jueves, 22 de septiembre de 2011

Agua fresca en el desierto

Ella era una mujer agobiada por los afanes de la vida, ahogada en sus propios desaciertos y pecados. Había vívido siempre buscando la aprobación de los hombres, sin darse a sí misma la estima y el respeto que cada ser humano se debe tener. Hasta ese día había sacado agua del pozo con un corazón fatigado, una mente confundida y un cuerpo exhausto. Cada vez que iba en busca del agua, su corazón suspiraba, como suspira el alma de alguien que desesperadamente busca ser amado. Hasta ese día sintió que su vida era un desierto; hasta ese día sintió que su alma estaba sedienta. 

Embebida en sus pensamientos, mientras repetía la tarea que innumerables veces había realizado, fue sorprendida por las palabras de un hombre desconocido: -"Dame de beber"- Al girar para encontrarse con el rostro de este desconocido, inmediatamente notó que era judío. En su pensamiento se reprochó a sí misma el estar hablando con él, pues por muchos años los judíos y samaritanos no se habían tratado. ¿Quién era este hombre para pedirle a ella de beber? ¿Sería acaso otro más para añadir a su lista de todos los que la habían llenado de halagos y promesas y luego la habían abandonado? 

Detuvo sus pensamientos, y como resuelta a terminar rápidamente con esta situación, su respuesta fue directa y con un tono fuerte: "¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?" Pero, lo que ella no sabía era que ese día no se trataba de otro hombre más queriendo conquistar su alma para aprovecharse de su cuerpo. Lo que ella desconocía por completo es que ese era un día totalmente diferente en su vida; un día único, un día en el cual todas las interrogantes de su ser serían respondidas, toda la sed de su alma sería saciada. 

El hombre del encuentro era Jesús de Nazaret; y Él conocía la condición de esta mujer, sabía de sus luchas y tristezas, de su sed de ser aprobada y amada; entonces amablemente le contestó: - "Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y Él te daría agua viva". Pero ella había vivido suficientes decepciones como para creer en palabras bonitas. Sus pies estaban demasiado apegados a la tierra, en su corazón no había cabida para cosas espirituales. ¿Agua viva? ¿Por qué El la llamaría de esta manera? -No, este hombre no entiende lo que le digo. Entonces su respuesta fue casi irónica: - "Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva? ¿Acaso eres Tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados? 

Ella no podía ver más allá de sus circunstancias, como la mayoría de las veces nos sucede en nuestras propias vidas. La salvación había llegado, estaba tan cerca, a su lado. Sin embargo, ella se empeñaba en ver las circunstancias, y en lugar de preguntar sobre esa clase de agua desconocida hasta ese día, ella se concentró en las herramientas y el método que Él usaría para extraer el agua. Pero Él es paciente y amoroso y sabe que somos limitados cuando se trata de las cosas del espíritu, entonces más amablemente que la primera vez le contestó: -"Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna". 

Agua viva, no volver a tener sed jamás, una fuente, vida eterna; todas estas palabras retumbaron en su mente. Sin saber cómo, sin entender totalmente el significado de ellas, su corazón comenzó a abrirse a esta maravillosa proposición, entonces su boca se abrió, así como su corazón, para decirle: -"Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla". 

Lo demás es historia, una historia que trascendió hasta nuestros días para mostrarnos varias cosas: Primero, que en Él no hay acepción de personas. Segundo, que Él conoce nuestros corazones, que Él sabe nuestras vidas. Tercero, que Él nos invita a todos a beber de Su agua viva para saciar nuestra sed. 

Hoy más que nunca antes, su invitación está vigente. Es mi deseo convertido en oración que tú y yo podamos vislumbrar que se trata del agua de Dios, la única que puede saciar nuestras almas, y que con un corazón agradecido y humilde vengamos a Él para decirle como aquella mujer samaritana: "Señor, dame esa agua, para que yo no tenga sed". Juan 4:1-39. 

