viernes, 10 de abril de 2015

Tu corazón en un alabastro

Hay momentos en la vida de cada ser humano en los que un gesto, una mirada o una acción expresan la verdad del alma. El corazón revela el significado de las palabras que se guardan en el silencio, el gesto traduce sentimientos que se enlazan con el corazón del otro. En tiempos de Jesús de Nazaret ocurrió uno de estos hechos que impactó tanto a nuestro Señor que El mismo aseveró que en cualquier lugar del mundo donde se proclamara su evangelio la historia de esta mujer sería contada y ella sería recordada.

Estaba Jesús en Betania, sentado a la mesa en la casa de Simón el leproso. Entonces, llegó una mujer con un un vaso de alabastro que contenía  perfume de nardo puro, el cual era muy costoso. Rompió el vaso de alabastro derramando el perfume sobre la cabeza de Jesús.  Algunos de los que allí estaban se enojaron y pensaban: _ ¿Por qué se ha desperdiciado así este perfume?  ¡Podría haberse vendido por más de trescientos denarios, y ese dinero habérselo dado a los pobres! Pero Jesús dijo: Déjenla tranquila. ¿Por qué la molestan? Ella ha efectuado en mí una buena obra. (Marcos 14:1-9)

Los vasos de alabastro fueron usados desde el antiguo Egipto para guardar perfumes de alto valor. El alabastro es un piedra lisa, blanda, traslúcida parecida al mármol blanco; transformarla en un recipiente era todo un arte de gran pericia. Su contenido alcanzaba a una libra de perfume equivalente a 453 mls. Para la época un denario era el salario de un trabajador por día y, de acuerdo a las Escrituras, el valor del perfume de aquella mujer era de 300 denarios. De tal manera que, el utilizar todo el perfume para derramarlo en la cabeza de nuestro Señor suponía a los ojos de los presentes en la casa de Simón todo un desperdicio.

Sin embargo, para aquella mujer el traer su alabastro lleno de ese tan preciado perfume implicaba traer lo mejor de sí al Señor. Quizá, su alma sedienta por el camino desértico de la vida de pecado, de desamor y de dolor reconoció en el Maestro el recipiente digno. Este acto implicó mucho más que ofrecer algo valioso monetariamente, u algo de valor sentimental; fue un acto de la entrega de su corazón, de la rendición de su voluntad al único que podía tomar su vida pecadora y transformarla para convertirla en luz, tal como era El.

¿Desde cuando no vienes ante el Maestro para rendir tu corazón?

¡Ella trajo a Jesús su corazón en un alabastro!

Rosalía Moros de Borregales