lunes, 15 de noviembre de 2010

LA TRASCENDENCIA DE LAS PALABRAS


            Los seres humanos poseemos diversos dones que nos engrandecen, entre ellos la Palabra es un preciado tesoro. Ese maravilloso don a través del cual nos comunicamos y expresamos los secretos de nuestros corazones. A través de la palabra el poeta derrama su alma, el escritor expresa sus pensamientos, el abogado proclama su sentencia y el maestro imparte sus lecciones. A través de la palabra bendecimos a nuestros hijos cada mañana, levantamos el ánimo exaltando cualidades, damos esperanza; pero también condenamos y creamos destrucción.
            Es realmente impresionante como en el mundo moderno de las comunicaciones podemos ver con gran frecuencia el abuso del uso de las palabras. Palabras que son distorsionadas, palabras que usadas fuera de su contexto van perdiendo su verdadero significado. Palabras que se profieren sin percatarnos de su inmensa trascendencia en los oídos que las escuchan. Palabras que contienen un gran poder destructor, pero que son habladas ligeramente. Es así, como de repente para sorpresa nuestra escuchamos en un programa infantil un -¡maldito seas!-, o un -¡idiota!- O leemos en un artículo de prensa la amargura elevada a su máxima expresión. O escuchamos en un discurso insultos gratuitos hacia aquellos que disienten de los pensamientos del orador.
            Sin embargo, es maravilloso como las palabras pueden tener un efecto tranquilizador, como pueden darnos confianza, hacernos reír en un momento de tristeza, devolvernos la esperanza cuando creemos que todo esta perdido, sanarnos una herida del alma, liberarnos del rencor cuando proclamamos el perdón, en fin, sencillamente bendecirnos la vida. Y son estas palabras las menos habladas, las menos escuchadas, las que más escasean en nuestras vidas. Pareciera que nos pesa la lengua para decir un -¡buenos días!- o un -¡te quiero!- o expresar un cumplido a quien lo merece. Somos prontos para la crítica no sana, pero lo bueno se nos queda atrapado en las gargantas.
            La misma herramienta es usada para construir y para destruir, la diferencia esta en la mano que la usa. Somos nosotros, individualmente, los que decidimos lo que hacemos con lo que Dios nos ha dado. Podemos bendecir, edificar, exhortar y consolar, o podemos maldecir, destruir y entristecer, porque como dice un proverbio: “La lengua apacible es árbol de vida, pero la perversidad de ella es quebrantamiento de espíritu”. (Proverbios 15:4). ¡Es la misma lengua! La diferencia es la fuente que la alimenta, el corazón del cual sacamos el bien o el mal. Como dijo Jesús: “¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca”. (Mateo 12:34).
            Por lo tanto está en nosotros el poder de decisión para convertirnos en personas cuyas palabras sean transformadoras creando bien, en nuestras propias vidas y en las vidas de otros. Somos nosotros quienes decidimos la trascendencia que nuestras palabras tendrán. Somos nosotros los que decidimos dejar una huella de amor a través de nuestras palabras o crear un infierno que destruye todo cuanto va encontrando a su paso. Hagamos que nuestras palabras se conviertan en vida y bendición. ¡Las palabras tienen poder!
“La vida y la muerte están en poder de la lengua; y el que la ama, comerá de sus frutos”. (Proverbios 18:21)

Rosalía Moros de Borregales