lunes, 19 de noviembre de 2012

Un hombre conforme al pensamiento de Dios


Dedicado a mis hijos en el Día de la Madre

Siempre he sentido un profundo agradecimiento hacia mi padre por palabras claves que me ha dado en diferentes momentos de mi vida. Cuando cumplí 18 años mi papá me escribió en la tarjeta de felicitaciones unas palabras que nunca he olvidado, que quedaron grabadas en mi ser interior y me han conducido a lo largo de mi vida como una brújula que señala el camino. Esas palabras se encuentran en un libro de la Biblia y dicen así: "Ya se te ha dicho, hombre, lo que es bueno y lo que el Señor pide de ti: tan sólo que practiques la justicia, que seas amigo de la bondad y que camines humildemente con tu Dios".Miqueas 6:8. Sin lugar a dudas, una gran exigencia contenida en breves palabras. Pero las palabras son pensamientos que internalizados se convierten en acciones; y es precisamente eso que llena nuestras mentes, que abarca nuestros más profundos pensamientos, lo que determina lo que somos y, por ende, lo que hacemos.

Al pensar en el primer enunciado, recordamos que desde la antigüedad los griegos contaron a la justicia entre las virtudes que debían cultivar, y Platón en la República la cuenta entre las cuatro virtudes cardinales, expresando que a través de la justicia el hombre confiere a sus semejantes lo que les corresponde o pertenece. Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la justicia representa el derecho y la equidad. Además, la define como el conjunto de todas las virtudes, pues la práctica de la justicia exige del hombre virtudes que van más allá de ella misma, o que la engloban en una unidad indivisible. ¿Entonces, a qué se refieren las palabras de Dios a través del profeta Miqueas? Notemos que se usa el verbo practicar, es decir, que se nos insta a que debe ejercerse continuamente. Nos habla más allá de la justicia ejercida por tribunales basados en leyes; se refiere a la justicia que debe ser practicada cotidianamente, desde las situaciones más sencillas hasta las más trascendentes de la vida. El proceder que deriva de considerar a cada ser humano como un igual y que exige de nosotros la regla de oro: "Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos, pues esto es la ley y los profetas." Mt. 7:12.

El segundo enunciado nos llama a ser amigos de la bondad, es decir, a establecer una relación de afecto con el bien. A sentirnos desinteresadamente impulsados a hacer más allá de lo meramente justo, lo bueno. Nos insta a aprender a practicar el amor de manera universal; a trascender las fronteras de las leyes que nos hacen ser justos, para convertirnos en hombres bondadosos. ¡Es como añadirle a un buen ingrediente, uno mejor! Pienso que el mundo actual gime por hombres de bondad, por hombres capaces de considerarse a sí mismos como verdaderos servidores de sus semejantes, no solo para dar lo que es justo, sino además, como nos insta el evangelio, para caminar la segunda milla.

Por último, las palabras de Miqueas, nos hablan de caminar al lado de Dios con la virtud de la humildad en nuestros corazones. Esa virtud que consiste en reconocer nuestra pequeñez, nuestras propias limitaciones, nuestra insuficiencia; y al mismo tiempo nos permite entender la grandeza de Dios, para obrar de acuerdo a ese conocimiento. La humildad nos permite entregarnos en las manos de Dios, sabiendo que si caminamos a su lado Él es poderoso para guiarnos a trascender todas las barreras de la mezquindad humana y dignificarnos como seres hechos a su imagen y semejanza.

¡Justicia, bondad y humildad, las claves para ser hombres según el pensamiento de Dios! 

ROSALÍA MOROS DE BORREGALES


Tu influencia es importante


Todos los seres humanos tenemos un área de influencia, es decir, un espacio geográfico con personas, sobre las cuales nuestras palabras y acciones influyen de diversas maneras. Puesto que vivimos en un mundo globalizado, interconectado a través de redes que traspasan las fronteras geográficas de las naciones, y con ellas las fronteras culturales, sociales, religiosas y de cualquier otra índole, todo lo que se hace o se dice recorre largos caminos influyendo en un número de personas mucho mayor al que jamás hayamos imaginado. Por esta razón, todas nuestras palabras y acciones cobran cada vez mayor importancia y más trascendencia.

