lunes, 27 de junio de 2011

FE PARA UNA NACIÓN



Hay vínculos en la vida de los seres humanos que son profundamente indisolubles. No podríamos negar a una madre aún cuando existieran motivos para tal acción; no podríamos negar a un hijo porque nuestras entrañas gritarían por su presencia; nunca olvidaríamos al hermano, al primo o al amigo con el que compartimos nuestra infancia. Pienso y siento que tampoco podríamos olvidar a nuestra patria; no importa cuántos kilómetros nos separaran de ella, siempre nuestro corazón la anhelaría.
Estamos entretejidos con la tierra que nos recibió al nacer, nos enorgullecen sus logros porque los consideramos nuestros. Nos emocionamos con nuestros deportistas y su destacada participación en diferentes competencias; se nos hincha el corazón cada vez que escuchamos una de nuestras múltiples orquestas. Nos llenamos de admiración al saber de tantos profesores que enseñan a nuestros hijos con ética y que impregnan con una pasión maravillosa su labor. Confíamos nuestras vidas a nuestros hombres de blanco porque tenemos suficientes testimonios que nos dan la convicción de su eficiencia. Nos deleitamos en las arepitas, en el queso de mano; se nos hace agua la boca con un mango y con las conservas de coco que nuestras negritas bellas llevan en grandes bandejas sobre sus cabezas erguidas.
Son innumerables las cosas que nos hacen suspirar al pensar en nuestra tierra; y de la misma manera hay otras tantas que nos hacen llorar de tristeza, porque el dolor de nuestra patria también es nuestro. Sentimos una gran carga por los desaciertos cometidos, por los desamores sobrevenidos. Nos sentimos frustrados ante la indiferencia, la decadencia y la insolencia. Pensamos en el futuro y quisiéramos imaginarlo pleno de la construcción de buenos sueños de tantos venezolanos convertidos en realidades. Sin embargo, por más que nos esforzamos pareciera que necesitamos algo más allá de nuestras propias fuerzas para salir adelante.
La historia ha demostrado que todas las riquezas que una nación pueda tener son inútiles cuando sus ciudadanos se entregan a sentimientos mezquinos, a la lujuria, a la ambición de riquezas sin el aval del trabajo y a la opresión de sus conterráneos. Para comprobar esto solo es necesario hacer una revisión breve de los libros de Historia universal. No hay nadie que pueda salvarnos de esta situación sino solo Dios. No hay estrategias que puedan lograr un cambio en positivo si primero no hay un cambio en el corazón de los hombres de nuestra nación, en el corazón de cada uno de nosotros. 
Dios puso en nuestro pedacito de tierra una inmensurable riqueza, y nos facultó con la capacidad para administrarla con equidad y justicia. El desea que cada venezolano incline su corazón a El y que seamos capaces de lograr esta tarea. Pero estamos secos y desolados; nuestra tierra tiene sed de la bendición de Dios. Necesitamos de una renovación espiritual que como una lluvia caiga sobre nuestra nación y nos bendiga la vida. ¿Ilusa? ¿Insensata? No, convencida de la verdad que ha cambiado la vida de muchos y puede cambiarnos a cada uno en particular y a todos como nación.
“Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, 
y sanaré su tierra”. II Crónicas 7:14.

Rosalía Moros de Borregales

viernes, 24 de junio de 2011

UNA MISMA OPORTUNIDAD, DOS ACTITUDES DIFERENTES


Tres hombres colgados en tres cruces. Tres hombres sentenciados a muerte. Dos hombres culpables, uno inocente. Tres corazones que cuelgan de tres maderos; uno de ellos destaca entre los tres, la multitud alrededor sabe que la cruz no es el lugar que le corresponde. La autoridad que ordena la crucifixión lo sabe mejor que todos ellos. Lo ha interpelado y está absolutamente seguro de que no hay culpa en él, ha tratado de persuadir a la multitud, cuyo odio exacerbado, se ha desbordado por la influencia de los religiosos. Sus esfuerzos son infructuosos, su coraje demasiado limitado. Se entrega a la petición de la irracional masa humana y le da la espalda.
En el centro, el hombre inocente, a su derecha un criminal, a su izquierda otro con características similares. Los tres condenados a una pena barbárica: ¡La muerte en la cruz! Los tres tiemblan de  miedo, la exposición al dolor físico siempre causa un terrible temor. Los soldados alrededor profieren toda clase de insultos y añaden a su dolor más maltratos. En sus mentes muchos pensamientos se agolpan, la soledad los abraza, la tristeza les besa en la frente, la angustia les llena el alma.
Los dos criminales han sabido, ha sus oídos han llegado las historias del hombre que está en medio de ellos. Saben de su discurso sabio y amoroso; han escuchado las historias de los cojos que andan, de los ciegos que ven, de los endemoniados que han sido liberados, de la mujer cuyo flujo de sangre se detuvo con tan solo tocarle; de la niña muerta que resucitó, del hermano de María y Marta que salió de su tumba caminando. Ellos dos saben claramente quién es este hombre, saben que su reputación no puede compararse con la de ellos.
El de la izquierda es un hombre sin fe, sin esperanzas. Un alma totalmente dominada por el odio y el resentimiento. Una sonrisa irónica se dibuja en su rostro al ver que al clamor de la sed del hombre inocente le dan a beber vinagre. Una expresión de amargura en el rostro, una mirada dura, un corazón de piedra que reclama, que se une a las voces injuriosas del pueblo y de los soldados; que le insta a salvarse a sí mismo y también a él y a su compañero.
El de la derecha es un alma arrepentida, un hombre que ve en su último momento la esperanza renacida. Una mirada de compasión, un corazón contristado por el dolor, una voz que reprende a su compañero, que trata de hacerle entender lo que él ya ha comprendido. Una voz que defiende al que injustamente padece los mismos sufrimientos que ellos. Un hombre impulsado por el coraje de la fe que se aferra a la suprema bondad: _“Acuérdate de mí cuando estés en tu reino”_. ¡Un hombre que arrebató el paraíso!
Dos hombres con una misma oportunidad, dos actitudes diferentes.

