sábado, 30 de agosto de 2014

Como los dedos de una mano

Este artículo es la primera lectura de mi libro Reflexiones para Venezuela. Hoy en la víspera de la boda de nuestro hijo Leonardo D. lo dedico con todo mi amor a mi nueva hija Isabel Cecilia 


            Cuando era niña acostumbrábamos a hacer la sobremesa, recuerdo que me encantaba escuchar las historias que nos contaba papá acerca de su infancia, sus padres, sus hermanos y de cómo se había enamorado de mamá. Recuerdo que en varias oportunidades nos hablaba de la importancia de permanecer unidos como familia.

            Un día papá nos dijo que examináramos nuestras manos; algo sorprendida, sin entender hacia donde nos llevaba, volví mis ojos hacia mis manos y con ellos las seguí en un movimiento suave de arriba hacia abajo y de un lado hacia el otro. Después de unos instantes, recuerdo que él comenzó a exaltar las diferencias entre unos y otros. Fulano es alto y rubio, es alegre y dicharachero, Zutana es baja y de cabellos oscuros, es más seria y también inteligente…, y así fue describiéndonos a cada uno, exaltando las diferencias físicas y  de personalidad entre unos y otros.

            Como mi padre ha sido siempre abundante en sus elogios, pronto me concentré en la rima de sus palabras en forma de versos, y olvidé mis manos, mientras él paseaba con su mirada alrededor de la mesa y nos tocaba el alma con sus ojos café. Pero mi padre no había olvidado su propósito, siempre ha estado empeñado en mostrarnos las riquezas que hay en ser familia, la multiplicidad de cualidades que podemos encontrar en la variedad de caracteres, lo maravilloso que es el aceptarnos unos a otros. La inmensa aventura que es la vida y lo hermosa que puede ser cuando vamos acompañados en el camino: “Porque mejor son dos que uno, porque si uno cae el otro lo levanta; porque si uno tiene frío el otro lo abriga”.

            De repente, volví mi atención a mis manos, y pensé: _A papá se le olvidó el asunto de las manos. En la curiosidad de mi mente de niña, esperaba impacientemente el desenlace de toda esta declaración de amor de mi padre hacia todos nosotros. Pero mi padre no había olvidado, él tenía muy claro su propósito, tan claro como la luz del mediodía, tan claro que han pasado más de treinta años de aquella sobremesa y lo recuerdo nítidamente, casi puedo revivir los aromas de la deliciosa comida, casi puedo ver los ojos de mi madre bañados de lágrimas.

            Entonces, apurado por la impaciencia de los más pequeños que inquiríamos una explicación acerca de la minuciosa observación que nos había demandado hiciéramos de nuestras manos, nos dijo: _Así como en una mano todos los dedos son diferentes, unos más gorditos, otros más largos, otros menos agraciados pero más útiles, como el pulgar, todos tienen una función en ese conjunto que llamamos la mano, todos pertenecen a una unidad, todos son parte de un todo sin perder su individualidad._ Así, hijos míos, así es la familia. Somos uno en Dios, y somos todos diferentes, pero somos miembros los unos de los otros. Siempre permanezcan unidos, recuerden que somos COMO LOS DEDOS DE LA MANO.

Rosalía Moros de Borregales
@RosalíaMorosB




sábado, 23 de agosto de 2014

Estar a tu lado

Dedicado a mi hijo Leonardo Daniel Borregales Moros.
Hijo, a pesar de la distancia siempre estaré a tu lado amandote.
Ningún lugar está lejos cuando el corazón está cerca.

Pienso que hay una fuerza poderosa en las relaciones humanas, es una fuerza capaz de sanar, liberar, renovar y engrandecer. Es todo un potencial que puede ser la mejor medicina para el alma; por supuesto, como todo en la vida, esta fuerza puede llegar a ser también negativa. Depende de la fuente que escojamos como provisión para llenar nuestros corazones; depende de las decisiones que tomemos en el camino; de la visión que tengamos del futuro; depende del justo valor que tengamos de nosotros mismos y de aquellas personas y razones a las que le damos importancia cada día.

No hay mayor consuelo en momentos de angustia que el abrazo cálido de un ser amado. No hay nada que nos enternezca más que la sonrisa dulce de tres dientecitos incipientes. Es esperanzador encontrarse con un par de viejitos tomados de la mano. Es un bálsamo para el corazón cansado sentarse en un parque, contemplar a los niños jugando, escuchar sus risas y al instante sentir que también nosotros nos estamos carcajeando. Amanecer tristes, buscando fuerzas para seguir adelante y encontrarlas al ser sorprendidos por el mensaje alentador de un amigo no tiene precio. Llegar cansados a la casa después de un largo día de trabajo para ser recibidos por la algarabía de nuestro cónyuge y de nuestros hijos puede convertirse en la sinfonía más sublime para nuestros oídos.

