miércoles, 27 de octubre de 2010

MADRES QUE ORAN

            Tengo dos muchachotes en casa, son el alma de nuestra existencia. Los amamos más allá de lo que pueden describir las palabras. Sentimos que todos los esfuerzos no son suficientes para hacer de ellos hombres de bien. Quisieramos, como muchos, poseer dones especiales para discernir sus necesidades, para penetrar sus mentes y corazones, en fin, para darles la mayor felicidad posible. Creo, sin temor a equivocarme que este es el pensamiento de todos aquellos a quienes Dios nos ha bendecido con hijos. ¡Cúanto quisieramos hacer por ellos y para ellos! ¡No tienen límites nuestros deseos de amor y de bien!

            Cuando me convertí en madre, sentí que estaba frente al reto más grande de mi vida. A diferencia de otras empresas que había acometido, ésta me pareció un Everest, pensé que quería hacerlo bien, pero cómo. Necesitaba encontrar una fuente de sabiduría de donde tomar las herramientas necesarias para esta indescriptible tarea. Si, así  me sentí, entonces recordé a mi madre, y a mi abuela, pensé que ellas lo habían logrado y busqué en sus inspiradoras vidas para saber cual había sido el secreto.

            Despues de meditar por un tiempo, de leer muchos libros y de caminar en mi memoria por las vidas de estas dos grandes mujeres, encontré que no había, que no hay, una formula mágica para levantar a los hijos. Pero con alegría descubrí que las vidas de ambas estaban marcadas por su fe en Dios. Descubrí que esa fuente de sabiduría que estaba buscando, era ese Dios que ellas me habían enseñado, y que su fortaleza provenía de la oración.

            Desde entonces comenzé a orar por mis hijos, y no he dejado de hacerlo. A través de los años me he dado cuenta que ante los ojos de Dios ser una madre perfecta no es lo que cuenta, pero ser una madre que ora si. Desde entonces he comprendido que esta tarea no es una carga pesada que me doblega, sino que es una maravillosa aventura de la cual yo no soy  su conductora, sino Dios, nuestro Señor. Comprendí que los hijos no son nuestros sino suyos, y que El es el capitan de este barco.

            Cuando vamos confiadamente ante el Señor para pedir de El todo lo que necesitamos en esta hermosa tarea de criar a nuestros hijos, El nos oye, y nos capacita día a día. Porque Dios no es el que esta colgado en la cruz, inamovible, ese que no escucha y que nos dejó al azar del mundo y de la historia. No, Dios quiere bendecirnos y sus oídos estan atentos a la oración nuestra. El nos dice: “Yo te he escogido y núnca te dejaré”  (Isaías 41:9) Más aún El nos dice: “Con amor eterno te he amado por tanto te prolongué mi misericordia”. (Jeremías 31:3).

            En su palabra hay una guía clara de cosas que nosotros debemos hacer. En el libro de Deuteronomio en los capitulos 5, 6 y 7 después de darnos los mandamientos, el Señor nos explica lo que debemos hacer en nuestras vidas “para que nos vaya bien en la tierra que fluye leche y miel” Deuteronomio 6: 3. El nos dice: “Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón. Se las repetirás a tus hijos, y les hablarás de ellas estando en tu casa y andando por el camino, al acostarte y cuando te levantes. Las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas”. Deuteronomio 6:6-8.

            Dios nos promete estar con nosotros todos los días hasta el fin. Cuando busquemos en su Palabra, encontraremos sus directrices y comenzaremos a ver que lo que un día sentimos como una tarea demasiado difícil, se convierte en el delicioso placer de amar y ser amadas por nuestros hijos.
¡Busquemosle en oración y veremos su obra en  nuestras vidas y en la de nuestros hijos!

Rosalía Moros de Borregales.

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