martes, 14 de diciembre de 2010

¿A QUIEN IREMOS?



            Estamos viviendo momentos convulsionados en la historia del mundo y en particular de nuestro país. Momentos llenos de odio que han generado una violencia, desconocida hasta ahora, por muchos de los venezolanos quienes tuvimos la gracia de nacer en democracia. Nos sentimos tristes, desolados, frustrados, impotentes y amargados. Buscamos desesperadamente una salida, alguien que  nos dé una respuesta, que nos diga hacia dónde ir.
            El ser humano es un estratega por naturaleza. Desde los tiempos más remotos, los hombres han diseñado planes para llevar a cabo sus obras, para conquistar nuevas tierras, para establecer nuevos órdenes, etc., pero al mismo tiempo siempre hemos tenido ese sentimiento ineludible de querer adelantarnos al futuro, ese deseo angustioso de saber que nos deparará el día de mañana.
 ¿Acaso con solo tener este inmenso deseo dentro de nosotros, hemos logrado vislumbrar los hechos que acontecerán en nuestras vidas, o en nuestro país? ¿Acaso por más planes que hemos hecho, hemos logrado conquistar nuestro futuro de la manera que lo anhelamos? Creo sinceramente que nuestros esfuerzos han sido infructuosos. Creo que en nuestro afán de hacer planes, encontrar líderes y establecer estrategias, hemos perdido de alguna manera el rumbo, lo hemos perdido individualmente, y consecuentemente lo hemos perdido como nación.
            Muchos van detrás de hombres que ellos mismos endiosan, algunos se erigen a si mismos como sus propios dioses, otros ven con normalidad el creer y confiar en los astros más que en el Dios que los creó, y otros corren presurosos detrás de la maldad; maquinando sin cesar para matar, robar y destruir. Nos hemos equivocado, hemos puesto los ojos en el poder y el dinero; el conocimiento nos ha envanecido y hemos sobreestimado nuestras vidas, considerándonos más valiosos que nuestros iguales.
            Pero la historia es buena para enseñarnos que aún los imperios que llegaron a ser más grandes y ricos, también cayeron en medio de su gloria; y nos ilustra con ejemplos en los que tan alto fue el orgullo, tan profunda fue la caída. Como los griegos o el imperio romano que un día fueron esplendorosos como la belleza de una rosa que en un instante nos sorprende y mañana inexorablemente esta marchita.
            Nos ha llegado el tiempo de volver nuestros corazones a Dios. El tiempo de hacernos individualmente responsables por nuestras vidas. El  tiempo de escuchar su voz que nos llama. Sin Dios somos insuficientes para lograr la justicia que tanto anhelamos, sin Dios estamos perdidos en este mundo convulsionado.
 Cuando Jesucristo enseñaba a sus discípulos, dice la Biblia que algunos se volvieron atrás y ya no andaban con él, entonces Jesús les preguntó a los que quedaban: “¿quieren acaso ustedes irse también? Y Pedro le contestó: Señor ¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tu eres el Cristo, el hijo del Dios viviente”.
Al igual que Pedro, elevo mi mirada a los Cielos y desde el fondo de mi corazón le digo hoy: Señor ¿A quién iremos? Y su voz tan fuerte como el estruendo de las muchas aguas y tan dulce como un silbido apacible, me responde: “Venid a mi todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”. (Mateo 11:28).

Rosalía Moros de Borregales

jueves, 9 de diciembre de 2010

LA TRASCENDENCIA DE LAS PALABRAS



            Los seres humanos poseemos diversos dones que nos engrandecen, entre ellos la Palabra es un preciado tesoro. Ese maravilloso don a través del cual nos comunicamos y expresamos los secretos de nuestros corazones. A través de la palabra el poeta derrama su alma, el escritor expresa sus pensamientos, el abogado proclama su sentencia y el maestro imparte sus lecciones. A través de la palabra bendecimos a nuestros hijos cada mañana, levantamos el ánimo exaltando cualidades, damos esperanza; pero también condenamos y creamos destrucción.
            Es realmente impresionante como en el mundo moderno de las comunicaciones podemos ver con gran frecuencia el abuso del uso de las palabras. Palabras que son distorsionadas, palabras que usadas fuera de su contexto van perdiendo su verdadero significado. Palabras que se profieren sin percatarnos de su inmensa trascendencia en los oídos que las escuchan. Palabras que contienen un gran poder destructor, pero que son habladas ligeramente. Es así, como de repente para sorpresa nuestra escuchamos en un programa infantil un -¡maldito seas!-, o un -¡idiota!- O leemos en un artículo de prensa la amargura elevada a su máxima expresión. O escuchamos en un discurso insultos gratuitos hacia aquellos que disienten de los pensamientos del orador.
            Sin embargo, es maravilloso como las palabras pueden tener un efecto tranquilizador, como pueden darnos confianza, hacernos reír en un momento de tristeza, devolvernos la esperanza cuando creemos que todo está perdido, sanarnos una herida del alma, liberarnos del rencor cuando proclamamos el perdón, hacernos reflexionar en un momento determinado; en fin, sencillamente bendecirnos la vida. Y son estas palabras las menos habladas, las menos escuchadas, las que más escasean en nuestras vidas. Pareciera que nos pesa la lengua para decir un -¡buenos días!- o un -¡muchas gracias!- o expresar un cumplido a quien lo merece. Somos prontos para la crítica no sana, pero lo bueno se nos queda atrapado en las gargantas.
            La misma herramienta es usada para construir y para destruir, la diferencia está en la mano que la usa. Somos nosotros, individualmente, los que decidimos lo que hacemos con lo que Dios nos ha dado. Podemos bendecir, edificar, exhortar y consolar, o podemos maldecir, destruir y entristecer, porque como dice un proverbio: “La lengua apacible es árbol de vida, pero la perversidad de ella es quebrantamiento de espíritu”. (Proverbios 15:4). ¡Es la misma lengua! La diferencia es la fuente que la alimenta, el corazón del cual sacamos el bien o el mal. Como dijo Jesús: “¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca”. (Mateo 12:34).
            Por lo tanto esta en nosotros el poder de decisión para convertirnos en personas cuyas palabras sean transformadoras creando bien, en nuestras propias vidas y en las vidas de otros. Somos nosotros quienes decidimos la trascendencia que nuestras palabras tendrán. Somos nosotros los que decidimos dejar una huella de amor a través de nuestras palabras o crear un infierno que destruye todo cuanto va encontrando a su paso. Hagamos que nuestras palabras se conviertan en vida y bendición. ¡Las palabras tienen poder!
“La vida y la muerte están en poder de la lengua; y el que la ama, comerá de sus frutos”. (Proverbios 18:21)

