jueves, 19 de noviembre de 2015

LA HORA DE DIOS



Por todos es sabida la terrible realidad que vivimos en nuestro país. La violencia que actuaba en secreto, en la oscuridad de la noche o subrepticiamente a plena luz del día, ahora nos muestra su cara de monstruo cercenando vidas que ejercen su legítimo derecho a la protesta, en un país donde se han ido agotando todas las posibilidades de  una vida digna. Las autoridades que deberían defender a los ciudadanos justifican la tortura de jóvenes que hace apenas un tiempo dejaron los pañales. Mientras una madre sufre el horror de ver la cara de su hija destrozada por perdigones y, minutos más tarde enfrenta la muerte de su amada; la máxima autoridad baila con un cinismo que nos deja perplejos.

Por otra parte, muchos de los que piensan que están en el bando de los buenos justifican acciones engendradas en el odio, y el odio no puede dar a luz a la justicia, la cual, en el fondo, es lo que la mayoría desea. Los días pasan y no pareciera que hay una luz al final del túnel para nuestro país. Estamos viviendo la cosecha de semillas del mal que fueron sembradas, regadas y cuidadas por muchos. La Biblia nos señala en el libro de Gálatas 6:7 “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”. Hemos cosechado los frutos del odio.

¡Hemos caminado alejados de Dios! Hemos pretendido reducir al Dios omnipotente, omnipresente y omnisciente a un simple amuleto al servicio de nuestros caprichos. Nos hemos interesado más en adivinar nuestro futuro que en vivir cada día bajo su mano amorosa. Hemos pensado equivocadamente que El está de un lado o del otro; sin entender que su gracia, su luz y su amor están solo con aquellos que con corazón sincero le buscan. Hace tiempo que la palabra arrepentimiento dejó de existir en el vocabulario de muchos; pues, hinchados en su vanidad y soberbia han vivido bajo la hueca filosofía de “no arrepentirse de nada”.

De tal manera que, hemos perseverado en una actitud obstinada, endureciendo nuestros corazones hacia nuestro prójimo; calmando la angustia del vivir diario con placeres egoístas que exaltan el yo y destruyen el nosotros. ¡Pero, no perdamos la fe! Dios no está lejos, El tiene para nosotros pensamientos de bien y no de mal, para darnos el fin de justicia, bondad y verdad que esperamos. La fe en su esencia más profunda es obediencia, la obediencia a sus mandamientos. Por esa razón, es necesario que volvamos a la Palabra de Dios, que cambiemos nuestros pensamientos por los pensamientos de Dios.

Pero, ¿acaso, cambiará una nación que se vuelva a Dios los planes orquestados por un sistema político que pretende sobrevivir y expandirse a costa de nuestras riquezas? Enfáticamente si. Jesucristo no se quedó colgado en la cruz. El resucitó y su Palabra dice que ese mismo poder que lo levantó de la muerte actúa en aquellos que le creen. Dios nos está solo en los templos, El camina con cada uno que le invoca, le obedece y le honra. Así, como muchas pequeñas luces al unirse pueden desplegar una gran luz, de la misma forma, muchos ciudadanos, hombres, mujeres, jóvenes y niños, que rindan sus vidas a Dios, que clamen con fervor cada día y que actúen de acuerdo a sus mandamientos pueden hacer frustrar los planes del mal e instaurar la justicia y la verdad en nuestra nación.

¡Es la hora de Dios! La hora de volvernos con todo nuestro corazón a El. Es la hora de que en cada rincón de la geografía de nuestra patria, en cada hogar, escuela, liceo, universidad; en cada iglesia, en cada lugar de trabajo unamos nuestras voces en oración, pidamos perdón elevando plegarias por nuestra nación. Es la hora de no dejarnos seducir por el mal para acabar con el mal. La hora de bendecir al que te maldice, aun cuando cada célula de tu ser grite que le odies. La hora de estrecharnos las manos entre hermanos venezolanos. Y cuando el mal vestido de humanidad se pare frente a ti para hacerte daño, primero invoques el nombre de Dios, y luego, abras tu boca con la autoridad y el amor que provienen de El. Te aseguro que Dios hará más allá de lo que te imaginas. ¡Es la hora de Dios!

"Nos hemos olvidado de Dios. Hemos olvidado la misericordiosa mano que nos guardó en paz, nos multiplicó, nos enriqueció y nos fortaleció. Y, con nuestro corazón engañoso, hemos supuesto, vanamente, que todas estas bendiciones eran producto de alguna sabiduría superior o virtud propia. 
Intoxicados por triunfos ininterrumpidos, hemos llegado a ser demasiado autosuficientes como para sentir la necesidad de redención y gracia, demasiado altivos como para orar al Dios que nos creó. 
Nos corresponde humillarnos ante el Poderoso, confesando nuestros pecados nacionales y pidiendo clemencia y perdón en oración".  Abraham Lincoln.

Rosalía Moros de Borregales.

@RosaliaMorosB


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