoderosos, envanecidos por nuestra propia soberbia; de cualquier manera, siempre podremos ser sorprendidos por la acción de la mano de Dios que escribe una sentencia sobre nuestras vidas. Belsasar se sintió grande, vivió la temporalidad de su reino como si fuera lo definitivo. Pero Dios levantó su mano y ejecutó su palabra:

"Mene, Mene: Contó Dios tu reino y le ha puesto fin. Tekel: Pesado has sido en balanza y hallado falto. UPARSIN: Tu reino ha sido roto y dado a los medos y a los persas". (Daniel 5: 24-27).

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