martes, 17 de abril de 2012

El significado de la Cruz



Existen evidencias del uso de la crucifixión como método de castigo desde aproximadamente el año 300 a.C. El Imperio Romano la usó en toda la extensión de su vasto territorio. Su fin primordial era exponer a la víctima públicamente con la doble finalidad, por una parte, de dar una lección ejemplarizante a los espectadores y, por otra, producir en la víctima una muerte lenta y extremadamente dolorosa. Todos los que eran destinados a la crucifixión eran individuos que habían cometido crímenes terribles. ¡Y fue esa la muerte a la que fue sometido Jesús de Nazaret! 

No ha habido para mí un mensaje más contundente, más conmovedor, más convincente que el mensaje sobre el significado de la cruz de Cristo. Siempre he creído, sin lugar a dudas, que el fundamento del cristianismo yace en la cruz. Podemos hablar acerca de Dios en muchos aspectos; podemos tratar de acercarnos a Él a través de diferentes medios, pero si no venimos a la cruz y entendemos la trascendencia de lo que allí sucedió, jamás entenderemos el amor de Dios. Porque allí, en el sacrificio de Jesús en la cruz se resume todo el evangelio, la esencia de las buenas nuevas de Dios. 

La Biblia dice, y ya es hora de que si nos llamamos "cristianos" busquemos en las escrituras para conocer a Dios, que nuestro Señor quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad. ¡Todos, sin excepción! También nos señala que hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo, quien se dio a sí mismo en rescate por todos. Pues delante de Dios ningún ser humano tiene justificación; todos hemos estado enemistados con Él, pero esa separación fue restituida a través de la cruz. 

En el Antiguo Testamento vemos cómo el pueblo de Israel al venir a rendir adoración a Dios debía traer una ofrenda al altar; el mejor de sus corderitos, y una vez que el animal había sido sacrificado, la sangre derramada era un símbolo del perdón de pecados. Pero Dios no solo quería la salvación de su pueblo escogido; las escrituras nos señalan que Él ha amado al mundo de tal manera que envió a su hijo Jesús, para que todo aquel que en él crea no se pierda, mas tenga vida eterna. 

Entonces, Jesús fue abandonado por el Padre en la cruz; entregado como un cordero al matadero; convertido en pecado derramó su sangre por cada uno de nosotros. Con su muerte se consumó el sacrificio que era necesario hacer para tener comunión con Dios. Él fue el cordero sacrificado y su sangre el precio por nuestra salvación. De allí que se continúe diciendo hasta el día de hoy que "Jesús es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo". A través de la crucifixión de nuestro Señor el acta de decretos que había contra cada uno de nosotros quedó anulada; fue quitada y clavada en la cruz. Él es el autor y consumador de la fe, el cual sufrió en la cruz, y menospreció todo el oprobio para darnos salvación, y luego sentarse a la diestra del trono de Dios. 

El hombre de nuestra época quiere cambios que vengan desde afuera, que se manifiesten en su entorno, que le proporcionen cada vez mayor felicidad; sin embargo, el hombre de nuestra era no está dispuesto a producir los cambios desde su interior, y ese, es precisamente el camino al cual nos lleva Jesucristo cuando venimos ante su cruz. El camino de la verdadera transformación del alma en donde se generan los verdaderos cambios del hombre. 

Cuando venimos ante la cruz entendemos que no ha habido otro amor más grande. Allí se desvanece todo el miedo, todas las dudas, toda la incertidumbre. Entonces nos sentimos profundamente amados y perdonados. Entonces encontramos el propósito de nuestras vidas. Pero la comunión con Dios solo viene a la vida del hombre con el permiso del hombre. Venir a la cruz es un acto voluntario. 

¡No dejes para después el encuentro que debes tener hoy! 

ROSALÍA MOROS DE BORREGALES 

rosymoros@gmail.com

@RosaliaMorosB 

martes, 3 de abril de 2012

El compromiso con la patria.




Existe un vínculo muy profundo con la tierra en la que nacimos, de alguna manera nos sentimos unidos a nuestro terruño; es como si el hecho de haber nacido en un lugar nos sellara con un sentimiento de pertenencia. De la misma manera que al nacer corre por nuestras venas la sangre de nuestros progenitores, así también corre por nuestro ser un manantial de sentimientos de orgullo y de amor por nuestro país. No importa donde nos encontremos, cualquier cosa que veamos o escuchemos de nuestra patria nos hace saltar el corazón.

Y así como el amor puede estar impregnado de una inmensa alegría; de la misma manera, podemos amar sintiendo una gran tristeza. Esa tristeza que proviene de los deseos y anhelos no cumplidos para la tierra que nos vio nacer. Todos lo hemos sentido, en menor o mayor intensidad; pero ninguno puede renunciar, aunque quiera, al vínculo con la patria. Pareciera, que de una manera irrevocable estamos enlazados con ella. De tal manera que el acontecer de nuestra nación nos afecta a todos y produce en nosotros más o menos felicidad.

Por lo tanto, así como estamos comprometidos con la familia en la que nacimos, y no deberíamos denigrar nunca de ella; de la misma forma deberíamos estar comprometidos con nuestro país. Y así como en una familia todos los miembros en su individualidad son importantes, pero ninguno aisladamente es una familia propiamente dicha; también en un país todos somos importantes como personas individuales, pero solamente juntos formamos ese conjunto llamado nación.

Un compromiso es una obligación adquirida legalmente o nacida del respeto, el agradecimiento u otros motivos de índole moral, pero es también una obligación que está íntimamente ligada al ejercicio de nuestros derechos. Si nuestros derechos son una consecuencia natural de nuestro estado como personas individuales que se desenvuelven en una sociedad; de la misma manera nuestros deberes también deberían tener ese carácter ineludible.

No tenemos, ni tendremos autoridad moral para criticar el destino de nuestra nación si somos ciudadanos pasivos, si somos la clase de ciudadanos que solo esperan egoístamente que un pequeño grupo les arregle la vida. Si continuamos con esa actitud obstinada de pensar que nada ni nadie satisface las exigencias de nuestro intelecto; esa otra actitud resentida de que no me interesa porque igual si no trabajo no como; aquella actitud triste de preferir lo mismo antes de arriesgarme por un mejor porvenir; o la más desventurada de todas, la actitud de los indiferentes, no tendremos jamás autoridad moral para levantar nuestra voz y reclamar nuestros derechos.

Como venezolanos tenemos el compromiso ineludible, legal y moralmente, de trabajar por nuestra nación; de aportar nuestro granito de arena con nuestros talentos, nuestra voz y el ejercicio íntegro de nuestros deberes. Una nación se construye por el esfuerzo sostenido y el trabajo digno de todos; una nación se levanta cuando sus ciudadanos entienden que para ejercer sus derechos al mismo tiempo es necesario cumplir sus deberes.
¿Estás comprometido con tu patria?
¡No hay derechos sin deberes!

Rosalía Moros de Borregales

@RosaliaMorosB