martes, 5 de julio de 2011

¿QUÉ QUIERES QUE TE HAGA?




            Vivimos en un mundo lleno de situaciones que nos hacen pensar y cambiar constantemente nuestros deseos. Un día pareciera que estamos seguros de lo que queremos y al día siguiente es como si lo que anhelamos se hubiera desvanecido mientras dormimos. En otras ocasiones cuando anhelamos algo y lo logramos, por un poco de tiempo nos sentimos llenos, pero pronto nos embarga una sensación de vacío, hasta el punto que muchas veces nos sentimos como si realmente no hubiéramos logrado nada. ¡Pareciera que nuestras almas son insaciables!
            Vamos por un camino en el cual se nos ofrece una gran diversidad de experiencias atractivas, las cuales prometen hacernos mejores, tanto física como emocional y a veces intelectualmente. Es como una escalera con un número incontable de escalones. Cuando vas en uno, eres forzado al siguiente, y así sucesivamente sin que sepas donde termina. Solo, que muchas veces esta escalera no va en ascenso sino en descenso.
            Desafortunadamente, muchos nunca se hacen conscientes de esta caída lenta, sino hasta que ya están demasiado hundidos para levantarse por si mismos. Otros jamás notan que han caído, es su estado natural. Y aún, hay quienes con mejor discernimiento, van en busca de algo que los sacie, que los haga felices, pero de una felicidad duradera, para pronto encontrar que el vacío es lo único que llena sus vidas.
            ¿Realmente, sabemos qué es lo que queremos? ¿Sabemos acaso, dónde está la fuente de provisión de nuestros deseos y anhelos más profundos? ¿Sabemos dónde encontrar ese preciado tesoro que no hallamos en el mundo? ¿Sabemos cómo encontrarlo? ¿Sabemos a quién tenemos que acudir en busca de él?
            Hay un pasaje en la Biblia que nos relata la historia de un hombre ciego llamado Bartimeo (Marcos 10:46-52). Dice la Biblia que este hombre estaba sentado junto al camino mendigando. Suponemos que en sus oscuros andares había escuchado de Jesús, pues al oír que la multitud era a causa de él (Jesús), comenzó a gritar: ¡Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí! Muchos de los que estaban allí, intentaron callarlo, pero Bartimeo gritaba mucho más fuerte: ¡Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí!
            Entonces Jesús al escucharlo, se detuvo y mandó a que lo trajeran a él, y alguno de los que estaban allí, lo tomó y le dijo: ¡Ten confianza! ¡Jesús te llama! Vino pues Bartimeo ante Jesús, y Jesús le preguntó: ¿Qué quieres que te haga? Entonces Bartimeo, absolutamente seguro de lo que quería, le respondió: Maestro, que recobre la vista. Y Jesús le dijo. ¡Vete, tu fe te ha salvado! La historia termina diciendo que al instante recobró la vista y seguía a Jesús por el camino.
            Creo firmemente que tu y yo podemos ser ese Bartimeo, quizás no necesitamos recobrar nuestra vista física.  ¿Pero estamos viendo con los ojos de nuestra alma? ¿O acaso nuestra vista esta nublada? Bartimeo, sabía claramente cual era su necesidad, y cuando pidió del Señor misericordia, sabía exactamente que era lo que quería. Cuando Jesús le preguntó: ¿Qué quieres que te haga? Bartimeo respondió sin vacilar: Maestro, que recobre la vista. Maravillosamente, él tuvo lo que quería, porque él sabía lo que quería y sabía a quien pedírselo. El sabía quien era la fuente, y cuando la encontró no dejó pasar esa oportunidad, y desde el fondo de su ser lo gritó y lo pidió.
            La Biblia nos dice que el reino de los cielos lo arrebatan los valientes. Y vaya que fue valiente este hombre llamado Bartimeo. Se imaginan todo el esfuerzo que tuvo que haber hecho para ser tomado en cuenta en un lugar donde había una multitud y él estaba mendigando. Seguramente, Bartimeo ya estaba acostumbrado a ser rechazado, pero sin embargo, como sabía que se trataba de Jesús, y sabía que Jesús era la fuente, entonces no dejó pasar su oportunidad.
            Pienso y creo que Dios es un Padre que siempre nos espera con los brazos abiertos. Pienso que vivimos tiempos difíciles, no solo en nuestra nación, sino en el mundo entero. Pero son tiempos en los cuales el llamado de Dios está vigente. Solo aquellos quienes tengan la valentía de reconocer en Dios la fuente que saciará la sed de sus almas insatisfechas, no dejarán pasar la oportunidad. Solo aquellos quienes saben que teniendo a Dios lo tienen todo y que sin El no tienen nada, lo buscarán entre la multitud, para oir su voz que nos pregunta hoy, como le preguntó a Bartimeo: ¿Qué quieres que te haga? Ojalá que tu y yo no vacilemos en contestar: ¡Maestro, que recuperemos la vista!


