domingo, 31 de octubre de 2010

TU TESORO MÁS PRECIADO


A veces siento que la vida actual nos aleja de las cosas realmente importantes. Cada día esta lleno de innumerables tareas, algunas ineludibles; muchas otras nos las hemos impuesto tratando de buscar el camino de la excelencia, tanto para nosotros como para nuestra familia. Sin embargo, hemos terminado atrapados en nuestra propia estrategia, porque tratando de hacer lo mejor, nos hemos perdido de lo más importante.
¿Es que acaso no es verdad que la prisa con la que vivimos nos ha hecho personas “superficiales”? ¿Cuántas veces en esos momentos a solas con nuestras almas nos damos cuenta de que en el afán de construir un mejor porvenir para los nuestros, hemos perdido elementos esenciales…? ¿Cuántas veces nos hemos perdido la sonrisa de nuestros hijos? ¿Cuántas mañanas nos hemos dejado atrapar por el corre-corre y no hemos dado un abrazo, o dicho un “Dios te bendiga”? ¿Cuántas veces nuestros hijos o nuestras parejas nos han hablado, y de repente, en un instante, nos damos cuenta que hemos oído sin escuchar? Quizás porque nuestras mentes estaban en otro lugar, resolviendo, trabajando… Perfectamente justificados, pero tristemente alejados de lo más valioso.
“Solo con el corazón se ve, lo esencial es invisible a los ojos”. ¿Lo recuerdan? Fue una de las primeras máximas que aprendí cuando era niña, es del libro “El Principito” de Saint Exupery. Y es que en este mundo que cada día motiva más nuestro sentido de la vista, nos hemos acostumbrado a mirar sin ver. Miramos pero la mayoría de las veces no vemos más allá de nuestros ojos, nuestras almas están ciegas, vacías…
Personalmente me he sentido de esta manera, por eso he reflexionado en ello y me he propuesto en mi corazón vivir, respirar profundamente, disfrutar de lo que es más importante.
He encontrado que después de Dios, lo que es más preciado a mi corazón es mi familia, la familia de donde vengo y la que he formado junto a mi esposo. Más aún he entendido, que si no puedo amar a los que Dios ha puesto a mi lado, que si no tengo la capacidad de disfrutar de la bendición que representa mi familia… ¿Cómo podría tan siquiera pensar que puedo hacer algo por otros que no conozco?
Hace algún tiempo tuve la bendición de visitar a mi hermana en el interior, también otros que están fuera asistieron a la cita para celebrar la boda de un sobrino. Estando allí, rodeada del cariño de mis padres, hermanas, cuñados y sobrinos, viví un momento especialmente tierno. El más pequeño de los niños, un bellísimo bebé de cuatro años, amaneció aquejado con un dolor de estomago, debido quizás al cambio de agua y alimentación. Había llorado mucho, manteniendo a su mamá ocupada por varias horas.
Cuando finalmente ella decidió dedicarse un poco de tiempo para cumplir con un compromiso que todos teníamos, el bebé comenzó a llorar de nuevo… Estábamos en el tiempo en que teníamos que salir… pero lo cargué e inmediatamente puso su cabecita sobre mi pecho, de repente hubo una lucha en mi mente… era necesario salir en ese instante si quería ser puntual… ¿Pero qué era más importante?
Afortunadamente, pude discernir y me quedé con mi sobrinito. Fui a la cama y lo acosté sobre mi pecho, pensé lo afortunada que era de poder tener a ese hermoso niño conmigo. Comencé a respirar suave y lentamente, como tratando de atrapar ese instante, de no dejarlo escurrirse con el afán… De repente, mi respiración y la de él se acompasaron y nuestros corazones comenzaron a latir al mismo ritmo… El bebé dormía profundamente y mi corazón se llenaba de un sentimiento indescriptible… de la bendición de Dios.
Entendí entonces que no hay tesoro más preciado que la familia que Dios nos ha dado. “Cuán bueno es que los hermanos estén juntos en armonía, porque allí envía el Señor bendición y vida eterna”.

Rosalía Moros de Borregales