Rosalía Moros de Borregales


rosymoros gmail.com

lunes, 20 de junio de 2011

MI PERSONAJE INOLVIDABLE




Dedicado a todos los papás en su día.

Son muchas las formas en que a lo largo de la historia hemos resaltado el rol que ha ejercido la madre en la conducción de la familia en la sociedad latinoamericana. También son muchos los dichos que exaltan el papel de la madre como figura insustituible; sin embargo, pienso que en esta exaltación tan merecida de las madres, el papel del padre ha quedado relegado a un lugar que no es el que le corresponde, por lo menos no, en la concepción cristiana de la familia.

El padre representa ante todo la seguridad. La Biblia lo describe como el árbol plantado junto a las corrientes de las aguas, que es frondoso y bajo cuya sombra se puede reposar; es el refugio ante el miedo, es el defensor ante el enemigo; es el pastor de las ovejas que no le permite al lobo entrar a su rebaño. El padre es el sacerdote del hogar, el que tiene la obligación de presentar a su familia delante de Dios, el que intercede por ella. Es el techo del hogar, el que lo cubre y lo guarda de tormentas. El padre es el proveedor por excelencia, esto es algo intrínseco, impreso en el alma del hombre.

Si detallamos la personalidad del padre podemos observar que su función está diseñada de acuerdo a características esenciales atribuidas a Dios. Pienso, entonces, que si el padre en el ejercicio de su función debería manifestar estas características divinas, es en él en quien recae la sublime tarea de despertar en el corazón de los hijos el amor a Dios. Nada más alejado de la verdad que el creer que la oración y la devoción en general, es un oficio estrictamente encomendado a las mujeres. En esta tarea de ser familia, esto es un trabajo de todos; pero es en el hombre en quien Dios pone el liderazgo y la responsabilidad de asumir dicha tarea.

Cuando los hombres de nuestra patria y del mundo entero entiendan su papel protagónico en la formación de los hijos, y se levanten para cumplir su sagrado deber comenzaremos a ver cambios en nuestra sociedad. Los cambios profundos que necesitamos no se gestan en una sociedad sin familia. Solo en el seno de la familia se forman hombres de integridad o se trastornan seres, que un día fueron inocentes, en almas llenas de odio y de maldad.

Al pensar en estas cosas, mi corazón se llena de un sentimiento inmenso por mi padre. He estado pensando, recordando las diferentes etapas de mi amor por él: Cuando era niña creo que lo idolatraba. No había un momento del día que fuera más especial que cuando llegaba de su trabajo, mi pequeño corazón lo admiraba al verlo elegantemente vestido con su traje; siempre traía consigo una bolsita llena de dulces para “las niñitas”. Recuerdo como esperaba impaciente la sobremesa para escuchar sus historias llenas de poesía, siempre impregnadas de amor, siempre dando lecciones de vida.

Más tarde, en la adolescencia, comencé a notar errores, carencias. A medida que crecía iba viendo más al hombre que al héroe. Llegó a decepcionarme en algunos aspectos y hasta me causó sufrimiento. Pero en los momentos más difíciles siempre dos características en él me causaron admiración: Su inmenso amor y su humildad para pedir perdón por sus errores y desaciertos. Hoy, en mi adultez, lo amo, lo admiro y lo respeto. 

Mi padre pronto llegará a sus 90 años,  y en el ocaso de su vida solo dos verdades llenan mi pensamiento: Mi padre me enseñó el camino a Dios. Mi padre me ha amado con un amor inmenso.
Por esa razón, hoy y siempre, mi padre será mi personaje inolvidable!!!

“Sobre todo, amen con amor ferviente, porque el amor cubrirá multitud de faltas”. I Pedro 4:8

Rosalía Moros de Borregales 
rosymoros@gmail.com