jueves, 6 de junio de 2013

El valor de un hijo


Dedicado a mi amiga Nelly Rudas

Al pensar en los hijos, en mis hijos, recuerdo aquel hermoso poema de nuestro Andrés Eloy Blanco -Los hijos infinitos. Y es que no hay un sentimiento que tenga más carácter de infinidad que el amor que se siente por un hijo. Todas las palabras del poeta recorren nuestra alma, hablan lo que pensamos en nuestro interior, le dan vida a nuestro querer y nos transportan a un sentimiento universal: "cuando se tiene un hijo, se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera".

Definir el valor de un hijo es imposible, no alcanzarían todas las palabras de todas las lenguas de la Tierra para describir la más sublime bendición de nuestras vidas. Un hijo es lo más nuestro, lo más apegado a nuestros corazones y, al mismo tiempo, lo más ajeno. Siempre los llevamos con nosotros aunque ellos vuelen en otro cielo. Son el tesoro que cuidamos con más esmero, no esperamos otra retribución que la felicidad de ellos. Cuando nos convertimos en padres no alcanza el mundo para darles, ni todos los esfuerzos para protegerlos: "cuando se tiene un hijo, se tiene el mundo adentro y el corazón afuera".

Un hijo nos convierte en hacedores, nos da el privilegio de engranarnos en la obra  inmensurable de la creación. Aunque ignoremos cómo se lleva a cabo la formación de la vida a partir de dos pequeñísimas células, cuando participamos en este proceso estamos dando lo mejor de lo más profundo de nuestro ser, y con ello, estamos replicando no solo características definidas de nuestro físico y el de los abuelos, sino de todo lo intangible que yace en nuestra esencia, en nuestro interior. Un hijo nos llena el corazón, dos nos rebosan la copa. Así como aumenta la dicha, aumenta el dolor que traspasa el alma; no solo por los hijos propios, sino por todos los hijos que nuestras miradas encuentran en el camino, que arropamos con nuestro amor: "y cuando se tienen dos hijos, se tienen todos los hijos de la tierra, los millones de hijos con que las tierras lloran, con que las madres ríen, con que los mundos sueñan".

El que llena su casa de hijos, llena su vida de bien; porque no alcanzan todas las lágrimas que se derramen por un hijo, a la felicidad de verlos crecer. Cuando se tiene un hijo el corazón se acerca más a Dios, se vuelve menos egoísta, se rinde al amor. Sus ojitos se convierten en la inspiración para desafiar al mundo, para traer a la mesa los frutos de la tierra con las manos laboriosas llenas de sudor. Cuando se tienen hijos se llena el regazo de algarabía, de risas y carcajadas; también de dolor, lágrimas y tristeza, pero siempre con esperanza porque los hijos son el milagro de la vida: "cuando se tienen dos hijos se tiene la alegría y el ¡ay! del mundo, toda la angustia y toda la esperanza, la luz y el llanto, a ver cuál es el que nos llega, si el modo de llorar del universo o el modo de alumbrar de las estrellas".

Al sentir en mi interior el valor infinito de un hijo, pienso que no podría haber otra forma más grande de la manifestación del amor de Dios por toda la humanidad que el haber entregado a su hijo Jesucristo. Las Sagradas Escrituras nos enseñan que el Hijo vino para entregar su vida por nosotros, para que todo aquel que en Él cree no se pierda sino tenga vida eterna. Dios nos dio lo más preciado de su corazón.

¡El valor de un hijo es inmensurable!

El amor de Dios por ti fue expresado en el valor inmensurable del sacrificio de su Hijo en la cruz. ¡Abraza al Hijo y abrazarás la Vida!

Rosalía Moros de Borregales
rosymoros@gmail.com

http://familiaconformealcorazondedios.blogspot.com

@RosaliaMorosB

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