ROSALÍA MOROS DE BORREGALES |  EL UNIVERSAL
sábado 17 de septiembre de 2011 

Conquistando el corazón de Dios

Hay pasajes bíblicos que al leerlos nos llenan de admiración; que trascienden la simple lectura y nos transportan a la época en la que sucedieron. Historias que quedaron allí, grabadas en el corazón de los hombres que fueron testigos de ellas para luego ser grabadas con tinta en el papel de la historia. Relatos que pasan desapercibidos por muchos de nosotros, y que encierran secretos y verdades que constituyen la llave para conquistar el corazón de Dios. 

Por una parte, desde los tiempos más remotos el hombre ha buscado incansablemente el equilibrio en su vida; ha estado en esa búsqueda permanente de satisfacer su alma. Su espíritu creador le ha llevado a la invención de extraordinarias herramientas de trabajo, máquinas y toda clase de aparatos que le han hecho la vida cada vez más confortable. Los grandes descubrimientos científicos le han permitido alejar de su vida la enfermedad y hacer de su mundo un lugar más seguro y deleitoso para vivir. 

Por otra parte, a lo largo de este desarrollo de la humanidad también el hombre ha cometido tantos desaciertos que ha terminado convirtiéndose en el peor enemigo de su raza; pues de su misma mente han surgido herramientas, máquinas y aparatos que inexorablemente lo están conduciendo a la destrucción de su planeta y por ende, de su propia vida. 

Desde la perspectiva cristiana es imposible vivir en paz con nosotros mismos y con nuestros semejantes si primero cada uno, individualmente, no está en paz con Dios. Desde la perspectiva cristiana, es imposible que al ser humano se le iluminen los ojos del corazón para ver al mundo con ojos de bondad. Desde la perspectiva cristiana, esto solo puede suceder si el ser humano vuelve sus ojos a su Creador, y en armonía con Él se convierte en un hacedor del bien. 

Pero nos hemos ido endureciendo cada vez más y en muchos ya ni siquiera hay vestigios de solidaridad con el débil, con el pobre y con el desamparado. El amor se ha convertido en un trueque de intereses; la mentira gobierna hogares, industrias y Estados. El beneficio material de unos pocos prevalece sobre el bienestar de toda la humanidad. El poder político y el poder económico aplastan sin compasión al hombre común. ¿Cómo podríamos entonces llegar a ser hombres de bondad de acuerdo a la concepción de Dios? ¿Cómo podemos alcanzar nuevamente el corazón de Dios, y vivir de acuerdo a su pensamiento? ¿Con qué nos presentaremos delante de Él para recibir de sus manos todo el bien, todo el amor y la sabiduría que necesitamos? 

El pasaje narrado en el evangelio de Mateo 15:21-28, nos da una llave directa al corazón de Dios: Dice esta historia que estando Jesús en la región de Sidón llegó a Él una mujer cananea, que le rogaba que tuviera misericordia de ella, pues su hija estaba siendo atormentada por un demonio. Sin embargo, Jesús no la ayudó inmediatamente sino que le contestó diciendo: "No he sido enviado sino a las ovejas perdidas del pueblo de Israel" (24). Pero la mujer, ya había escuchado de los milagros y prodigios de Jesús; ella sabía que Él era el que podía liberar a su hija, ella ya había puesto sus ojos en Él. Entonces, postrándose delante de su presencia, le dijo: "¡Señor ayúdame!": Y Jesús insistió: "No se debe echar a los perros el pan de los hijos". (25). Pero ella era madre y estaba dispuesta a conseguir la libertad para su hija. Ella no se ofendió por las palabras del Señor, ella reconocía su condición, y de esa humildad de su corazón brotaron palabras que conquistaron el corazón de Jesús: "Es verdad, Señor, pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos". (25). Entonces Jesús maravillado ante tal respuesta le dijo: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla tu deseo". Y termina esta historia bíblica en otro evangelio, diciendo que en aquel mismo momento la hija de la mujer cananea quedó liberada. (Marcos 7:29). 

Una actitud humilde y la certeza en nosotros de que nadie más que Él es nuestra ayuda son llaves al corazón de Dios. ¡Con humildad y fe podemos conquistar su corazón! 