Rosalía Moros de Borregales

rosymoros@gmail.com


EN TU NOMBRE ECHARE LA RED




            Hay momentos en nuestras vidas cuando todos nuestros esfuerzos parecieran infructuosos. Mientras más empeño ponemos, menos logramos lo que queremos. Son tiempos difíciles, en los cuales la luz no se ve, a lo lejos, en el horizonte. Solo soledad, cansancio y mucha confusión nos rodean.
            Sin embargo, si hay una luz, aunque nuestros ojos no puedan discernirla. Siempre está disponible, a veces se nos presenta en el momento más oscuro de nuestra noche. Allí, cuando nos sentimos sin fuerzas, totalmente desolados. Cuando aún el peso de nuestros propios cuerpos se nos hace casi imposible de llevar. Entonces, es en ese momento cumbre de nuestra debilidad, en esas circunstancias menos esperadas, cuando viene a nosotros. Algunos la reconocemos y le permitimos que nos ilumine la vida; otros, acostumbrados a las tinieblas, cierran sus ojos y no se dejan guiar.
            Es como si el hombre en su lucha por ganar espacios, por adquirir fama, dinero y poder, se ensoberbece de tal manera que se erige a sí mismo como su propia luz. Como dueño y señor de su vida. Como el invencible, el que todo lo puede, el que no necesita de nadie más. Pero, la Tierra gira más allá de nuestras conciencias, y el sol sale cada mañana brindándole su luz a un nuevo día en un lado del planeta, mientras del otro lado, la noche cubre con su manto de oscuridad. Y así, seguimos girando; en un instante estamos a plena abundancia de luz, y en otro estamos bajo el manto de la oscuridad.
            Nunca sabemos cuándo será nuestro turno. Pero, si pensáramos sensatamente, nos daríamos cuenta que todo es cuestión de tiempo. Pues, la Biblia dice el hombre es tan vulnerable como la flor del campo, la cual en la mañana muestra su esplendor y en la tarde ya está marchita. Lo único que puede permitirnos vivir plenamente la luz del día en nuestras vidas, y más aún, capacitarnos para poder ver las estrellas en medio de la oscuridad es una virtud olvidada por muchos.  Claro, porque ella es muy modesta, no se envanece, ni hace alardes de su belleza, es sencilla y pura, su nombre es: humildad.
            La humildad fue la virtud que mostraron los discípulos del Señor Jesucristo cuando salieron a pescar una noche, y después de trabajar arduamente, no pescaron nada. Entonces, ya cuando iba amaneciendo se presentó Jesús en la playa y El les dijo:
 - Hijitos ¿Tienen algo de comer? A lo que ellos respondieron: ¡No! Entonces el Señor les dijo: - Echad la red a la derecha de la barca y hallaréis -. Por lo que ellos la echaron, como El les había dicho, y ya no podían sacarla, por la gran cantidad de peces. San Juan 21: 1-14.
            Si, a pesar de que eran hábiles pescadores, hombres de mar, acostumbrados a esas faenas, no tuvieron la menor duda en hacer lo que el Señor les estaba indicando. Lo hicieron, y para su sorpresa e inmensa alegría allí estaban los peces, tantos que no podían con sus propias fuerzas sacar la red, debido a la abundancia de ellos. Entonces, todo el cansancio de la noche, se convirtió en regocijo; bajo la dirección del Señor su faena se convirtió en bendición. Y como si fuera poco, cuenta esta historia bíblica, que el Señor les preparó el desayuno El mismo.
            Pienso y creo, que al igual que a los discípulos, el Señor quiere señalarte el camino, indicarte la siguiente acción que debes emprender. ¡Él quiere bendecirte la vida! Te invito a que humildemente lo busques en oración diciéndole: ¡Señor, en tu nombre echaré la red! Te aseguro que abrirá sus manos y su corazón para llenarte con sus muchas bendiciones e iluminar tu vida.

Rosalía Moros de Borregales