lunes, 20 de junio de 2011

MI PERSONAJE INOLVIDABLE




Dedicado a todos los papás en su día.

Son muchas las formas en que a lo largo de la historia hemos resaltado el rol que ha ejercido la madre en la conducción de la familia en la sociedad latinoamericana. También son muchos los dichos que exaltan el papel de la madre como figura insustituible; sin embargo, pienso que en esta exaltación tan merecida de las madres, el papel del padre ha quedado relegado a un lugar que no es el que le corresponde, por lo menos no, en la concepción cristiana de la familia.

El padre representa ante todo la seguridad. La Biblia lo describe como el árbol plantado junto a las corrientes de las aguas, que es frondoso y bajo cuya sombra se puede reposar; es el refugio ante el miedo, es el defensor ante el enemigo; es el pastor de las ovejas que no le permite al lobo entrar a su rebaño. El padre es el sacerdote del hogar, el que tiene la obligación de presentar a su familia delante de Dios, el que intercede por ella. Es el techo del hogar, el que lo cubre y lo guarda de tormentas. El padre es el proveedor por excelencia, esto es algo intrínseco, impreso en el alma del hombre.

Si detallamos la personalidad del padre podemos observar que su función está diseñada de acuerdo a características esenciales atribuidas a Dios. Pienso, entonces, que si el padre en el ejercicio de su función debería manifestar estas características divinas, es en él en quien recae la sublime tarea de despertar en el corazón de los hijos el amor a Dios. Nada más alejado de la verdad que el creer que la oración y la devoción en general, es un oficio estrictamente encomendado a las mujeres. En esta tarea de ser familia, esto es un trabajo de todos; pero es en el hombre en quien Dios pone el liderazgo y la responsabilidad de asumir dicha tarea.

Cuando los hombres de nuestra patria y del mundo entero entiendan su papel protagónico en la formación de los hijos, y se levanten para cumplir su sagrado deber comenzaremos a ver cambios en nuestra sociedad. Los cambios profundos que necesitamos no se gestan en una sociedad sin familia. Solo en el seno de la familia se forman hombres de integridad o se trastornan seres, que un día fueron inocentes, en almas llenas de odio y de maldad.

Al pensar en estas cosas, mi corazón se llena de un sentimiento inmenso por mi padre. He estado pensando, recordando las diferentes etapas de mi amor por él: Cuando era niña creo que lo idolatraba. No había un momento del día que fuera más especial que cuando llegaba de su trabajo, mi pequeño corazón lo admiraba al verlo elegantemente vestido con su traje; siempre traía consigo una bolsita llena de dulces para “las niñitas”. Recuerdo como esperaba impaciente la sobremesa para escuchar sus historias llenas de poesía, siempre impregnadas de amor, siempre dando lecciones de vida.

Más tarde, en la adolescencia, comencé a notar errores, carencias. A medida que crecía iba viendo más al hombre que al héroe. Llegó a decepcionarme en algunos aspectos y hasta me causó sufrimiento. Pero en los momentos más difíciles siempre dos características en él me causaron admiración: Su inmenso amor y su humildad para pedir perdón por sus errores y desaciertos. Hoy, en mi adultez, lo amo, lo admiro y lo respeto. 

Mi padre pronto llegará a sus 90 años,  y en el ocaso de su vida solo dos verdades llenan mi pensamiento: Mi padre me enseñó el camino a Dios. Mi padre me ha amado con un amor inmenso.
Por esa razón, hoy y siempre, mi padre será mi personaje inolvidable!!!

“Sobre todo, amen con amor ferviente, porque el amor cubrirá multitud de faltas”. I Pedro 4:8

Rosalía Moros de Borregales 
rosymoros@gmail.com