Nunca en la historia de la humanidad, como en nuestros días, las palabras y acciones de una persona habían tenido tanta influencia; sin embargo, nunca había existido tanta irreverencia, desparpajo, irresponsabilidad, y sobre todo, indiferencia acerca del poder constructor o destructor de nuestras actitudes. Muy lamentablemente estamos ignorando el poder de influencia que individualmente tenemos sobre cientos, miles y hasta millones de personas de acuerdo a nuestro estatus y nuestro rol. Es por esta razón, que vemos a personas que podrían ser capaces de propiciar masivamente pensamientos de bien y modelar comportamientos constructivos, haciendo cosas totalmente alejadas de la vida armónica en sociedad, y usando un lenguaje ofensivo,  carente de respeto, que exalta lo más bajo del ser humano.

La influencia que se puede ejercer es mucho más trascendente de lo que muchos hemos pensado. Algunos sociólogos sostienen que la onda expansiva de influencia de la persona menos influyente, puede llegar a abarcar hasta a un número de 3.000 personas a su alrededor directa e indirectamente. Así que todo lo que hablamos, y todo lo que llevamos a la acción, determina en otros acciones subsecuentes. De tal manera que, cualquiera sea la sociedad en la que nos encontremos, nuestra vida es el resultado de la influencia de otros en nosotros y de nosotros en ellos. Desde los más sencillos hábitos, pasando por las costumbres y hasta los conocimientos, todo es adquirido de esa interrelación social entre unos y otros; entre los grupos que conforman nuestra sociedad, y que inevitablemente nos forman y nos transforman.

Nuestro primer círculo de influencia es nuestro hogar, y en mi opinión, quizá el más desafiante para aquellos que hemos entendido el poder de nuestra influencia en esas mentes vírgenes que son nuestros hijos; sencillamente porque se trata de la vida misma, de las relaciones interpersonales, de los sueños, de la salud, del dinero, de las adicciones, de los triunfos y las decepciones. Debemos ser capaces de enseñar la disciplina que se convertirá en las alas que más tarde les permitirán elevar su propio vuelo en la vida, y al mismo tiempo debemos proveer de matices pasteles; de la buena palabra a su tiempo, del abrazo silencioso que dice te amo miles de veces, de la mirada que escucha al alma, del beso que sella el corazón. Indudablemente que al cerrar la puerta del hogar tras ellos habrá muchos que influirán en sus vidas; sin embargo, tenemos el privilegio y la maravillosa oportunidad de ser la primera y más importante influencia que determine la fibra de su humanidad.

Todos somos seres humanos imperfectos, todos cometemos errores, pero a los ojos de Dios lo más importante no es ser padres perfectos, sino hombres y mujeres de amor, con la humildad de reconocer nuestros desaciertos delante de ellos, y con la valentía para pedir perdón. Sus ojos están puestos sobre nosotros, su corazón inclinado al nuestro. Ellos ven como lidiamos con las críticas, como perseveramos hasta alcanzar las metas propuestas, como manejamos las crisis, como multiplicamos los recursos, como encontramos oportunidades en medio de las dificultades, como nos volvemos a levantar, como sacamos coraje del miedo, como tomamos decisiones y afrontamos sus consecuencias, como convertimos lágrimas en sonrisas; en fin, ellos nos ven vivir y así emprenden su propio camino.

No le des a otros la tarea que te ha sido encomendada. Tu influencia es importante, ejércela dando lo mejor de ti.
¡Bendice al mundo con un hijo que ha tenido hogar!

ROSALÍA MOROS DE BORREGALES 

rosymoros@gmail.com
http://familiaconformealcorazondedios.blogspot.com/
@RosaliaMorosB