Vivimos rodeados de palabras, llenos de dichos, pero las palabras de nuestra madre cuando atravesamos la primera gran prueba de nuestra vida jamás se nos olvidarán: "Tu dolor es mi dolor, tu alegría es mi alegría". Me llena de inspiración cada vez que escucho a mis hijos decir: -Bendición mami-,  los bendigo con las palabras de siempre, pero calladamente, dentro de mi ser, surgen infinitas bendiciones como un manantial que brota a borbotones para llenarles la vida de bien. Mirar al pasado buscando momentos para vernos claramente haciendo tareas, con papá sentado a nuestro lado, explicándonos la materia, es un recuerdo de su compañía activa, del estar allí.

Todo se trata de alguien que nos bendice con su presencia en nuestras vidas. Alguien que nos regala un gesto, una sonrisa, un abrazo, un beso, un regaño, una palabra de admiración. Se trata de estar al lado de quienes amamos, de quienes nos necesitan, de quienes son nuestra responsabilidad. Se trata de nuestra presencia activa en la vida de otros, de la presencia de ellos en nuestras vidas. Se trata de estar al lado, de hacer el camino juntos, de saber que estás allí. De sentir que mi silencio puede hablarte tanto como la más profunda de nuestras conversaciones. De saber que mi mirada puede ser el abrigo de tu alma; que tu alma puede ser el refugio de la mía.

De eso se trata la amistad, el ser cónyuges, de eso se trata el ser padres e hijos, el ser familia, el tener a alguien a quien amar. Y lo más hermoso que he encontrado en la vida es que también de eso se trata la relación que Dios desea entablar con cada ser humano. Una y otra vez podemos encontrar en las Sagradas Escrituras que Dios nos manifiesta que su presencia estará siempre a nuestro lado; que Él no nos abandonará en tiempos de crisis; que su mano será sobre nosotros. De la manera que Cristo, al despedirse de sus discípulos les consuela prometiéndoles la presencia del Espíritu Santo para estar allí al lado de ellos guiándoles a toda verdad en sus vidas. Y de la misma forma, en la que Él se entristece al ver que ellos no pudieron acompañarle, no estuvieron a su lado en la hora de su angustia antes de ser llevado a la cruz.

De eso se trata siempre el amor, de estar allí, de estar a tu lado... 
Rosalía Moros de Borregales

rosymoros@gmail.com 

http://familiaconformealcorazondedios.blogspot.com

@RosaliaMorosB

sábado, 16 de agosto de 2014

La paz que nace de la angustia



Una de las porciones de las Sagradas Escrituras que más me ha impactado a lo largo de mi vida es la de Isaías 9:6 donde se expresan los diferentes calificativos del mesías. Todos describen la grandeza y magnificencia de Dios: Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. En particular me llena profundamente pensar en Jesús como el Príncipe de Paz; creo que nos muestra ese lado profundamente humano del Cristo que caminó las calles de Galilea, que estuvo en contacto con el hombre en sus más profundas angustias, como la del padre impotente ante un hijo atormentado; la de la mujer sin fuerzas por el flujo de sangre; la de la oscuridad de los ojos de Bartimeo; como la de aquella mujer a quien no le importaba recibir aunque fueran las migajas que caen de la mesa; como la de la mujer adúltera a punto de ser apedreada; como la del hombre cuya hija yacía postrada por la fiebre.

Todos de una u otra manera hemos vivido momentos de angustia. En algunas ocasiones hemos sentido un temor que nos oprime el pecho, sin entender su causa; en otros momentos hemos sido sorprendidos por eventos o situaciones que nos han hecho sentir como atrapados en un hoyo sin salida. La ansiedad ha inundado nuestros pensamientos, la turbación y la congoja nos oprimen de tal manera el corazón que no sabemos si el dolor es una emoción, o si nos está dando un infarto. Hacemos una inhalación profunda tratando de alcanzar el aire, la sangre pareciera hervir mientras recorre todo nuestro cuerpo en el intrincado sistema circulatorio, nuestras manos tiemblan, sudan, pierden su calor; los labios se secan, la garganta se ahoga en un grito de silencio.

Por un instante estoy absolutamente sola, nadie me acompaña, nadie me recuerda, nadie me ama. ¡Dios me ha abandonado! Entonces las palabras de la Biblia retumban en mi mente: _ ¡Príncipe de Paz! Desde lo más profundo de mi corazón, allí en medio de la angustia de ese hueco oscuro, mi alma se aferra a El; lo llamo con desesperación, el alma me llora, las lágrimas recorren profusamente mi rostro, no hay nadie para enjugarlas, una inmensa soledad me hace sentir desolada. Sin embargo, mi mente persevera en El, todo este dolor es verdad; pero Jesucristo es la verdad más grande de mi vida. Pienso en su cruz, en su dolor, en su entrega y tengo la certeza de que El ya vivió esta angustia, que la venció con su muerte, que la dejó aplastada para siempre con su resurrección.

