lunes, 25 de marzo de 2013

Reflexión en el ocaso



Mi mirada fija en el horizonte, con mi corazón contemplando al poniente; aunque nadie deja correr sus manos sobre las teclas del piano, pareciera que una de sus hermosas melodías danzara con las anaranjadas pinceladas en el lienzo del cielo. Mi alma se siente plena, en una inhalación profunda trato de contener la pureza del ambiente, la grandeza de estos breves instantes, la eternidad de estos segundos...

La vida es el don más preciado del hombre, sin ella nada de lo que conoce le pertenece, fuera de ella todo es un misterio al que solo caminan confiados aquellos que han tenido la revelación del Amado. El miedo nos abraza en los momentos cercanos a la muerte, solo el estar en paz con Dios nos da alas para volar sin temor al encuentro de lo desconocido...

Durante este último año, en la medianía de mi vida, me encontré cara a cara con la muerte. Entonces, descubrí dentro de mi propio ser la grandeza de mi fe cristiana, mis más profundas pasiones, los verdaderos amores de mi vida. No sentí que ella estuviera inconclusa, solo me sentí muy pequeña. Con humildad deseé que pudiera ser recibida más allá del cielo, solo por el puro amor con que me amó; que pudiera ser reconocida entre los míos, solo por el amor con que los amé...

Cada vida debe ser apreciada. Cuando el ser humano respete la vida de sus semejantes como un derecho fundamental e inalienable; cuando entienda que su comienzo y su fin deben ser potestad divina y no humana, solo entonces entenderá que todas las vidas un día fueron valoradas...

Hay unos que viven largas vidas, y hay otros a quienes la prisa del tiempo los alcanza. Lloré desconsoladamente la muerte de la abuela quien contaba con 94 años el día de su partida; también lloré con un dolor muy profundo la despedida de mi sobrina a sus cinco meses. Hay unos que en toda una vida no marcan huellas de bendición, hay otros que en la brevedad de su paso nos dejan el alma impregnada de aromas eternos...

Hay quienes luchan horas incansables contra la enfermedad, quienes vencen y vuelven a vencer en el umbral, y hay aquellos cuyas vidas se rompen como una frágil copa de cristal; pero todas las vidas deben ser valoradas por igual. El sol calienta al que ama tanto como al que odia; y la lluvia que cae riega la tierra de todos por igual. No le concierne al hombre acabar la vida sino darle la mejor existencia posible...

En el camino de la vida se van sembrando semillas, y en el recorrido se van saboreando los frutos. Las leyes del universo son inalterables. Solo Dios sabe y recompensa las intenciones de cada corazón. Pero el hombre de alma mezquina siempre envidia la obra del hombre espléndido y, aunque los dos fueron hechos del polvo y al polvo volverán, la vida de uno trascenderá en la luz y la del otro en las tinieblas...

El perdón debería encontrarnos a todos en algún momento del camino. Todos necesitamos ser perdonados; todos tenemos a alguien, a algunos o a muchos a quien perdonar. Pero la soberbia en el corazón del ser humano se resiste a quitar las piedras que impiden el fluir del amor. No el amor del sentimiento, no el amor de la emoción, sino el amor vestido de compasión, armado con la decisión; el amor que conoce la fragilidad del ser humano, el amor que hace saber al poderoso y al débil la igualdad de condiciones en el ocaso de la vida...

ROSALÍA MOROS DE BORREGALES 

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@RosaliaMorosB

Las tres O del cristiano

http://www.reportecatolicolaico.com/2013/03/las-tres-o-del-cristiano/
Hace pocos días tuve la visita muy placentera de un amigo a quien le debo mucho. Él ha sido una de las personas más influyentes en mi vida, después de papá fue la persona que despertó en mí ese gran amor por las Sagradas Escrituras.  Estar un rato a su lado es conocer cada vez un poco más de lo que Dios quiere para nosotros. Es sentir como ese libro pesado, extraño, a veces inentendible que conocemos como la Biblia se convierte en luz y sabiduría para nuestras vidas. La lección que esta vez me dio este amigo del alma se resume en el título de este artículo que hoy deseo compartir con ustedes.
Se refiere a tres acciones que debe tomar el cristiano para crecer en el conocimiento de Dios. Son tres verbos que a lo largo de la Palabra tuvieron especial importancia en la vida de aquellos que llegaron a tener una verdadera relación de amistad con el Creador. Se trata de las tres O del cristiano: O de Orar, O de Oír y O de Obedecer. Sin duda, una regla mnemotécnica que bien pudiera convertirse en los pasos a seguir en cada circunstancia en la que esperamos actuar bajo la guía de la mano de Dios.
En primer lugar, la O de orar nos señala que no hay comunión con Dios si no transitamos el camino de la oración. Todos los grandes personajes cuyas vidas han sido descritas en la Biblia fueron hombres y mujeres de oración. La expresión de sus corazones al Señor se convirtió en algunos casos en cánticos de alabanza y en otros en un clamor del alma, pero en todos los casos, fue una expresión de la dependencia del ser humano de su Hacedor.
Acercamos a Dios a través de la oración es una demostración de nuestra humildad, es el reconocimiento de nuestra insuficiencia, al mismo tiempo que de Su suficiencia. El solo hecho de dirigirnos a Él con una oración aprendida, o con la expresión espontánea de nuestro corazón es invitarlo a involucrarse en nuestras vidas, es aceptar su plan para nosotros. La oración debe convertirse en una disciplina espiritual diaria en la vida de cada creyente. Lamentablemente muchos de los que nos llamamos cristianos solo oramos cuando nos encontramos en circunstancias adversas. En algunas ocasiones he dicho que si los cristianos oráramos con la constancia y el fervor de los musulmanes el mundo sería diferente.
En segundo lugar, tenemos la O de Oír, lo que nos lleva a la sencilla regla que nos enseñaron desde niños sobre la norma del buen oyente. Una vez que hemos hablado con Dios debemos esperar su respuesta, debemos poner nuestro oído atento a su voz; la respuesta de Dios puede venir a nosotros de las más variadas maneras. ¡Él es el Creador del Universo! Él siempre encuentra una manera particular de contestarnos, solo que muchas veces actuamos con Dios como lo hacemos con nuestros semejantes a quienes les hablamos y hablamos, pero no escuchamos. Por esa razón, debemos afinar el oído de nuestro corazón; me refiero a la manera como podemos percibirlo. Algunas veces su voz es fuerte, como lo describe el salmista David, como el estruendo de las muchas aguas; en otras ocasiones su voz es suave y apacible como el silbido a través del cual le habló al profeta Elías.
Y por último, pero no menos importante, la tercera O nos indica la Obediencia. Extraviamos nuestro camino sencillamente porque nuestra naturaleza es ser testarudos, porque tendemos constantemente a hacer las cosas como queremos y no como debemos. Somos indulgentes con nosotros mismos en muchas formas y de maneras en las que no lo aceptaríamos de otros. En el obedecer se encuentra el secreto de una vida plena en el camino de Dios. Muchas veces, aun sabiendo exactamente lo que Dios demanda de nosotros decidimos hacer nuestra voluntad y, de esta manera, nos alejamos de las bendiciones que Él tiene diseñadas para cada uno.
Orar, oír y obedecer, sin duda, fundamentos de una vida de comunión con Dios.

Rosalía Moros de Borregales

El verdadero Cristo de los pobres



La muerte sigue siendo un misterio para el ser humano, todos sabemos que cierra el ciclo de nuestra vida terrenal, sabemos que algún día aquellos que amamos morirán y que nosotros también; sin embargo, la muerte no deja de ocasionar conmoción cuando se aparece en nuestro camino. Más allá, cuando nos enteramos de la muerte de otros que no nos fueron cercanos, de alguna manera desconocida se produce en nosotros un sentimiento de compasión. Habría que tener el corazón lleno de un odio muy grande y sin temor de Dios para alegrarse por la muerte de otro. Aquel que ha entendido la transitoriedad de la vida, sus misterios, su igualdad de condiciones para todos y, la justicia divina no se contentará con la desgracia de otros.

Uno de los misterios que encierra la muerte es que de alguna manera pareciera borrar los errores y desaciertos, pareciera que el dolor por la pérdida enalteciera de tal manera al que se ha ido, que los que se quedan olvidan fácilmente lo malo e injusto. Es lo que ha pasado con la muerte del presidente Hugo Chávez, sus seguidores se han concentrado en sus bondades enalteciéndolo de tal manera que ha llegado a ser ofensivo para aquellos que profesamos la fe cristiana, ya que en su afán por darle un lugar de relevancia en la nación, no han dejado que sea la historia la que cumpla su labor sino que de una manera absolutamente exagerada han tratado de elevar la imagen del presidente hasta llegar a llamarlo "el Cristo de los pobres".

Jesús de Nazaret, el verdadero Cristo, el que murió en la cruz del Calvario hace más de dos mil años dividió la historia, no se propuso o impuso que la historia se narrara en los acontecimientos ocurridos antes y después de Él, la historia misma lo estableció así. Jesús de Nazaret, el verdadero Cristo, es la piedra angular de la cristiandad extendida por toda la faz de la Tierra, su legado ha trascendido siglos de historia y hoy está más vivo que nunca. A diferencia de cualquier otro ser humano al que se le pretenda llamar Cristo, Jesús de Nazaret resucitó de la muerte demostrando que era verdaderamente Dios. No vino al mundo para condenar al hombre, no hizo acepción de personas. Su mensaje fue dirigido a su pueblo judío primeramente, luego a todos, pobres y ricos, cobradores de impuestos, pescadores, enfermos y pecadores de toda clase, oficiales romanos, sacerdotes, hombres, mujeres y niños de todas las clases sociales,  de todas las nacionalidades, de todos los oficios y profesiones.

Jesús de Nazaret, el verdadero Cristo, vino para ser la luz del mundo, para darnos vida que trasciende la vida humana. No solo vino a bendecir en el plano terrenal para proveer el sustento a los pobres. También vino para bendecir el corazón, como lo demuestra ese pasaje del evangelio según San Juan en el que Jesús sana a un joven ciego de nacimiento, y luego se le presenta como el Cristo, el Salvador. El encuentro de este muchacho ciego con Cristo se transformó en sanidad para su cuerpo así como en la salvación eterna de su alma. Él le abrió los ojos del cuerpo así como los ojos del corazón. Porque con Cristo todo se trata siempre del corazón, lo primero y más importante en la vida del ser humano. Las bendiciones materiales son una consecuencia del encuentro con el verdadero Cristo, como lo expresó al final del Sermón del Monte instándoles a buscar primeramente el reino de Dios y su justicia para que todas las demás cosas, esas de las que previamente les había hablado, el alimento, el vestido, el techo vengan por añadidura, es decir, como consecuencia directa.

Lamentablemente Jesús dijo que a los pobres siempre los tendremos entre nosotros, porque El sabe que vivimos en un mundo injusto que genera pobreza; sin embargo, fue a los pobres en espíritu a los que Él proclamó como bienaventurados porque de ellos es el reino de Dios. Esos pobres son aquellos hombres y mujeres capaces de reconocer sus limitaciones; son todos aquellos que han entendido que separados de Dios nada pueden hacer; aquellos que saben con humildad que solo Dios es suficiente porque con Él todo es posible y sin Él nada tiene sentido. Esos pobres en espíritu son los que han reconocido en Cristo al que sana todas sus dolencias, al que perdona todos sus pecados, al que rescata del hoyo sus vidas y el único que los corona de favores y misericordias.

¡Ese es Jesús de Nazaret, el Cristo de los pobres! ¡Esos son los pobres de Cristo!

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