sábado, 9 de agosto de 2014

No dará tu pie al resbaladero


La vida no es una autopista, es una vía de largos senderos llenos de toda clase de obstáculos. A veces disfrutamos de una calzada, mientras muchas otras recorremos caminos escarpados. Las mismas aflicciones son padecidas por todos; aún, la gente más buena y noble atraviesa túneles oscuros en los que la luz es tan solo una esperanza de su alma. Uno de los pasajes de las Sagradas Escrituras que me ha impactado más es narrado por el apóstol Juan en su evangelio (16:33) "Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo."

Es Jesús dando instrucciones a sus discípulos, expresándoles su amor, el amor del Padre, los tiempos por venir e instándoles a confiar. Un reto nada fácil de enfrentar para aquellos hombres en aquel tiempo. De la misma manera, un desafío para nuestra fe en el mundo actual, en la Venezuela de ahora. Pero, ¿cómo tener esa clase de fe? ¿Cómo confiar cuando nuestras vidas se tambalean ante esas aflicciones de antemano anunciadas?  ¿Cómo lograr paz en medio de la angustia? ¿Cómo acallar la voz del corazón que grita desesperadamente en medio de la soledad más inmensa? ¿Cómo poder ver a Jesús en medio de la oscuridad, del dolor, de la angustia?

Es necesario verlo en la cruz para comprender a plenitud su amor mostrado en su sacrificio. Sentirnos amados por aquel que lo dio todo, que se entregó a sí mismo para darnos vida. Cuando humildemente aceptamos que no hay salvación para ninguno de nosotros fuera de Jesús; cuando entendemos que fuimos amados y que ese amor está vigente, entonces, podemos confiar. Poner con absoluta seguridad nuestra vida en las manos de quien ya ha vencido a este mundo con todas sus aflicciones; quien ha superado todos los obstáculos venciendo aun a la muerte.

Y ¿cómo entender la profundidad y grandeza de su amor? Acercándonos al trono de su gracia. No podemos tomar del agua si no venimos a la fuente. No podemos ser abrazados por ese amor sublime si no abrimos nuestro corazón. ¿Acaso, nuestra inhabilidad para venir ante El podría hacer nulo su amor? ¿Acaso, nuestra incredulidad podría hacer nula la fidelidad de Dios? De ninguna manera, Dios es galardonador de los que le buscan, honra el amor de quienes confiadamente se acercan a El. Y si nosotros siendo malos honramos el amor de nuestros hijos, cuánto más nuestro Padre Celestial nos concederá la gracia de vencer porque El ya ha vencido.

Debemos reconocer que nos hacemos especialistas en profesiones y oficios con el estudio concienzudo y la practica constante, mas cuando se trata de Dios   vivimos en la ignorancia más absoluta. Le damos relevancia a cuanto charlatán     que pretende definir nuestras vidas por medio de la alineación de los planetas; de la influencia mística de un mortal que no ha podido enderezar su propia vida; de fórmulas mágicas que requieren sacrificios, pero son incapaces de liberar nuestros corazones del miedo, porque no nos dan amor, porque no nos asignan el valor que tenemos ante Dios.
Por eso, mientras voy caminando por la vida, y por mas que me esfuerzo me doy cuenta que hay parajes imposibles de sobrevivir sin morir en el intento, elevo mis ojos al Cielo. Desde lo más profundo de mi alma susurro una oración a mi Padre celestial; el recuerdo de Cristo clavado en la cruz, entregando hasta la última gota de su sangre por mi salvación, me embarga un amor indescriptible. El temor se desvanece, siento sus brazos que me envuelven y una voz que me dice: "No dará tu pie al resbaladero".


"Alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene del Señor, que hizo los cielos y la tierra. No dará tu pie al resbaladero, ni se dormirá el que te guarda". (Salmos 121:1-3)

Rosalía Moros de Borregales

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@RosaliaMorosB