Tantas mentiras levantadas a lo largo de la historia de la humanidad: estamos solos, somos producto del azar, nos movemos en un mundo que no tiene salvación, la vida no vale la pena, no hay eternidad, Dios nos ha abandonado. Todas golpean mi mente como gritos de terror; pero por sobre todo ese ruido su voz me dice: Yo soy el Príncipe de Paz. Entonces, elevo mis ojos y se encuentran con su tierna mirada; allí está El, victorioso, apacible, seguro, como el Príncipe de Paz. Me toca con su amor y cambia mi tristeza por óleo de gozo, mi espíritu angustiado por manto de alegría. No es una algarabía, no es una fiesta de colores, es un sentimiento sosegado que me llena plenamente. Ahora, tengo la certeza de que no hay hueco más oscuro que su luz no pueda iluminar, no hay dolor más intenso que su amor no pueda sanar, no hay angustia más profunda que su paz no pueda calmar.

“Aunque ande en valle de sombre de muerte, no temeré mal alguno porque tu estarás conmigo”. Salmo 23:4

Rosalía Moros de Borregales
@RosaliaMorosB










sábado, 9 de agosto de 2014

No dará tu pie al resbaladero


La vida no es una autopista, es una vía de largos senderos llenos de toda clase de obstáculos. A veces disfrutamos de una calzada, mientras muchas otras recorremos caminos escarpados. Las mismas aflicciones son padecidas por todos; aún, la gente más buena y noble atraviesa túneles oscuros en los que la luz es tan solo una esperanza de su alma. Uno de los pasajes de las Sagradas Escrituras que me ha impactado más es narrado por el apóstol Juan en su evangelio (16:33) "Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo."

Es Jesús dando instrucciones a sus discípulos, expresándoles su amor, el amor del Padre, los tiempos por venir e instándoles a confiar. Un reto nada fácil de enfrentar para aquellos hombres en aquel tiempo. De la misma manera, un desafío para nuestra fe en el mundo actual, en la Venezuela de ahora. Pero, ¿cómo tener esa clase de fe? ¿Cómo confiar cuando nuestras vidas se tambalean ante esas aflicciones de antemano anunciadas?  ¿Cómo lograr paz en medio de la angustia? ¿Cómo acallar la voz del corazón que grita desesperadamente en medio de la soledad más inmensa? ¿Cómo poder ver a Jesús en medio de la oscuridad, del dolor, de la angustia?

Es necesario verlo en la cruz para comprender a plenitud su amor mostrado en su sacrificio. Sentirnos amados por aquel que lo dio todo, que se entregó a sí mismo para darnos vida. Cuando humildemente aceptamos que no hay salvación para ninguno de nosotros fuera de Jesús; cuando entendemos que fuimos amados y que ese amor está vigente, entonces, podemos confiar. Poner con absoluta seguridad nuestra vida en las manos de quien ya ha vencido a este mundo con todas sus aflicciones; quien ha superado todos los obstáculos venciendo aun a la muerte.

Y ¿cómo entender la profundidad y grandeza de su amor? Acercándonos al trono de su gracia. No podemos tomar del agua si no venimos a la fuente. No podemos ser abrazados por ese amor sublime si no abrimos nuestro corazón. ¿Acaso, nuestra inhabilidad para venir ante El podría hacer nulo su amor? ¿Acaso, nuestra incredulidad podría hacer nula la fidelidad de Dios? De ninguna manera, Dios es galardonador de los que le buscan, honra el amor de quienes confiadamente se acercan a El. Y si nosotros siendo malos honramos el amor de nuestros hijos, cuánto más nuestro Padre Celestial nos concederá la gracia de vencer porque El ya ha vencido.

Debemos reconocer que nos hacemos especialistas en profesiones y oficios con el estudio concienzudo y la practica constante, mas cuando se trata de Dios   vivimos en la ignorancia más absoluta. Le damos relevancia a cuanto charlatán     que pretende definir nuestras vidas por medio de la alineación de los planetas; de la influencia mística de un mortal que no ha podido enderezar su propia vida; de fórmulas mágicas que requieren sacrificios, pero son incapaces de liberar nuestros corazones del miedo, porque no nos dan amor, porque no nos asignan el valor que tenemos ante Dios.
Por eso, mientras voy caminando por la vida, y por mas que me esfuerzo me doy cuenta que hay parajes imposibles de sobrevivir sin morir en el intento, elevo mis ojos al Cielo. Desde lo más profundo de mi alma susurro una oración a mi Padre celestial; el recuerdo de Cristo clavado en la cruz, entregando hasta la última gota de su sangre por mi salvación, me embarga un amor indescriptible. El temor se desvanece, siento sus brazos que me envuelven y una voz que me dice: "No dará tu pie al resbaladero".


"Alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene del Señor, que hizo los cielos y la tierra. No dará tu pie al resbaladero, ni se dormirá el que te guarda". (Salmos 121:1-3)

Rosalía Moros de Borregales

rosymoros@gmail.com
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@RosaliaMorosB