Rosalía Moros de Borregales

miércoles, 1 de diciembre de 2010

EL LLANTO SE CONVERTIRÁ EN GOZO

En algún momento de nuestras vidas todos enfrentamos el dolor y la inmensa soledad que produce la pérdida de un ser querido. También en algún otro momento sentimos el dolor de otros y nos lamentamos por ellos. Como bien dijo el poeta Andrés Eloy Blanco: “Cuando se tiene un hijo, se tienen todos los hijos de la tierra, los millones de hijos con que las tierras lloran”.
Crecí en un país, en esta Venezuela, el país de mis padres y de mis abuelos. Un país donde todos éramos tan solo venezolanos, tanto el muchachito de la cara sucia por el raspao como el muchachito de la cara sucia por el helado. Pero ahora vivimos en un país donde abunda la maldad, donde los valores y principios cristianos sencillamente no están, ni en la mente, ni mucho menos en los corazones de la mayoría. Las palabras del poeta quedan solo para unos cuantos, unos pocos que si sienten que “cuando se tiene un hijo se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera”. Que “cuando se tiene un hijo, se tiene al mundo adentro y el corazón afuera”…       
Qué tristeza ver como la cosecha de odios ha sido tan abundante…Cuánta tristeza embarga nuestras almas cuando vemos, oímos y sentimos el odio expresado a su máxima potencia por aquellos que tienen el poder para acaparar los medios de comunicación y a través de ellos lanzarnos su veneno. Lo trascendente es saber que esas miserias humanas solo pueden emanar de un corazón lleno de toda suerte de bajezas. Recuerden: “Porque de la abundancia del corazón habla la boca. El buen hombre del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el hombre malo, del mal tesoro saca cosas malas”. (San Mateo 12:35) Lo trascendente es levantar nuestras cabezas en alto, es no devolver el insulto insolente, es no rebajar nuestro corazón a las mismas bajezas, es no convertirnos en la misma miseria humana.
Un pasaje bíblico cuenta sobre la tristeza de Marta y María. Ellas habían perdido a su hermano y Jesús no estaba allí para el momento de la muerte. Días más tarde cuando ellas vieron a Jesús llegar le dijeron: “Maestro, si hubieras estado aquí, nuestro hermano no habría muerto”. (San Juan 11:21). Sus almas sufrían de la soledad que causa la pérdida. Mas adelante, un versículo muy corto dice que Jesús fue a la tumba de Lázaro, y allí ante la tumba: “Jesús lloró”. (San Juan 11:35). Lloró porque  entiende nuestro dolor, porque entiende nuestra tristeza.
Sin embargo, Dios no nos promete que estaremos libres de dolor. El les dijo a sus discípulos: “En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo”. (San Juan 16:33). Las lágrimas, inexorablemente, correrán por nuestras mejillas, pero aquellos que han creído, del fondo de sus corazones sentirán brotar una paz que sobrepasa todo entendimiento humano, la cual se convertirá en fortaleza para sus vidas.
Es en Dios donde encuentran consuelo nuestros corazones, él es quien llena todo vacío de nuestro ser interior, porque nuestras almas nunca estarán satisfechas hasta que humildemente lleguemos a su presencia, arrepentidos, reconociendo su grandeza, nuestra insuficiencia, su poder, nuestra debilidad.
La fama y el dinero pueden darnos cierta alegría, una alegría tan pasajera que se evaporará en un instante, cuando la tierra gire, y el dolor del otro me toque, ahora, a mi.
El dinero puede comprar mucho, casi todo, hasta voluntades humanas, pero nunca alcanzará para comprar la paz que solo viene del corazón de Dios para aquellos que le reconocen y le aman. Para ésos es la promesa: “…y cambiaré su llanto en gozo, y los consolaré y los alegraré de todo su dolor”. (Jeremías 31:13)


Rosalía Moros de Borregales