ROSALÍA MOROS DE BORREGALES |  EL UNIVERSAL
sábado 3 de septiembre de 2011  

Si tan solo tocare su manto

Otro día más, su cuerpo sintiéndose cada vez más débil, su corazón animado por las buenas nuevas que había escuchado entre sus parientes y amigos. Ese Jesús de Nazaret estaba por allí cerca, todos le habían contado que era un hombre lleno de bondad; que caminaba entre la multitud que le seguía, hablándoles sobre el reino de los cielos. Palabras nuevas para todos ellos, difíciles de entender con la mente pero que de una manera inexplicable les hacían sentir cerca de Dios. 

Otro día más, ya habían pasado doce años desde que su cuerpo comenzó a padecer aquel terrible mal que le dejaba con menos fuerzas a cada instante. Pero ella era de esa clase de mujer que no se amilana fácilmente. Ella sabía en el fondo de su corazón que algún día Dios tendría misericordia de ella. Ella lo amaba desde que era una niña; ella no olvidaba ninguno de sus beneficios; ella sabía que de una u otra manera su salvación llegaría. Así que buscaba sin cesar, aferrándose a la vida. Había visitado todos los médicos de su tierra y de todos los pueblos y ciudades 
Adyacentes. Allá, donde le decían que había medicina para su enfermedad, allá iba, siempre con la esperanza en su ser de que encontraría la sanidad para el flujo de sangre que padecía. 

Otro día más, esa mañana se levantó no solo con esperanza, sino con una gran emoción que palpitaba en su corazón. Su pueblo había esperado por años la promesa de un Mesías, aquel que vendría a sanar a los enfermos y a vendar el corazón de los quebrantados. Una convicción muy poderosa se apropió de su corazón, este hombre de quien todos hablaban era aquel de quien había escuchado desde niña. Ella era precisamente una de esas personas que necesitaba de su redención; su cuerpo estaba enfermo y su corazón quebrantado. Recordaba las palabras del Salmista: "Él es quien perdona todos mis pecados, quien sana mis dolencias, quien rescata del hoyo mi vida y quien me corona de favores y misericordias". Al recordar estas palabras su corazón brincó dentro de ella, y de repente un pensamiento llenó su mente: - Si tan solo lograra acercarme a Él, si tan solo tocara el borde de su manto recibiría sanidad. 

Sin dudar, ni por un instante, con sus desgastadas fuerzas, se fue a buscar a Jesús. Caminaba muy lentamente, y la multitud la lanzaba de un lugar a otro porque su frágil cuerpo no podía oponer resistencia; pero aunque su cuerpo estaba desgastado, su alma era cada vez más fuerte. Esta fuerza de su alma, que se había alimentado de las palabras del libro, la impulsaba a seguir caminando, mientras en su corazón hacía oración a Dios, rogándole que le permitiera llegar cerca de este Jesús y tan solo tocar el borde de su manto. 

De repente, como propulsada por una fuerza desconocida y al mismo tiempo indescriptible, se encontró cerca de Él, y sutil pero firmemente tocó su manto. Al instante sintió que algo recorría todo su cuerpo y tuvo la certeza absoluta de que estaba sana. Se quedó allí, como paralizada, viviendo ese momento de bendición que había estado buscando durante tantos años, sintiendo una paz muy profunda que inundaba todo su ser. Entonces, la voz del Señor preguntando la hizo temblar: - Quién me ha tocado. Mientras los discípulos y la multitud murmuraban, reprochándole. Pero ella sabía que se trataba de ella; ella sabía que ese poder que Él declaraba que había salido de Él, era el poder que había restaurado su cuerpo. Entonces, con la humildad de un corazón agradecido vino delante de Él y postrándose le dijo: - Yo he sido, Señor-, mientras le declaraba todo lo que había sufrido con aquel flujo de sangre por doce años. Entonces el Señor le dijo: - Hija, tu fe te ha salvado, ve en paz. 

Hoy, tanto como en aquel momento en que transcurrió esta historia, el poder de Dios está disponible para todos aquellos que con fe en sus corazones se acerquen a Él, creyendo, con la convicción de que Él es galardonador de los que le buscan. Es mi esperanza y mi deseo que cada uno se acerque confiadamente como esta mujer, y que todos podamos recibir de su corazón sanidad para nuestros cuerpos y nuestras almas. 

ROSALÍA MOROS DE BORREGALES
 |  EL UNIVERSAL
sábado 10 de septiembre de 2011