viernes, 24 de septiembre de 2010

Tus hijos: Tu obra maestra.


Exhausta después de 12 horas de interminables contracciones, con la mano de mi esposo sosteniendo la mía, nuestras miradas se encuentran como aquel primer día cuando nos conocimos y nuestras almas quedaron enlazadas... Estamos en el quirófano, el médico obstetra nos anuncia que la cabecita del bebé se está asomando, que solo falta un último y gran esfuerzo. Mi esposo me habla con dulzura, me dice que pronto tendremos a nuestro bebé entre los brazos; él sabe que estoy cansada y no es capaz de pedirme directamente que es necesario que haga otro gran esfuerzo, que es necesario que soporte un poco más. Pero yo lo conozco y lo entiendo, la expresión en su rostro me habla más que sus palabras.
El médico y mis cuñados, también obstetras, me hablan con determinación; sin embargo, en su tono hay  también alegría y expectación. Entonces, respiro profundamente y hago un gran esfuerzo para que mi hijo salga de mis entrañas... Las lágrimas no me dejan ver la escena delante de mi, pero oigo su llanto fuerte y contundente, y a continuación escucho la voz de mi esposo que le dice:- ¡Hola bebé! Es papá. - Entonces el bebé instantáneamente deja de llorar y sus ojos se dirigen al rostro de su padre. El, el bebé, está familiarizado con esa voz, la conoce muy bien, practicamente la ha escuchado a diario. Mi esposo con su "pinar" ( un viejo instrumento en forma de cono, usado para escuchar los latidos del corazón hace muchos años, el cual, en este caso, es el único instrumento que posee en su pasantía rural para oir a los bebes de las embarazadas)  le ha hablado casi cada noche, comenzando su conversación con esa frase.
No sé quien está más maravillado, si el bebé al escuchar esa voz tan familiar que lo está recibiendo, o si mi esposo y yo al ver como el bebé se ha calmado al escuchar la voz de papá. Un momento sublime que jamás se borrará de nuestras memorias, un momento en el que nace todo el Amor en nuestros corazones por ese pequeño que ya ha cambiado nuestras vidas para siempre.
Ahora somos sencillamente otros seres humanos, como también se convirtieron en otros seres humanos nuestros padres con nuestro nacimiento. Nuestras prioridades cambian y esa pequeña criaturita se convierte en el centro de nuestro universo.
Cuando medito en estos momentos vívidos pienso en que no podría haber otra forma de manifestación más grande del amor de Dios, que el haber dado a su unigénito hijo por cada uno de nosotros. Un hijo, es la mayor creación que un ser humano puede realizar; viene de sus propias entrañas, de lo más íntimo de su ser, está cargado de millones de células que han replicado no solo mucho de nuestras características físicas, sino aún más complejo, mucho de lo que intrínsecamente somos allí en nuestra alma, en el centro de nuestro propio ser.
Un hijo es la obra que trasciende a cualquier otra que podamos lograr en esta Tierra. Y como si fuera poco, tenemos la capacidad de lograrla más de una vez. Esta creación no está culminada cuando llega a nuestras manos, pasaremos años construyendo en ella y nos iremos de este mundo sin haber podido verla totalmente acabada. Sin embargo, podremos disfrutar casi todas las etapas de su perfeccionamiento.
En la visión que Dios me ha dado del valor de los hijos ésta es la manera más fidedigna en la que puedo expresar lo que es en el corazón de Dios un hijo, tu hijo. Dios, en su amor por ti, te ha invitado a participar con El en la creación. El, en su infinito amor te ha dado este libro con páginas en blanco, para que tu mano de poeta escritor lo impregne con la tinta de la vida. El, en su gran bondad te ha dado este lienzo en blanco para que con tu pincel de artista creador lo ilumines con los colores del arco iris de los cielos.
Mis hijos, nuestros hijos, nuestras obras maestras. Tu hijo, tus hijos, sus hijos, sus obras maestras!!!

Rosalía Moros de Borregales

No hay comentarios.: