miércoles, 4 de julio de 2012

Hombres de familia


Dedicado a todos aquellos hombres que han valorado
A su familia como el bien más preciado de sus vidas.


Mañana celebramos en el mundo entero a esos hombres de familia que tienen el honor de ser llamados padres. Al pensar en nuestro padre las palabras se quedan cortas para expresar y describir el inmenso amor que llevamos en nuestro corazón por él. Desde la perspectiva de la edad madura nuestro padre ya no es más un ídolo, el hombre perfecto que era en nuestra niñez, y mucho menos podemos ver en él todos los defectos que le encontramos mientras fuimos creciendo. Al contemplar la vida de nuestro padre desde esta perspectiva, resaltan ante nuestros ojos algunas características que lo convirtieron en ese hombre de familia que ha dejado su huella indeleblemente marcada en nuestras vidas.

El padre es un líder, es aquel hombre que sabe recoger las diferentes voces de su hogar para convertirlas en una sola y fuerte voz capaz de conjugar los diferentes matices en una melodía. Cuando un padre es un líder tiene la capacidad de hacer que los pensamientos y planes de la familia se conviertan en realidad, en otras palabras, un líder hace que los sueños cobren vida. Cuando un padre es un líder toma decisiones y asume las consecuencias; hace que los senderos se conviertan en caminos, que las dificultades se conviertan en oportunidades. Cuando un padre es un líder tiende su mano para levantar al caído, le sirve de muleta mientras se recupera, camina con él y luego lo deja correr solo, guardándolo siempre con la oración de su alma.

El padre es un sacerdote, es el intermediario entre su familia y Dios. Fue a los padres de familia a quienes Dios les dio instrucciones precisas sobre el camino que debían escoger, y como debían conducir a sus hijos... "Estas palabras que yo te mando hoy, estarán en tu corazón. Se las repetirás a tus hijos, y les hablarás de ellas estando en tu casa y andando por el camino, al acostarte y cuando te levantes"... (Deut. 6:6). Esa tarea que en nuestro mundo ha sido puesta en los hombros de la madre, es en primer lugar, una tarea encomendada a papá, amorosamente sazonada por mamá, pero indiscutiblemente una responsabilidad paterna. En pocas palabras, el padre-sacerdote despierta en sus hijos el amor y el temor a Dios.

El verdadero padre es un maestro, no pierde oportunidad para enseñar. El solo hecho de saber que los ojos de sus hijos están puestos sobre él, le impele a convertirse en un ejemplo a seguir. Ve a sus discípulos a los ojos, y les escucha con el corazón; les advierte los peligros del camino, pero les da libertad para equivocarse porque confía en la calidad de las herramientas que les ha dado. Habla, comparte, siente, escucha y negocia, pero sabe lo importante que es mantener un Si, cuando es Sí, y un No, cuando es No. Sabe que al establecer límites mientras sus hijos crecen, les está dando seguridad y les está enseñando a vivir siendo dignos de sus derechos y cumpliendo sus deberes.

Finalmente, el padre es amor. Sus brazos están siempre abiertos para recibir en su seno a todos los hijos, los suyos y los de la vida, porque sabe que... "Cuando se tiene un hijo, se tienen todos los hijos del mundo"... El sabe que la provisión más importante para una vida feliz va más allá de todo lo que el dinero puede comprar. El sabe que no es perfecto, que a lo largo del camino se cometen muchos errores, pero confía en el Amor Supremo, tiene la convicción de que ese amor cubrirá multitud de faltas, y al final del camino no habrá mayor recompensa que escuchar a sus hijos decir:  Te amo papá.

