viernes, 16 de enero de 2015

Cuando el problema es más grande que tu posibilidad



Constantemente estamos sometidos a toda clase de presiones, digamos que lo común en la cotidianidad de la vida es ir quitando los obstáculos del medio para poder seguir adelante. Cada día trae consigo sus propios afanes; sin embargo, de repente, sin aviso, se nos presenta una de esas situaciones que nos abruman, que restan todas nuestras fuerzas, nos roban la paz y sacuden hasta los cimientos de nuestra existencia.

Entonces, al tener este tipo de experiencias se nos presentan dos caminos. Por un lado, podemos dejarnos arrastrar por la hecatombe, dejarnos robar la paz, entregarnos a la frustración y echarnos a morir. O, por otro lado, podemos venir ante Dios reconociendo nuestra insuficiencia y al mismo tiempo su grandeza, su inmenso amor por aquellos que confían en El.

Hay una historia bíblica, narrada en el libro de II de Crónicas en el capítulo 20. El rey Josafat fue avisado de una gran multitud de Moab y Amón que venía contra ellos para atacarlos. Su primera reacción fue sentir miedo; por supuesto, somos humanos, con terminaciones nerviosas, con limitaciones. Pero, el rey Josafat no se quedó paralizado por el miedo, inmediatamente convocó a su pueblo a una gran asamblea, hicieron ayuno y pidieron socorro ante Dios.

El rey se levantó en medio de la asamblea y dijo: “Señor, Dios de nuestros padres, ¿no eres tu Dios en los cielos, y dominas sobre todos los reinos de las naciones? ¿No está en tu mano tal fuerza y poder que no hay quien te resista?” Su oración no comenzó hablando de la fuerza y poderío de los ejércitos que venían contra ellos para atacarlos, sino con el reconocimiento de la fuerza y el poder de Dios, el Señor. Luego, expone su causa, presenta a sus enemigos y reconoce su limitación:
“ Nosotros no tenemos fuerza con que enfrentar a la multitud tan grande que viene contra nosotros; no sabemos qué hacer y a ti volvemos nuestros ojos”.

Una actitud que revela la dependencia que Josafat tenía de Dios como rey de Jerusalén y de Judá. Un corazón que humildemente reconoce su insuficiencia, pero que al mismo tiempo se llena de fe al poner sus ojos en Dios. Mientras, en lo más intrincado de su mente decide no mirar a la gran multitud que se les venía encima, Dios le habla a través de un profeta: “No temáis ni os amedrentéis delante de esta multitud tan grande, porque no es vuestra la guerra sino de Dios”. Además, les da instrucciones específicas de lo que deben y no deben hacer.

El rey mantiene al pueblo reunido en oración, creyendo la palabra que Dios les había dado a través del profeta Jahaziel, adoran al Rey de los cielos y mientras entonaban cánticos de alabanza sus enemigos cayeron en las emboscadas que tenían preparadas contra ellos. Al poco tiempo, aquella multitud tan grande se convirtió en cadáveres tendidos en la tierra, el famoso valle de Beraca. Ellos no tuvieron que pelear. ¡Ellos le creyeron a Dios y, Dios peleó por ellos!

Cuenta la Biblia que todos los hombres de Jerusalén y Judá con el rey Josafat a la cabeza fueron a Beraca donde recogieron el botín de sus enemigos y regresaron con gran gozo por la gran liberación que Dios les había dado. Desde aquel día en adelante cuando sus vecinos supieron como Dios había peleado por ellos los respetaron de tal manera que el reino de Josafat tuvo mucha paz… “porque Dios les dio paz por todas partes”.

Quizá el ejército de Moab y Amón que viene contra ti se llama adicción; una enfermedad que ha tomado a tu cuerpo como rehén; el divorcio que destruye a tu familia; un hijo que saca más lágrimas de ti que sonrisas; la mentira que gobierna tu vida; el resentimiento contra alguien que amas con dolor; quizá el trabajo que tanto anhelas pero que no llega. En fin, tu Moab y tu Amón pueden ser tantas cosas, personas y situaciones; pero el Dios de Josafat es el mismo ayer, hoy y siempre.

Aunque sientas miedo acércate hoy al Señor, tu Dios. Pon tus ojos en El en primer lugar, reconoce su grandeza y espera en El. Si tu problema es más grande que tu posibilidad de resolverlo, recuerda que la importunidad del hombre es la oportunidad de Dios para hacer sus milagros.

Rosalía Moros de Borregales
rosymoros@gmail.com
@RosaliaMorosM





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