sábado, 20 de septiembre de 2014

Refugio en el océano



Nuestro planeta está lleno de ejemplos de la vida en grupos o familias. Basta mirar a la naturaleza en cualquiera de sus ecosistemas para darnos cuenta que, al igual que los seres humanos, la vida en familia es el común denominador entre las diferentes especies. Desde niña fui una gran soñadora con respecto a la familia, aunque siempre tuve aspiraciones profesionales, nunca hubo nada más importante en mis metas, en mi propósito de vida, que el maravilloso sueño, el inmenso deseo de llegar a formar una familia amorosa y armónica. Hoy estamos de aniversario, también viendo a nuestros hijos arribar a la culminación de sus estudios de pregrado, inmensamente agradecidos a Dios por tener aun en medio de nosotros a nuestros padres, quienes ya superan los cincuenta y sesenta años de vida matrimonial, ejemplos vivientes de amor.

Estoy escribiendo, pero realmente estoy sumergida a 18 metros de profundidad en nuestro mar Caribe deleitándome de la diversidad de especies en el arrecife de coral. Una vez que he superado toda la parafernalia de los equipos y la técnica para sumergirme, puedo sentirme bienvenida en un ambiente al cual no he sido invitada; sin embargo, pareciera recibirme calurosamente. No solo me permite disfrutar de sus colores, de la belleza que encierra su diversidad, también suscita en mi una profunda inspiración. Mientras nado lentamente mis ojos se recrean con un cardumen de intensos morados que al ver de cerca parecieran haber recién salido de la paleta de un pintor; más allá me embelesa otro cardumen tan numeroso que atravieso con mi movimiento ondulado de patadas dóciles que no quieren perturbar la armonía de estos diminutos peces amarillos, adornados con una fina línea negra en sus lomos, así como la elegancia de un caballero que da el toque final a su atuendo con una fina corbata.

Hoy amanecí con muchas emociones a flor de piel. Llevo días pensando, meditando, respirando profundamente, como si en cada inhalación tratara de conservar la vida, los sentimientos, los momentos que pasan y se escurren entre mis manos como el agua que me rodea, que aunque toco no puedo atrapar. Y así hago mientras buceo, en cada inhalación retengo el aire, expando mis pulmones, lo respiro serenamente, tratando de relajar todo mi cuerpo. Quizá por eso, al concluir cada inmersión en mi tanque hay suficiente reserva como para empezar de nuevo. Así como hay suficiente reserva en mi corazón para empezar cada mañana esta obra de amor. Mientras avanzo me encuentro de frente con una linda parejita de peces ángel, pareciera que mi presencia no les molesta en absoluto, los percibo amables, cuando estamos casi frente a frente, hago un suave movimiento a la derecha para dejarlos pasar, después de todo ellos están en su casa, es su territorio, yo soy solo una intrusa admiradora. Entonces, me doy vuelta y los sigo con mi mirada hasta que los pierdo cuando entran en una de esas cuevas que tienen como hogar, como refugio en el arrecife de coral.

Inspirada en esa parejita alcanzo a mi esposo, quisiera decirle muchas cosas, llenarle el corazón de poesía. Aunque en el mundo submarino nos hablamos por medio de señas, le tomo la mano y se la acaricio tratando de infundirle, en ese toque suave pero áspero por la deshidratación de mis manos en el agua, todo el amor que me une a él. Su rostro se voltea hacia mi, se quita la boquilla y dibuja un beso en sus labios. Le sonrío con los ojos, vuelvo mi mirada al arrecife y allí, en medio del océano, agradezco a Dios por mi matrimonio, por mi hijos, por el refugio que representa mi familia. Nunca antes había llorado debajo del agua, un sentimiento enorme me embarga, las lágrimas fluyen copiosamente de mis ojos, debo hacer algunos ajustes para rectificar mi visibilidad y mis oídos. No tengo miedo, me siento confiada en Dios, también confiada en mi compañero de buceo que ha sido mi amigo por veintiséis largos años. Aunque a veces nuestras vidas han sido como ese arrecife de coral, llenas de vericuetos, siempre en cada quiebre del camino, en cada dificultad hemos encontrado en Dios el tesoro que nos ha impulsado a seguir adelante en la construcción de este amor.

Me encanta sumergirme para mirar debajo de las cavernas que forma el arrecife, siempre encuentro especies hermosas, extravagantes, de colores vibrantes, como una colección del más puro arte. Así como el arrecife alberga miles de especies en sus más intrincados recovecos, así la vida alberga miles de enseñanzas en cada hueco que caemos, en cada obstáculo que encontramos en el camino. Pero en Dios siempre hay un horizonte lleno de posibilidades, de sorpresas infinitas para aquellos que comprometidos con su familia se atreven a explorar las profundidades del amor de Dios. Estoy absorta en mis pensamientos, en esa conversación de mi alma con Dios, tratando de contener mis emociones; de repente, uno de mis hijos me hace la señal de una tortuga con su mano. Como un consuelo inmediato la emoción de poder ver a esta bella criatura me llena de alegría, tomo una gran bocanada de aire y nado con fuerza tratando de alcanzarla, a diferencia de la creencia popular estos seres no son nada lentos, nadan hábilmente con gracia y destreza. Logro estar muy cerca, aunque tengo por norma no tocar nada en este hermoso mundo submarino que me recibe siempre con tanta bondad, no me resisto a la tentación de pasar mi mano cariñosamente sobre su caparazón, a penas la rozo y quedo sorprendida por la suavidad que acaricia mis dedos. Rápidamente, supera mi nado y se pierde en el azul del océano.

No me da tiempo de extrañar esta sorpresa, el día de hoy ha estado repleto de bellos momentos; como uniéndose a la celebración de mi aniversario cinco tortugas más van apareciendo una a una en nuestro nadar. Tantas veces nos perdemos de estos sencillos pero majestuosos espectáculos que nos da la vida; nos quedamos anclados en la tristeza, en la pérdida, en el dolor de una experiencia amarga y damos todo por terminado cuando el océano de posibilidades yace incógnito ante nosotros. Ha llegado el momento de subir a la superficie, he vivido intensamente esta inmersión, como siempre en el ascenso mi esposo me toma de la mano. A medida que subo me despido de este mundo tan hermoso que hoy de una manera tan especial se reveló ante mi. Al ver tu mano tomando por completo la mía siento que nos faltan muchos océanos por explorar, muchos mares que nuestro barco aun debe surcar. Y así como hoy el océano fue mi refugio, siento que siempre, tomados de la mano, encontraremos refugio en el océano de Dios.


“El Dios eterno es tu refugio; por siempre te sostiene entre sus brazos. Expulsará de tu presencia al enemigo”. Deuteronomio 33:27

Rosalía Moros de Borregales
rosymoros@gmail.com
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