ROSALÍA MOROS DE BORREGALES |  EL UNIVERSAL

El temor contra el miedo


En un país en el que cada día nuestra libertad se encuentra más amenazada, en el cual los hombres perversos están libres y ejercen un poder nunca antes visto en nuestra sociedad; en un país en el que los ciudadanos vivimos tras las rejas y los malhechores actúan prácticamente sin ningún freno; en un país en el que los delincuentes poseen más armas que los cuerpos policiales, y desde las esferas más altas del Gobierno pareciera existir toda una estrategia para mantenernos viviendo con miedo es necesario que nosotros, los ciudadanos comunes, entendamos que no podemos, que no debemos permitir que nuestras vidas sean truncadas no solo por la mano del hombre malo, sino por los efectos perniciosos que el miedo logra en nuestras vidas.

Cuando vivimos con miedo nuestro ser interior experimenta una angustia que perturba nuestros pensamientos y acciones. Nos encontramos librando una batalla constante que muchas veces nos hace sentir exhaustos, experimentando un cansancio que va dejando de superarse con el sueño y el descanso, que va pasando de ser una condición temporal para convertirse en un estado permanente de nuestro ser que  afecta nuestra salud física y emocional. Todos los mecanismos de defensa de nuestro organismo, diseñados por la sabiduría divina para protegernos y defendernos bajo amenaza se van volviendo permanentes y poco a poco van menguando nuestra salud y nuestra felicidad.

¿Qué podemos hacer entonces, para que el miedo no sea un  habitante de nuestro ser?

Al contrario del miedo que nos enferma y paraliza, el temor nos ayuda a prevenir el mal. Según el diccionario de la Real Academia Española, el temor es definido como: "Una pasión del ánimo que hace huir o rehusar aquello que se considera dañoso, arriesgado o peligroso". Sentimos miedo cuando nos encontramos bajo amenaza, cuando el peligro nos acecha, cuando el enemigo de nuestras vidas tiene sus manos puestas sobre nuestras cabezas. En cambio, sentimos temor cuando el discernimiento con el que hemos sido dotados nos hace advertir lo malo y lo deshonesto, y nos da la capacidad para rehusarlo y elegir otro camino.

¡No es una tarea fácil! Como todas las cosas trascendentes e importantes de la vida, requiere nuestra férrea voluntad y un trabajo constante. Pero más allá de cultivar ese temor, ese ser prevenidos, ese anticiparnos a los eventos y circunstancias, debemos cultivar el "temor a Dios".  Es algo así como encontrarnos cubiertos por una inmensa oscuridad y decidir caminar hacia Dios, para sorprendernos iluminados por su luz plena y bendecidos por su amor. Cuando tenemos temor de Dios, tenemos temor a caminar lejos de su presencia y protección; tenemos temor de vivir equivocados porque reconocemos de El la rectitud e integridad. Cuando tenemos temor de Dios nuestro corazón se inclina hacia la bondad y aborrece el mal, la soberbia y la arrogancia.

Son innumerables las citas en las Sagradas Escrituras que hablan acerca de ese "temor" maravilloso a Dios, el cual en mi humilde opinión, no es más que una manifestación de ese amor profundo por El, que nos hace anhelarle y querer vivir según sus preceptos. El libro de Proverbios en el (1:7) dice "El principio de la sabiduría es el temor de Dios". En el (16:6) "... Con el temor de Dios los hombres se apartan del mal". En el (2:1-5) "Hijo mío, si recibieres mis palabras... entonces entenderás el temor de Dios, y hallarás su conocimiento". En el Salmo (25:14)  "La comunión íntima del Señor es con los que le temen, y a ellos hará conocer su pacto". Todas son palabras de Dios, pero la que más ama mi alma y es un reto a mi fe es esta:

"El ángel del Señor acampa alrededor de los que le temen y los defiende". Salmo 34:7

ROSALÍA MOROS DE BORREGALES |  EL UNIVERSAL

Padre nuestro



En estos tiempos en los que el hombre a través de sus grandes logros se siente cada vez más autosuficiente, no es nada común hablar sobre la oración, hablar sobre el inmenso poder y amor que puede desatarse en una conversación con Dios. Pero, es igual de cierto que a todos en el camino de la vida se nos presenta un momento en el cual toda nuestras fuerzas, nuestra sabiduría, y nuestra autosuficiencia quedan reducidas a su más mínima expresión. A todos nos llega el momento del callejón sin salida, donde la única salvación se encuentra elevando nuestros ojos al cielo.

No hay en el mundo conocimiento de alguna otra oración que contenga frases tan directas y profundas. En el Padrenuestro cada frase nos revela la clase de relación que Jesús tenía con Dios Padre, y su invitación a dirigirnos a El de esa misma manera, entablando esa misma amistad. En el evangelio de Lucas, en el capítulo 11 se nos relata como esta oración surgió de la petición de uno de los discípulos del Señor para que Jesús les enseñase a orar. Probablemente este discípulo se sintió motivado, anheló poder expresarse con Dios de la manera que veía que Jesús lo hacía.

Y Jesús inmediatamente le respondió pronunciando esa hermosa oración que ha trascendido todas las fronteras a lo largo de la historia. Se podrían escribir libros enteros basados en esta enseñanza de Jesús; sin embargo, trataremos de destacar en estas breves líneas los aspectos más significativos que se nos muestran en esta oración: -Padre nuestro que estás en el Cielo, santificado sea tu nombre-. De esta manera, Jesús nos revela su condición de hijo. Rompe con ese concepto de Dios como un ser inalcanzable; nos muestra la comunión y los sentimientos que como hijo alberga en su corazón por su Padre. Es una invitación a que cada uno de nosotros se acerque a Dios convirtiéndose en su hijo.

Luego, Jesús expresa su inmenso deseo de vivir en un mundo en el que no se haga la voluntad egoísta de nuestros corazones sino que se lleven a cabo los deseos del Padre Celestial: -Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la Tierra como en el Cielo-. Sin lugar a dudas, una expresión de un alma que conociendo el corazón humano y el corazón de su Padre, sabe que en la voluntad de Dios yace la felicidad del ser humano. A continuación, Jesús proclama: -Danos hoy nuestro pan de cada día-. Una expresión intrínseca de nuestra humanidad, una necesidad esencial del hombre. Un reconocimiento de Dios como nuestro Padre proveedor, y por qué no, el proveedor también del pan que alimenta nuestras almas.

Seguidamente, luego de pedir porque nuestras necesidades esenciales sean cubiertas, Jesús toca uno de los temas más difíciles en la vida de cada ser humano. Esta vez, Jesús apunta al perdón: -Perdona nuestras ofensas, así como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden-. Como una muestra de que el perdón es un camino que todos debemos transitar, Jesús nos insta a pedir perdón a nuestro Padre Dios, recordándonos el poder liberador del perdón en ambas vías, cuando somos perdonados y cuando decidimos perdonar. Porque el Señor nos conoce y sabe, como me dijo una querida amiga en estos días, "nada es más mío que mis rencores".

Finalmente, Jesús deja descubierta la insuficiencia del hombre para librarse del pecado y del mal: -No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal-. Y con un clamor que proviene de lo más profundo del alma, pide que seamos librados de nosotros mismos, de nuestra tendencia a rendirnos a la tentación, y del mal que otros puedan ocasionarnos. El Señor nos revela que sin la fortaleza de Dios, sin su gracia, que se hace más fuerte y poderosa en nuestra debilidad, no podremos resistir la tentación y seremos presa del mal.

Con un profundo amor fraternal, te invito hoy a la práctica de la oración a través de esta lección de lecciones que nuestro amado Señor impartió a sus discípulos. ¡Es tiempo de buscar a Dios! ¡Es tiempo de aprender a orar!

"Pues bien, Yo les digo: Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen a la puerta y les abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca halla, y al que llame a la puerta se le abrirá". Lc. 11:9-10

ROSALÍA MOROS DE BORREGALES |  EL UNIVERSAL